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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

CUBANO, ESO; UN FERVIENTE CUBANO, AFIRMA GONZÁLEZ ECHEVARRÍA

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Por Jorge Luis Rodríguez Reyes (Escritor cubano)




Cuando se haga el Libro Total de la Literatura Cubana – texto teórico que no acogerá falsas luciérnagas,  ni sombras  hermoseadas -, se  habrá que brindar un invaluable espacio para el estudioso Roberto González Echevarría, un autor que ha desarrollado una amplia labor en el mundo académico estadounidense. Ahí, fue  electo en 1999 a la American Academy of Arts and Sciences,  y también ha creado una obra -él se resiste a llamarla así-, merecedora de varios doctorados honoris causa; esos lauros engrosan una inmensa lista de merecimientos y títulos.

Aunque ha publicado en las revistas inglesas más prestigiosas  se  propuso resguardar su identidad  y habla en un singular contrapunteo cultural, dentro del cual siempre ha estado presente y sin mella,  la raíz cubana que  mantiene su “ travesía firme y segura” dentro del bilingüismo en que vive.


Es un hombre de Sagua la Grande, pero por mucho tiempo hemos desconocido su obra teórica; cuyos ensayos y opiniones fugazmente nos llegan a través del correo electrónico o la revista foránea, porque dentro de Cuba muy rara vez se han publicado. Con  palabras intensas,   brinda su punto de vista, el cual llega en uno de los tantos momentos cruciales que vivimos los cubanos.

Siempre he estado opuesto a esas divisiones artificiales entre cubanos,  a esa retórica descalificadora y excluyente de un lado y del otro. Dentro de esas murallas  sé que existe mucho sufrimiento, mucho dolor que algún día sanará, y para ello muchos trabajamos, quizás inconscientemente y a largo o mediano plazo, como oficia la literatura. Su obra inmensa nos honra en el mundo y eso me basta para brindarle el abrazo sin doblez.


¿Cómo supo resguardar su identidad cultural al insertarse en un mundo absorbente como el académico, más de otra cultura y máxime la norteamericana que como dice en una entrevista hacía que  autores como el cubano Juan José Arrom vivieran al margen de ella, camino que usted no siguió?   

Ha sido cuestión de bañarme y guardar la ropa.  Nunca he tenido crisis de identidad, siempre he sabido que soy cubano, aunque me manejo en inglés como un norteamericano y vivo inmerso en la cultura de los Estados Unidos.  Inmerso, pero no empapado o impregnado, porque siempre le he tenido aversión a algunos aspectos de la vida norteamericana, como también me repelen algunos de la “cubanidad,” dicho de paso. (Los cubanos podemos ser vulgares, confianzudos, entrometidos, y el relajo a mi me gusta pero con cierto orden).  Creo que esa reticencia y ese saber vivir en algo sin entregarme, pero sin resistir de forma activa la aprendí de niño, en los Jesuitas de Sagua.  Fui bastante buen alumno, pero me repugnaban los bitongos que se esforzaban por ser los primeros en la clase, y nunca fui creyente religioso, aunque llegué hasta a ser monaguillo (lo cual me sirvió para aprender algún latín).  He podido admirar, desde un punto de vista estético y hasta filosófico, la iglesia católica (Dante, las catedrales, etc.), pero no me podía tragar el catecismo, lo de confesarse era una mortificación, y la eucaristía me parecía risible.

 Aquí admiro la capacidad de trabajo de los americanos y su culto a lo que Emerson llamó “self reliance,” en uno de sus más hermosos ensayos –saber valerse por uno mismo y tener fe en el valor propio.  También admiro mucho el respeto a la libertad individual que hay en Estados Unidos.  Pero hay una hipocresía generalizada en la sociedad americana que me parece se debe al protestantismo, sobre todo en cuanto a la vida amorosa (los casos de Anita Hill y Mónica Lewinsky), y una dedicación a la salud física por encima de todo placer que se me hacen insoportables.

 En Estados Unidos se come, se bebe, y se hace deporte para ser saludable, no para disfrutar de la comida, la bebida o el juego. Y lo peor es el culto a la adolescencia, a los teenagers, cuyo icono fue ese adolescente pasmado Elvis Presley.  Los americanos quieren ser todos adolescentes, y yo pienso que es la peor edad posible.  Yo, tal vez por el exilio, pero también porque los cubanos no tenemos ese fetiche, nunca fui adolescente.  A los quince o diez y seis, cuando llegué a este país ya era un hombre. Además, la vida en Estados Unidos es muy aburrida y solitaria y yo tiendo a ser gregario.

