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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

NARANJA DE VILLA CLARA; UN ROSTRO DE IRREFRENABLE PREDICCIÓN

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Por Luis Machado Ordetx

Prefieren la polémica, la defensa de sus puntos de vista, y esgrimen desacuerdos; saben lo que exponen cuando el tono dulce de la voz se viste de gestos bruscos, de golpes fuertes en el cemento, y trasladan expresividad en el aleteo de los brazos; y de la risa que escapa, desborda una pasión.

El llanto y hasta el abucheo las conmueve en el andar detenido o presuroso de estos días por la ciudad o los campos. No quieren perder un detalle de cuánto dicen en una esquina y los rostros tienen otros encantos proporcionados por los tintes de los efímeros coloridos que simbolizan un número, una abreviatura, un recuerdo del instante de multitudes que jamás desearán que se apague.

Bien conocen que la congregación a la cual asisten, reafirma otros senderos en los que la ternura femenina tiende a confundirse con la sabiduría popular que encarna el acento varonil. Son en ese instante, sabias; y las distingue la elocuencia del que opina y sabe sobre aquello que expone. Hay una seguridad en los parlamentos que ofrece en los diálogos. Tal es así que no creen en soliloquios, en susurros y murmuraciones adversas.

Ellas, a veces tiran agua fresca a la calle; hacen prerrogativas; invocan a las “luces” protectoras; sueñan despiertas; rompen vasijas de vidrio; sueñan y hacen sonar hasta el delirio los calderos del hogar; no quieren despertar; colman los estadios o están pendientes en medio del bullicio de las últimas noticias sin que les importe el “rumor” o el vaticinio del momento. Sencillamente, ahuyentan a los agoreros que tienden a aproximarse a sus entornos, y deciden fundirse en un abrazo con el partidario que apoya sus irrefrenables predicciones.

 Un color secundario, el naranja, viene de maravilla a sus atuendos, y cuando en las vestimentas exhiben otras, prefieren abrigarla en el silencio como un latido del corazón y la sensata calidez que acentúa el estímulo. Andan por allí, por las gradas, por las plazas de la ciudad, siempre pendiente de todo lo que sucede en entusiasmo y exaltación.

 Por eso animan; saltan; y el optimismo las incentiva, en derroche de iniciativas, de hidalguías y a la espera de la fiesta que desde hace años no disfrutan: esa que jamás querrán olvidar en el transcurso del tiempo.

Cuando en las tardes, también en las noches, se precipitan a las calles, persisten sin distinción de edades en ese magnetismo y la grandeza que favorece al naranja, un color que las delata en medio del asombro o la parquedad que impone el “placer” que se comparte luego de muchos años.

A veces, sin que asome el conocimiento o la intimidad mutua con la persona aquende o allende a los mares, baten olas; perduran como suspendidas en el aire, en el estímulo de la luz del día o de la noche que no quieren apagar  en medio de la tranquilidad del azul, el inconfundible rival de turno.

La placidez las conmina a la conspiración, al susurro, al mensaje que llega a la cercanía o lo distante; eso propende hacia lo naranja, y les insufla la pasión, mientras favorece la algarabía.
Sin temer al paso de un minuto, persisten en la confianza; en la incandescencia del tiempo; en la seguridad del triunfo; en el ánimo que se traslada al juego; en el brillo del terruño y la distinción del color del uniforme, y en la ponderación a su gente.

El béisbol arrastra multitudes; inculca en los incautos o pocos conocedores una pasión sin límites; y congrega y fortalece con un nuevo rostro que recurre a los estadios con el propósito de adueñarse de aquellos escenarios que antes no conocía; jugada a jugada, implica un acuerdo o un disgusto, y las voces de mujeres ribetean tintes autorizados en el elogio y la aprobación de todo lo que ocurre sobre un terreno deportivo que las reencuentra de espectadoras propagadas como un relámpago.

Distinguen, y lo hacen con fuertes pisadas sobre el cemento, el asfalto o el césped, que ellas, desde el diálogo, la alegría y el estruendo que vino prendido del aplauso, fueron inconfundibles en medio de todo lo que enaltece al color del año; sea bien, el tinte del azul, y mejor aún, la pasión radiante del añorado naranja.


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