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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

PEREGRINO REGAÑO DE UN SACERDOTE

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  (Testimonio del declamador villaclareño Severo Bernal. Implícito en «La Espiga Ignota». Documentos inéditos sobre Carilda Oliver Labra, la poteisa de Matanzas, y también de Cuba y el mundo).

Por Luis Machado Ordetx.

(Exclusivo).

 

                                                                    «[...] La palabra del poeta se confunde

                                                                     con su ser mismo. Él es su palabra...»[1]

 

¡La sangre hierve!: pregúntele a Carilda Oliver Labra, la poetisa de Matanzas. A mediados de 1955 protagonizó en Santa Clara, de manera pública, un sonado encontronazo cultural que, de inmediato, colocó en raya a Fray Casto de Villavicencio,[2] un sacerdote capuchino, radicado aquí.

Ese hecho, no abordado en toda su significación, surgió cuando el párroco de la iglesia de la Divina Pastora, ubicada en las calles Cuba y Pastora,  envió juicios críticos a las páginas del periódico El Villareño, El Diario de la Tarde, en Santa Clara, referidos a los versos que esa escritora firmó en un folleto editado por el Ateneo de la Mujer, una institución habanera en la que fungía como miembro.

Casto Villavicencio, un hombre de unos 55 años, por esa época, desde su sección «Apreciaciones», de periodicidad semanal, relataba sobre «hechos, cosas y personas, tanto de la localidad como de fuera, tanto de carácter profano como religioso...», y entre en sus asuntos apareció una "Carta a una Doctora de Matanzas",[3] texto que desató la polémica.

Un revuelo causó en círculos literarios de la localidad, principalmente entre amigos y lectores que, desde entonces, ya conocían de las cualidades de una poesía, concebida desde Matanzas y dispuesta a dejar huellas en la Cultura Cubana.

Precisaba el predicador: «[...] Con fecha 8 de mayo de 1955 y editado por el «Ateneo de la Mujer», que preside la conocida Dra. Julia E. Consuegra, ve la luz un folleto y en el folleto una poesía que firma Carilda Aliver (sic). Título de la composición poética: "Saludo a la mujer soltera."

«[...] De verdad que si esas expresiones de glorificación de la muchacha, que es madre siendo muchacha, son exponentes de las convicciones de la escritora; si esas frases con el sentir y el pensar y el vivir de la respetada Dra. de Matanzas, si en su concepto vertido en la poesía en cuestión, la mujer que hasta hoy llamados todos mujer caída, mujer de la vida, es tan buena y tan digna madre, fuera de la esfera del matrimonio, es tan buena y tan digna como las demás, y ella aplica esa teoría a la propia vida, si la autora viera la muchacha que se tuteaba por todos «deshonrada», con las mismas deferencias que a la venturosa y le dice de verdad eso que le dice en sus versos;

                       «Puedes alzar los ojos. Tú también eras buena,

                        Tú vientre es tan bonito como...»

Y estos otros de sabor blasfemo;

                       «Estás recién casada con Dios y ya es bastante»;

si esa madre soltera es el canon de su propia moral y es el que fija para nuestra juventud, entonces si es que hemos canonizado el vicio y le hemos dado al libertinaje la misma carta de honradez que hasta ahora sólo llevaba por especial privilegio la moralidad; entonces si que se le abrió ancha puerta al amor libre y se sacó a subasta, a cualquier precio, el pudor y la decencia.

«Por mi parte, PROTESTO en nombre de nuestra mejor juventud femenina. Y dejo bien sentado: La mujer que es madre sin casarse, es inmoral y merece la repulsa de las honradas, lo mismo que la merece toda la que ensalce y justifique esa irregular maternidad.»

Que recuerde, ese poema no lo recoge otros libros de Carilda, como tampoco las opiniones de Casto de Villavicencio. Todo no quedó ahí. De inmediato la poetisa saltó con una respuesta cortante. Todo lo conozco de primera mano, porque, de un modo u otro, fui partícipe indirecto de aquel acontecimiento histórico. [4]

Días después, a la casa llegó un sobre certificado con especificaciones y urgencias:

                              «Octubre 4 de 1955

Querido  Severo Bernal:

                                                                      No sabes que alegría me ha dado tu simpática carta. La lealtad es virtud que no brilla actualmente; así el servicio de afecto que me has hecho te lo guardo en el corazón.

