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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

MARTHA ANIDO; LA MAGIA DE LA CULTURA

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Por Luis Machado Ordetx

Ocho décadas de vida tienen un repaso en la historia de Santa Clara.—

 

                                        «[…] es forzoso que obremos todos,

                             empezando por aunar nuestros esfuerzos…»

                                                                                           José Martí

 

Martha Josefina Anido Gómez-Lubián es una mujer eléctrica que respira a Santa Clara de punta a cabo. Con una delgadez extrema desanda las calles más céntricas, como olfateando la ciudad desde y hacia su Cultura e Historia. Motivos suficientes tiene en ese regocijo: disponer de ancestros por ambos lados, el materno y el paterno, que están entre las hornadas de esos  fundadores que, un 15 de julio de 1689, abandonaron San Juan de los Remedios y se sentaron bajo la fronda del legendario Tamarindo,  en una loma de escasa altura ubicada en El Carmen.

Por mayor azar, nació un miércoles 20 de mayo de 1931, fecha infausta para una República que 29 años atrás surgió maltrecha por una intervención  foránea en la legítima pugna entre cubanos y españoles. El alumbramiento de la madre propulsó el regocijo familiar, patriótico,  y la forja de una cultura política y humanística en torno a la niña, hija única, prodigada por abuelos patriotas.

Ahora, muy lúcida y vivaz, Martha Anido, como la denominan los más cercanos admiradores y las anónimas personas que la escuchan disertar sobre las particularidades de Santa Clara, su historia y cultura, arribó a las ocho décadas de existencia. El momento constituyó un oportuno instante para el recuento del ambiente familiar, y la memoria refulgente de los ancestros, tal como solicita cada mañana cuando expresa: “sol trasládame la fuerza que das con los rayos para seguir adelante cada día, respirando mi ciudad”. Hacia esos confines fue nuestro diálogo.

¿De dónde proceden sus umbrales?

«Son patrióticos; mambises y rebeldes. Los bisabuelos, y también las mujeres participaron en la gesta del 68 y del 95. Rafael Lubián y Rodríguez de Arciniegas y María Luisa Morell de Santa Cruz y Pared eran los padres de mi abuela materna, quien nació, al igual que otros dos hermanos, en Isla de Pinos. Allí estuvieron confinados durante cinco años por actividades conspirativas. Luego regresaron a Santa Clara y siguieron en similares actividades revolucionarias. Todos procedían de Remedios. Por la vía paterna, los bisabuelos Agustín Anido y Pérez de Alejo y Mercedes Estrada y Hurtado de Mendoza, tenían sus orígenes en la Octava Villa de Cuba organizada por el Adelantado Diego Velázquez.

¿Por qué la desenvoltura de los Anidos por el centro de la ciudad?

«Era, también lo constituye en la actualidad, la parte principal de la Villa. Estuvieron radicados en la antigua calle Paso Real del Río (Tristá). Después instalaron una fábrica de dulces, la “Lubián”, en zonas donde ahora se erige la Catedral. Ellos abastecían de reposterías a las fuerzas mambisas. Allí están las cartas que lo atestiguan e informan de las misiones del Club Revolucionario “Juan Bruno Zayas”, en Santa Clara. A los Anidos no lo saques de la calle Maceo esquina a la antigua Santa Rosa (Céspedes). Representa el sitio de la familia en su deambular constante. La ciudad fascina; tiene su embrujo y todos nos contagiamos con esos hechizos. Desde pequeña, cada 15 de julio los abuelos tomaban el camino a la misa que perpetuaba la historia en la Iglesia del Carmen. Los 13 de noviembre, por si fuera poco, íbamos a poner flores al monumento  de Marta Abreu de Estévez. Son valores de arraigo, de sentido de pertenencia a lo “Pilongo”, a la ciudad y su cultura. Eso se vive desde los antepasados.

¿Martha, por qué?