 Me gustaría poder reunirme con amigos en algún café a hablar de literatura o de pelota, como hago cuando voy a Europa o a algún país latinoamericano, pero aquí eso se da muy poco.  No hay tiempo y pocos lugares donde hacerlo.  También me molesta mucho la publicidad, y uno vive rodeado de anuncios, sobre todo en la radio o la televisión.  Yo apago el sonido entre innings de los juegos de pelota televisados para no sufrir los anuncios.  La propaganda política es peor, ya lo sé, y más burda –aquí por lo menos a veces los anuncios son ingeniosos.  Yo no podría haberla aguantado en Cuba. Pero, a pesar de todo lo negativo, lo positivo en Estados Unidos es que aquí puedes hacer lo que quieras, si hay posibilidad y tienes los medios.

    En cuanto a lo académico, me hice el propósito de imponerme en el mundo de habla inglesa, no sólo entre romanistas, hispanistas, o latinoamericanistas, y me precio de haberlo logrado, cosa que ningún español o latinoamericano ha conseguido antes en este país.  No quería sumirme en el gueto.  Arrom se marginó por completo y no trascendió el ámbito del español, y otros más conocidos que él, españoles sobre todo, hicieron o no tuvieron más remedio que hacer lo mismo.  No me fue fácil, porque escribir en inglés es una disciplina rigurosa, y había que luchar contra muchos prejuicios, algunos que nos merecíamos y nos habíamos ganado, por cierto.

 En Yale he sido el primer hispanista en formar parte del Departamento de Literatura Comparada, el de más alta reputación en el mundo.  He logrado publicar en las editoriales más prestigiosas (Oxford, Cambridge, Yale, Cornell, Duke, etc.), en las más exigentes revistas especializadas de crítica y teoría (y fui cofundador de una de ellas, Diacritics), y en periódicos y revistas de mayor difusión como el New York Times Book Review, el London Times, The Village Voice, The Nation, y otras como el Yale Review, de la que soy uno de los editores.  Esta es una revista en la que publicaron T.S. Eliot y Wallace Stevens, entre muchos otros escritores muy notables.  Fui el primer hispanista invitado a participar en los cursillos de verano sobre teoría de la crítica de la School of Criticism and Theory.

 En fin, no quiero hacer alarde, sino sólo dejar constancia de lo que he hecho en el círculo universitario americano.  Estos son contextos en que funciona el amiguismo y la palanca muchísimo menos que en el español o latinoamericano; hay que fajarse por lo palos en serio.  Yo tenía, por lo demás, una desventaja: ser cubano exilado.  El espacio universitario americano es casi todo de izquierda y filofidelista, por lo que yo he tenido que batirme contra cierta discriminación. Es una izquierda “festiva,” como me decía un amigo brasileño, que no corre riesgos ningunos; es una moda.  Pero los cubanos exilados hemos estado fuera de moda.  Aún así, han tenido que tragarme.

    Dicho todo lo anterior, tengo también que confesar que todo mi trabajo (decir “obra” sería exagerado) ha surgido del deseo, de la desesperación tal vez, de preservar mi cubanía, mi identidad lingüística y cultural.  El choque, a los diez y seis años, que representó tener que vivir en un mundo ajeno al mío fue el trauma que me impulsó al estudio de la literatura y lengua españolas.  Puede parecer paradójico, pero fue ese trauma mismo, y el proceso de aprender el inglés (el que traje de Cuba era escaso) sobre la marcha de mis primeros estudios universitarios, lo que me convirtió en un obseso que aprendió concomitantemente el francés y el italiano.

 Yo copiaba a mano las lecciones de francés tres o cuatro veces, y me leí la Divina comedia en italiano, y en inglés también, antes de los diez y siete años, luchando con el diccionario y la aparente facilidad de esa lengua tan engañosamente parecida al español.  Cuando me gradué de Bachelor of Arts, de la Universidad de South Florida, en 1964, a los veinte años, yo me había leído, en el idioma original, lo más importante de las literaturas escritas en español, inglés, francés, e italiano. En algunas áreas era un conocimiento de antología, pero de todos modos era algo.

 Eso se lo debo a ese golpe que fue cambiar de idioma y de cultura de un día para otro.  Fue como nacer otra vez, pero con la conciencia de los dolores de ese delito mayor.