                                Me he divertido bastante con las «Apreciaciones» de Don Casto. Son deliciosas sus tonterías. No sé ni por qué las contesto. A lo mejor es que me gusta mover un poco el ambiente. Es una buena oportunidad para lograr un poco de distracción al margen de nuestro cotidiano tedio...

                                  Agradecí infinitamente que me mandaras, hace algún tiempo, aquel programa de una exposición donde figuraba un adefesio mío (que no sabía yo que andaba en tan peligrosas manos...), y no me acuerdo si te escribí dándote las gracias o no. Lo muy cierto es que estoy avergonzadísima contigo, porque, como recordarás, aquella noche quedaste contratado por López Luis para actuar por cuenta de la Cultura Cubana y yo quedé pendiente de la cuestión económica. Pues, bien, cuando, a los quince días, le traté el asunto, me dijo descaradamente que a la Institución no le interesaba el espectáculo y otras cosas por el estilo. Le recordé que la iniciativa había partido de él y me respondió que ya había cambiado de idea. Me molesté mucho y le expliqué que yo era una persona responsable y que iba a quedar mal contigo, pero no le importaron mis razones. Y me quedé tan apenada que no sabía ni qué decirte; de ahí mi silencio.

                                  Bueno, querido Severo, muchas gracias por tu bondad. Dale ese artículo al director de «El Villareño». No entraré en polémica: ese es el primero y el último.

                                   Hugo y yo te abrazados, Carilda Oliver Labra»[5].

PD: Envíame cualquier nota que se publique sobre el asunto. Mi contestación... ¿verdad que está demagógica y piquita...?»[6]   

La réplica fue entregada inmediatamente a Armando A. Machado y Pérez de Prado, director de El Villareño, con redacción en la calle Luis Estévez, número 161, Santa Clara. Cumplía el encargo en idéntica forma en que suministré a la poetisa el comentario escrito por el sacerdote.

 Allí recalcó Carilda: «[...] Tarde me entero, por un buen amigo, de cierta carta pública [...] Después de leerla en El Villareño, del 29 de septiembre, por segunda vez, me quedo más perpleja que la primera; pues realmente el desentendimiento es recíproco: Ni Fray Casto comprendió los versos que escribí para una madre soltera y que tanto le ha indignado ni yo le adivino la entraña constructiva que debe tener toda crítica... Así las cosas, no debería responderle, pero le respondo [...] El sol no se defendería si alguien dijera que no brilla; pero si le parece conveniente aclarar el punto de vista que sostiene la poesía en cuestión sobre la madre soltera; ya que con ellos haré a muchas mujeres un servicio de justicia y de ternura.

Las madres solteras, querido padre, lo son más que las otras. A las casadas llega el hijo con orgullo y gozo, como un fruto de felicidad; a la soltera: casi como si fuese una venganza terrible de la Naturaleza, una señal de los clandestinos amores, la evidencia en fin de una conducta privada que la sociedad condena y sin embargo esta mujer soborna su venganza con el sagrado ministerio de la maternidad, sujeta sus lágrimas, que las más de las veces no brotan en homenaje a su propia desgracia, sino por el niño que viene sin protección, sin apellido, sin padre. Esa mujer se levanta ante todos con su grandeza que dan los enormes dolores y decide no malograr el hijo que empieza a germinar en ella, sino salvarlo a costa de su propio deshonor [...]»[7]

La contrarréplica se puso en marcha, y Casto de Villavicencio retomó el tema a los pocos días:

«[...] cuidados inaplazables a enfermos, aunque a lo mejor no lo crea, no me han dejado espacio para la respuesta [...] Mañana D.m., entremos en materia; pero hoy permítame usted unas anotaciones previas que presumo van a ser de notable interés para el susodicho esclarecimiento.