«¡Ah, qué pregunta! Martha, es por Marta Abreu; eso está claro. Significa una devoción por la patriota. Mamá era de la sociedad feminista Liceo “Marta”; figuraba en su directiva, y consideraba a la Benefactora de Santa Clara, como algo exquisito, no solo por lo que significó como patriota, sino, además, por las obras sociales y de arraigo popular que procreó. También porque el abuelo materno, Coronel de la Guerra de Independencia, está en la casa el día de mi nacimiento, y decidió llenar los alrededores de la cuna con banderitas cubanas. Mamá decía, con una basta, y él replicaba, ¡no, con muchas, para que sea patriota y ame a esta tierra! Creo que con la modesta actuación personal no he defraudado a nadie, y cada día tengo ánimos por hacer otras cosas nuevas. Eso me permite vivir en plenitud social e individual.

                          EL ARTE, OTRA ESPIGA

La pasión artística, el sentido de herencia hacia los recónditos territorios de la cultura popular, vienen a Martha Anido de la tradición familiar. Dice que la música extasía a los Anidos, mientras la literatura aparece con los Lubián. También con Agustín (Carlitos, en familia), el fantástico, el autor de Año 200 y El Publicano, otro de los primos.

Todavía se acuerda, como de pequeña, sentada en un silloncito, escuchaba  las melodías que, al piano, estructuraba la tía Mercedes. Otras veces el tío Agustín era el encargado de ejecutar los acordes de ese instrumento. Alberto, el otro tío, evocaba el violín, y su padre también asumía el piano. Venían los hijos de Julio Jover Anido, y todos los primos traían sus libros, eran cuentos, historias de todo tipo, y así se respiraba cultura por la casa.

¿Cómo surge su Academia de Ballet?

«Esa es otra historia; tú escribiste sobre aquellos instantes cuando en 1939 arribó a Santa Clara la rusa Nina Feodoroff y trajo el ballet a la ciudad. Abrió una pequeña escuela adscripta al Liceo “Marta”, y allí recibí clases. Antes, desde los cuatro años, y hay fotografías que conservo, estoy con un tuttu que confeccionó mamá, porque como niña, sentía la necesidad de moverme con las manos, los pie; dar vueltas en aquel ambiente cultural de familia. Nina se marchó a La Habana al poco tiempo, y continué con algunos cursillos que daban en la capital del país. En octubre del 51 se oficializó la  Academia de Ballet “Martha Anido”. Era un local acondicionado en la casa de una tía-abuela, en Maceo número 5, esquina Buen Viaje.

«Imagínate, hija única, rodeada de tías-abuelas que jamás se casaron. Todas fueron “Maestras de la Patria” cuando se instauró la República,  había que continuar la tradición de la pedagogía. La Academia existió hasta después del triunfo de la Revolución. Eso que ahora denominan trabajo comunitario, lo hacíamos desde entonces. En una pequeña camioneta, con barra portátil, trajes de baile, alumnas y un tocadiscos de pila, recorríamos los barrios de Santa Clara y dábamos funciones gratuitas. Las personas se quedaban con la boca abierta cuando las muchachitas bailaban en punta; decían, “¡cómo es eso!”. De allí salieron alumnas que se acogieron a becas gratuitas en la Academia; aquello sintetizó otro encuentro con la pedagogía.

Y Martí, ¿cómo lo vislumbras al paso del tiempo?

«¡Es un paradigma! En la historia hay figuras inmensas, pero nadie como Martí. Ofrece el carisma del intelectual, del revolucionario; de hombre de Partido único. Fidel es su cara visible; anda rodeado de  principios martianos, de intelectual, y pensador o transmisor de las mejores ideas de una tradición que llegó a nuestro Partido Comunista. Nada en el ámbito social se puede aparatar de un sólido hábito martiano.

«Papá, aunque murió joven en 1954, era seguidor de las ideas de Chibás. Mi madre, y otros familiares, participaron en células del M-26-7. Aquí interactuamos con Julio Camacho Aguilera, también con Raúl Perozo Fuentes, y Octavio Luis Cabrera. Nos movíamos por la antigua provincia de Las Villas cumpliendo indicaciones revolucionarias.

«Imagínate, son muchas historias. Figúrate, cuando perdimos al primo Agustín (Chiqui) Gómez Lubián, nos metimos de lleno en el clandestinaje. Él era la alegría de las travesuras familiares. Integramos una célula del 26 de Julio que dirigía Margot Machado. Allí  estaban sus hijas Verena, Martica, Margarita, y Rodolfo (Ofi) de las Casas, entre otros compañeros.

