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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

BATISTA MORENO, UN JOCOSO IMPRESOR

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Por Luis Machado Ordetx

Los últimos alientos de vida de René Batista Moreno, según muchos amigos, fueron pensar desde y con la perspectiva de la Cultura Cubana. Así abandonó a los mortales el poeta, folklorista, escritor, periodista e investigador René Batista Moreno, un discípulo aventajado de Samuel Feijóo.


¡Pantera!; ¡Ahí viene la Pantera! Era la seña de “armas” de René. Venía cada martes en la mañana a  la redacción de Vanguardia dispuesto a “sacarse” del cuerpo al terruño camajuanense; a “conspirar” desde los litis informativos que privilegian la cultura popular, las investigaciones de campo y el justo equilibrio de una catapulta editorial. En su cabeza rondaba el ánimo del impresor “clandestino”; tal vez sea esa una particularidad literaria que muchos no reconozcan en la actualidad.

Sí, eran los martes, día que tomaba como franco —especie de reposo momentáneo— en sus labores de cajero en una pizzería. Atraso memoria y el tiempo en dos décadas y media, y lo observo cuando temprano irrumpía en nuestras oficinas; traía la jarana personificada, a flor de labios, casi de dramática raíz hispana y a la “caza” de los chistes más insólitos del momento.

Entonces no creía en la vida detenida; creo, incluso, que jamás lo intuyó durante sus 69 años de existencia, luego que vino al mundo, un sábado 22 de marzo, allá en la colonia cañera “La Ofelia”. Eso lo recuerdo bien; nunca lo olvidaba. Con un olfato felino, primero, él iba a lo propio; al diálogo; al choteo,  y después las premuras de los martes lo dirigían a  conseguir grabados que Barreras, el Viejo, tal vez el bisoño Barreritas y hasta Nilo (La Pipa) García Conde, conservaban a partir de los dibujos, a plumilla, encomendados por Linares, el caricaturista.

Bien sabía René Batista Moreno que esos hombres adaptados al trabajo nocturno, apremiados siempre por el cierre de edición, no estaban a esa hora en sus respectivos desempeños profesionales. Todo, en cambio, constituía un sencillo pretexto para entregar a Jorge Mederos, Eugenio Santiago y a Héctor (El Turco) de Armas Fernández, algunas de las cuartillas escritas con antelación en la Remignton hogareña. Los textos impresos en el papel, salían del taller en la tarde; llevaban las correcciones pertinentes y el fresco “olor” a plomo de las líneas “dibujadas” por un linotipo.

De esa manera, el poeta, folklorista e investigador inventó su propia imprenta para publicar algunos estudios que, a partir de entonces, vieron la luz con el sello editorial “Museo Hnos Vidal Caro”, de Camajuaní: Músicos Populares Camajuanenses (Volumen 1 y 2); Las parrandas de Camajuaní: Cronología de carrozas, cantos de changüíes, anecdotario humorístico; Camajuaní folklórico; Concierto para cuatro gatos y…

Con el peso “insólito” de aquellas líneas y grabados a cuesta, y la seguridad de que el plomo salido de los talleres del periódico rendiría un fruto a la Cultura Cubana, René se dada con prontitud a otro goce: las libaciones de ron, y por medio un vaso de agua fresca, el inconfundible cigarrillo que lo condujo a la muerte absurda,  y también al diálogo fraternal con los amigos. A veces recorría a pie o en el automóvil de Mercedes Rodríguez García  por la estrechas calles de Santa Clara; en otras ocasiones iba, cámara Zenit TTL en ristre, hasta la casa del profesor Carlos Galindo Lena o del decimista Leoncio Yanes o del encuentro de Feijóo, su maestro.

De esas travesuras diurnas de cada martes, partía como podía, en el tren de la tarde, en taxis o en ómnibus, para Joaquín Panecas 64, el domicilio de Camajuaní. En su mente, el miércoles era otro día; tras un receso laboral, se enfrascaba en la composición de un nuevo libro. El “tirador” era el maestro Andrónico Cruz Luna, quien en añejas máquinas Chandler existentes en la imprenta de la localidad, daba el viso de una nueva terminación con el sello editorial Museo Hermanos Vidal Caro.

 Algunos de esos textos aparecieron con posterioridad incluidos en Ese palo tiene jutía; Éditos e Inéditos y Los bueyes del tiempo ocre, entre otras investigaciones folklóricas acumuladas durante años de duro forcejeo por desentrañar los misterios de la cultura popular guajira y su raigambre musical, dicharachera e histórica tomada de los ancestros españoles, africanos o del mestizaje insular.

Ahora, muchas de esas páginas con horas de dedicación cualquiera las encuentra en librerías, en bibliotecas públicas o se difunden (agrandados, con excelentes emplanes y diseños) a  todo el país. Gozan, sin dudas, del patrocinio de Capiro, Letras Cubanas o Mecenas, editoriales cubanas que más recientemente acogieron la asiduidad del folklorista Batista Moreno, un amigo que hace menos de una semana, tras su muerte, apretó a todos en un sufrimiento  cum dignitate.

Otras correrías, cientos, contaría de René, de la amistad entre escritores y periodistas a los que “envolvió” con la eficaz gracia del chiste, el cuento popular, el rastreo de la información que propiciaban Ramiro Porta Aponte, el negro Miguel Ángel (Teo) Cabrera o las andanzas de la investigación histórica y documental por Jobo Rosado, enclave de Camilo Cienfuegos en el Frente Norte de Las Villas.

Virtudes y defectos tenemos todos los mortales; cada cual es un mundo. Esas particularidades de René, de un modo u otro, son fuentes sencillas de las cuales brotó un manantial de oralidad, y ambas se antojan como su  homónimo libro de versos: Componiendo un paisaje para nuestras vidas.

 





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