Hablamos de plantear mañana un problema y tal no haya necesidad, porque, a lo mejor, no existe tal problema.

Que usted sea religiosa, no cabe dudarlo. [...] En tal caso pregunto ¿Plantear usted el problema con criterio religioso, o no? Si exclusivamente lo mirara usted con ojos humanos, no hay tema [...]

Mi buena doctora, usted está sentida conmigo. Se trasluce en sus primeras líneas un gesto de contrariedad. Con un tono, si es o no es despectiva, cuando dice «sin encomendarse a nadie me ha endosado un fraile».

¿Por qué se pone usted así? He sido correcto, le dispenso toda deferencia. En mi no hay reticentes ni ironías. El asunto era grave y puse palabras claras y serias, sin sentido figurado. Sólo me ensaño con los malos y con los torcidos, no, porque, si no, se espantan y no se enderezan. Usted ha tomado para sí lo que se dirigía a su principio o teoría. Así no.

[...] ¿Se figura mi buena Doctora que yo me meto con su poesía por manía de fastidiar? No lo crea así. Lo que pasa que para construir un gusto en firme, y como me pareció y parece que su teoría sobre la madre soltera es extremadamente movediza, traté de remover hasta encontrar el firme. Eso es todo.»[8]

A la calle San Vicente, número 14, esquina Merced, en Pueblo Nuevo, Matanzas, despaché de inmediato otro sobre certificado: su contenido, el texto de la contrarréplica, y en menos de unos días el sacerdote publicó otro comentario, menos agresivo que el anterior, abdicando un poco de su posición, denotando un sentido más religioso y comprensivo. Así terminó la cosa.[9]

Muchos amigos de Carilda, principalmente Carlos Hernández López, Enrique Martínez Pérez, Sergio Pérez Pérez y otros, quienes disfrutábamos de su hechura lírica y desenfado para asumir la realidad y la vida, de cierta manera, sentimos alegría porque ese asunto quedara cerrado de la mejor forma posible.

Desde muchos antes de aquel hecho disfruté con entereza de su calibre de persona: todavía recuerdo cuando, previo al 3 de marzo de 1955, en ocasión del Día del Poeta, en honor al natalicio de Bonifacio Byrne,  ofrecí, por invitación de Carilda Oliver Labra y la Peña Literaria de Matanzas, un recital en recordación a Emilio Ballagas Cubeñas, fallecido en septiembre del año anterior.

Ya ella vivía en Tirry 81, sitio en que la visité en los instantes en que se organizó el  primer tributo público que se rindió en Cuba al autor de Sabor eterno. La gestión se debió a Carilda, admiradora de ese poeta, y el encuentro, en el cual intervino Agustín Acosta, Néstor Ulloa Rodríguez, Gaspar Jorge García Galló y otros amigos, llenó de admiración a escritores y artistas reunidos en la Atenas de Cuba.

Meses después, otra vez en Matanzas, después de terminar el programa de declamación, la poetisa, en privado, detalló parte de la historia de una amiga, estudiante de Medicina, que enfrentó a la familia, la sociedad y los tabúes de la época, y sola, al costo de los riesgos, decidió el reto del embarazo y la crianza del hijo: era precisamente las reales lecciones que inspiraron el «Saludo a la mujer soltera», el antológico texto que atrajo en Santa Clara la ardorosa querella entre un sacerdote y una escritora.

Con el tiempo se continúo departiendo de aquello -no en tono de chismografía-, pues desanudó insensatas posiciones sociales que lastraban la conducción de la vida y del feminismo.

Por su parte, Casto Villavicencio persistió su labor parroquial y la publicación de comentarios en El Villareño, mientras La Publicidad, otro diario de la ciudad, incluía en sus páginas algunos de los más significativos poemas escritos por Carilda, entre los que destacan «Elegía por Mercedes».[10]

Una nueva invitación llegó por correo certificado, y traía la rúbrica de Carilda:

                 «Matanzas, 18 de Noviembre de 1957.