¿Hubo registros policíacos; detenciones?

«¡Claro! Requisaron varias veces la casa. Detenciones no. Daba clases de ballet y danza en la Universidad Central, y Modesto de Jesús Pineda y Cabrera, secretario docente, envió una carta al BRAC, diciendo que Agustín Anido, mi tío y Rector, era comunista y tenía un hijo negro que ponía bombas en Santa Clara, y la sobrina, Martha, mantenía el movimiento revolucionario.

«Inspeccionaron la Academia en tres ocasiones, la casa en otras cuarto. Decían los militares batistianos: “a esta mujer no le hemos podido coger un alfiler con la cabeza roja y negra”; era una fichada por la dictadura. Todos en la casa fuimos fundadores del Partido, y por eso gozo a mi país, y también a la ciudad de cuna.»

                     CULTURA, EMBLEMA DE TRADICIONES

En Marta Anido comulga la tenacidad; una magia de la Cultura; del ser ubicuo entre artistas y escritores, y también de conservadora de la memoria y el patrimonio familiar escondido en la ciudad. La mujer tiene una formación “académica”, pero ve en el hacer popular un gusto inigualable para tropezarse en cada esquina con creadores anónimos que dejan sorprendido al más categórico de los críticos de las Artes. Tal vez sea el sello que la distingue en los diálogos con las personas que rondan por Santa Clara. Marta, conversemos del rescate de las tradiciones culturales.

¿Cuánto de entonces hay perdido? ¿Qué persiste todavía?

«¡ Muchacho, ahora tu con ese recado! Mira, todavía hay muchas cosas pendientes del rescate de tradiciones. Lo popular, digan lo que digan, identifica un pueblo. Los mejores artistas y compositores tomaron esa cultura para elaborar conceptos. A veces resulta anónima, pero está ahí.

«Más de 21 localidades tuvieron parrandas gracias a los esfuerzos investigativos de muchas personas. Jamás hubo allí un carnaval, y contraviento y marea lo impusieron. Lo correcto era reinstalar las originales rivalidades folklóricas, culturales.

«La rumba, se esfumó, pero ¿por qué? La conservamos, y de buenas a primeras algunos querían negarla. Hubo una reivindicación del baile de las flores —un sábado antes del Día de las Madres—, de los desfiles infantiles de disfraces en el Parque Vidal u otras localidades. El carnaval no puede entenderse en la existencia de cuatro carrozas y diez comparsas.

«Las fiestas no son de un pedazo de la ciudad. Las comparsas tienen que animar, antes y después del carnaval. Eso se ha perdido, y hay que dar mayor  oportunidad a los jóvenes para  integrarse a los espectáculos tradicionales. Lo folklórico está en todos los rincones; en la calle.

¿Y la Verbena de la calle Gloria?

«En Santa Clara tenemos que volver los ojos hacia esos hechos tradicionales, históricos. Lo que se logró en 1989 tuvo un ambiente popular; eso se ha perdido un poco. La gente tiene que volcarse a las calles; ir a sus orígenes en la fecha de Fundación, la más importante de una localidad. También habrá que hacerlo siempre en la celebración del día de la Patrona. ¿Cuántas cosas se hicieron entonces? Muchas. No es sólo el Plan “Imagen”, de adornos de un día, sino de espíritu  público para perpetuar una historia.

«Debe existir mayor información, con teatro y danza en la calle, y gente que disfrute sus efemérides. Eso mantiene vivo el recuerdo de aquellos que se asentaron en esta localidad.»

Más allá de los dos hijos, también de los cinco nietos y los primos artistas,  el ambiente cultural que respira la ciudad hace que Martha Anido Gómez Lubián, recién estrenada en las ocho décadas de existencia, reconozca a cada paso los vericuetos de Santa Clara, sitio en que la satisfacción y el delirio ubicuos se multiplican en cada instante de diálogo; de encuentro. Es como si la magia de y por la cultura, sintiera un estruendo al paso de una mujer que, por donaire, tiene la complacencia campechana de todos los días.

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