20180425234847-reportes-de-la-prensa-cubana-anuncia-la-detencion-del-general-jose-miguel-gomez.jpg

Itinerario de la presencia de villareños en la primera magistratura del país durante el pasado siglo.

Por Luis Machado Ordetx

 De José Miguel, el primer mambí villareño que ascendió a la presidencia de la República, hay profundas historias oscuras durante su actuación política. En el Diario de Campaña, después de la toma del poblado espirituano El Jíbaro, allá en julio de 1898, anotó que estaban «equivocados e indiferentes» los radicados en el país, cubanos o extranjeros, que no apoyaran la intervención militar norteamericana.

 Fue el sueño inicial por  la «ayuda» de esas tropas para derrotar el colonialismo español. No obstante, el jefe insurrecto de tres guerras de independencia, obligó a un soldado aliado que reverenciara primero nuestra bandera, y no al estandarte extranjero, de muchas estrellas, como pretendió hacer después de tomar un fuerte enemigo.

 El real ideal de amistad norteamericana no fue advertido por José Miguel Gómez, y durante el segundo gobierno republicano (1909-1913), otra representó su posición.

 El general John R. Brooke, primer jefe de la ocupación militar del ejército estadounidense, lo nombró el 4 de marzo de 1899, gobernador civil de Las Villas. Entonces comenzó su vida de político y trató de reconstruir la riqueza económica y educacional de la provincia de Santa Clara, devastada antes por la guerra.

 Al igual que otros gobernantes olvidó la prédica de José Enrique Varona: «Dicen que los golpes nos enseñan. Hay quien se rompe las narices contra un guardacantón, y todavía no sabes que los guardacantones son duros», pues las ambiciones personales los alejaban de las ideas patrióticas por las que habían luchado.

Con el apoyo de acaudalados villareños, del arraigo popular, principalmente de negros y mulatos —a los que ignoró ya como presidente constitucional y los masacró en diferentes regiones cubanas—, se lanzó a la reelección de la candidatura provincial sin que entonces no surgieran atropellos contra los contrarios políticos. Een 1905 renunció como gobernador para pensar en la conducción de los destinos del país.

 Equivocado estaba el general de tres guerras, el caudillo independentista, al decir a  La Lucha, el rotativo habanero que la Enmienda Platt «no entraña peligro alguno ni merma nuestras libertades, pues tiende únicamente a que Cuba sea un país de orden, que sus gobiernos tengan estabilidad». Fue el pensamiento conservador, y hasta antianexionista en un principio, de muchos que, de pensamientos fatalistas, no advirtieron los efectos negativos que estaban por aparecer.

 Desde mayo de 1903 comenzó a regir el tratado permanente, y en su esencia recogía el espíritu de la Enmienda Platt, como apéndice constitucional, y luego vino el convenio de arrendamiento para estaciones navales en Guantánamo y Banía Honda, sin llegar a una definir la última. La primera, todavía permanece ilegalmente ocupada.

 Después cambiaría la historia. Una nueva mentalidad se apoderó de José Miguel Gómez al renunciar a la gobernación provincial y viajar a los Estados Unidos, y hasta solicitar en su aparente desespero otra ocupación militar que llegaría en 1906 para «desangrar al país» con una interpretación acabada de los preceptos de Platt.

 Los liberales llevan en septiembre de 1908 a Jose Miguel, «tiburón» entre sus correligionarios, a la presidencia cubana. En enero del siguiente año comienza el segundo gobierno constitucional. A partir de ahí la industria norteamericana aseguró el mercado nacional y la dependencia económica.

 En 1913 cesó un gobierno que, a pesar de las obras públicas efectuadas en diferentes regiones del país, o imponer el camino de la instrucción pública como indicador del mejoramiento humano, tiene el estigma de «ahogar» en sangre, un año antes, al levantamiento armado de los Independientes de Color.

