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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

¡FEIJÓO!

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Por Luis Machado Ordetx  De tan irreverente, Samuell [San Juan de los Yeras, 31de marzo de 1914-La Habana,  14 de julio de 1992], considerado un «hombre-montaña», fundó y animó una catedral jamás soñada por una institución docente cubana, al instaurar una editorial que, durante casi un decenio, publicó de Santa Clara, con el concurso de varias casas impresoras capitalinas, monumentales textos teóricos, poéticos, narrativos y pictóricos elaborados por cubanos y extranjeros. Esa constituye una de las aristas menos difundidas —tal vez por conocida o anónima— sobre el más grande de los fabuladores y recreadores del contexto y los hombres de la campiña isleña, y de quien todavía, al decir hace poco de Miguel Barnet, se erigen deudas impagables en el recuento del tiempo en que condujo el Departamento de Relaciones Culturales de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, sello que llevó, en primera instancia, una editora sui géneris amparada por una revista tan descomunal como ISLAS, nacida en 1958. Por coincidencias raras de la vida, unos meses después, el 31 de marzo de 1959, fecha en que también Feijóo celebraba su onomástico, el Gobierno Revolucionario firmaba el decreto de constitución de la Imprenta Nacional  de Cuba. Los talleres de Úcar, García, S.A., lugar de donde  salieron las tiradas legendarias del grupo de Orígenes [1944-1956],  trajeron después, con la obesrvación de Samuel, el encuentro de los lectores nacionales y foráneos con las ediciones príncipes de Lo cubano en la poesía —antológicas conferencias que preparó Cintio Vitier—, así como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, y la Historia de una pelea cubana contra los demonios, ambas de Fernando Ortiz, y José Antonio Saco (Estudio biográfico), de Manuel Moreno Fraginals.      En el prólogo de Historia…, Ortiz precisó que por vez primera Cuba llenaba páginas de glorias, en medio de la penuria de entonces, con la presentación de textos tan enjundiosos que explicaban el ser y la conciencia de la Nación, hecho debido en parte al sustento espiritual de Feijóo Rodríguez y el respaldo institucional y del Estado, urgido y comprometido en trasladar la Cultura al sitio que colmara los más recónditos firmamentos sociales. Luego vinieron los rubros de la rotativa Héctor F. Rodríguez, de Artes Gráficas, en La Habana, y libros únicos para todos, reseñados en las colecciones Biblioteca Folklórica y de Estudios Hispánicos: Ayer de Santa Clara (Florentino Martínez), Gente de Pueblo (Onelio Jorge Cardoso), Tratados en la Habana (Lezama Lima), Kant, iniciación de su filosofía (Medardo Vitier), El pan de los muertos (Labrado Ruiz), Donde canta el tocororo (Leoncio Yánes), Francisca de Rimini (Nino Berrini), Biografía del tabaco cubano (García Galló), El caserón del Cerro (Marcelo Pogolotti), Crónicas habaneras (Julián del Casal), Árboles sin raíces (González de Cascorro) y…   La lista rebasa el centenar, y aunque no existía una tradición en la edición de libros, y menos de diseño, en lo fundamental, eran primeras tiradas, casi manufacturadas, en textos, imposibilitados antes de publicación. Un cotejo indica que las erratas fueron mínimas, gracias al beneplácito y la dedicación reiterada de Samuel. Algunos, devenidos en catedrales teóricas, de tipografía e inclusión de ilustraciones, dieron la luz pública a nuevos autores, mientras otros sólo tuvieron una divulgación, incluidos ensayos, novelas, averiguaciones, animaciones y promociones originales del universo creativo feijoseano: Diario Abierto. Temas folklóricos cubanos; Azar de lecturas; Alcancía del artesano; Segunda alcancía del artesano; Fantasía del dibujo popular; Los trovadores del pueblo; Cuentos populares, La décima culta en Cuba; El girasol sediento y Juan quinquín en Pueblo Mocho, por citar algunos. De la mano protectora de Samuell aparecieron Meditación Americana, de Juan Marinello o La filosofía de José Martí, de J.I. Jiménez Gruñón, y Papelería o Idea de la estilística, de Fernández Retamar, ya rarezas en bibliotecas privadas protegidas por el celo de los propietarios.   Rupturas e incomprensiones, favorecieron que el «poeta guajiro» —como lo llamaron—, dejara en 1969 los proyectos del departamento de Estudios Folklóricos y Publicaciones de la Universidad Central y emprendiera otro, menos ambicioso que el anterior, pero de una raigambre sin fronteras: la revista SIGNOS, valiosa contribución temática, estilística y tipográfica  al patrimonio cubano. Los aportes novedosos de sus primeros 35 números, preparados con el celo personal de Feijóo, no tienen parangón en la historia de la Cultura Cubana. Por desgracia, la tirada siguiente, la 36, ya preparada, se extravió sin que su paradero actual tenga el más acertado de los conocimientos. Similar ruta tomaron algunas de esas joyas, denominadas grabados, y que al cabo del tiempo se consolidan como verdaderas rarezas artísticas y de diseños novedosos, las que empleó en el engalanamiento ilustrativo de las páginas.    