                 Querido Severo Bernal:

                               ¡Cuánto me gusta saludarte!... ¿Cómo estás? Enrique Martínez me ha alcanzado tu deseo de venir pronto a Matanzas, que yo aprovecho para invitarte -con toda formalidad- a la velada del siete de diciembre aquí en el Salón de Sesiones del Ayuntamiento. Son cincuenta pesos los disponibles para ti y no puedo pasarme de esa suma. Tú dirás...

                               Necesito respuesta rápida para ordenar los programas. Si tienes estudiado el «Canto a Maceo», de Navarro Luna, o el mío, nos gustaría oírlos, o uno de ellos; así como aquel fragmento de «West Indies», que dijiste tan maravillosamente en la Biblioteca «Gener y del Monte» a puertas cerradas. Yo creo, sinceramente, Severo, que eres colosal en ese género de interpretaciones y quiero con tu presencia empapar de emoción a los matanceros. El programa se reducirá a cuatro interpretaciones musicales por la Banda Municipal y tres poemas por ti, alternando con aquellas, amén de un breve panegírico de Maceo.

                                No te escribo más. Estoy en este momento trabajando en el Ayuntamiento. No olvides mencionar los poemas que escojas para anunciarlos por anticipado, y si tienes una fotografía envíamela.

                                 Cariños. Cariños. Cariños.

                                                    Carilda.

                                                          Tirry 81,

                                                                    Matanzas.»[11]

Después arribaron otras misivas, cortas, muy cortas, pero con el recuerdo latiente. En algunas venían versos escritos con la impecable caligrafía de un mecanógrafo de pulcro oficio: la amistad no se apagaba. Ahí están «Dónde están tus manos», que, en la segunda estrofas, refiere: «¿Dónde de estarán en este momento en que me cruza/ como una flor dorada por la imaginación?/¿Dónde estará su mezcla de alcuza y corazón?/», mientras «Al niño que vende berros», expresa: «Te encontré esta mañana al doblar de la Audiencia/ y ¡qué golpe me ha dado tu infeliz inocencia!/». Desconozco si luego los publicó en alguno de sus libros, pero lo cierto que en aquel momento, al evidenciar queja, denuncia, y también frustración espiritual, llevaban los ribetes inéditos. El primero está fechado en 1958, y el segundo tres años antes.

Quiero detenerme en un largo texto, también de 1958, donde estampó al final: «Mi último poema, Severo, Carilda Oliver Labra»: Su título:  

 

 

COSAS

 

Haremos un disparate,

por ejemplo:

pasar bajo las nubes juntos.

Entonces

(pero ¡qué entonces!)

será probable

que nos sintamos pobres y profundos.

Yo te diré:

uno y dos son cinco;

               tú no sabrás de cuentas:

               tendrás los ojos fijos

               en un canario

               chico.

               Yo te diré:

               no se te cae el pelo,

               te crece,

               con cuidado,

               la frente.

              Tú lavarás el tiempo con cerveza

              para confundirlo conmigo...

              Y pelearemos por todo y por nada:

              por una coma,

              por lo roto,

              porque te conocí tarde,

              porque eres católico.

              Tú le llamarás inevitables nombres

a mis espejuelos,

a mi tristeza.

insultados a bordo de la estrella...

Solos,

incorrectos,

muriéndonos...

Pronunciaré la palabra amigo

para salvarme,

y tú dirás

como pisando tonterías

o como para que yo no escuche lirios:

no seas seria,

acuéstate conmigo...

Pero, ay, no, no,

que aún puedo alzarte versos,

pedirte un latigazo,

enfermar si te veo...

¿Qué si estoy enamorada?

Acaso:

creo en mi mejilla porque la tuviste,

amo los domingos,

ayer pensé que el viento no era el viento;

además, siempre excuso tú diente amarillo.

Esta tarde a las seis,

parecías un hipocampo triste.

Estabas de memoria en el frío.

Te hubiera profanado con mis senos,

y sin embargo,

ya ves:

te dedico un cementerio.

Si. Hoy callabas:

Aproveché tú silencio:

hice mentiras y te las puse en la lengua quieta,

y tú, pues, sin saberlo,

dijiste:

amor mío...»[12]

 

Nadie negará la belleza intrínseca de esas metáforas.

