20160820213619-orlando-ortega-envuelto-en-la-bandera-de-espana.jpg

Por Luis Machado Ordetx

Martí, el más universal de todos los cubanos, vivió siempre para el amor. Nadie lo negará nunca. Amaba, y en todo momento dio pruebas absolutas de sus ideas. Hasta a los adversarios, a quienes combatió en nombre de la ternura y la suprema esperanza, les prodigó cierto cariño, respeto, y midió las “distancias” desventuradas de cualquier pronunciamiento injusto.

Así leí hace muchos años en los dictados que recogió el holguinero-cienfueguero Enrique Gay Calbo, hombre probo y nacionalista, coeditor de la revista Cuba Contemporánea, una publicación que desde el espíritu patriótico mostró entre 1913-1927 a una isla caribeña, única, en la fidelidad extrema al progreso.

Nuestro país, como siempre, se mueve en el campo de muchas esperanzas, la nacionalidad inconfundible, la soberanía intacta, y la personalidad pura. ¿Cómo ahora? tachar a un coterráneo que decidió vivir —residir por voluntad individual— en otro país, de excubano.

Eso es imperdonable aunque el ingenuo pronunciamiento se ampare en “arbitraje” de un comentarista, o en un artículo de la Constitución de 1976 que, por derecho, tiene algunos basamentos que reclaman formulaciones en consonancia con los tiempos actuales.

Antes de la caída de los pabellones de la Olimpiada Río de Janeiro, 2016, con el triunfo de plata del vallista Orlando Ortega Alejo, un joven artemiseño, corredor exitoso de 110 metros, quien decidió competir con la bandera española —acogido a la nacionalidad de ese país—, Randy Alonso Falcón lo borró de un “golpe y porrazo” del umbral de identidad histórica.  

¡Qué disparate cultural —sociológico y filosófico—, admitir ese argumento! Todo echa por tierra el fundamento teórico del Tercer Descubridor de Cuba, Don Fernando Ortiz Fernández. En sus “Factores Humanos de la Cubanidad” (1939), hay absoluta vigencia e insuperable conocimiento para comprender qué sentimos y porqué vivimos amando lo nuestro sin importar el lugar donde estemos residiendo en acto voluntario o no.

No entiendo la idea descabellada, irónica y hasta de bufa. ¿Cómo renombrar de  «ex cubano a Orlando Ortega» luego de su triunfo, o las declaraciones y escoger la bandera española para exhibirse en la pista? Antes porqué no lo hicieron. http://www.cubahora.cu/notas-informativas/la-valla-mas-larga-de-orlando-ortega

En el criterio del periodista existe cierto dogmatismo y desidia. Años atrás  en Diccionarios de Literatura Cubana (I-II, 1980), o en nuestras emisoras radiales y programas de televisión, dieron “baja o eliminaron” a artistas y escritores cubanos que, por una razón u otra, resolvieron radicarse en otro país. Los nombres sobrepasan cuartillas enumeradas… Por suerte los tiempos cambian.

Ahora se viene a hablar y divulgar sin límites a Agustín Acosta, el poeta de La Zafra, o del neorromántico José Ángel Buesa, de Enrique Labrador Ruiz, de Guillermo Cabrera Infante, Gastón Baquero, o… Tendría que recordar nuevamente a Fernando Ortiz, cuando dijo de modo concluyente que «Entre cubanos no andamos en boberías». No obstante, ahora se cayó en otro tipo de “bobería", de índole ramplón e insustancial.

El pensador declaró que la bobería, esa que siempre constituye una afirmación, en todos anima a «vivir con fe, luchar con esperanza y a triunfar con claridad». Eso hizo el vallista Orlando Ortega, aunque con un pabellón diferente a su origen de nacimiento.

Jamás en las precisiones negó su amor por Cuba, lugar en el cual se formó como corredor, dio triunfos inobjetables, y dejó familiares y amigos cuando en 2013 se afianzó en España como una vía "salvadora" para proseguir su meta deportiva en ascenso. Ahí está su prueba irrefutable luego de años de sufrimiento, según alegó: una medalla olímpica.