    Yo no soy cubano-americano, yo soy cubano, y con lo que he contado arriba no quiero dar a entender que soy bicultural.  Soy cubano pero me manejo en otras culturas con soltura, sobre todo la inglesa, pero en mi fuero interno no dudo de quién o qué soy.  Las veces que he vuelto a Cuba, que han sido muchas, pero ninguna desde 1999, me he sentido en mi ambiente, a pesar de lo desagradable de la vida política.  Recuerdo que la primera vez que volví en los años noventa, después de quince años de ausencia, me desperté la primera mañana con una sensación de bienestar físico que me hizo pensar que durante la noche mi cuerpo se había vuelto a imbuir de algo en el aire que le era propio.  Lo mismo me pasó al salir a la calle y sentir la luz.

    No quiero sonar heroico, ni mucho menos digno de lástima.  Trabajo en condiciones tan ventajosas que no producir sería una irresponsabilidad.  Tengo seguridad laboral, comodidad económica, la cátedra Sterling que ocupo viene dotada con fondos de investigación que me permiten viajar cuando quiera a donde quiera, y adquirir los libros y materiales que necesite; tengo asistentes de cátedra y de investigación, y equipos electrónicos que sobrepasan mis conocimientos y necesidades.  Además, los alumnos de Yale son de primera, sobre todos los de pre-grado.  Darles clases es un reto y un placer.

¿Cuénteme de un día normal en su vida? ¿Cuál es la rutina? Si la hay.

Me levanto a eso de las cinco de la mañana, cuelo un poco de café cubano, y me pongo a trabajar.  Madrugar fue algo que aprendí de Emir Rodríguez Monegal y que los años también me han enseñado a hacer.  Trabajar de noche hasta muy tarde lo hice de más joven, pero hoy cuando llega la noche ya estoy muy gastado por las tareas del día.  Aunque he tratado de disciplinarme, la curiosidad me vence y lo primero que hago es chequear mis correos electrónicos.  Luego me dedico a lo más difícil, porque esas horas de la mañana, cuando estoy fresco, es cuanto puedo leer cosas exigentes o escribir.  Además, a esas horas no hay llamadas telefónicas ni interrupciones.  Isabel, mi mujer, que es cubana también pero de otra inmigración, no se levanta tan temprano. (De familia trabajadora, Isabel vino a Estados Unidos a los cuatro años, con sus padres, que fueron a buscar fortuna en Nueva York a fines de los cuarenta.  Nos conocimos en la universidad.  Habla español, pero su lengua dominante es el inglés.  Nos acostumbramos a hablar en ese idioma para perfeccionar mi inglés y se nos ha quedado el hábito).   Doy clase tres días a la semana, de martes a jueves, y el viernes veo estudiantes en la oficina.  Trabajo en casa toda la mañana y luego, cuando ya me he preparado para clase, si es día de clase, almuerzo y me voy a la universidad.  Hay días que voy antes y almuerzo con algún colega.  Vivimos a diez y seis kilómetros de Yale, lo cual quiere decir que llego a mi parqueo en media hora, más o menos, dependiendo del tráfico.  Este semestre que termina he tenido que preparar mis conferencias con más ahínco porque me las han filmado para ponerlas en la red, en un programa que se llama “Open Yale Courses,” disponibles gratis en todo el mundo.  Han sido veinticinco conferencias de una hora cada una (martes y jueves de dos y media a tres y media) sobre el Quijote.  Se podrán ver a partir de septiembre del año que viene.  Después de clase a veces voy al gimnasio a hacer ejercicios y hacer un poco de natación –la salud física de que les hablaba.  Esto es aburridísimo, pero el médico me dice que tengo que hacerlo a mi edad.  Antes jugaba squash, pero mi contrincante se fue a otra universidad y ya se me hace un juego demasiado severo.  A veces me tomo un trago con algún colega y vuelvo a casa.  Aquí la comida es temprano, demasiado temprano, a eso de las seis.  Si es temporada de pelota veo el juego, generalmente de los Yankees (de los que no soy fanático, sigo siendo un fanático leal de los Leones del Habana), aunque tengo que confesar que a veces me quedo dormido.  A Isabel no le gusta la pelota por televisión, y ver pelota solo no es divertido.  Tengo que confesar que vuelvo a mirar mis correos electrónicos, y luego me acuesto.  Mis lecturas de cabecera suelen ser o Jules Verne, porque me entretiene y me mantiene el francés lozano, o revistas de aviación, porque soy piloto y me fascina todo lo relativo a los aviones.  Como pueden ver, mis días no son muy estimulantes, excepto las lecturas que hago, las clases que doy, y las comunicaciones que surgen con gente tan interesante como Uds.

