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DISPUTAS TERRITORIALES Y QUERELLAS SIMBÓLICAS EN EL CENTRO DE CUBA

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Por Félix Julio Alfonso López

(Prólogo a Ciudades en Pugna, de Luis Machado Ordetx, 14 de julio de 2015, en Santa Clara).

 

 

La historia regional cubana ha tenido uno de sus principales derroteros en el estudio de la formación de las regiones históricas en la Isla. Este tipo de historia, floreciente en América Latina desde la década de 1980, no busca poner en tela de juicio la existencia de unidades nacionales ni de la nación como construcción simbólica y política, sino que más bien trata de indagar en aquellas especificidades de los elementos locales y regionales que han contribuido al principio genésico de lo nacional. El estudio de la historia desde la perspectiva regional nos pone ante un fascinante mundo de posibilidades interpretativas, pues es allí donde la geografía, el medio natural, la economía, las costumbres, las tradiciones, los mitos y leyendas y la cultura popular en general, conservan una interrelación íntima, que solo puede ser observada con rigor utilizando el “microscopio” histórico, según la feliz expresión del gran historiador italiano Carlo Ginzburg.

 

Muchas veces la historia regional ha privilegiado determinados aspectos de la realidad, como pueden ser los desarrollos económicos vinculados a un producto especifico o forma de tenencia de la tierra, o los comportamientos políticos de un determinado territorio, la evolución demográfica, las migraciones, etc. Sin embargo, no es frecuente encontrar estudios acerca de los procesos de construcción de las regiones cubanas y sus contradicciones internas, por más que sepamos que lo que el maestro Juan Pérez de la Riva llamó “la conquista del espacio cubano” fue un proceso complejo en muchos sentidos, desde la propia génesis de las mercedes de tierras en los cabildos:

 

 

       Entre el cabildo de Santiago y el cabildo de Bayamo se dividen, casi por mitad, la       provincia de oriente y una parte de Camagüey, dejando a Baracoa arrinconada en       su esquina con unos cuatro mil quinientos kilómetros de territorio. Puerto Príncipe       va más o menos hasta Magarabomba ocupando unos catorce mil kilómetros               cuadrados; Sancti Spiritus va  a llegar hasta chocar con La Habana, arrinconando       al sur a Trinidad en unos dos mil kilómetros cuadrados (…) Remedios (…) no será       un cabildo en plena función. Así es que La Habana  (…) se va a extender hasta el       río Sagua La Grande y la Ciénaga de Zapata (…), a tocar con la bahía de Jagua.        (1)

 

 

Esta caprichosa estructuración administrativa colonial del territorio insular, es lo que lleva al más importante de los regionalistas cubanos, Hernán Venegas Delgado, a argumentar la pertinencia del esquema descrito por Pérez de la Riva y sugerir que existía una verdadera “anarquía en la mercedación, que se traduce y traducirá en interminables litigios, algunos trasladados hasta el periodo republicano, a inicios del siglo XX”. (2) Un ejemplo de lo anterior sería la mercedación que realiza el cabildo espirituano de la hacienda Ciego de Santa Clara en 1636, “cuando podía haberlo realizado el de Remedios, para ese entonces ya reconocido como tal”. (3)

 

 

El centro de la Isla quedó dividido entre cuatro grandes regiones, tres de ellas vinculadas a las primeras villas fundadas por los españoles en la primeras décadas del siglo XVI: Trinidad, Sancti Spiritus  y Remedios, y como un desprendimiento de esta última Santa Clara, fundada en 1689. Sancti Spiritus y Santa Clara fueron zonas de un temprano desarrollo ganadero, incorporado al gran circuito del negocio del contrabando. Un núcleo más tardío de desarrollo económico fue el que tuvo como escenario a Sagua la Grande, asociado al cultivo del tabaco y la explotación de maderas preciosas. Todo ello, como señala Venegas, trajo aparejado un “interesantísimo proceso de pugnas interregionales al fijarse los límites político administrativos de la nueva región santaclareña  (o villaclareña, como también se le conocería). Este proceso es recogido por la historiografía cubana de diversas épocas  y una de sus manifestaciones más interesantes lo es la expresión de un fortísimo sentimiento de regionalidad para el caso de Remedios”. (4)

 

 

De una parte de esta rica historia de conflictos territoriales y espacios en disputa en el Centro de Cuba, se ocupa la presente investigación del periodista Luis Machado Ordetx, quien indaga en un espacio temporal de casi tres siglos—desde 1689 hasta mediados del siglo XX— y concentra su búsqueda en lo que el autor llama “los anhelos de vecindad marítima” de Santa Clara y los problemas que ello comportó en el transcurso de los años. Detrás de esto se encontraban agrias disputas socioeconómicas con otras jurisdicciones de fundación más recientes como Cienfuegos y Sagua la Grande.

