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Por Luis Machado Ordetx

 

Pasó el tiempo. Diría años. Allá en Cascajal, en el extremo villaclareño, Pedro Luis Ramírez Rodríguez, carpintero-ebanista, dejó a un lado las labores artesanales con la madera preciosa, la preferida. Ahora el ingenio personal lo atrapaba como orfebre de la denominada pintura primitiva, ingenua, o inocente de hálito popular.

Nunca antes había combinado colores sobre un lienzo y una cartulina, y mucho menos hacer figuras o dibujos espontáneos, no inducidos, dentro del espíritu de procrear temas y forjar estilos. La más cercana aproximación a ese acto estuvo en terminar el retoque de pintura con brocha “gorda” en puertas, ventanas o paredes de mampostería, y también en el aprovechamiento de recortes de maderas lizas con las cuales componía  algunos “muñequitos” que luego regalaba a niños de la familia.

Un “hechizo” lo catapultó a volver la mirada hacia componentes de la naturaleza, y deleitarse con dibujos, casi “inocentes”, en el sentido laborioso de las abejas, o las hormigas, las aves y los animales de trabajo rústico en el campo.  Algún que otro responso logró en el ámbito hogareño por abandonar el perfil del carpintero. Entonces inquirió algún asesoramiento especializado con profesores de pintura, especialmente con José Ramón Ley Hernández, allá en Santo Domingo.

Eran los últimos años de la octava década del pasado siglo. El municipio de Santo Domingo “resucitaba” con fiebre de cultura popular, sobre todo en tejidos con guano de palma cana, en tela, y papel maché, con los cuales componían objetos decorativos y artísticos.  Ese movimiento también acogió a Manuel (Villa-Peñita) García Peña, hacedor de originales máscaras con rostros negroide, conformadas con semillas de coloraciones naturales.

Fue el ambiente artístico que tomó en principio Ramírez Rodríguez. Luego por la lejanía de las sesiones teórico-práctica, decidió abandonar el proyecto. Comenzó intercambios personales con otros creadores de idénticas inclinaciones por la pintura popular de vertiente primitiva, o ingenua.

Aparecieron los destellos de Noel Guzmán Bofill Rojas en desacralizar la historia, y Bernabé Aquino hacía galas de introvertido, mientras Julián Espinosa Rebullido (Wayacón) se mostraba irreverente y Pedro Osés perfilaba el festejo de la pulcra floresta y la fauna campesina.

Después  surgieron otros creadores que, en sus ramificaciones, harían interminable un listado con apego a la estética del Grupo Signos que inspiró Samuel Feijóo en el centro del país. En tanto Pedro Luis Ramírez  exhibía la inicial Serie de las Abejas, su contexto de arranque, hasta llegar a los coloridos Abanicos, una suerte de ensamblaje del fino oficio de carpintero con la genialidad de formas que registró su pintura.

También surgieron los gallos y sirenas con siluetas “humanas” y relieves policromados. En las tallas en madera consolida la agudeza temática-expresiva. Ahora, al cabo de tres décadas de hacer creativo en solitario y de siete de existencia, Ramírez Rodríguez advierte al público que decantó un estilo que asume la tinta sobre cartulina para ofrecer tres impresionantes piezas: “Pozo de rondana”, “Colando café” y “Pilón de arroz”, convertidas desde ahora en reliquias del tiempo.

El tríptico le permitió el premio del XXIII Salón Territorial de Arte Popular  en Villa Clara, certamen que distinguió la depuración estilística, el manejo de técnicas y contenidos de constante ingenuidad temática, muy próxima a la estética inculcada por Feijóo a la pintura autodidáctica, no inducida, o primitiva, y de la cual el artista de Cascajal, desde su tímida modestia, se erige en puntal de esencias.