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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

¡CASCARITA!, LA VOZ QUE SE FUE...

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Por Luis Machado Ordetx


El mítico Cascarita fue antojadizo para morir el pasado lunes en Santa Clara, su ciudad natal, de idolatría. Lo hizo en idéntico día que el remediano Alejandro García Caturla, otro renovador irreverente de la música cubana.


 Cada uno, a pesar de las distancias, llevó “La Rumba” en la sangre y en el cuerpo. Era el sentido que extendió José Zacarías Tallet,  el autor del texto, al  «Zumba mamá, la rumba y tambó,/ marimba mabomba, mabomba y bombó…», para imprimir el encantamiento por las sonoridades musicales, por lo propio: el son y la idiosincrasia…


Median 72 años de un hecho luctuoso a otro. A García Caturla le tronchó la vida una mano asesina, y a Martín Chávez Espinosa (Cascarita), la demencia senil, o el impasible desgaste físico luego de casi ocho décadas de fecunda existencia.
Por gracia natural confluyeron en otras aristas notables: el sentido popular y humilde de sus actuaciones. El remediano en su rectitud de jurista y de composición sinfónica impecable. El otro, Cascarita, prodigó una voz perfecta a la hora de cantar cualquier género musical, principalmente el son, el bolero y la guaracha.


Al verle hace un tiempo allá por la loma de la calle Virtudes, en pleno Condado, en Santa Clara, alguien me comentó que “ese hombre se debate en una paradoja casi imposible: tiene una pésima dicción, propia de la mezcla étnica entre el negro y el chino, y el goce por lo popular, pero la naturaleza le otorgó una sonoridad prodigiosa. Tal vez sea por la forma en que coloca sus labios donde registre su maestría indoblegable. Ahí está la cadencia vocal y el contagio sensual inmaculado.” Nadie jamás pudo explicar esa diferencia: ser uno y otro en las cercanías artísticas, y en el estruendo de la gente o en el ascenso de los escenarios universales. 


En eso Chávez Espinosa (Santa Clara, 1933-Id., 2012) y García Caturla (Remedios, 1906-Id., 1940) tienen una simetría que se emparienta, incluso, con el desdén contra el sentido comercial o falso del espectro sonoro de la música autóctona de la Isla.


El que va por allí es Cascarita, el del paso lento, la sonrisa y el saludo diáfano   —aunque jamás te haya visto en su vida o apenas recordara un parecido fisonómico—, con la invariable pachanguita. 


El otro, el afrocubanista Caturla, con la huella recta y el aire de marcialidad enfundado en un traje de época y un similar sombrerito de yarey. Uno, el remediano, con amplias posibilidades económicas impuestas por el patrimonio familiar, y luego por el discreto sueldo del magistrado de profesión. El otro, el de Santa Clara, en la lucha infatigable por la subsistencia, y por la bienaventuranza del día, tal como siempre hizo. 


En cambio, ¿qué hacían ambos en ciudades del interior del país, lejos del murmullo cosmopolita de amplias urbes, y…? Imponer un credo ante cualquier atisbo de inferioridad frente a lo extranjero y vacío. La cubanía los distinguía, y ellos la enaltecieron. 


Remedios es Caturla, como Cascarita  entraña Santa Clara y los legionarios “Fakires”, propietarios de una gentileza incesante de originalidad.


La leyenda mítica de Cascarita, aquella que desde principios de los años 50 del pasado siglo se hizo especial  junto a los principales soneros cubanos, prosigue. Quedarán las anécdotas, incluso aquellas que reseñaron los diarios hispanos el viernes 5 de diciembre de 2003, cuando el cantante, de buenas a primeras desapareció. Estaba ingresado en una sala del servicio de urgencias del Hospital “Gregorio Marañón”, y por arte de magia se esfumó de su enclaustramiento. 


El músico deambuló desvariado por las calles de Madrid. Cantó sones y boleros, y paró en una penitenciaría. Quién sabe, incluso, si hasta un trago de ron abrevó en su prodigiosa garganta en auxilio de la voz y de la lucidez cadenciosa.  Pasará el tiempo. Sin embargo, en adelante estará el estruendo de la “Niebla del riachuelo”, el texto de Enrique Cadícamo que tanto “saboreó” el cantante de Santa Clara. Entonces volveremos a mitigar un  perdurable vacío. ¿Por qué?: “Amarado al recuerdo/ te sigo esperando/” con “esa misma voz que dijo adiós”, para siempre. 
  





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