 

 

Machado expresa el carácter autoritario y logocéntrico de Santa Clara en la conformación del  espacio mediterráneo del centro de la Isla, apoyándose en numerosas fuentes bibliográficas y de prensa, y señala como la villa nacida de Remedios pugnó por imponer su hegemonía económica y comercial a sus regiones limítrofes. La prosa del autor en este particular es un tanto apasionada e incluso adusta, como cuando firma que: “Existe una visión  autocrática en la apropiación de las riquezas del subsuelo, las comunicaciones, del entrecruce de caminos y de la travesía anhelada rumbo al mar. Eso compendió una “letra” vitalicia en todos sus desafueros históricos”.

 

 

El autor repasa de manera exhaustiva los numerosos conflictos por la demarcación territorial desde finales del siglo XVII y a lo largo de los siglos XVIII y XIX, en los cuales hatos y terrenos cambiaron de dueño con frecuencia, en función de intereses de poder y ambiciones económicas. La secesión de la zona de Cienfuegos, con su excelente puerto, y el ascenso demográfico y la prosperidad de Sagua, escindida en la década de 1840, fueron hitos importantes en el proceso que el autor describe, de desafío al poder centralizador de Santa Clara.  Todo parece indicar que la necesidad de contar con una salida autónoma al mar, fue uno de los grandes motivos de discordia entre las autoridades coloniales villaclareñas y sagüeras. De tal modo, los cursos de agua como el río Sagua la Chica, limítrofe entre las jurisdicciones de San Juan de los Remedios y Santa Clara, sitio de acceso a la costa norte y de trasiegos tierra-adentro, “fue una obsesión, y representó la ansiada escapatoria al mar”. Por idénticas razones: “El Granadillo sería, en las proximidades del litoral, mucho más anhelado, a poca distancia de la embocadura del estero de Caonao”. Sobre este último lugar y su importancia desde el punto de vista económico y comercial en el embarque de azúcar, el autor abunda en datos y pormenores sobre los intentos de Santa Clara por controlar dicho enclave costero. Asimismo da cuenta de las reclamaciones que realizaron la prensa de una y otra localidad. Incluso, durante la disputa por la capitalidad con Cienfuegos en la década de 1880, los pilongos declararon a su favor la posesión del Granadillo como atracadero marítimo. Otro punto de fricción serían las tierras limítrofes entre ambas jurisdicciones llamadas Colonia de Vives, actual Caibarién, con su puerto, apetecido por igual por remedianos y santaclareños.

 

 

Luego, en el siglo XX, nuevos elementos azuzarían la discordia, como lo señaló un destacado poeta y periodista: “Santa Clara siempre fue un buen centro cultural en pugna con el Cienfuegos de ayer […] En lo material el puerto era su ventaja […] Santa Clara esperaba la revancha, reclamando sus fueros. Y llegó su hora. La Carretera Central la despertó de su letargo forzoso. Se desentumeció Santa Clara y se entumeció Cienfuegos. Siempre fue Santa Clara con su pobreza y su riqueza un  viejo centro de cultura...”.

 

 

Además de los litigios propiamente fronterizos o por zonas de influencia económica, otro territorio en disputa fue el de la cultura y los imaginarios asociados a ella. Opiniones de destacados intelectuales (provincianos por cierto) como Gastón Baquero y Jorge Mañach, nos informa de cierta palidez existencial en la villa de Marta a inicios y mediados del siglo XX, cierto vacío que Baquero atribuye  a su condición de ciudad “cerrada” y “neblinosa” y el sagüero Mañach a su carácter “estoico”. Otras visiones más benévolas, como la del periodista Bienvenido Rumbaut Yánes, señalan que “Villaclara está limpia, remozada. Sus calles, sus edificios modernos, su propio ajetreo de ciudad cosmopolita, dan la sensación de poderío”.  En medio, una multitud de periodistas, cronistas, historiadores y viajeros van reflejando en sus diarios y anotaciones aspectos de la vida cotidiana y los avatares urbanos de las “ciudades en pugna”, casi siempre con aspectos comparativos que las diferencian y las hacen diversas en las percepciones individuales de cada uno. Baquero es el que quizás mejor ilustra esa mirada escrutadora y diferenciadora entre las urbes, contrapuestas por sus estilos arquitectónicos, su geografía y sus peculiaridades socioeconómicas.

 

 

Muchas otras cuestiones relacionadas con estas disputas, como el poco conocido caso del canal del Granadillo, el pretendido traslado de la capital de la Isla para Santa Clara o las inacabables escaramuzas periodísticas entre los diarios de Cienfuegos y Santa Clara, expresiones tanto de divergencias en el orden material  como de índole cultural, encontrará el lector que se adentre en estas páginas, desde cuyo denso follaje retórico, salpicado de erudición bibliográfica y desmesura documental, se asoma una mirada que intenta descifrar el origen de no pocas desavenencias, litigios y  conflictos que todavía perviven en el imaginario de los habitantes del centro de Cuba.

 

 

NOTAS

 

1- Juan Pérez de la Riva, “Sobre la conquista del espacio cubano”, Universidad de La Habana, no. 207, 1978, p. 13.

2- Hernán Venegas Delgado, La formación de las regiones históricas en Cuba. Una propuesta de periodización, Xalapa, Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales, 2006, p. 39.

3- Ídem.

4- Ídem, p. 43.

 

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