Ortiz dirá en su Carta Abierta al Ilustre Don Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca (1913), que «cuando un individuo de instintos no rebañescos se aparta del montón de los indiferenciados, se le culpa de bobería, se le acusa de traidor a la patria por su abstención de la vida gregaria de los más…»

Apunto con sinceridad, esa fue la decisión de Ortega, y también la de otros cubanos. Como tal hay que respetarla y aplaudirla, aunque para nuestro interior preexista un infinito dolor y cada cual es dueño de su destino. A nadie han traicionado, y tampoco blasfemado. Al menos, con su actuación, no obró con la doble moral que en las esferas sociales, profesionales o de directivos figura con la carta en la mesa en muchos aspectos del universo cubano contemporáneo.

Cuando Alonso Falcón afirmó que «el excubano Orlando Ortega, que va a competir por España, y otros casos de atletas que han saltado de un país a otro», no mostró ningún tipo de prudencia.  ¿Cómo hablar de la influencia del dinero en el panorama internacional del deporte? Hay ingenuidad.

Coincido con el filósofo Enrique José Varona, cuando en sus Aforismo urgió que «No basta saber decir; se necesita tener algo que decir», y la mención refrendada por el periodista en el programa noticioso, por extemporánea e ilógica, dejó con la boca abierta a muchos televidentes de los más remotos confines del mundo.

Adquirió un carácter incongruente, poco explicativo y carente de fundamentos histórico-culturales que, más allá del sustento, inquietan en el ¿porqué? de esos frutos deportivos que se sostienen fuera de nuestra frontera. De un modo u otro también se erigen en patrimonio de los esfuerzos de especialistas e instalaciones cubanas. Habrá  cuestionamientos que apunten hacia la razón última de esos hechos. Eso sería lo puntual; lo definitorio.

En el fondo, por apreciación, dolió más la pérdida de una ¿medalla? que el abrazo a la bandera española protagonizada por Ortega, y por inferencia de otros deportistas criollos que compitieron en pabellones diferentes y de quienes en lo absoluto nada se dijo.

El dinero lo mueve todo siempre. Lo trascendente significa no caer en una actitud vergonzante en un contexto en el cual hasta el periodismo cubano —una de las profesiones menos remuneradas del país—, muestra lastres en cauces donde abundan simuladores, de doble moral, en todo tipo de prensa.

Por las migraciones —internas o externas—, nadie niega, como afirmó Ortiz, ese modo de hablar propio del cubano, y mucho menos el complejo de condición y calidad de su cubanidad. Existe, admitió el teórico cubano, una «ciudadanía allegadiza, por el color de la piel» y que siempre delatará a un nacido en esta tierra. Por tanto, jamás admitiría ni concedería derecho absoluto a nadie por "tildarme" de excubano cuando, en el tronco, los orígenes distinguen una procedencia originaria.

¿Cuántos casos hay que —según el políglota de Los Negros esclavos (1916)—, no han adquirido costumbres y maneras exóticas de otras tierras? Millones, y llevan a Cuba en el alma, la esperanza y el amor, como blasón de esa «olla puesta al fuego de los trópicos»: su ajiaco histórico.

Soy un cubano que reside en la Isla, y la lleva en sus entrañas con sus sufrimientos y alegrías. Fui de los que aplaudí el triunfo de Ortega, o los de otros. Es mi derecho. ¿Por qué?, en el fondo, y a pesar de tomar una ciudadanía diferente a la excepcional de nacimiento, sostuvo en su espiritualidad un acuerdo con Ortiz: «conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser», muy a contrapelo de esa bandera que sostuvo en los hombros.

¿Qué hombre público tiene derecho a “eliminar” mi nacionalidad por abrazar otra bandera de un país diferente al de nacimiento? Alonso Falcón, con sinceridad, tuvo un infeliz deslizamiento; uno más como cualquier humano…