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MARSALIS, LA HABANA Y EL JAZZ

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Por Luis Machado Ordetx

Wynton Marsalis y la Lincoln Center Jazz Orchestra serán un acontecimiento artístico durante la semana entrante en La Habana. Nadie duda eso, y mucho menos que uno de los más afamados trompetistas contemporáneos y el jazz en particular, abarroten los teatros capitalinos en las cuatro presentaciones que, de martes a sábado, tienen. Eso constituye una Perogrullada absoluta por el gusto que el género surgido en Nueva Orleáns y expandido por el mundo, goza entre músicos o sencillamente auditorios menos especializados en Cuba.

 

Por amplios que sean los teatros habaneros, y el «Mella» se ubica entre los de mayores capacidades para un espectáculo, resultarán pequeños para los públicos que arrastrarán los músicos norteamericanos invitados de ocasión por el maestro Jesús (Chucho) Valdés y el Ministerio de Cultura de Cuba. Imagino un tanto, ese sufrimiento que, estudiantes, profesores y amantes del jazz, sentirán aquellos que alejado del escenario de las actuaciones, se perderán conciertos antológicos, de lujo e intercambio con técnicas renovadoras que impone  en cada audición la Lincoln Center Jazz Orchestra de Nueva York, y Wynton Marsalis, su líder indiscutible, en particular.

 

Similar pasión hay entre los auditorios que siguen el jazz desde las sonoridades musicales de Maynard Fergunsón, Slinder Hampton, Miles Daves, John Coltrane, John Scolfield, Kannie Barroun, Dave Holland o la Big Band de la Academia de Budapest y otros instrumentistas de la talla internacional de Dave Lievand, Joshua Redman, Keiht Jarre, Steve Turre, Crhis Potter, Clifford Bronw y Dexter Gordon, solo por citar a algunos renombrados.

 

Hay que contemplar, cómo estudiantes de música, instrumentistas en ejercicio profesional, y hasta amantes del jazz  en Cuba, no pierden tiempo en hacer los más insospechados préstamos de cintas magnetofónicas, CD, DVD o en una elemental pendrive, contentivas de las discografías que por años dejan las actuaciones de Dizzy Dillespie, Freddie Hubbart, Joe Lovano, Joe Hendersson, Duke Ellington, Check Backer o Gary Burtton.

 

Eso no es fortuito, aislado, mucho menos sorpresivo. Esa es la huella de la fusión de la música, de los reencuentros de raíces ancestrales y combinaciones de timbres y melodías, y también de las lecciones pedagógicas y orquestales legadas en Cuba por Armando Romeu  a su paso por diferentes ciudades inculcando métodos de estudio sobre el jazz.

 

Es también el aporte del de los percusionista Luciano (Chano) Pozo y Silvano (Chori) Shueg; del trompetista Mario Bauzá, del saxofonista y musicógrafo Leonardo Acosta; de la pianística de Frank Emilio Fly o la Banda Gigante de Benny Moré. Además, contituye parte de herencia pianística de Bebo Valdés, del trompetista Arturo (Chico) O`Farrill y de la incorporaciones rítmicas de la música Norteamérica a la cubana, y viceversa, hechas por Dámaso Pérez Prado.

 

En la lista tendría que incluirse a la difusión que Felipe Dulzaides, la guitarristica de Leo Brouwer o las ensoñaciones perennes de Chucho Valdés o Bobby Carcassés, y por supuesto al trombonista Juan Pablo Torres, hacen o lograron en sus respectivos tiempos.

 

Los encuentros y desencuentros hay que localizarlos también en la existencia de la Jazz Band Cubana, surgida en la cuarta década del pasado siglo, así como en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC —¿cuántos grandes músicos cubanos pasaron por allí?; muchos—, de Irakere, Afrocuba, la Orquesta de Música Moderna de Las Villas, de Raíces Nuevas —con Pucho López de líder indiscutible—, y de los actuales Festivales de Jazz de La Habana, herederos de aquellos primeros Jazz Plaza a los que convocó en los años 80 del pasado siglo el showman cubano Bobby Carcassés.

 

Por si fuera poco, en esa tradición se incrusta con las actuales programaciones televisivas de «A Todo Jazz», así como de los reiterados conciertos que imponen los jóvenes  instrumentistas que tienen en ese género afronorteamericano en una constante manera de hacer música a partir de los ritmos y sonoridades más renovadoras de la contemporaneidad.

 

Por eso Wynton Learson, heredero de esa tradición jazzística que proviene de sus ancestros afronorteamericanos, y también de los familiares (Ellis, el padre; Bradford, Deldeayo y Jason, los hermanos), es considerado un músico todoterreno, y demostrará por vez primera en la Habana, como hace en cada una de sus presentaciones, que la algarabía por lo clásico y la experimentación musical, tienen un punto de contacto en esa antiquísima música transmitida de generación en generación y esparcida hacia los más recónditos lugares de esta tierra nuestra.

Merecedor de un Premio Pulitzer en música por el oratorio Blood on the fields, dedicado a las víctimas del sistema esclavista en EE.UU, Wynton Marsalis desarrolla desde 1995 junto a la Lincoln Center, de Nueva York, una vía de preservación de las raíces del jazz desde las posiciones de un neoclaciscismo impecable a la hora de abordar las sonoridades del género.

 

Ahí están los rescates que hace del jazz y el blues (Two Men With The Blues, 2008), grabado en directo en dos sesiones ofrecidas junto a Willie Nelson, y la larga lista de fonogramas que incluyen títulos de la talla de From Billie Holiday to Edith Piaf (2010); The Marsalis Fammily (2008), hasta aquellos que junto a la Lincoln Center Jazz Orquestra dio por título A Love Supreme, Cast of Cats, They Cames to Swing, por citar algunos álbumes.

 

¡Qué nadie diga!, ¿no es verdad?; sí, créalo, Wynton Marsalis y la orquesta del Lincoln Center, de Nueva York, tendrán en La Habana a un público conocedor de las riquezas inigualables del jazz, y la semana entrante se convertirá en un necesario encuentro cultural que, más allá de las fronteras que impone la hostilidad gubernamental norteamericana hacia Cuba desde 1959, demostrará que el arte no cree en imposiciones políticas que constituyan un freno al impostergable topetazo de historias y fusiones dejadas por los ancestros y contemporaneidades de ambos pueblos.

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