Sagua, su "tierra natal y añorada", como me confesó, ha dado figuras valiosísimas para las letras y el arte cubano como Jorge Mañach, Wifredo Lam, Gayol Fernández (compañero de su madre en aquel legendario Instituto de Sagua),    y ahora usted.  ¿A qué se debe, a su entender,  si lo comparamos con otros municipios del país que derrocha(ba)n,  incluso una vida cultural más sólida que su riconcito  villareño?

Además de los sagüeros mencionados hay que añadir a Enrique Labrador Ruiz, a Carlos Loveira, creo, y a Carlos Franqui, que tengo entendido nació en uno de los pueblos del término municipal de Sagua –para no hablar de Albarrán, por supuesto.  También pienso debe mencionarse a Conrado Marrero, que llega a los cien pronto si no ha llegado ya.  Yo no sé si merezco figurar en esa lista.  A Gayol lo conocí y admiré, aunque no llegué a ser alumno suyo porque yo sólo cursé los dos primeros años de bachillerato en el Instituto de Sagua.  Pero sí conozco y he releído recientemente con auténtico placer y provecho su Teoría de la literatura.  Para mí lo decisivo fue la influencia de mi madre, la Dra. Zenaida Echevarría, que era una entusiasta de la cultura, que se hizo doctora en filosofía y letras, siendo de una familia humilde (mi abuela Dolores, “Lolita,” Hidalgo, era comadrona, y mi abuelo Inocencio Echevarría un empleado menor del ayuntamiento, cesante o jubilado casi toda su vida) por su enorme talento y tesón.  Era una mujer brillante, que aludía a veces a Kant (ella daba Introducción a la Filosofía en el Instituto), de niño me leía de los Diálogos de Platón (las partes más entretenidas), y se esforzaba por hacerme culto a pesar de mis distracciones y a veces indiferencia.  Recuerdo que organizaba para mí y mis amigotes sesiones de repaso en las que nos daba clases de gramática, prosodia, e historia de la literatura, cosas que a nosotros, que éramos un poco cavernícolas, nos resbalaban por sobre nuestra desidia y estolidez.  Pero ella perseveraba y algo de eso quedó en mí y salió a la superficie cuando el exilio me hizo entregarme al estudio de los idiomas y las literaturas.  Tuve la enorme satisfacción de que ella pudiera estar presente cuando me otorgaron alguno de mis doctorados honoris causa.  Pero hasta el final de sus días, cuando se leía algún texto mío, me hacía correcciones y sugerencias, y por más que yo publicara libros y más libros, ante sus ojos, jamás podría compararme con sus maestros de la Universidad de la Habana, como el Dr. Raimundo Lazo, director de su tesis doctoral.  De seguro no le faltaba razón.

¿Cómo fue su recorrido ulterior después de su  llegada siendo adolescente a EE.UU.?

 Pienso que lo más expeditivo será copiarles la versión abreviada de lo que un amigo mío llama, con buen humor y pésimo latín, su ridiculum vitae.  Esta es la versión en español que yo llamo, con homenaje a Onetti,  “vida breve,” porque es una sinopsis.

ROBERTO GONZÁLEZ ECHEVARRÍA. Sterling Profesor of Hispanic and Comparative Literature, Yale University.  Doctorado en lenguas románicas por Yale en 1970, ha recibido doctorados honoris causa de Colgate University en 1987, la University of South Florida en el 2000, y Columbia University en el 2002. En 1999 fue electo a la American Academy of Arts and Sciences. En noviembre del 2002 la Universidad de Puerto Rico, Arecibo, celebró un simposio en honor suyo. En el 2004 la revista Encuentro de la Cultura Cubana (Madrid),  no. 33 (2004), le hizo un homenaje. Fue profesor en Yale de 1970 a 1971) y en Cornell de 1971 a 1977, donde estuvo entre los fundadores de Diacritics, revista dedicada a la teoría crítica. Desde 1977 está de vuelta en Yale, donde ocupa la cátedra Sterling Professor of Hispanic and Comparative Literature. Las cátedras Sterling son las más prestigiosas de Yale, habiendo sido ocupadas en el pasado, en literatura, por René Wellek, Erich Auerbach y Paul de Man, y en la actualidad por Harold Bloom. Imparte cursos de literaturas hispánicas de ambos lados del Atlántico(Rojas, Cervantes, Lope, Calderón; Carpentier, Borges, Neruda). Ha sido jefe del Departamento de Español y Portugués de Yale por 16 años y también ha dirigido el Programa de Estudios Latinoamericanos. RGE ha dado conferencias en Estados Unidos, Canadá, Hispanoamérica y Europa, y fue el primer hispanista en dirigir un seminario en la School for Criticism and Theory. En 2001 dio conferencias en Oxford, Cambridge, Berlin, y  UCLA; en el 2004 en Salamanca, Roma; en el 2006 en Santiago, Chile, y en el Colegio de México, y desde entonces en Madrid, Berlín, París, Nueva York, etc. En el 2002 pronunció las DeVane Lectures, el ciclo de conferencias público más prestigioso de Yale, sobre el tema del amor y el derecho en Cervantes.  En el 2003 dio una serie de seminarios en la Universidad de Columbia sobre las crónicas del descubrimiento y conquista. En el 2004 pronunció la Cervantes Lecture en la conferencia anual de la Modern Language Association of America.

