20160410041359-frank-abel-dopico-poeta-mue.jpg

Por: Luis Pérez de Castro

 (Poeta y narrador cubano)

 

El día 8 de abril del 2016, se nos fue para siempre Frank Abel Dopico, se nos fue aquel joven agudo que llegó a la poesía después de descubrir los ojos atolondrados de Yamila, de esta susurrarle al oído: “Y el lobo, qué culpa tiene el lobo”, y él quedar desfallecido, como lo resume en el poema Aquí desfalleció el corazón de un cautivo, perteneciente al libro Algunas elegías por Huck Finn, cito: Yo escuché a la luz decir que era tu vientre, me saltaba la luz entre las manos; la luz aullaba y era entonces que la luna salía de la Tierra/ como una semilla lanzada a qué Universo…/

 

Frank Abel, para suerte de los que amamos con vehemencia la poesía, llegó a ella e impuso su estilo desenfadado y, en ocasiones, salpicado de cierto realismo sucio, a mediados de los 80, generación que para muchos marcó no solo un rompimiento en las estructuras y construcción de la poesía, también en la forma de encarar sus historias y variedad temática; generación donde, según la crítica especializada, fue una de sus voces más representativa.

 

Su obra la conforman los libros Algunas elegías por Huck Finn, El correo de la noche,  Expediente del asesino, Las islas del aire, El país de los caballos ciegos y Los puentes de Arcadia. Poesía fácilmente ubicada en la corriente coloquialista, con un marcado matiz confesional, producto quizás de sus lecturas de la poesía norteamericana y francesa de la segunda mitad del siglo XX.

 

Hago esta observación no para encasillarlo sino para señalar desde que tradición escritural asume su poesía. Y en efecto, Frank Abel trata de eludir por todas las vías posibles la tentación neobarroca (corriente que, a mi juicio, ha vertebrado la poesía no solo de Cuba, también la de toda América Latina durante el último siglo) y opta por una cuasi engañosa escritura coloquial.

 

Digo cuasi engañosa porque en sus libros –de manera especifica en El correo de la noche- existen diversos planos de lecturas y estrategias formales que son propias de la poética neobarroca, como la metapoesía, la intextualidad, la experimentación, la paráfrasis en clave irónica, el diálogo con otras disciplinas artísticas y personajes de la historia y la literatura universal, y el desplazamiento del yo lírico hacia un yo histórico y su descontrucción en el discurso del poema mismo.

 

Sin embargo, más allá de las estrategias de enumeración lírica, su escritura, en el conjunto de todos sus libros, es rigurosamente coloquial, tocando por un extremo lo conversacional y por otro lo confesional.

 

El primer plano de la escritura es fluido y transparente, pues reproduce la andadura del habla cotidiana, sus avatares por cada rincón de las distintas ciudades en las que ha pernoctado, pero si analizamos la forma en que se ha cristalizado esa escritura, descubrimos que esa transparencia está articulada por recursos escriturales verdaderamente complejos.

 

Para mi criterio muy personal el mayor peligro de la poesía coloquial radica en la narratividad en detrimento de la tensión de la historia(s) que se asume. Este peligro, en la poesía escrita por Frank Abel, queda excluido, pues su honda visión y destreza en el manejo de sus recursos líricos solventan, sin dudas, toda falta.

 

Gracias a la autenticidad de su escritura e, incluso, a la verdad que destilan sus poemas, su obra superó el epígrafe Borgiano: “El hombre olvida que es un muerto que conversa con los muertos”; y ha logrado ser aceptada por un número considerable de lectores, así como obtenido importantes lauros como el Premio David y de la Crítica con el poemario El correo de la noche, premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara con Algunas elegías por Huck Finn y Premio Ciudad del Che, además de ser incluido en diversas antologías tanto en Cuba como en el extranjero.

 

Es esta obra, en su laboriosa experimentación y búsqueda infalible de su verdad, una mirada a ese espacio vital de los hombres donde la poesía representa su insuperable carnaval de máscaras.

 

 

 

Se nos ha ido para siempre Frank Abel Dopico, yo lo acompañé junto a un muy reducido grupo de fieles que nunca lo abandonamos. No hicieron falta disparos de salva, banda de música ni discursos de altos funcionarios. Lo despedimos en silencio, con un dolor de flecha atravesándonos el pecho, cuantas imágenes y metáforas le hubiéramos querido recitar y no se nos hizo posible.

 

Vaya tranquilo, querido amigo, pues todos los que aprendimos a quererte llevaremos en un lugar de nuestra vida un revólver.

 

http://www.vanguardia.cu/cultura/6086-fallecio-el-poeta-villaclarreno-frank-abel-dopico