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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

EL «ANTOJO»; EL CHORRITO SORPRENDENTE

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Por Luis Machado Ordetx



Las cristalinas aguas que brotan del manantial traspasan las rocas que se interponen en el camino. El principio de su recorrido descendente está en la cima de las alturas de la loma de Sabanita, Son aguas sorprendentes; refrescantes y hay quienes le atribuyen facultades tonificantes para el rostro femenino.

Desde tiempos inmemoriales un caprichoso serpenteo de agua abrió grietas interiores en las sólidas rocas, y el cristalino líquido desembocó a una orilla de la carretera. Forma parte del habitual peregrinaje de los mortales que transitan por la serranía villaclareña hacia Topes de Collantes.

Jamás ha dejado de propiciar agua a una boca sedienta, sea un ser viviente o un equipo de transporte. Por más de medio siglo está allí; protegido como un capricho de la naturaleza. Algunos lo denominan el “Ángel de Goteo” permanente. Tal vez sea por el fresco y abundante líquido que propicia.

Las temperaturas del agua oscilan por debajo de los 15 grado Celsius, unos 59 Fahrenheit. Así lo comprobé con un termómetro manual. Tiene una ubicación exacta a 8 kilómetros del poblado de Jibacoa, entre los asentamientos de Veguitas y de Pretiles, en el municipio de Manicaragua.

La existencia del manantial llama a la curiosidad del menos propenso de los caminantes, principalmente de turistas y personas no moradoras de  la zona. Hace poco alguien comentó que el agua que lo nutre se había secado ante la inclemente sequía que azota al país. Muy a pesar de la bienvenida a la temporada de primavera, los embalses del territorio central cubano, a penas se enteran de los aguaceros.

Como la “vista hace fé”, retorné, como años atrás, hasta el Chorrito del “Antojo”, bautizo popular dado a la inextinguible “poza” que germina en las alturas de la loma de Sabanita. El agua florecía allí a raudales. Algunos de los acompañantes deseaban “llevarse” el acuífero hasta la casa para paliar la falta de agua que suministran los acueductos a las ciudades. Era una especie de broma; un salpicado de ironías.

 Bien saben que el “Antojo” es como un patrimonio de la serranía nuestra; de la hidalguía de la naturaleza; de la protección de los bosques y montañas en ese muestrario que se ofrece ante un  silencioso caudal. Otros saltos de agua similares, y que abundan más allá de Jicaboa, próximos a Guanayara, Picos Blanco, Algarrobo, Can-Cán, La Felicidad y Cuatro Vientos, sufrieron los estragos de la sequía.
Eso lo sé; también lo comprobé. No me podía quedar callado ante el dislate geográfico de quien dijo que el “Antojo” estaba seco. A diferencia de otros mantos acuíferos que se desaguaron, el Chorrito está allí, como comulgando con ese aire que sopla en la fuente, situada al lado izquierdo de la carretera, cuando el viajero va rumbo a Jibacoa.

Al lado del brocal y las lajas protectoras, crecen silvestres los helechos arborescentes, las ornamentales malangas; las mariposas; las aterciopeladas “cucarachas” y el vetiver, por solo enumerar algunas de las plantas.

 En los alrededores, se escuchan los sonoros cantos de la cotorra, y también del tomeguín del pinar y se aprecia el jugueteo del zunzunzito cubano. El lugar tiene otras delicias: casi nunca, por no ser absoluto, recibe los rayos de sol. Eso propicia que se convierta en un remanso;  un lugar de encantamiento para la contemplación de un impresionante paisaje serrano, con su flora y fauna autóctonas, siempre cuidado por la eterna y paciente mano de anónimos hombres que abundan entre lomeríos.

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