Después, en 1966, por esas raras desventuras que depara el destino, tras la realización de un recital que di en Matanzas, convocado por una institución cultural de allá, dialogué por última vez con la cálida y siempre fraterna amiga Carilda Oliver Labra. Entonces, inmerso yo en las faenas tipográficas y algún que otro acto de declamación entre villareños, dejé de verla.

 Siempre la recordé, desde el silencio de aquellos instantes candorosos de la juventud, cuando comulgó con los versos, y de pronto en la encrucijada, surgió como una aparente destemplanza el peregrino regaño de Don Casto, instante ese que la irguió, aún más, hacia la cúspide de su soberbia poética.                          

 



[1] Octavio Paz (2003): El Arco y la Lira, Sección de Lenguas y Estudios Literarios, p. 45, Fondo de Cultura Económica, México.

[2] Casto Luly de Villavicencio: [Valladolid, España, 1901-¿?]: Miembro de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos. Predicador. En 1952 fue nombrado Consiliario del Consejo Diocesano de Las Villas, párroco de la iglesia de la Divina Pastora, según acuerdo de la iv Asamblea Diocesana de Caballeros Católicos de la Rama A. Fue alumno del primer curso (1952-1953), en la aún no oficializada Escuela Profesional de Periodismo y Artes Gráficas «Severo García Pérez», radicada en la ciudad. Después de creado ese centro docente por  Decreto Presidencial número 500, de 1954, el fraile estuvo en la nómina de los estudiantes, y sus colaboraciones periodísticas fueron sistemáticas en los diarios «La Publicidad», «El Villareño», «El Heraldo de Las Villas» y «El Pueblo», todos de Santa Clara, así como «El Fénix», en Sancti Spíritus, y «La Correspondencia» y «El Comercio», de Cienfuegos. Abandonó Cuba en 1960.

[3] Fray Casto de Villavicencio: «Carta a una Doctora matancera», sección Apreciaciones, periódico El Villareño, El Diario de la Tarde, Santa Clara, Las Villas, vii (221):2; jueves 29 de septiembre de 1955.

 

 

[4] Cfr. Urbano Martínez Carmenate (2004): Carilda Oliver Labra: La poesía como destino, pp. 204-207, Editorial Letras Cubanas, La Habana.

[5] Carta desde Matanzas, de  Carilda Oliver Labra al declamador Severo Bernal Ruiz, residente en Santa Clara, martes 4 de octubre de 1955. [Inédita]. El Autor dispone de fotocopia.

[6] Carilda Oliver Labra: «Carta a Fray Casto de Villavicencio», en El Villareño, El Diario de la Tarde, Santa Clara, Las Villas, viii (221):2, sábado 8 de agosto de 1955. V. Carilda Oliver Labra (1997): «Carta a Fray Casto de Villavicencio», en Con tinta de Ayer, pp. 75-77, Ediciones Capiro, Santa Clara, Villa Clara.

[7] Idem.

[8]  Fray Casto de Villavicencio: «A una Dra. Matancera: Respuesta en dos tiempos: Hoy el primero», en El Villareño, El Diario de la Tarde, vii (233):2, Santa Clara, Las Villas, viernes 14 de octubre de 1955.

[9] El declamador mostró el recorte de prensa, correspondiente a: Fray Casto de Villavicencio: «A una Doctora matancera: respuesta en dos tiempos. Hoy el segundo», en El Villareño, 7(235): 2; Santa Clara, Las Villas, lunes 17 de octubre de 1955. En el Archivo Histórico de Villa Clara el número correspondiente a esa edición no aparece registrado.

[10] Carilda Oliver Labra: «Elegía por Mercedes», en La Publicidad, 52(76):10; Santa Clara, Las Villas, viernes 30 de noviembre de 1956.

[11] Carta desde Matanzas, de  Carilda Oliver Labra al declamador Severo Bernal Ruiz, residente en Santa Clara, lunes 18 de noviembre de 1955. [Inédita]. El Autor dispone de fotocopia.

 

[12] El autor dispone de una fotocopia del esos originales.

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