 Unos meses después de aquel suceso el diario La Prensa, en La Habana, acusaba al presidente villareño de autorizar a Nipe Bay Company la importación de 3000 trabajadores antillanos destinados a faenas agrícolas del central Preston, en Oriente, flagrante violación de las disposiciones vigentes de inmigración.

 Por esa fecha Carlos de Velasco, desde la revista nacionalista Cuba Contemporánea, al cierre del mandato presidencial del “Tiburón cubano”, declaró que los «partidos políticos, especialmente el titulado Liberal, en estos últimos años ha halagado a las masas   con promesas irrealizables, han cultivado sus pasiones más bajas, han contaminado a los no prostituidos, han excitado sus apetitos más innobles, para obtener de ellos el voto; y con ellos han promiscuado en las más groseras manifestaciones de incultura social y política».

 Sin embargo, el Mayor General que jamás perdió una batalla contra las fuerzas españolas,  Protagonizó su última bravuconería en febrero de 1917 durante la «guerrita de La Chambelona», cuando Zayas no arrasó en las elecciones, y García Menocal sacó una cierta «ligera» ventaja. Alegaron fraudes, era evidente. En el segundo mes de año irían otra vez a los comicios.

 José Miguel, al frente del directorio de liberales, tuvo su última osadía: protagonizar una insurrección, sin obviar, por supuesto, el deseoso procedimiento de “escalar” la dirección del país por la fuerza y anular los comicios, o propiciar otra intervención norteamericana.

 José Miguel fue de Batabanó a Júcaro, al sur de Camagüey, un territorio conocido, y avivó la conspiración-alzamiento liberal de sus correligionarios en zonas de Las Villas y Oriente. Fallaron las artimañas de desobediencia militar en Pinar del Rio y las fortalezas habaneras, así como el intento de apresar a García Menocal.  También se malogró el alzamiento de Santa Clara al mando del entonces del general de brigada Gerardo Machado Morales. En localidades de Oriente, Sancti Spíritus y Camagüey los sediciosos tuvieron más fortuna, pero…

 Una declaración de Estados Unidos, donde se expuso «clara y definitivamente su posición con respecto al reconocimiento de Gobiernos que han llegado al poder a través de revoluciones y otros métodos ilegales», obligó a deponer las armas en tanto José Miguel Gómez pretendió hacerse fuerte en predios espirituanos. Todo quedó en pretensiones, y a principios de marzo fue detenido en Caicaje, en Placetas, próximo a su territorio de origen.

 García Menocal, sus fuerzas militares, y las alertas de invasión norteamericana, amedrentaron a los conminados. El 20 de mayo del fatídico año de 1917, otra vez ese presidente  juró “lealtad” a la república en su segundo mandato y se erigió en el hombre fuerte y del momento cuando reorganizó los cuerpos militares del país, ahora en un solo mando, y  nuevo beneplácito de Gobierno.

                                      ANTINOMIAS DEL GENERAL

 El primer monumento para perpetuar a José Miguel Gómez se gestó en Santa Clara, a escasos cuatro años de fallecido en 1921 Nueva York. El lugar escogido pertenecía a los antiguos terrenos del Cuartel Tarragona, cercano al edificio de la Audiencia  provincial. El italiano Gino de Micheli dirigió el proyecto de escultura, y el 30 de diciembre de 1928 quedó inaugurado con la asistencia de Gerardo Machado Morales, presidente de la República.

 Era el segundo gobernante villareño en ascender en 1925 a la dirección de los destinos nacionales. Hay cierta ironía en el suceso al que acudió Machado Morales a la capital provincial. Después  del alzamiento de La Chambelona, allá en febrero de 1917, muchas razones arguyeron los liberales para explicar la derrota, incluida la posible intervención norteamericana. Desde Calabazar, en La Habana, José Miguel escribió el 20 de diciembre de ese año a Machado, según documento expuesto por el historiador Rolando Rodríguez:

 «Pero… Caramba Gerardo (…), a ti esta felicitación (…), tengo por responsable del fracaso de la causa, y en consecuencia, de mi prisión, por no cumplir tu compromiso de ponerte al frente de nuestras Villas (…) Recibe ahora mi enhorabuena por tu magna idea de dividir a mis devotos con la creación del partido Unionista, del que seguro formarán parte principal los tímidos, desleales y traidores al liberalismo».

