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Por Luis Machado Ordetx

 

¡Alto!, ¡Alto!, ¡Alto!... Gritan algunos transeúntes que observan cómo el espacio público del tejido urbano de Santa Clara se constreñirá en cualquier momento. Así lo anuncia la apertura de un vistoso hotel en las inmediaciones del Parque Vidal, Monumento Nacional.

Al menos ya existen amenazas porque con la reapertura del Hotel Central (1929), los inversionistas situaron cercas de “quita y pon”, tipo informales, con plantas ornamentales. De dejarlas permanentes, y cualquiera pensaría que así ocurrirá, se cortaría el paseo por los portales de edificaciones contiguas.

Lamentable error en nombre del turismo en caso de mantenerlo cuando lleguen los primeros visitantes. También entraría en negación con lo estipulado por la Carta de Cracovia de 2000. Ese documento está  suscrito por la UNESCO para la conservación y restauración del patrimonio construido, principalmente en la «atención total a todos los períodos históricos» precedentes.

Todo edificio expresa su historia. Notables son los ubicados en el centro de la ciudad. En los portalones hacia el oeste, por décadas hubo comunicación y continuidad. El recorrido del paseante lo truncaron únicamente en la parte  asignada a la antesala del antiguo Liceo de Villaclara. La rancia aristocracia, con permisos aprobados, efectuaba allí  sus fiestas esporádicas. De eso hace muchos, muchos años.

Desde que se eliminaron las barreras racistas y exclusivistas en la plaza concéntrica y aledaña, el Parque Vidal, los portales permanecieron abiertos. Conferirle un sentido contrario sería segregación, pero de índole monetaria, y entraría en contradicción con la historia.

No obstante, los moradores de la localidad tienen muy fresco aquella “extraña” clausura de las calles que desembocan en la plaza principal de la ciudad. Eso sucedió en diciembre de 1996 en nombre del Plan Director de la Ciudad, y se invocó como la protección a la arquitectura radicada en el lugar, así como a beneficios económicos —ahorros de combustibles—, sociales y culturales. Nada resolvió.

Hicieron, incluso, hasta un estudio de la cantidad de vehículos que transitaban por esas calles. Creo, según cifras de entonces, eran más de 2 400 por hora. Calcule usted en un día, un mes o un año. En tanto las edificaciones siguieron sus paulatinos deterioros, y la contaminación ambiental continuó. En 2010, otra vez el Parque volvió a su normalidad con excepción de los parqueos laterales, aprobados para unos, y de violación en otros.

Válido el recordatorio por lo que llegará con el Central, y luego con el Florida. Bienvenidas las inversiones. Sin embargo, no olvidemos que en la antigua Casa Pérez, convertida después en hotel Camino del Príncipe, en Remedios, cerraron el portal, transformado en “patrimonio” del inmueble. Ahora, con alguna reiteración, se aprecia similar conducta en el Park View, en Santa Clara, donde sitúan sillas y mesas, y expenden refrigerios ligeros. El transito queda limitado.

El hombre tiene ojos para ver la verdad, y la siente no por una vez. Con eso basta. En el centro del país ocurre “algo” muy diferente a otras provincias cubanas. Estatales o privados se adueñan o parcelan el espacio común y propio, y ninguna institución toma cartas en el asunto. Las aceras, inherentes al transeúnte, tienen un socorrido lugar para habituales colas. Es lo inherente, convertido ya en habitual.

Son lugares que antes y después deben preservar el sentido y carácter de identidad de las ciudades del interior en su justo reconocimiento urbano, cultural y patrimonial. Eso no tiene discusiones.

Hay que corregir los impulsos, con regulación y normativas no al estilo de la pérdida que llegó en favor del Hotel América, instalación que se agenció el sitial de Honor de obreros, profesionales y campesinos destacados de la provincia, después Parque del Humor, Chaflán, nombre artístico del comediante Argelio García Rodríguez.

Eusebio Leal Spengler, meses atrás al abordar particularidades de los procesos republicanos remarcó en una frase: «Nosotros podemos explicar la historia; lo que no podemos hacer es borrarla».

Sin cultura el turismo jamás será un todo aunque constituya la locomotora de la economía en un contexto que tiende a propagar el espacio público de uso privado. Esos terrenos, aunque generen ganancias para el país, no son expresión de una correcta apropiación social y colectiva cuando se cercena el punto urbano.

Reconocer el carácter de identidad, implica respetar y conservar la memoria pasada y presente de los habitantes que conforman un conglomerado humano dispuesto a moverse de un lugar a otro sin obstáculos. Santa Clara, como Remedios, Caibarién o Sagua la Grande, por desgracia, no tiene muchas plazas o sitios de libre curso en  edificaciones contiguas. Desunirlos ahora sería empobrecer el entorno urbanístico y su aspecto social.

Otro tópico análogo es la historia. Observé que una vivienda —remozada después su fachada—,  convertida en hostal de Santa Clara, se le retiró la tarja que rememora pasajes de identidad cultural. Espero que no eliminen las dos placas existentes en lo que será el “Florida”, la ecléctica edificación surgida en 1924 y ampliada tres lustros después. Hago referencia a una que recrea el paso por allí de los Moncadistas, y la que sitúa a la Farmacia La Salud, como punto de reunión de conspiradores que en 1869 tomaron el camino de la manigua villareña.

Tendremos que contener los excesos en contraste de la ronda infantil “El patio de mi casa”: «Agáchate/ y vuélvete a agachar/ que los agachaditos/ no saben bailar». A excelente entendedor, pocas palabras. Con reiteración algunos especialistas colocan la N al final cuando “bautizan” al hotel Cosmopolita (1918), de Camajuaní, en proyecto de recuperación después que en 1987 fue deshabilitado.

No, el verdadero nombre jamás llevó la undécima consonante de nuestro idioma. De igual modo, en Santa Clara jamás existió un centro de alojamiento que titularan Telégrafo, solo existentes en Sagua la Grande y Cienfuegos.

Recordar ahora al filósofo español José Ortega y Gasset es vital: el espacio público, en esencia, marca la historia de una ciudad: la nuestra.