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SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (6)

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Por Luis Machado Ordetx

Plácido, el poeta controvertido, deja en la actualidad más de una duda. El origen está en la inexistencia de pruebas documentales que aporten otros datos precisos sobre las dos visitas prolongadas que hizo a la región central cubana entre 1840 y 1843. Más allá de lo dicho por el villaclareño Manuel García Garófalo Mesa, poco queda por precisar, y también mucho por indagar. A pesar de eso, desde el punto de vista historiográfico se abren abismos insalvables.

La valiosa papelería que manejó el investigador en Plácido, poeta y mártir (México, 1936), anda desperdigada, y resulta casi incontrastable. No obstante, al margen de los imprescindibles bosquejos se sustentan particularidades de la presencia del cantor en su “malhadado viaje a Sagua”. También hay especificaciones sobre la radicación en Santa Clara, y los recorridos por Manicaragua, “Guara-Cabuya”, San Juan de los Remedios, San Juan de los Yeras, Cienfuegos y Trinidad. De lo contrario, rebusquemos en las composiciones que acoge El Veguero (1841), dedicada a los amigos de Villa-Clara.

Las incursiones ofrecen diferentes hipótesis: sustento económico como peinetero, colaborador en El Eco de Villa Clara, “cantor” de familias adineradas, visitador de lidias de gallos, y hasta “presunto” conspirador contra el colonialismo español. Sea una cosa o la otra, por desgracia, 32 acusaciones lo llevaron el viernes 28 de junio de 1844 hasta el pelotón de fusilamiento.

Apunta Garófalo Mesa que «A los tres meses y cinco días de casado, emprendió Plácido su segundo viaje a tierra adentro, saliendo de Matanzas el 2 de marzo de 1843, dirigiéndose a la villa de Sagua la Grande y siguiendo después viaje para Villaclara, a donde llegó felizmente el 5 de marzo de 1843, en horas de la tarde

Con seguridad, el poeta emprendió su viaje en “Jején”, “Sirena” o “Nuevo Almendares”. Eran los únicos vapores que por esa fecha cubrían cada semana las rutas entre Cárdenas-Caibarién, y La Habana-Caibarién, así como La Habana-Nuevitas, con respectivas paradas en el muelle Real de la Villa del Undoso.

Plácido traía “licencia gubernamental” para transitar hasta Cienfuegos y luego retornar a Santa Clara, suscribe Garófalo Mesa. También lo aclara Daisy Cué Fernández en Plácido, el poeta conspirador (Oriente, 2007). Después, por tierra, el escritor estuvo en Trinidad, sitio en el cual sufrió prisión en la cárcel La Ferrolana.

 Ahí surge otra insalvable incertidumbre. Sebastián Alfredo de Morales, refiere: «Dos meses permaneció (…) encerrado (…), inculpado de conspirador político (…), y a pesar de las indagaciones fiscales (…) hubo de sobreseerse en la causa incohada y se decretó su excarcelación…» Garófalo Mesa alega que fueron seis meses de reclusión. Plácido da razón a este historiador según la carta aclaratoria que dirige  al magistrado Joaquín de Astral y Caneda, quien asumió la defensa en esa ocasión.  

Cué Fernández  afirma que el 17 de noviembre de 1843 Plácido «regresó a Matanzas. El barco en que iba hizo escala en Cienfuegos y el poeta aprovechó la ocasión para entrevistarse con unos amigos y llegar a Yaguaramas. Permaneció en Matanzas hasta el 30 de enero de 1844, cuando fue nuevamente detenido y ya no saldría con vida de la cárcel».

Garófalo Mesa desenmaraña el nombre del barco. Fue abordado en Casilda. Aquí se advierte otro argumento: «En los últimos días del mes de noviembre de 1843 echaba ancla en la incomparable bahía de Matanzas el vapor “Cisne”, trayendo a bordo al poeta Plácido que regresaba de su excursión por las poblaciones villareñas.» Tamaña “gira”, ¡en la cárcel!

De acuerdo con los Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción, Martínez-Fortún, acota que, en abril de 1841, «Empiezan a viajar los vapores “Villanueva”, cap. Llovet, y “Cisne”, entre Batabanó y Manzanillo, con escalas en Cienfuegos, Trinidad y Santa Cruz del Sur.» Todo concuerda hasta este punto.

Sin embargo, aquí vienen las perplejidades en relación a lo subrayado por Cué Fernández y Garófalo Mesa: ¿Por qué ir a Yaguaraguas a ver a unos amigos cuando acaba de salir de prisión? Es muy probable que  no fuera por temor a perder la embarcación de tránsito, y hasta por las complejidades del camino. El trayecto de ida y vuelta comprendía más de 60 kilómetros de terrenos llanos, pedregosos y hasta cenagosos. La única manera de trasladarse allí era en cabalgadura.

Surgen otras interrogantes: ¿acaso no tendría ansiedad por llegar a Matanzas y “abrazar” a María Gil Ramona Morales, la esposa, después de unos diez meses de ausencia del hogar?, y ¿cómo resulta posible llegar, así de fácil, del sur al norte en nuestra geografía insular?

Con ese razonamiento Plácido en su segundo viaje de retorno por mar hizo el siguiente itinerario: Matanzas-Sagua la Grande-Villaclara-Cienfuegos-Villaclara-Trinidad-Cienfuegos-¿Matanzas? La travesía que realizó, por supuesto, tocaba el paraje final en  Batabanó, refieren las rutas que antes de 1852 traza el historiador español José García de Arboleya. Entonces, asumió el poeta dos alternativas: por tierra o por mar, desde La Habana hasta la Atenas de Cuba. De lo contrario se enroló en un extenso rodeo por el Cabo de San Antonio, al extremo oeste.

En el caso del “Cisne” resulta un imposible que anclara, como precisa Garófalo-Mesa, en la bahía de Matanzas. ¿Por qué razón? Ya para entonces, Batabanó, centro principal de cabotaje por el sur, tenía  caminos de hierro desde San Felipe a La Habana. Puede que aquí Plácido tomara otro vapor. Sin embargo, se infiere, no era el “Cisne”, como reseña el biógrafo, dada la última parada de esa barco en la costa sur.

Al autor de “Plegaria a Dios”, en algún que otro momento, habrá que volver tras las sendas de su radicación transitoria, por más de un año, tal como registró Garófalo Mesa, en territorios villaclareños.   

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