    Hablante de español, ingles, francés e italiano, RGE estudia las literaturas en esos idiomas, pero su especialidad es la literatura española del siglo de oro y la hispanoamericana colonial y moderna. Activo en cuestiones de teoría, ha sido  o es miembro de la comisión editorial de revistas como The Yale Journal of Criticism y The Yale Review.  Es actualmente o ha sido miembro de las de la Hispanic Review, Hispania, Revista Iberoamericana, y otras revistas norteamericanas, hispanoamericanas y europeas.  Ha recibido becas de la Guggenheim Foundation, la National Endowment for the Humanities, el Social Science Research Council y la Fundación Rockefeller, entre otras. Su libro Myth and Archive: A Theory of Latin American Narrative (Cambridge, 1990) recibió premios de la Modern Language Association of America y la Latin American Studies Association. Su C-D Rom Miguel de Cervantes fue galardonado por la revista Choice; The Pride of Havana: A History of Cuban Baseball (Oxford, 1999) ganó el primer Dave Moore Award (Most Important Book on Baseball, 2000). Otros libros: Relecturas (1976), Calderón and la crítica (1976), Alejo Carpentier: The Pilgrim at Home (1977), Isla a su vuelo fugitiva: ensayos críticos sobre literatura hispanoamericana (1983), The voice of the Masters: Writing and Authority in Modern Latin American Literature (1985), La ruta de Severo Sarduy (1986) y Celestina's Brood (1993). Co-coordinador de la Cambridge History of Latin American Literature (1996) y editor del Oxford Book of Latin American Short Stories (1997).  En 1999 Almar (Salamanca) publicó En un lugar de La Mancha: estudios cervantinos en honor de Manuel Durán, co-coordinado con Georgina Dopico-Black. El Fondo de Cultura Económica de México sacó traducción de Myth and Archive (Mito y archivo), Colibrí de Madrid de Celestina's Brood (La prole de Celestina), y Verbum de The Voice of the Masters (La voz de los maestros). En el 2002 el Fondo de Cultura publicó Crítica práctica/Práctica, colección de ensayos sobre literatura hispanoamericana. RGE ha publicado con Cátedra, de Madrid, ediciones críticas de Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, y De donde son los cantantes, de Severo Sarduy.  En el 2005 la Yale Press publicó Love and the Law in Cervantes (que publicó Gredos en el 2008) y Oxford Miguel de Cervantes’ Don Quixote: A Casebook. Autor de cientos de artículos y reseñas en revistas especializadas norteamericanas, latinoamericanas y europeas, RGE es colaborador frecuente en The New York Times Review of Books y otras publicaciones periódicas como The Wall Street Journal, The Village Voice, The Nation y USA Today.  Su obra ha aparecido (o está en vías de aparecer) en español, portugués, francés, italiano, alemán, polaco y persa.

    RGE es piloto con licencia para vuelo instrumental y miembro de la comisión directora de la Yale Aviation, el club de aviación de la universidad.

    Lo de “vuelo instrumental” quiere decir que estoy capacitado para volar cuando el tiempo es malo, no se ve, y hay que guiarse por los instrumentos de vuelo y navegación del aparato, no que vaya oyendo música por el aire.

