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TOCORORO O MAGIA DE LA FABULACIÓN

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La fiesta del tocororo, de René Batista Moreno, una recopilación de personajes de leyenda que conforman el bestiario cubano, fue presentado en el entorno de la Feria Internacional del Libro en La Habana. El proyecto que antecedió a este libro se alzó con el Premio Memoria 2009, del Centro Cultual Pablo de la Torriente Brau, y constituye la última obra del prolífico escritor,  quien falleció en mayo de 2010.

Por Dulcila Cañizares (Palabras de presentación de Escritora e investigadora cubana durante la Feria Internacional del Libro de La Habana). El título original de este texto es «René o la magia de la fabulación».

René Batista Moreno (Camajuaní, 1941-2010) fue un seguidor y fiel amigo de Samuel Feijóo, infatiglable investigador del folclor campesino. Pero René, con su olfato guajiro, sabía con certeza hacia dónde enrumbar sus pasos, ya que, además, conocía la zona de Camajuaní, Vueltas, Remedios y los alrededores desde pequeño.

Comenzó sus andanzas en octubre de 1963 hasta marzo de 2003, no sólo en la antigua provincia de Las Villas, sino también en alejadas provincias de las regiones occidentales y orientales. Iba, con una libreta escolar en el bolsillo trasero del pantalón, un bolígrafo o un lápiz y su inseparable gorrita en la cabeza, lomas arriba y abajo, por trillos y senderitos, sin que le importara que de pronto irrumpiera un insolente aguacero, pues él continuaba su ruta hasta donde sabía que iba a encontrar cuentos, fábulas, leyendas, refranes, acertijos y de cuanto puede inventar la imaginación humana.

Así fue escribiendo en innumerables libretas y, pasado el tiempo, comenzó su etapa de iniciarse como escritor. Pero no le bastaron a René sus oficios de investigador y escritor, sino que, años después del fallecimiento de Feijóo, asumió el cargo de editor de la revista Signos, fundada por Samuel, y le infundió el perfil feijoseano de sus inicios.

Desde pequeño, según confesaba, le encantaban y atemorizaban los cuentos que el abuelo contaba en las noches campesinas, a la luz de un quinqué, sentados en bancos y taburetes, mientras los cocuyos cruzaban con su luz cerca del portal y los mosquitos los atacaban con ferocidad. Entre manotazo y manotazo y el terror que sentía aquel niño, comenzaron sus inquietudes por conocer las fabulaciones campesinas. Años después, conversar con René era no saber qué eran la realidad y cuáles sus invenciones. Sus amigos tuvimos la oportunidad de disfrutar sus exageraciones y reír a carcajadas con su persistente e inagotable imaginación. Suponemos que en La fiesta del tocororo también haya incluido alguna de sus acostumbradas quimeras, siempre dislocadas y deliciosas...

Este bestiario cubano, cuyo origen, según su autor, fue Cuentos de guajiros para pasar la noche, es nuestra mitología, que la oralidad ha ido enriqueciendo y rescatando. Según sus palabras: «Tenemos un bestiario sano, humildísimo, creado por una imaginación igual. Y adquirido, casi en su totalidad, en entrevistas realizadas por zonas campesinas». Pero en la actualidad, por la emigración campesina hacia pueblos y ciudades, hay que buscar nuestro folclor campesino también en las zonas urbanas.

Para lograr esta obra, Batista Moreno utilizó, aparte de algunos mitos de Cuentos de guajiros..., seis leyendas aborígenes, treinta de Remedios, ochenta y nueve de diversas regiones del país y veintiséis obras de autores cubanos y extranjeros, para un total de ciento veinticinco bestias imaginarias, que dieron lugar a esta memoria folclórica rica, interesante y en su mayoría desconocida. Comenzó con El Diario de navegación, de Cristóbal Colón, y también encontró algunas de «...las primeras bestias autóctonas, [...] en las obras de los frailes Bartolomé de Las Casas, Guadalupe de Santiesteban, Ramón Pané. Pero de esas etapas del llamado descubrimiento y la colonización, hemos podido salvar pocas», según señaló el propio autor.

Si importancia tiene la recopilación del bestiario cubano, trascendental es la interesante evidencia de topónimos aborígenes, tal vez la más rica que hemos encontrado en obras no especializadas en el tema aborigen. Entre otros toponímicos aparecen Guanabacoa, Guainabo, Baracoa, Yuraguana, Guayarusa, Ocujal, Birán, Caonao, Barajagua, Bamburanao, Jibacoa, Guaracabulla, Taguayabón, Camajuaní, Guajabana, macaguana, Caibarién, Guanajay, Jurá, Guaisí, Guanabanabo, Cuyaguateje, Camaco, Manicaragua y Jinaguayabo. ¡Qué embriaguez de nombres de una musicalidad deliciosa, legada por aquellos indios nuestros!

Es lástima que Batista Moreno haya omitido los lugares donde están las fincas de sus entrevistados, porque tal vez, aparte de conocer su ubicación geográfica, aparecerían más topónimos aborígenes, que engrandecerían esta valiosa muestra de nombres de los primeros habitantes de nuestra isla, que dejaron sus huellas en disímiles sitios geográficos, árboles, alimentos, ríos, etcétera.

