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20 DE MAYO DE 1902; UNA FARSA POLÍTICA EN CUBA

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Por Luis Machado Ordetx

 

En mayo de 1934, casi simultáneo a los días en que Estados Unidos imponía a Cuba otro tratado de Reciprocidad Comercial, tendente a afianzar la ilusoria política del «Buen Vecino» de la Isla, el narrador y periodista Mguel de Marcos (1894-1954) reflexionó con ironía, rayana en sarcasmo, sobre el nacimiento de la República, 32 años antes de aquella fecha.

 

El autor de las novelas Papaíto Mayarí (1947) y Fotuto (1948), conocía con exactitud las intenciones norteñas desde que maniató a la Cuba tras la imposición de la Enmienda Platt, un apéndice a la Constitución de 1901. Establecía así una garantía para intervenir de manera militar cuando lo entendieran, y de hecho y por “derecho” hizo firmar un tratado para la creación de bases navales y carboneras, y otro permanente.

Ya en Papaíto Mayarí, escrito años después, el narrador reflexionaba con signos de frustración. Antes, en la edición del 20 de Mayo de 1934 de Bohemia [18 (26): 29], el periodista dio a conocer su crónica «Aquellos cubanos de 1902…», opinión que deja una nota amarga en torno al persistente naufragio republicano de entonces.

 

Es una respuesta al vació que legó el fracaso de la Revolución del 30. En la novela hay un personaje que expone: “la cubanidad es amor”, mientras otro  replica: “la cubanidad es el timo del siglo”, y hasta indica, tipificando aquella república neocolonial, que  Cuba “es un país de tipo excrementicio”.

 

 Más adelante indica en voz de uno de sus protagonistas: “Cuba es un lamentable infrapaís gobernado siempre por infraenanos, que comen con los dedos y creen que Maetternich es un concejal de Yaguaramas o un vendedor de pescado de la Plaza del Vapor”.

 

Un repaso a la narrativa de la primera generación republicana, esa que envuelve las novelas de Miguel de Carrión, Carlos Lovería, Jesús Castellanos y Félix Soloni, entre otros prosistas, y que también se trasladó al periodismo costumbrista, a la manera de ver naturalista,  hay en Fotuto un símbolo de los cataclismos del ideal nacional, aquel que desde la manigua insurrecta trazaron los mambises de la gesta del 95.

 

En esta novela, luego de la desgracia que originó huracán del 26, denuncia que “Yolandita era todo para mí. Era mi hija, pero me parecía que era Cuba, nuestra patria, viejo, nuestra pobre Cuba, nuestra tierra alegre e infortunada. Y ya tú ves: cuando la llevaba en mis brazos, la mañana del ciclón, vinieron una ola y una racha. Me la arrancaron y se la engulló un tragante”.

 

Esa pieza narrativa, a veces poco valorada por la historiografía literaria,  concluye su periplo en 1934. Recrea los instantes en que barcos norteamericanos se divisan desde el malecón. Otra señal de frustración impera en el discurso histórico de De Marcos, y expone: “Es un destino de los cubanos. Seguimos conspirando, seguimos en rebelión. Es que siempre hay un gobierno malo en el poder". Hay una acritud en la mirada de la República. Jacinto Luna, un aristócrata empobrecido, precisa: “Creo que Cuba, entre otras cosas, está urgida de una revolución, de una verdadera revolución, que lo transforme todo, que sea en dimensión de cataclismo, arranque las raíces podridas del coloniaje y empiece por suprimir, en la comida de cantina, el plátano manzano, como postre inconmovible”.

 

Esa fecha, 1934, donde concluye la historia de Fotuto, y en la cual de Marcos publica su crónica sobre la instauración de la república, el 20 de Mayo de 1902, constituyó la acentuación del dominio de los Estados Unidos sobre Cuba. Comenzaba la era del “Buen Vecino”, con un tratado de Reciprocidad Comercial que derogaba la Emmienda Platt y dejaba asentada sus principales bases de dominación política y económica.