    Fui a Indiana porque allí me dieron una beca lo suficientemente generosa para poder vivir con Isabel y mi primer hijo, que llegó pronto.  Luego Yale me ofreció una beca todavía mejor, de tres años, para hacer el doctorado.  En Indiana tuve de profesor a Miguel Enguídanos, un valenciano estupendo, a Willis Barnstone, poeta además de profesor, a Quentin Hope, experto en teatro francés.  Cuando llegué a Yale me encontré a Arrom, Gustavo Correa y Manuel Durán, en español, y a Jacques Guicharnau, Jacques Ehrman, Victor Brombert, y otros en francés, y a John Freccero, un gran especialista en Dante, en italiano.  Wellek acababa de jubilarse.  Después vino Emir Rodríguez Monegal, cuando yo ya estaba haciendo mi tesis doctoral sobre Calderón con Durán.

    La satisfacción de los éxitos aparentes la mitiga la tragedia que sufrimos Isabel y yo en 1994, cuando nuestro hijo menor, Carlos, se nos murió de cáncer.  Estudiaba en la Universidad de Michigan, donde se le declaró la enfermedad a los diez y nueve años.  Los médicos de Yale hicieron todo lo posible por salvarlo, pero falleció cuando apenas había cumplido los veinte y dos.  Pienso en él todos los días y me deprimo ante el amargo misterio de nuestra mala suerte.

Ha sido un crítico severo, quizás lúcido, como lo confirman sus ensayos y artículos,  con autores  de la valía de Cabrera Infante, de quien dice que escribió un solo gran libro,  García Márquez, Carpentier e incluso ha censurado la ensayística de Vargas Llosa y de Carlos Fuentes, todos autores del Boom ¿Qué de  perdurable habrá de ese movimiento literario  de aquí a 500 años?

Me gusta lo de “quizás lúcido,” aunque trato sobre todo de ser justo.  Estimo que alguien en un puesto tan ventajoso como el mío debe vivir al margen de la red de influencias y amiguismos de que se compone el mundillo literario latinoamericano, y por supuesto, el cubano.  Hay latinoamericanos en este país que, con puestos parecidos al mío, de todos modos se involucran en el caudillismo literario que practicaron o practican Octavio Paz y Carlos Fuentes, por ejemplo.  Tienen alma de esclavos.  A mí me gusta ser independiente, y del zig siempre prefiero el zag.  Admiro la obra de los escritores del Boom, sobre todo la de García Márquez, pero no toda, y opino que la crítica de esos autores no está al nivel de la de ficción.  Son apenas periodistas en el mejor de los casos.  

A pesar de todos sus defectos, como su debilidad por los dictadores, hay que reconocerle a García Márquez que no se ha erigido en crítico.  Tuve roces con Paz, que sólo entendía de alabanzas sin reservas, y con Cabrera Infante, que me acusó de escribir más sobre Severo Sarduy que sobre él porque Editions du Seuil, donde trabajaba Severo, pagaba las llamadas telefónicas.  Hubo una época en que logré abstenerme de escribir sobre escritores vivos o recientemente muertos (estos dejan viudas muy impertinentes), porque hacerlo me ha costado amistades.  He reincidido.  Por eso (en parte) escribo sobre Rojas, Cervantes, y Calderón.  De aquí a 500 años van a quedar algunas novelas de García Márquez, pero no todas, y algunas de Vargas Llosa, pero tampoco todas.  Quedarán menos de Fuentes.

¿Por dónde cree que va e irá  la literatura latinoamericana?

No veo claro el camino porque el presente literario es muy profuso, caótico y sólo podemos percibir parcelas muy limitadas del mismo.  Me ha gustado mucho Roberto Bolaño, sobre el que acabo de escribir un ensayo, y también Fernando Vallejo.

¿Qué le disgusta de ese camino?

Me disgustan las ruidosas campañas publicitarias en torno a autores que todavía no han dado nada de gran valor.  Los editores viven anhelantes, esperando el próximo Boom, y se gastan el dinero en promover valores que todavía no han cuajado.  Ni Carpentier, ni Rulfo, ni siquiera Borges antes de acceder a la fama, se permitieron semejantes alharacas.  Eso me parecía más digno.  Escriba Ud. una gran obra y luego veremos; el muerto alante y la gritería detrás, como decimos en Cuba.

¿Y a la literatura cubana de dentro de la isla  cómo la ve? Porque se publica  en el exterior  obras con una visión muchas veces clonada. Enfoque  que corresponde, casi siempre, a  intereses extraliterarios y su canon cubano, a pesar de ser su particular visión, como aclara, ha levantado opiniones que lo cuestionan, incluso en su presencia, ¿lo mantendría inalterable un lustro después?