Aparecen criaturas fantásticas que, según la oralidad, existían desde la época de los conquistadores, como el babujal, acerca del cual manifestó Andrés Leiva, un anciano guantanamero de ciento seis años.

Siempre le oí decir a mi abuelo que cuando los españoles penetraban en los montes a buscar indios, se les metían los babujales en el cuerpo y los mataban. Los babujales durante muchos años protegieron a los indios. Al que se metía en terrenos de babujales, los babujales lo cogían.

Son muy simpáticos los testimonios, al parecer muy serios, pero en realidad inciertos, acerca de jigües, güijes, madres de agua... Por ejemplo, el cagüerio, según René, «Es el ser más transmutante de la zoología fantástica cubana. También es un mito dualista, como muchos otros que tenemos por acá. Se dice que es un ladrón que tiene la facultad de convertirse en el animal que desee (un chivo, un ratón, una gallina…) o en un objeto inanimado (una piedra, un yugo, un taburete…) para poder realizar sus fechorías o escapar de sus perseguidores». Y la historia de Marcelino Guerra, de ochenta y cinco años, pero que no sabemos donde reside, es la siguiente:

A Juan Ferreira, un vecino de esta zona, siempre le estaban robando los animales, y unos amigos míos y yo juramos que íbamos a coger a los ladrones. Nos emboscamos en el camino que iba a su casa, eso fue como a las cinco de la tarde, lo hicimos a esa hora para que la noche nos cogiera allí. Entonces, poco después, vimos tres hombres con sacos y unos machetes en las manos. Les dimos el alto, y desaparecieron delante de la vista de nosotros. Corrimos hacia el lugar donde habían desaparecido, miramos bien, buscamos, pero yo vi tres piedras y no les hice caso. Cuando caminé un poco, me dije: “Pero si son cagüeiros”, porque los cagüeiros tienen la facultad de convertirse en un animal, en un árbol, en una piedra… Regresamos al lugar donde estaban las piedras y ni rastro de cagüeiros. Entonces miramos para el monte y vimos a los tres hombres meterse en él.

El lector se enfrentará a seres mitológicos como los hombres peste, las bolas de carne, los sapos de las tinajas, las brujas, las sirenas, el grillo de Guajabana, el majadrilo, el júa, la mujer puerca, la ciguapa y muchos otros, simpáticos algunos, terribles o detestables otros.
Batista tuvo la gracia de incluir algunos poemas acerca de diversos animales mitológicos de la isla, como el que escribió Alexis Castañeda Pérez de Alejo dedicado al ave de la cueva La Boca, que cuenta, como narró René, que «...Iniciaba su concierto a las seis de la mañana, y los animales de la zona, incluyendo a agrestes como la jutía, los perros jíbaros, y los venados, acudían para oírla.[...]».

                               El canto en la caverna
                               Sitio que llama, canora
                               ave que clama su pena,
                               llanto cautivo, alacena
                               donde la voz enamora.
                               Burla la luz, edulcora
                               la manada en el paisaje
                               su suerte, como de encaje
                               es el trillo en la espesura;
                               miente la voz y factura
                               en lágrimas su plumaje.

Otra de las criaturas imaginarias se dice que surgió en los años cincuenta en las regiones de Carmita, Vega Alta y la Luz, y se comentaba que embestía sexualmente a las mujeres: era el catraco, un gato con cuatro pies de altura y cabeza de pulpo. La siguiente décima, simpática y descriptiva, es de un poeta anónimo, supuestamente de aquellas zonas.

                             Catraco: animal cinqueño,
                             con figura de felino
                             y pulpo, de olfato fino,
                             que viola durante el sueño.
                             A las damas, muy risueño,
                             embobece y acaricia.
                             Las viola con tal pericia
                             y con tanta sutileza
                             que a la que el bicho endereza,
                             se cura, pero se envicia.

Los testimoniantes tienen edades que oscilan entre los sesenta y ocho y los ciento seis años, residentes en diversos lugares de la isla.


Ha sido una tarea de inagotable paciencia y de largos años de trabajo, pero René era laborioso y perseverante. Si por cañadones, montes, ríos y sabanas no lo detuvieron los inconvenientes e inesperados aguaceros de los trópicos, menos se iba a dejar vencer por años más o menos de ardua investigación y lento proceso de creación en su vieja máquina de escribir, y continuó fiel a su inseparable Remington, pues para escribir sus textos en Word, enviar y recibir mensajes, siempre estuvo su hijo Alejandro —ahora su cuidadoso y severo albacea—; fue un hombre humilde, bondadoso, extraordinario amigo, chistoso —disfrutaba inventando graciosos apodos a los conocidos, colaboradores, seres muy queridos y algún que otro que no fuera de su agrado— y orgulloso de ser campesino hasta la médula, a quien le agradecemos obras de incalculable valor folclórico que legó para la cultura cubana, como Los bueyes del tiempo ocre, Ese palo tiene jutía, Éditos e inéditos, Fieras broncas entre chivos y sapos y Limendoux. Leyenda y realidad, entre otros.

La fiesta del tocororo no sólo la disfrutará nuestro pájaro nacional, sino que será más bien un guateque para las aves, los insectos y los animales de nuestras zonas rurales y urbanas, guateque campesino que también disfrutará cada lector que tenga la oportunidad y el regocijo de deleitarse con estas fabulaciones que nos ha regalado René Batista Moreno.

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