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PERIODISTAS EN JÚBILOS

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Por Luis Machado Ordetx


                «[…] Ilusiones se hacen los que niegan a los hombres el hermoso derecho de     conmoverse y admirar.»


                                                                           
  José Martí

La letra impresa, a veces, oculta al periodista; sucede igual con el árbol y el bosque, en un pacto de eticidad en que ofrecemos la mano al otro, y viceversa, al arrimo de tiempos de bien o de mal, de enseñanzas y de hallazgos, del compartir y hacernos imprescindibles en la labranza continua entre colegas inmersos siempre en las redacciones; en diálogo y soliloquio, incluso en el mutismo que impone toda escritura.



Evoco a esos hombres y mujeres que disfrutaron los corre-corre de las redacciones; del penetrante olor a plomo fundido de los talleres de compasión, de tinta impresa y de bullicio de voceadores —en tiempos en que “pregonaban” los titulares de las noticias—, y en lo aparente el comentario del que se acerca en la calle para indagar más allá del acontecimiento reseñado.



Ahora hay alteraciones provocadas por los misterios tecnológicos; en el fondo idéntico camino al de antes, cuando previo a la llegada de los más jóvenes, ellos estaban allí para ofrecernos el recibimiento, impartir lecciones; hablar de querencias y carencias; de avatares y anhelos sociales desde los diferentes sitios en que radicaban.



Transcurrieron cinco lustros desde que por vez primera esos colegas fueron percibidos en Vanguardia; de lunes a domingo los largos pasillos que conducían a la redacción eran enjambres humanos; los departamentos se convirtieron en ir y venir de gentes para hacer noticias en los apremios del cierre, del recuento de la historia individual y colectiva; y se impuso el respeto de la familia grande, esa que funda y germina.



Son cuatro décadas de sabidurías en las páginas del diario; por eso saben que «añade el periodista ese inquietante fragmento con el justo júbilo de sorprender que parte de sus noticias se deshacen por las arenas y las crónicas, y parte se reconstruyen para lo histórico y perdurable», tal como dijo el poeta José Lezama Lima.



¡Qué mejor dicha en la lozanía de los años!; ahora ellos trascienden a un descanso momentáneo del periodismo, y comparten el júbilo  imperecedero. Los tres se desactivan de la profesión activa luego de mostrar una sincera estela en el bregar continuo; ya no estarán físicamente en la redacción; el crédito de sus firmas puede que deje de ser sistemático, pero quedan las enseñanzas, el calor fraterno.



                              ROSTROS EN LA MIRADA


Lazara Carmenate Sánchez, por su estatura diminuta, siempre Lazarita, extrañará un día de mañana o de tarde, aquella fatídica barrera del Ferrocarril, allá en la carretera que va a Sagua la Grande, cuando su caminar era bloqueado por las evoluciones de un tren que arribaba al patio de la terminal santaclareña. A esa muchacha, desde hace 41 años, tras cumplir justo las “15  Primaveras”, el reloj de entrada a la redacción jugó malas pasadas por “algunos” minutos de retraso en su arribo; después se las ingeniaba en una excusa para buscar la prolongación de la jornada laboral más allá de lo debido.



Trato afable, ¿porque no decirlo?, encontramos aquellos que la apreciamos de asistente del Archivo —un departamento imprescindible para los redactores o los investigadores que acudían a la revisión de los materiales conservados—; después su voz se hizo habitual en la recepción de llamadas telefónicas y de quienes indagaban por el paradero de un periodista; su historia tiene cientos de anécdotas, incluidas las que acumuló en el desempeño profesional de otro sitio esencial en Vanguardia: el despacho y recibo de mensajerías por medio del teletipo; allí, entre el ruido ensordecedor del aparato cuando enviaba las noticias, se sorprendía con la rotura momentánea del equipo, y en su ingenio, “inventaba” una salida para la compostura técnica del artefacto.



Las venturas y desventuras familiares, hogareñas, laborales, tendieron la mano para mostrarla tal como es, sencilla, enmudecida. Por último ella se desempeñó como secretaria de la Dirección, paso efímero en su actividad laboral; hasta que el martes, con la alegría de siempre la despedimos para que su historia no fenezca jamás.



¡El “Dr. Silva”!, siempre Benito Cuadrado Silva, es otro que se fue en la hechura de los 67 años y cuatro décadas en la Redacción; arribó siendo un negrito delgado, y parte ahora con la cabellera encanecida. Aún tiene  una experiencia envidiable para trabajos de mesa; de indagación histórica; del dato puntual; del recuerdo de la corresponsalía de guerra en  Etiopía; de misión de constructor espontáneo; del gusto por la escritura en cursiva de los textos que luego destinaba a la máquina o la computadora; lleva cientos de anécdotas, unas las dice, otras las guarda en medio de una experiencia valiosa de aprovechar en todos los ajetreos profesionales.



Adiós dijo también Raúl Cabrera Cruz; radicado en su terruño de Lajas, allí repasará sus memorias; porque sí, las tiene luego de desempeñarse durante 51 años entre las cajas y los linotipos de una imprenta, la dirección de programas musicales y la locución en la emisora CMHK Radio Cruces; después vino a Vanguardia como corresponsal voluntario y se especializó en temas culturales, jurídicos y gubernamentales.



De ese tiempo, solamente una década no estuvo entre nosotros; en aquel instante hizo dejación de su salario histórico para acogerse al que devengaban los periodistas de entonces, muy por debajo que el percibido por mes. Jamás mostró desgano por esa decisión, y cámara en ristre y agenda en mano, estuvo en cuanto despliegue musical o artístico asomó primero por Las Villas y después por Villa Clara; su ir y venir era continuo en eso de crear secciones: “Collage”; “Esta es su canción”; “Breves” y…


Por mucho tiempo estampó su firma en “Lo Último” y en “Gaceta de la Legalidad”, y creó un equipo de insustituibles corresponsales en todos los territorios; todavía el martes, cuando la despedida en Vanguardia, dio consejos a Francisnet Díaz Rondón, el titular de la página 6: lo instruía de cómo debía hacer su labor profesional; de la manera de tratar a los divulgadores, y también de hacerse de trabajos intemporales para, en caso de un sustitución de algún material, colocar otro con la prontitud y calidad que exige el periodismo.


 
Ahí estriba el júbilo de estos tres colegas, quienes aún en la distancia muestran “garras” comunicativas en la captación de aquello perdurable del discurso oral o escrito; de la enseñanza y el diálogo, como para jamás hacer de la desactivación laboral un simple hallazgo involuntario de todo olvido.     




 

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