Mi ensayo sobre el canon cubano lo escribí para ser sincero conmigo mismo, porque me asedia el tema de cómo llegamos a hacer juicios de valor, y para sacudir un poco lo mata, porque la política, los amiguismos, y las ambiciones organizadas de burócratas aspirantes a escritores (que controlan viajes de los del patio y visitas de personalidades del exterior), han creado una serie de valores falsos.  La calidad de la literatura cubana en la isla en la actualidad es muy bajo por lo que se puede observar, aunque tal vez haya grandes obras que se están haciendo al margen de la cultura oficial.  Cuando la mediocridad se entrona se protege, y la burocracia cultural cubana no le va a dar salida a obras que pongan de manifiesto la pobreza de sus propias obras.  Nadie quita que haya un Kafka cubano en Camajuaní, digamos, que está escribiendo una obra monumental.  Ojalá que sí.

Defina a Capertier y a Lezama Lima.

Quienquiera que haya abierto El reino de este mundo en 1949 tiene que haberse dado cuenta de que la novelística latinoamericana había dado un tremendo salto adelante; El señor presidente, que es del 46, no puede compararse.  Carpentier descubrió el tema de la historia de América como el gran tema épico para la prosa narrativa latinoamericana.  Los cronistas supieron que el descubrimiento de América había sido el acontecimiento más trascendental desde el nacimiento de Cristo, y Carpentier supo construir sobre el vacío creado por esa ruptura un mundo ficticio hecho de datos fidedignos organizados en estructuras narrativas minuciosamente elaboradas.  Y logró desarrollar un estilo para expresarlas en que quedaba algo del tufo arcaizante de los documentos históricos de los que provenían esos datos.  En Carpentier se combinan la frescura de lo nuevo con la pátina histórica de un pasado fabuloso que ya viene dotado de una magia propia.  En las novelas de tema contemporáneo, como Los pasos perdidos y El acoso logra comprimir el tiempo actual para extraerle un dramatismo extraordinario vinculado a temas trascendentales (no así en la fallida Consagración de la primavera). Carpentier tenía una cultura inmensa.  Conocía la patrología latina, por ejemplo, la obra de San Agustín, y de arte y música ni se diga.  En sus mejores obras esa cultura se sintetiza de una manera genial al concentrarse en un individuo, un incidente, o hasta un objeto.  Estudiar la obra de Carpentier fue para mí como hacer otro doctorado.

    La obra de Lezama es infinita, inasible para la mente del crítico, porque no tiene asideros históricos donde apoyarse.  Carpentier, Paz, hasta Borges, pueden verse contra el trasfondo de los movimientos artísticos del siglo XX, aunque sea cuando los rechazan.  Lezama no; inútil pensar en creacionismo, surrealismo, o cualquier otro ismo.  También es una obra hecha al margen de sistemas modernos de pensamiento como el psicoanálisis y el existencialismo; o mejor, es tan abarcadora que los contiene a ellos, y no viceversa.  En alguna parte Lezama o uno de sus personajes dice que el psicoanálisis confunde una etapa con un sistema. Apaga y vámonos.  La prosa de Lezama es “preadámica,” anterior a la caída y a la culpa, anterior a la ley en el sentido más amplio y en el más específico de las leyes de la gramática y de la retórica.  Su lengua crea o recrea mitos, no depende o arrima a ellos buscando forma y sentido. “Muerte de Narciso,” “Rapsodia para el mulo,” por ejemplo, son como columnas de palabras que surgen y se elevan sobre sí mismas.  En “El coche musical” Lezama hace de Raimundo Valenzuela un Orfeo cubano que conoce, a través de la música de sus danzones, la numerología secreta necesaria para bajar indemne al Valle de Proserpina.  Son distintos Carpentier y Lezama.  Hoy pienso que Lezama fue más grande, pero Carpentier no se queda muy atrás.  

¿Cree  que a pesar de haber existido un acercamiento editorial hacia la obra de ficción de los autores cubanos residentes en el exterior,  no han sido aún  favorecidas las obras ensayísticas como la suya? Acá ha sido publicado e incluso en ocasiones sin su consentimiento ¿Está dispuesto a publicar toda su obra aquí?

Desde luego que me gustaría publicar toda mi “obra” en Cuba, pero no en las condiciones actuales.  En la revista Temas publicaron un capítulo mío del libro sobre la historia de la pelota cubana y lo censuraron.  No me di cuenta hasta que alguien, no me acuerdo quién,  me lo dijo.  Quitaron fragmentos donde yo hablaba de los apostadores en el actual Stadium de La Habana, que yo vi en acción con mis propios ojos en los años noventa.  En el comunismo, dizque que basado en el marxismo, no se analiza se borra la realidad.  Pero hay cosas más importantes que mis trabajos que habría que publicar antes en Cuba.