El más inmenso fabulador de los campos cubanos, pertrechado de un original estilo investigativo y de promoción de todo lo que enalteciera la espiritualidad nacional, todavía persiste como Wampampiro Timbereta     — uno de sus personajes favoritos—, en Sensible Zapapico,  a la caza de un güije o un pájaro fantasma, para ser e ir, en exclusividad, a los parajes insospechados que lo reafirman como raíz y tronco de la esencia de lo nuestro.De tan irreverente, Samuell [San Juan de los Yeras, 31de marzo de 1914-La Habana,  14 de julio de 1992], considerado un «hombre-montaña», fundó y animó una catedral jamás soñada por una institución docente cubana, al instaurar una editorial que, durante casi un decenio, publicó de Santa Clara, con el concurso de varias casas impresoras capitalinas, monumentales textos teóricos, poéticos, narrativos y pictóricos elaborados por cubanos y extranjeros. Esa constituye una de las aristas menos difundidas —tal vez por conocida o anónima— sobre el más grande de los fabuladores y recreadores del contexto y los hombres de la campiña isleña, y de quien todavía, al decir hace poco de Miguel Barnet, se erigen deudas impagables en el recuento del tiempo en que condujo el Departamento de Relaciones Culturales de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, sello que llevó, en primera instancia, una editora sui géneris amparada por una revista tan descomunal como ISLAS, nacida en 1958. Por coincidencias raras de la vida, unos meses después, el 31 de marzo de 1959, fecha en que también Feijóo celebraba su onomástico, el Gobierno Revolucionario firmaba el decreto de constitución de la Imprenta Nacional  de Cuba. Los talleres de Úcar, García, S.A., lugar de donde  salieron las tiradas legendarias del grupo de Orígenes [1944-1956],  trajeron después, con la obesrvación de Samuel, el encuentro de los lectores nacionales y foráneos con las ediciones príncipes de Lo cubano en la poesía —antológicas conferencias que preparó Cintio Vitier—, así como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, y la Historia de una pelea cubana contra los demonios, ambas de Fernando Ortiz, y José Antonio Saco (Estudio biográfico), de Manuel Moreno Fraginals.      En el prólogo de Historia…, Ortiz precisó que por vez primera Cuba llenaba páginas de glorias, en medio de la penuria de entonces, con la presentación de textos tan enjundiosos que explicaban el ser y la conciencia de la Nación, hecho debido en parte al sustento espiritual de Feijóo Rodríguez y el respaldo institucional y del Estado, urgido y comprometido en trasladar la Cultura al sitio que colmara los más recónditos firmamentos sociales. Luego vinieron los rubros de la rotativa Héctor F. Rodríguez, de Artes Gráficas, en La Habana, y libros únicos para todos, reseñados en las colecciones Biblioteca Folklórica y de Estudios Hispánicos: Ayer de Santa Clara (Florentino Martínez), Gente de Pueblo (Onelio Jorge Cardoso), Tratados en la Habana (Lezama Lima), Kant, iniciación de su filosofía (Medardo Vitier), El pan de los muertos (Labrado Ruiz), Donde canta el tocororo (Leoncio Yánes), Francisca de Rimini (Nino Berrini), Biografía del tabaco cubano (García Galló), El caserón del Cerro (Marcelo Pogolotti), Crónicas habaneras (Julián del Casal), Árboles sin raíces (González de Cascorro) y…   La lista rebasa el centenar, y aunque no existía una tradición en la edición de libros, y menos de diseño, en lo fundamental, eran primeras tiradas, casi manufacturadas, en textos, imposibilitados antes de publicación. Un cotejo indica que las erratas fueron mínimas, gracias al beneplácito y la dedicación reiterada de Samuel. Algunos, devenidos en catedrales teóricas, de tipografía e inclusión de ilustraciones, dieron la luz pública a nuevos autores, mientras otros sólo tuvieron una divulgación, incluidos ensayos, novelas, averiguaciones, animaciones y promociones originales del universo creativo feijoseano: Diario Abierto. Temas folklóricos cubanos; Azar de lecturas; Alcancía del artesano; Segunda alcancía del artesano; Fantasía del dibujo popular; Los trovadores del pueblo; Cuentos populares, La décima culta en Cuba; El girasol sediento y Juan quinquín en Pueblo Mocho, por citar algunos. De la mano protectora de Samuell aparecieron Meditación Americana, de Juan Marinello o La filosofía de José Martí, de J.I. Jiménez Gruñón, y Papelería o Idea de la estilística, de Fernández Retamar, ya rarezas en bibliotecas privadas protegidas por el celo de los propietarios.   Rupturas e incomprensiones, favorecieron que el «poeta guajiro» —como lo llamaron—, dejara en 1969 los proyectos del departamento de Estudios Folklóricos y Publicaciones de la Universidad Central y emprendiera otro, menos ambicioso que el anterior, pero de una raigambre sin fronteras: la revista SIGNOS, valiosa contribución temática, estilística y tipográfica  al patrimonio cubano. Los aportes novedosos de sus primeros 35 números, preparados con el celo personal de Feijóo, no tienen parangón en la historia de la Cultura Cubana. Por desgracia, la tirada siguiente, la 36, ya preparada, se extravió sin que su paradero actual tenga el más acertado de los conocimientos. Similar ruta tomaron algunas de esas joyas, denominadas grabados, y que al cabo del tiempo se consolidan como verdaderas rarezas artísticas y de diseños novedosos, las que empleó en el engalanamiento ilustrativo de las páginas.    El más inmenso fabulador de los campos cubanos, pertrechado de un original estilo investigativo y de promoción de todo lo que enalteciera la espiritualidad nacional, todavía persiste como Wampampiro Timbereta     — uno de sus personajes favoritos—, en Sensible Zapapico,  a la caza de un güije o un pájaro fantasma, para ser e ir, en exclusividad, a los parajes insospechados que lo reafirman como raíz y tronco de la esencia de lo nuestro.

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