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Por Jesús Díaz Rojas (Escritor cubano).

(Palabras pronunciadas en San Juan de los Remedios en ocasión del aniversario 110 del natalicio de Alejandro García Caturla, el más universal de los naturales de la Octava Villa de Cuba, y padre junto a Amadeo Roldán del sinfonismo nacionalista en una vertiente afrocriolla de profunda raigambre mundial).

 Arrullado por el canto de Diana, la madre, y los cantos de la negra nodriza, un niño duerme en cuna de mimbre trenzado, sobre finos y blanquísimos pañales de seda y algodón. Siete días de marzo se han desprendido del almanaque y seis años han trascurrido desde el inicio del siglo veinte.

Silvino, el padre, puede descansar satisfecho pues tiene garantizado el futuro de la familia con el pequeño abogado que duerme frente a sus ojos.

Diana la madre, se estremece al presentir que al niño no le caben en el cuerpo la verdad y los sueños y que esto, a la larga, le causará problemas. Entonces, lo levanta de la cuna,  aprieta al hijito contra su pecho y jura protegerlo mientras le asistan las fuerzas.

Alejandro – defensor de hombres- que así le pusieron, además de Tomás y Evelio y Othón- para al final llamarle Nené o Alex;  es un niño rubio como el sol, de piel suave y blanca, tan blanca que puede el resplandor dañarlo- por eso resalta entre los brazos de la negra manejadora, por eso se siente a sus anchas entre los pechos grandes y negros que lo amamantan.

Silvino y Diana, la abuela, los tíos, la familia toda, siempre desearon un niño fuerte, inteligente y culto, por eso le procuran toda suerte de maestros. La tía lo lleva al teatro y al coro de la iglesia del Buenviaje, y la madre- sentada al piano- le canta canciones y arias de óperas y le lee obras de teatro y poemas– pero como les nació enfermizo- le permiten el juego, las aventuras y cuanta travesura se le ocurra. Tal vez por ello casi se ahoga cuando se lanzó al río sin saber nadar, tal vez por ello esté un poco engreído y prefiera agregarle huevo a cuanto alimento le ofrecen, no importa sean frijoles o mantecado.

Impetuoso y vivaz no le alcanza el tiempo para realizar los que desea. Se mueve inquieto entre lo blanco y negro, entre el amor y los odios. Consentido por lo negro y consentido por los blanco. Blanco y negro, como las teclas del piano que la madre toca en las tardecitas húmedas, esas que muchas veces le negaron la posibilidad del juego con los chicos del barrio cuando sus ruegos lo solicitaban: «déjame jugar, aquí al ladito mamá, aquí cerquita, mira que mis amigos me están esperando».

Niño de nácar entre amigos de barro, de cedro y ébano. Amigos libres manchados de frutas y hierbas, sentados en la acera alta, conversando de lugares distantes en donde los tambores ponen como loca a la gente y es imposible contener los pies.

Niño travieso, inquieto, se escapa, tiene alas y, a veces Diana no lo encuentra en la acera y lo busca desesperada por todos los recodos posibles, hasta que aparece, sudado, excitado, con el pelo vuelto un revoltijo y entra a la casa como una tromba, se sienta en un rincón, callado, quieto, con los ojos cerrados, como soñando no sabe la madre con qué mundo. Luego repasa las lecciones de música y se le escucha protestar cuando el majadero violín le niega la nota deseada.

Canta Diana la madre. Canta Avive, la manejadora. Canta el niño, alto y afinado en el coro de la iglesia. Cantan los amigos en el solar percutiendo latas y piedras, batiendo manos. Canta una y otra vez mezclando las canciones…

Repito, era marzo en su séptimo día y estas cosas se fueron sucediendo hasta concluida la segunda década del siglo pasado.

Tenía catorce años cuando fue a residir a la vivienda que hoy es museo. La casa donde nació – como ven - no es digna de verse. La dejaron a merced del tiempo y, los vecinos necesitados de espacio, la fueron dividiendo hasta hacerla irreconocible.

Tenia catorce años, la edad exacta para escribir en el autógrafo de una amiga: el amor es un sentimiento heroico y puro…. Es heroico por que no reconoce límites ni tiene fronteras, porque no respeta edades, razas, colores, familias, posiciones sociales, gustos, antagonismos…. Catorce años para aseverar que la carrera que más le gustaba era la de derecho: porque me gusta la igualdad ante todo.

De la música no escribió nada en la libreta de la amiga. Esa la tenía en el alma.

Alejandro García Caturla. Alex. Niño grande heroico y puro. Heroico en el amor, puro en la justicia, ambas cosas en la música cumple hoy 110 años. Al más universal de los remedianos… felicidades.