 Después de releer el contenido de la misiva, entre uno y otro mambí villareño, tal vez desaparecieron los puntos de convergencia y diálogo. No obstante, durante la Guerra Necesaria en el centro del país, y después de instaurada la República, entre ambos existió una afinidad muy cercana en las huestes del Ejército y el Partido Liberal.

 Habría que radicar una excepción cuando el General Machado tomó la decisión de inaugurar el monumento, situado en un prominente lugar, y renunciar de inmediato, según reportes del diario La  Publicidad, de Santa Clara, a la creación de una estatua a su figura, y que nombraran al antiguo pueblo de Manajanabo, en las cercanías, como “Los Machado”, de acuerdo con propuesta de los correligionarios.

De Machado Morales, ¿cuánto no se habrá escrito en la Historia de Cuba desde que el 15 de junio  de 1895 cuando tomó el camino a la manigua insurrecta en Camajuaní?, según reseña José García del Barco.

 A la presidencia de la República ascendió Machado Morales el 20 de mayo de 1925 en medio de una profunda crisis estructural del país, y un programa político en el cual primó el cooperativismo para impedir los brotes oposicionistas a partir de una aparente estabilidad nacional entre reformas y represión social.

 Enrique José Varona, ya entonces anunció que «Cuba está enferma. Todos los pueblos lo están. Lo importante es diagnosticar su enfermedad y aplicarle el remedio (…), si lo sabemos». Fue la advertencia a una gestación revolucionaria que surgió con los jóvenes, las organizaciones juveniles y obreras y el enfrentamiento a la represión frente al movimiento popular que se afianzaba en el país.

 En 1927, desde la silla presidencial anunció el intento de prorrogar su mandato, y las repulsas ante los desmanes se incrementaron con actuaciones  obreras y estudiantiles de proyección antimperialista y latinoamericanista en un contexto que, desde décadas anteriores con la revista Cuba Contemporánea, fortaleció el rescate del pensamiento humanista, emancipador y revolucionario de José Martí, el Apóstol.

 Después de 1930, en ascenso, el régimen comenzó a tambalearse por el empuje de políticos tradicionales, los sectores radicales del estudiantado, los obreros y campesinos, así como el movimiento feminista y revolucionario comunista.

 Era cierto el fundamento del historiador Ramiro Guerra, cuando años antes, en su artículo  «De Monroe a Platt», afirmó que «muy menguados serían los cubanos y muy indignos de la libertad, si para velar por el bienestar, la paz y el desarrollo material y moral de su país, necesitasen, en lo interior, la tutela y la admonición extranjera». La situación se puso tan grave que Machado cuando arrancó la «mediación» del embajador norteamericano con el gobierno y la oposición, ideó colocar los «pies en polvorosa» y marchó al exilio.

 Aquí quedaron, y tal vez jamás lo olvidaría, reliquias constructivas levantadas en diferentes períodos de su mandato, las secuelas del oleaje de terror, el suelo patrio por el cual peleó en la manigua cubana y el panteón familiar que aún se conserva con los restos de sus progenitores, Elvira y Gerardo, en la necrópolis de Santa Clara.

                                        LOS EFÍMEROS

 Alberto Herrera Franch, de San Antonio de las Vueltas, también villareño, ocupó de manera provisional la presidencia de la República por solo 24 horas luego del derrocamiento de Machado, aquel 12 de agosto de 1933. En la Guerra de Independencia estuvo bajo las órdenes de Juan Bruno Zayas, desde su alzamiento en Vega Alta, y también del “Guapetón” Leoncio Vidal Caro.

