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MACHO TUMBACOCOS; LA HISTORIA DE NICASIO

MACHO TUMBACOCOS; LA HISTORIA DE NICASIO

El amigo Nicasio Vázquez González es de esos cronistas que llevan la realidad inmediata retratada en los ojos y la memoria. De Corralillo y sus historias, en el centro norte cubano, nada asombra cuando, con palabras finas, hilvana datos, personajes, ocurrencias. El hombre por siempre llevó el periodismo en la sangre, y hasta hizo labor de corresponsal voluntario para rotativos del país. Hablar con Nicasio resulta abrirse camino mar adentro en el costumbrismo. 

Alguna que otra vez lo he visto en su Corralillo querido, y hemos tenido tiempo de dialogar de temas diversos. El hombre, economista de profesión y ya jubilado, jamás se detiene en «armar» párrafos para contar historias. De aquel concurso nacional de crónica «Enrique Núñez Rodríguez», con sede en Quemado de Güines, territorio aledaño a Corralillo, Vázquez González consiguió el primer premio.

Luego llegaron otros lauros, pero aquel triunfo literario-periodístico logrado en 2007, por supuesto, queda en la memoria de todos. Aquí está «Macho Tumbacocos»,   una reaidad costumbrista con la cual, a veces, topamos en la vida. Gracias Nicasio por el obsequio del documento, y la fotografía en la que estamos junto allá en Quemado de Güines, tierra natal de Nüñez Rodríguez y donde está sepulpado el inconfundible guitarrista español Vicente Gelabert, un bohemio por pueblos y ciudades cubana.

 

“MACHO TUMBACOCO”

                                         Autor: Nicasio Vázquez González, Corralillo, Villa Clara

 

   Vicente llevaba muchos años trabajando en el Banco. Había transitado por las sucursales de varios pueblos villaclareños hasta que le fue encomendada la dirección de una importante oficina bancaria en la Ciudad de la Habana. Acababa de cumplir 40 años. Siempre buscaba lugar para darle atención, además del trabajo, a la familia, la literatura y el béisbol.

   Una tarde, casi a punto de cerrar el banco habanero, se presentó un ahorrista joven, de buena presencia, a extraer el dinero que le quedaba en su cuenta, que por cierto no era mucho. En el bolsillo de su camisa un telegrama procedente de Quemado de Güines, le anunciaba un grave problema familiar y debía viajar de inmediato a ese pueblo donde –según expresó- residía toda su familia. El banco daba  facilidades para poder extraer y depositar efectivo en cualquier sucursal del país, bajo ciertos requisitos

    Llenó su modelo de extracción y se presentó con la libreta y el carné de identidad en la ventanilla, pero una simple revisión realizada por el cajero, detecta que la foto estaba despegada, lo que le impedía llevar a cabo la operación. Explicó la gravedad del caso el cliente, pero la decisión final vino a parar al despacho de Vicente,  el  único que podía autorizar el pago en tales circunstancias.

   El director escuchó pacientemente al ahorrista; tomó el carné y la libreta del banco quemadense en sus manos y le reiteró las directivas bancarias al respecto, dándole toda la razón al cajero que había rechazado el pago. No obstante, al dirigente bancario le dolía no poder acceder a la solicitud teniendo en cuenta el telegrama mostrado; lo pensó varias veces, el saldo de la cuenta no era realmente grande como para no poder asumir una eventualidad. De pronto se le ocurrió hacerle algunas preguntas  al reclamante:

   -¿Qué día naciste?  

   -¿Cómo se llaman tus padres?   

    -¿Cuál es tu dirección?

   Vicente se sorprendió con las respuestas rápidas y acertadas, pero casualmente él también era villaclareño y había laborado algunos años en Quemado, donde por lógica conocía todos sus detalles, algo que ignoraba su cliente. Seguidamente continuó  haciéndole otras preguntas de rutina, disimuladamente:

   -Así que tú vives en Quemado.      

   –   sí.

   -¿Dónde queda el cine?         

   -…cerca del parque.  

    Era cierto

   -¿…Y el estadio?        

   -…en las afueras del pueblo.

    Cierto también

    No parecía un impostor. Recordó el viejo estadio, los peloteros del patio, sus ídolos locales, no pudo evitar que sus pensamientos se llenaran de nostalgia. Pero comprendía que las preguntas eran demasiado sencillas, casi tontas, cualquiera se aprende los datos de un carné, los cines casi siempre están cerca del parque y los estadios en las afueras del pueblo.

    En esos momentos entró “Chuchi”, su secretaria; en sus manos el periódico Juventud Rebelde de ese día, donde resalta el titular de una crónica de Eddy Martin, acerca del enorme jonrón conectado por Omar Linares la noche anterior en el “Capitán San Luis”, solo comparable al que dio  Muñoz en el “5 de Septiembre” de Cienfuegos años atrás. La situación se hizo menos tensa y el joven ahorrista quiso  comentar sobre otro jonrón conectado por Lázaro Junco, donde la bola pasó sobre el techo del “Victoria de Girón” de Matanzas. Vicente miró al joven con más simpatía. Se veía que estaba al tanto de la pelota.  De pronto,  le dijo en un impulso:

    -Pues mira, yo discrepo de ti y hasta del propio Eddy Martin. Yo considero que en Cuba nadie ha dado un  batazo más largo que el de “Macho Tumbacoco”…

    El joven lo miró extrañado como pensando -¿de dónde sacó el director a ese personaje?. Se sonrió y le preguntó si estaba bromeando…¿quién era ese “Macho Tumbacoco” del que él no había escuchado hablar nunca.

   Vicente lo miró fijamente y pidió disculpas para ausentarse unos minutos. Al regresar preguntó de qué estaban hablando.

-¡Ah, si, de la pelota!. Fueron largos los minutos, hasta que tocaron a la puerta:   

–¡adelante!-

   Dos agentes de la PNR uniformados irrumpieron en el despacho. El joven quedó pálido, retrocediendo hasta la pared, nervioso y excitado. Era inútil cualquier resistencia. Se dejó esposar y salió cabizbajo, escoltado por los policías. Había cometido un fallo en su plan aunque no lograba saber cuál.

   En el juicio oral el joven confesó que había comprado la libreta y el carné a una auxiliar de limpieza de un hotel capitalino, le había cambiado la foto original por la suya y quiso aprovechar la oportunidad de hacerse de unos pesos a través de la fallida estafa al banco.

   La secretaria, que aun no salía de su asombro, le preguntó después a Vicente, cómo  había detectado que era un fraude, si ella no encontró nada anormal en la conversación sobre los peloteros:

   -Mira Chuchi, “Macho Tumbacoco”, cuyo verdadero nombre es Ignacio Arredondo,  es más conocido en Quemado de Güines que Linares, Muñoz y Junco. Imagínate que ese sobrenombre se lo pusieron cuando “Macho”  tumbó un coco de agua, de una mata que había detrás del jardín central, con uno de sus descomunales jonrones. El que no lo conozca, no puede ser de Quemado de Güines y ese fue el error que lo delató.

   Quince días después, Vicente recibió una carta desde Quemado, suscrita por el propietario de la libreta y el carné perdido, donde le daba las gracias por su devolución y por haber evitado que perdiese sus ahorros.

   Vicente le contestó que no era a él a quien debía darle las gracias, sino a “Macho Tumbacoco” , aunque al agradecido ahorrista siempre le quedó la duda sobre qué relación tendría aquel pelotero con su libreta y su carné de identidad.

 

 

 

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