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Orlando Bosch Ávila, el HOMICIDA

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Testimonio de la pedagoga cubana Hildeliza Estrada Roche

Por Luis Machado Ordetx

 

En su noche oscura, por la ceguera natural que arrancó la vista, Hildeliza Estrada Roche, recuerda con exactitud, muy a pesar de la edad, las tropelías y el excentricismo que en su época de juventud, y después como médico, convirtieron a Orlando Bosch Ávila en un perfecto homicida que, gatillo alegre, derivó en uno de los terroristas de mayor e inconfundible registro en la contemporaneidad.

 

Jamás olvidará cuando, en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara, en el centro de Cuba, en pleno gobierno auténtico de  Ramón Grau San Martín, en 1945, Bosch Ávila, representante del Ala Derecha de la Juventud, ante la pérdida de las elecciones estudiantiles, irrumpió en el plantel con varios elementos gangsteriles que, revolver en mano, venían desde La Habana a resolver la situación, «imponer el orden» a la fuerza, y así restituirlo como dirigente.

 

«i Aquello fue tremendo!, dice la Doctora en Pedagogía Estrada Roche, pues lo miembros del Ala Izquierda, ganadores de los comicios, decidieron no dejarse arrebatar el triunfo. Saúl Boulanger se batió a piñazos con Bosch Ávila, en el instante en que el bonchista Rodríguez Maragamba, compinche del «dirigente» derechista, llegado desde la capital, descargó varias veces el arma para herir al otro, hecho que no logró por puro azar del destino.»

 

«Como bola por tronera salieron de allí, indica la anciana, al rememorar los empujones que hubo tras la intervención del pedagogo y periodista Severo García Pérez, director del centro docente.

 

«En la retirada, Bosch Ávila, a viva voz y exhibiendo enrojecido de la soberbia  su gran lunar del mentón, exclamaba: i Ustedes verán, no se olviden!».

 Desde entonces, cree esta mujer que el afán histriónico y de estirpe egocéntrica, de uno de los terroristas más inmundo de este planeta, acompaña en su amplio y sinuoso peregrinaje de asesino al servicio de los Estados Unidos, y de la contrarrevolución cubano-americana, a Bosch Ávila, el hijo de Miguel Ángel y Rosa, el niño aquel que recién llegado de San Juan de los Yeras, residió hasta principios de 1960 en Santa Clara.

                       

Años después, Hildeliza Estrada Roche enfrentó nuevamente a Bosch Ávila, graduado ya como «flamante» especialista en Pediatría, cuando por emergencia llevó a su comadre a la Maternidad Obrera de Santa Clara, para que prestaran los primeros auxilios a causa de una perinorrafia (desgarro uterino) provocado por el parto extrahospitalario.

 

«Allí lo encontré, dice, cuando suplía a la doctora Miriam Areas, la esposa, y al verme exigió $ 11.00 por practicar una pequeña sutura, o de lo contrario que la mujer siguiera como estaba. Lo increpé de inmediato, y su rostro parecía al del diablo:

 

— ¿Quién ha visto que una institución de este tipo cobre tanto dinero?

 

— Lo tomas o lo dejas, sino llévese ahora mismo a esta mujer, mire que es septiembre de 1956, y no otra fecha.

 

— Tu no cambias, aseguró la maestra de Kindergaden con el temple que la caracterizaba, y en su colofón espetó: aquí hay dinero honrado, salido de la frente del que trabaja, dispuesto a pagar su servicio asistencial.

 

— Eso es lo que tiene que hacer, señora.

 

— İAquí tienes, abusador, pero de esto se enterarán los lectores de El Villarejo, para que sepan de las prácticas y proceder de un fullero como tú.

 

Desde la camilla la enferma intervino, a pesar del dolor de la desgarradura, para casi en un susurro de palabras entrecortadas, exponerle al airado galeno:

 

— Dr. Bosch, no recuerda la guagua que usted quemó en La Habana. Yo fui de las firmantes en el barrio El Puente, en Santa Clara, para que lo absolvieran de culpas.

 

— iVerdad!, pues no pague nada.

 

No obstante, afirma Estrada Roche, el galeno, con el dinero en el bolsillo, soltó una sonrisa irónica y volteó su cuerpo para dar por concluida la conversación.

Ana Sánchez Canals, saca a relucir los tiempos en que pasaban los jóvenes, sábados o domingos, por el parque Vidal, en Santa Clara, y cada vez que Orlando Bosch Ávila venía de La Habana, donde estudiaba Medicina, «…el histrionismo, propio del egocentrismo de su personalidad, de hombre medio alocado, disparatado, y hasta desfachatado en el modo de actuar, propiciaban el bullicio de la muchachada de entonces».

 

Más protagonismo tomó el actual terrorista, radicado el Miami, Florida, indica la anciana, «cuando instaló su consultorio médico en la calle San Mateo, número 9, entre Esquerra y Zayas, y comenzó a laborar como especialista en la Clínica del Maestro».

 

«Parecía un hombre de «éxito», paseando en su Pontiac del año 54, con anuncios en la prensa de la localidad, donde se inscribía como Especialista en niños, ex interno del Hospital Infantil de La Habana, ex médico interno del Toledo Hospital, Ohio, USA, y ex médico residente en Pediatría del St. Joseph Hospital, Tenne».

 

Búsquelo en El Villareño, Diario de la Tarde de Santa Clara, allí lo encontrará, dijo un amigo. Efectivamente, a partir del jueves 7 de julio de 1955, los clasificados del Dr. Bosch comienzan a «llover», incluidos los horarios de atenciones a enfermos y el teléfono  del consultorio: 2-9613. Quien lo deseara ver, casi seguro, en una sociedad donde el hambre y el robo proliferaban, al estilo de la yanqui, tendría que pagar, bien al contado, los servicios clínicos.

El Villareño, Diario de la tarde, vii (210):1;7, miércoles 14 de septiembre de 1955, publica un comentario que rubrica Orlando Bosch Ávila con el título de: «El pasrasitismo cunde en la población infantil pobre en más de un 100%», donde reseña:

«Creo que la creación de un hospital Infantil en Las Villas, más que una necesidad, es una medida de urgencia, pues muchos son los niños pobres que mueren en nuestra Sala del Hospital San Juan de Dios, por llegar allí en condiciones tan depauperadas, que todas las medicinas que se emplean son inútiles (…) Si esos niños hubieran tenido medicina a tiempo sus vidas hubieran sido salvadas…».

 

En el fondo de todo, el «talentoso» médico, devenido años después en un connotado terrorista, lacerador de vidas humanas, y por entonces director del Dispensario Infantil del Club de Leones de Santa Clara, tramaba para sí un puesto ventajoso, como especialista y administrativo de alta jerarquía en la futura clínica ONDI (actual hospital José Luis Miranda), que construirían, a propuesta de Marta Fernández Miranda de Batista —la esposa del presidente de facto de Cuba Fulgencio Batista Zaldívar—, a un costo de 800 mil pesos.

 

Bosch Ávila, quien, a pesar de sus desmanes, tenía cierto prestigio como facultativo de la comunidad, se hacía la boca agua con el futuro negocio lucrativo que ocuparía un área de 14 982 m2, y allí podría jugar con el «dinero» y las ventajas inversionistas, pero triunfó la revolución de enero de 1959 y todas sus pretensiones se vinieron abajo.

Otro camino quedaba a su barato oportunismo, meterse a contrarrevolucionario y apostar por el terrotismo, sitio del que jamás escapará.

                               
13/09/2006 14:24. cubanosdekilates CubanosDeKilates. sin tema

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