 Concluyó la contienda con los grados de teniente coronel hasta que en la República, destacado en varias misiones, ocupó el grado transitorio de mayor general, y fue secretario de Guerra y Marina y de Estado (interino) en los tres últimos meses del gobierno de Machado, quien por una trapisonda política no liberó a Herrera Franch de su cargo, y se convirtió en Presidente en funciones por escasas horas hasta que dimitió para dar paso al gobierno de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada.

 El coronel del Ejército Libertador Carlos Mendieta Montefur, murió en La Habana en 1960, y aunque en muchas biografías insisten que nació en el ingenio azucarero “La Matilde”, atribuido al antiguo municipio de San Antonio de las Vueltas, en realidad, por la proximidad del lugar,   el hecho prorrumpió en Camajuaní.

 De enero de 1934 a diciembre de 1935 fue presidente provisional de la República, y al menos cabe el mérito que durante su mandato se abolió la Enmienda Platt, el bochornoso desmembramiento de la Doctrina Monroe, aquel sentimiento poco amistoso de los gobiernos norteamericanos hacia la isla caribeña.

 Junto a José Miguel Gómez hizo carrera política en la provincia de Santa Clara, y logró culminar la carrera de Medicina aunque jamás,  afirman algunos historiadores, ejerció la profesión. Durante la «guerrita de febrero del 17» se alzó en armas, y fue detenido en Caicaje, Placetas, en el grupo que dirigía su jefe Gómez. Sin ser periodista dirigió el rotativo habanero Heraldo de Cuba, y hasta firmó, según los créditos, algunos artículos aparecidos  en La Publicidad, de Santa Clara, durante la segunda década de siglo cuando Roberto Méndez Peñate, su amigo de armas mambisas, figuró de gobernador provincial. 

 El gobierno provisional en el cual intervino Mendieta, el ¿voltense-camajuanense?, estuvo integrado, en principio por Carlos Hevia y Manuel Márquez Sterling. Ya entonces el coronel Fulgencio Batista Zaldívar era un «hombre fuerte» en los destinos de la política cubana. Después surgió, del 18 de enero de 1934 hasta el 10 de diciembre de 1935, el Gobierno de Concertación Nacional: Mendieta-Caffery-Batista, de carácter ultraderechista.

 El hijo de José Miguel, llamado Miguel Mariano, espirituano además, aprendió del corolario político entre liberales y conservadores, y a diferencia del progenitor, siempre optó por un espíritu civilista a prueba de anticorrupción administrativa. Solo siete meses duró su mandato presidencial (mayo-diciembre de 1936), y en su ascenso contó con el voto popular, primero en alcanzarlo, después de la caída de Machado.

El Congreso de la República, por maniobras políticas y de presión oculta de Batista, lo destituyó del cargo, y su lugar lo ocupó el remediano Federico Laredo Brú, entonces vicepresidente del país.

En los dos días iniciales de enero de 1959, con la estampida de Batista y mientras fuerzas invasoras del Che y Camilo avanzaban hacia La Habana, Anselmo Alliegro y Milá, descendiente de progenitor italiano, y nacido en Yaguajay, en las cercanías de Caibarién, ocupó el mandato de la República en su condición de vicepresidente. El entonces senador después renunció con la llegada al poder de la Revolución.

 A la presidencia, entonces, la consiguió Manuel Urrutia Lleo, también natural de Yaguajay, quien declinó en su cargo el 17 de julio de 1959. Días después asumió la Presidencia el cienfueguero Osvaldo Dorticós Torrado, quien no tendría un carácter efímero en la dirección de Gobierno y establecería junto a Fidel y el pueblo la ruta de las transformaciones iniciales del carácter socialista de la Revolución. Permanecería en su misión oficial hasta 1976, fecha en la cual entró en vigor una nueva formulación de la Constitución cubana.

                                     EL ÚLTIMO MAMBÍ

 Dos sombras rondaron al coronel remediano Federico Laredo Brú, Presidente de la República y último de los mambises en ocupar ese cargo, cuando desde diciembre de 1936 y hasta 1940 se desempeñó en la primera magistratura.