 

También es el momento en que la economía cubana, maltrecha, sale perjudicada con otra Ley, la de Cuotas Azucareras (Costigan-Jones), que reduce los volúmenes de exportaciones del crudo.

 

Los mediadores yankis (Welles y Caffery), tratan de solucionar los problemas nacionales, los disgustos populares, y el enfrentamiento entre fuerzas opuestas a esos desmanes, con imposiciones militaristas que tienen de aliadas al “Sargento” Fulgencio Batista.

 

Dice Miguel de Marcos: “Fue un grave yerro haber escogido el 20 de mayo para inaugurar la república. Treinta y dos años después de aquel suceso, aún ignoro de quién surgió esa determinación. Y sospecho que aquellos primeros constituyentes estaban aquejados de vehemencias patrióticas

 

El novelista y periodista precisa, en una especulación personal, que la fecha fue escogida por el mes del “deslumbramiento de las flores”, y creían de corazón henchido que, la república traería cosas buenas al país que luchó durante muchos años por alcanzar su verdadera independencia.

 

Apunta, incluso: “Instalar la inauguración de la república en un día de mayo fue un perforante error desapacible. Todas nuestras tragedias vienen de ese salto en las tinieblas, de esa falta del sentido de la coyuntura, como dicen los ideólogos de este 1934 tan superiormente pintoresco.”

 

Hay marcada ironía ante la prepotencia norteamericana, y en recreo del ambiente patriótico que marcó la naciente república, por demás maltrecha en las condicionantes políticas y económicas, el periodista expresa: “Aquellos criollos excelentes estaban desarmados ante la vida. Habían podido esperar unos meses para tremolar en el Morro la bandera tricolor, indefensa en aquellos días entusiastas…” No tuvieron en cuenta dos antecedentes, afirma con la idea de prolongar en el tiempo el advenimiento de la república: Carlos Manuel de Céspedes, y su irrupción en La Demajagua el 10 de Octubre de 1868, y también señala como posible fecha, en el décimo mes de año, el descubrimiento de la Isla, en 1492.

 

La fatalidad, dice De Marcos, “nació confiada a hilar en ruecas de caracolas” al desmembrarse, por orden de Estrada Palma, el Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí, además, advierte triste licenciamiento del Ejército Libertador, guía de nuestras verdaderas gestas independentistas.

 

El rumbo de la república surgió torcido, ávido del pillaje y la “docta realización del saco de alpaca” de una generación lagotera y charanguista de presidentes vendidos a la economía y los designios de los Estados Unidos.

 

Tal vez sea, apunta De Marcos, un ejemplo de imposición, otro más, la carta de Teodoro Roosevelt que entregó el gobernador militar Leonard Wood a Estada Palma, texto que dice: “Casa Blanca, Washington D.C., 10 de mayo de 1902. Al presidente y al Congreso de la República de Cuba. Señores: El día 20 del presente mes el Gobernador Militar de Cuba, en cumplimiento de mis instrucciones, os hará entrega del mando y gobierno de la Isla de Cuba, para que de ahí en adelante los ejerzáis conforme a los preceptos de la Constitución acordada por vuestra Convención Constituyente, tal como queda promulgada en ese día; y en ese instante declarará que la ocupación de Cuba por los Estados Unidos ha terminado. Al mismo tiempo, quiero haceros presente la sincera amistad y los buenos deseos de los Estados Unidos, y nuestros más sinceros votos por la estabilidad y éxito de vuestro gobierno, por las bienandanzas de la paz, la justicia, la prosperidad y ordenada libertad entre vuestro pueblo, y por una perseverante amistad entre la República de los Estados Unidos y la República de Cuba. Theodore Roosevelt, presidente de los EE.UU.”


Otra tamaña farsa. La suerte infausta estaba echada en la historia de Cuba a partir del instante en que, desde el mástil del Morro de La Habana, se ordenó el descenso de la bandera de la Unión, y fue izada la cubana. Entonces, la historia del pillaje, la corrupción y el saqueo de nuestras riquezas se mantuvo por más de medio siglo gracias a beneplácito de gobiernos nacionales encargados de alegrar al poderoso vecino del norte.

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