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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

SAMUEL FEIJÓO PERIODISTA

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Por Luis Machado Ordetx


El periodismo disperso del antropólogo y publicista Samuel Feijóo Rodríguez, es sorpresivo, contextual, antológico y de advertencias. Algunos críticos lo aprecian alejado en el tiempo por las fechas o los medios de prensa en que aparecieron, y a veces se desentienden de sus estudios críticos, incluso hasta de valoraciones.


Una mirada hacia el editor, el animador cultural, o el fundador de revistas antológicas —Islas y Signos—, y del poeta y el folklorista, aplasta cierta distinción de aquellos primeros textos que escribió para los rotativos El Mundo, La Correspondencia, Ateje,  Billi­ken, Juventud Nacionalista, Revista CubanaBohemia, Carteles, Orígenes, y Rumbos, el periódico dirigido por Lafont en su natal San Juan de los Yeras, allá en el último lustro de los años 30 del pasado siglo.


Presuroso, el escritor dejó una huella en el periodismo cubano, sea para aquellos lectores de ayer, y también de ahora, con elegantes textos, como aquel que tituló «Una añeja entrevista inédita a Emilio Ballagas», aparecido en Azar de Lecturas (1961), cuando preguntó en 1938 al poeta y pedagogo camagüeyano sobre lo «humano y lo divino» en el panorama literario cubano y universal.


Es la clásica entrevista de preguntas y respuesta, con rasgos de tipología de “personalidad”, pero el periodista, en la medida que muestra equidistante tasación hacia su interlocutor, vierte reacciones. También se afirma en el conocimiento mutuo, y hasta tiende al respeto, a la «iluminación punzante» que transita por los caminos más insospechados en los cuales ofrece las angustias existenciales y los deleites literarios en los que se des(entiende) del otro.

 

Tal resulta el caso de aquel reportaje publicado en Bohemia, y con el cual estremeció a los lectores cubanos: «El hombre de los muertos», una historia de confidencias que presenta a un enterrador del cementerio "Tomás Acea", de Cienfuegos. La pieza constituye un deleite discursivo: aparece la crónica, la entrevista que discurre hacia la imagen del sepulturero, el comentario gozozo, la descripción del entorno, la "mininota" informativa, y el detalle descriptivo que carga una  narración dirigida al entorno y la comunicación directa, inmediata, y fundente de una inusual historia de vida.


En Ballagas, al igual que en el anterior reportaje, aparece el Feijóo periodista dotado de cierta “irreverencia” estilística, o reporteril. En la entrevista, con sinceridad, ¿Cuál interrogador contemporáneo lanzaría de sopetón, sin más allá o acá, una pregunta de insolencia a un poeta o pedagogo de reconocimiento intelectual, como lo tenía Ballagas en esa fecha? Nadie, es una absoluta realidad. Con una breve transición, para otorgarle aire a la escritura, le dice: «Usted que ha sido literariamente combatido ¿qué puede decirnos respecto a esa guerra absurda?». Esa representa la misión del periodista: provocar desde la responsabilidad y la ética, y sobre todo, conocer hasta el "dedillo" a quien tiene enfrente sin que el distanciamiento o la cercanía le cercenen un punto de vista propio y de precisión inobjetable.


Fue un acto de sorpresa para el otro. Sin embargo, no solo en esa entrevista, sino también en otras, hay un estilo peculiar, diferente en la manera de acercarse al interlocutor, sacar sus puntos de vista: va el periodista de lo general a lo particular, y de lo interno a lo externo, de lo propio y ajeno, y logra la coherencia a partir de la manera en que expone las preguntas, y la relación inherente a lo que desea saber y transmitir al otro.


Feijóo inquiere, y piensa que con el aparente “irrespeto” anhela trasladar al lector estados de ánimo, comunicar, y sacar  puntos de vista diferentes. Por desgracia, en los estudios filológicos contemporáneos no existe un reporte sobre esa manera, casi inusual, de hacer periodismo, de impregnar la oralidad, de sabiduría a partir de las contribuciones de un interlocutor en particular. No por gusto, en medio de una era de competitividad periodística, impuso un estilo, una manera de decir entre los más exigentes e históricos rotativos cubanos de la primera mitad del siglo pasado.


No sólo en la entrevista «añeja», como dice, en relación al interrogatorio a Ballagas, encontramos esa distinción. También en otras hay un encuentro con personalidades, la historia y la cultura cubana o universal. Los comentarios, artículos, reportajes, a la vez que ofrecen un distanciamiento, tienen la emotividad de la crónica, la sincronía de la memoria, y el rescate del ambiente natural, de ruralidad y de vivencia con la naturaleza.


Periodismo disperso, inconcluso, pero del bueno, aparece en toda la obra de Samuel Feijóo Rodríguez, incluso en sus memorias recogidas como Sensible Zapapico en los voluminosos 34 números que preparó en la revista Signos, y abogo por esa cifra, porque el siguiente, por desgracia, se perdió en la apresurada enfermedad que sufrió el escritor antes del advenimiento de julio de1992, fecha del fallecimiento.


El mayor interés de Feijóo era crear, y disfrutar del olor de letra fresca, de tinta de imprenta, en un autodidactismo propio, exclusivo, para que todo quedara al gusto y la perfección de la exactitud meridiana de su náutica: la de hombre por y desde la cultura cubana en contra de tabúes o de tradiciones.


Nada más tendría un estudioso, o el sencillo lector, que acercarse a su antológica Libreta de Pasajero (1964), y disfrutar del pasaje “Estilos”,  desde el cual defiende su escritura a partir del goce comparativo con los animales o plantas, y hasta se recrimina en las menciones, como prefiere decir cuando apunta que «me templo en esas varias aguas, guardo los tesoros que naturalmente amo: amo, veo y defiendo lo que amo; sigo lo mío que veo, y crezco y perezco entre todos. Esto se aplica a todo hombre que puede ver…», y más allá de la confesión, se explaya como individuo, como ciudadano abierto a las disquisiciones individuales.


Dice que «Insistiendo sobre el tema viejo: mucho del estilo actual del mundo humano me daña. Mi persona se duele y oscurece del vasto, incesante crimen, de la fea ignorancia dominante, de la prensa impura, de los traidores, los serviles, los feos fanáticos, los crueles, de la mujer que se vende por hambre y del hombre que la compra, por hambre también, de los niños que mendigan, etc. Todo eso desalienta, hiere al hombre en su centro, le descarna el alma. La sabiduría es lenta y vaga cura del sentimiento herido en el cuello».  Nada más tendría que apuntar, para ahora y después, dentro de un conglomerado social particular. 


De lo contrario rebusquemos en ese antológico cuento que, bien funciona como crónica social o periodismo de opinión, y que tituló «Asamblea mundial de pájaros», en una manera muy desacostumbrada, privada, diáfana de escrutar en la realidad social a partir de la inferencia y la analogía que prodiga la fauna o la flora inmersa en nuestra naturaleza.

Al Feijóo etnólogo, al folklorista, o el publicista, y las inabarcables anchuras artísticas o culturales que abrazó, de un modo u otro, habrá que volver. Sin embargo, en el periodismo encontramos muchas claves que descubrir, porque, más allá del centenario de natalicio que celebremos ahora, porque fue un hombre que escapó de todas las ataduras académicas y dejó con ese hacer de letra impresa una típica contribución no apreciada aún dentro de las letras cubanas o universales. 
   

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