El coronel de la Guerra Necesaria, catalogado de reformista social en su período de mando, tuvo a Batista, su sucesor, como guía tutelar.

 Durante su mandato fue el hombre que llevó adelante los preparativos para firmar una nueva Constitución republicana, al decir de investigadores, la más democrática y avanzada de su tiempo. Sin embargo, la historia le achaca a Laredo Brú el rechazo de atraco en puerto habanero del trasatlántico de Hamburgo-Saint Louis, con más de 900 pasajeros hebreos. Huyeron de  Alemania fascista, y llegaron a Cuba a finales de mayo de 1939, un hecho insólito que originó comentarios de todo tipo y, en última instancia, reiteró las presiones norteamericanas sobre los gobernantes isleños.

 En Noticias de Hoy, del martes 30 de mayo de ese año, un titular reiteró: «Hay que depurar responsabilidades en el “Affaire” de los pasajeros hebreos embarcados para Cuba». Un sumario especificó: «Se afirma que el pasaje del San Luis ha producido una utilidad ilegal de más de cien mil pesos». Después resaltan: ¿Por qué el San Luis se lanzó en una carrera loca a través del océano quemando petróleo sin tasa? ¿Por qué forzó al pasaje a comprar boleta de ida y vuelta? Ya salieron el “Orduña” y el “Faldre”, llevándose el pasaje que trajeron de Alemania y que venía destinado a nuestro país».

 El cuerpo de la información del diario de los comunistas cubanos destacó: «Conociendo el interés que ha despertado en nuestro pueblo la situación de los perseguidos políticos llegados en estos días al puerto de la Habana, nos trasladamos a bordo del vapor Orduña, en donde podemos captar escenas de un patetismo impresionante, familias enteras presas de desesperación al encontrarse de pronto de la terrible realidad de tener que regresar a la Alemania nazi, de la cual se veían ya libres.  Más de sesenta pasajeros hebreos que habían cumplido todos los requisitos legales que se les exigieron, eran ahora rechazados por las autoridades de inmigración (…) Los hebreos (…) no alcanzaban a comprender que continuasen fuera de Alemania, en una tierra libre, las mismas condiciones de engaño y violencia que les hizo imposible la permanencia en su país…»

 Ese constituye uno de los hechos más oscuros del cabildeo gubernamental cubano, y evidenció que, a pesar del ambiente restaurador de democracia y de lucha antifascista, Laredo Bru pasó a la historia en un ambiente gris bajo el manto tutelar que ejercían los militares y las presiones norteamericanas en las vísperas de elecciones nacionales.

 De los pasajeros del St. Louis que pudieron desembarcar en Cuba, precisó la prensa de la época, apenas rebasó el medio centenar y fueron confinados al penal de Isla de Pinos, donde abonaron unos 500 pesos per cápita por la aparente «hospitalidad» cubana.

 Laredo Brú, el mambí que ingresó en la Brigada de Remedios, allá en 1897 bajo las órdenes del General José González Planas, durante el gobierno de Batista (1940-1944) ocupó la cartera de ministro de Justicia, y murió dos años después con un pasado que  siempre lo condenará en la historia al negar refugio a los judíos que arribaron a la Habana para asegurar un espíritu de libertad.

 Los villareños Presidentes de la República, excepto el cienfueguero Osvaldo Dorticós Torrado, pudo desentenderse del principio que esgrimió Roig de Leuchsenring, cuando en 1927 argumentó que «no debemos temer a las  asechanzas extranjeras, y podemos orientar nuestra línea de conducta en lo que se refiere a las relaciones con los Estados unidos, en el mismo sentido que cualquier otro pueblo grande y fuerte, sin necesidad de darles internacionalmente trato privilegiado y superior al que guardemos con los demás países y sin que tengamos tampoco que rendirle vasallaje ni pleitesía». Es otra la realidad que hoy pertenece al país.