¿Qué proyectos lo sumen en la aventura investigativa en la actualidad?



Hoy mismo, 7 de diciembre del 2009 (Pearl Harbor, muerte de Maceo), acabo de terminar la introducción a Fuenteovejuna, que publica en inglés la Yale University Press.  Pero tengo en prensa un libro grande que se va a llamar Cuban Fiestas, que es un estudio de la fiesta en la cultura cubana, en sus manifestaciones en el arte, la literatura, la pelota, el baile, y el cine.  Empiezo con un capítulo sobre Cecilia Valdés y Francisco y sigo con otro sobre los cuadros de Landaluze y Miahle sobre la Fiesta del Día de Reyes.  Es un libro raro en que incluyo viñetas autobiográficas y que me costó muchos años escribir.  La Oxford me ha pedido un libro para su serie de “Very Short Introductions,” sobre la literatura latinoamericana moderna, y es lo próximo que pienso hacer.  Me ilusiona lograr una síntesis coherente y significativa.

Usted que se pasea entre (y mira también el envés de) los cánones más rigurosos de la literatura y se ha  insertado en   disputas conceptuales, que como diría de forma peyorativa un intelectual cubano para referirse a la reciente coyuntura cibernética que permite una comunicación más instantánea y horizontal en Cuba: "El ciberchancleteo". ¿Qué le diría a todo aquel que se sumerge en el mundo de la literatura?

Son dos las preguntas.

Contesto a la primera: He visto poco del “ciberchancleteo,” que me parece un término denigrante para lo que parece ser un ejercicio necesario de la libertad de pensamiento y creación.  Lo bochornoso es el “burrocratismo” del establishment cultural cubano, y la práctica impune e insistente de la mediocridad en todos los medios oficiales cubanos.  

Ahora a la segunda: Para sumergirse en el mundo de la literatura hay que estar dispuesto a retarse a uno mismo constantemente porque es un campo sin fronteras del que sólo alcanzamos a conocer zonas muy limitadas, y en el que del primer escalón al segundo hay un abismo.  Creo que fue el torero “Lagartijo” quien dijo que él era el mejor, y después de él “naides, y después de naides...”  Yo trato incesantemente de llenar las lagunas de mi formación, que son muchas, y exigirme todo el rigor de que soy capaz, con la esperanza de superarme como crítico y como profesor.

¿Algún recuerdo inolvidable de  Sagua? ¿La desea visitar?

Me estremece la emoción cuando recuerdo el beso de despedida que le di a mi novia Alina Alonso una tarde en Sagua, porque me mudaba para La Habana.  Era casi de noche y nos encontrábamos frente a la puerta de su casa, que estaba en el primer piso, en una calle no muy lejos de la Plaza de Mercado.  Habíamos llegado allí caminando desde el parque, donde nos veíamos los sábados y domingos junto con un grupo de amigos.  Tendríamos trece años.  También recuerdo el olor dulzón de los higuillos podridos, aplastados por transeúntes y vehículos, en la Carretera de Resulta, por la que yo iba y venía a pie o en bicicleta de los Jesuitas.  Estuve por última vez en Sagua en noviembre de 1978, cuando fui a Cuba para lo del Diálogo.  En los noventa no tuve tiempo.  Pero daría cualquier cosa hoy por sentarme en el Parque Martiano, a la sombra de los árboles, y ver el río correr.

¿Roberto, no sospecha que tienes acá un montón de lectores, amigos que aunque no disfruten de su conocimiento personal,  si le profesan  la  misma devoción que aquel lector que copiaba como un escriba medieval uno de sus libros en la Biblioteca Nacional?

Tener lectores en Cuba me parece, primero que nada, inverosímil.  Nunca pensé que llegaría a tenerlos.  Me conmueve que Uds. me lean y quisiera poder ofrecerles algo mejor.  El que yo esté aquí y Uds. allá es producto del azar, pero somos iguales, los mismos, o, por lo menos, así me gusta pensar.  La emoción que el recuerdo de Sagua me produce ha sido como una quilla honda que me ha permitido hacer, sin mucho bamboleo, una travesía firme y segura, porque me dice quién soy y me fortalece para seguirlo siendo en lo que me queda.

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