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ACOSTA, EL CRONISTA DEPORTIVO

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Por Luis Machado Ordetx

 

La muerte siempre sorprende de una manera misteriosa; sencillamente la vida queda trunca y la memoria persiste; sobre todo, el recuerdo, lo escrito; el afecto, así ocurre con todos; por eso siento la muerte de Luis Alberto Acosta, recién fallecido en Miami tras haber cumplido 63 años de existencia luego de su nacimiento en Santa Clara el lunes 30 de septiembre de 1946, fecha en que vino al mundo predestinado para enrolarse en el universo deportivo.

 

 

Recién veo esta semana la noticia en las páginas del http://elnuevoherald.com, y recibo un doble impacto, pues Jorge Ebro, quien escribe la información necrológica tiende al pacotilleo y se detiene más en lo que dicen otros "colegas" radicados en la Florida que a decir la verdad sobre Acosta, hombre silencioso, casi taciturno, afable en su trato y conocedor de deportes colectivos, principalmente de esos que tienen que ver con las esféricas grandes, el baloncesto, el voleibol, incluso las carreras de motocross o el béisbol.

 

 

Durante aquellos primeros años de la década de los 80 se produjo aquella franqueza afectuosa con Acosta; eran los tiempos de las ediciones diarias de Vanguardia, el Villa Clara, y desde allí hacía suplencias a Miguel Ángel Pérez Cuellar, titular de la página deportiva; por entonces el periodista fallecido estaba vinculado al gremio de manera indirecta y desarrollaba colaboraciones sistemáticas en emisiones de CMHW.

 

 

Después se tituló en periodismo en cursos para trabajadores dedicados por la Universidad de Oriente; dejó el INDER, en su misión de divulgador, y se encontró con un contrato especial en programas deportivos de la hora vespertina de W; fecha en que aparece «La Explosión de las 12», espacio de análisis, reflexión e información surgido en 1992, y cuatro años después se va de ahí para ingresar en la televisión local.

 

 

Ebro en la nota necrológica no dice que Acosta abandonó Cuba porque así lo deseó tras varios intentos fallidos de viajar por vía ilegal para reincorporarse con su esposa y dos hijas adoptivas. No fue hasta el cumplimiento de los trámites oficiales del curso migratorio exigido por Estados Unidos que Acosta pudo reunirse con su familia. Durante ese tiempo estuvo percibiendo -aun sin salir en cámara y ante el público- el salario mensual correspondiente a un periodista de su rango. Nadie lo fustigó, tampoco nadie lo desacreditó.

 

Ebro en su paráfrasis escrita no se detiene a mencionar  hechos más significativos en la vida profesional de Luis Alberto Acosta, y cree que «Confesiones: más allá del dugout, una obra que reúne testimonios de primera mano de varios peloteros cubanos que lo arriesgaron todo para alcanzar el sueño de jugar en las Grandes Ligas», constituye la más alta espectacularidad que logró el periodista fallecido.

Tal vez contentarse en el crédito de otros, los que pagan, lo impulse a esa testificación; sin embargo, creo que está equivocado; ahí no reside el mérito profesional de Acosta, y por eso Ebro es deliberado en incorporar evidencias que nada aportan a la cultura deportiva.

 Lo más trascendente de Acosta residía en su jovialidad, trato afable, respetuoso consigo mismo, inmerso hasta en el misterio de las elucubraciones íntimas de aquel que apenas la vida se le escapa por el escaso número de sus familiares más allegados y tiende a buscar o reencontrar en el deporte y en la gente que lo rodea un firmamento amplificador de la existencia individual.

No dice tampoco Jorge Ebro en «Adiós a periodista íntegro» que suscribió esta semana    en http://elnuevoherald.com, que aquellos villaclareños que recuerden a Luis Alberto Acosta no podrán olvidar cómo acuñó acontecimientos culturales desde la escritura o la oralidad periodística al denominar a la Sala Amistad, en el Reparto Osvaldo Herrera, en la «Casona de Dobarganes», hecho que en alguna época originó malos entendidos oficiales que no comprendieron el sabor popular que correspondía a la impregnación etimológica de la frase ya arraigada en la afición.

 

Tampoco menciona Ebro que el nombre de «Los Lobos» y «Las Lobeznas», para designar a los equipos de baloncesto de Villa Clara dirigidos por los entrenadores Rafael (el Mago) Pequeño y Conrado (Maravilla) Pérez, allá por los 80, se deben precisamente al ingenio periodístico de Acosta, quien por un tiempo estuvo alejado de la narración a causa de una afección fónica; aún así nunca dejó de pensar en el deporte y gracias a las consultas gratuitas de galenos cubanos -con ejercicios de relajación y prescripción médica- aquella voz vibrante se volvió a escuchar en la radio y la televisión de la localidad.

Es más honesto; ético si existe en toda saciedad la categoría incisiva de los presocráticos y los socráticos, decir reposa en paz, allá donde estés Luis Alberto Acosta, que asomar inventivas que nada aportan a la razón de ser de una espitirualidad de esta tierra.

http://www.elnuevoherald.com/deportes/beisbol/story/593122.html

 

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