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Rogelio Menéndez Gallo falleció este sábado, 3 de Febrero, en Remedios. Es autor de una singular narrativa, y sostuvo un original sentido literario al reconstruir escenarios y personajes folklóricos de su localidad  y Caibarién. 

 

Por Luis Machado Ordetx

Hay escritores que pasan a la posteridad, y siempre tendrán un recuerdo, por el deseo de burlarse de la vida y tratar siempre sus acontecimientos más nimios con entera jocosidad. Es el caso de   Rogelio Menéndez Gallo, apodado con cariño La Vieja, quien acaba de fallecer en San Juan de los Remedios, el terruño, en sus entrañas.

Algunas síntesis biográficas indican que nació en 1936, y otras en 1948, aunque coloco en franca duda la segunda fecha, pues en más de una ocasión dijo que era un hombre de las postrimerías de los años 30 del pasado siglo. Sea una, tal vez la otra, sus narraciones llevan prendidas las existencias históricas de la Octava Villa de Cuba y de Caibarién, el litoral portuario y urbano que distinguió en constantes peleas con el Tésico, el original embarcadero remediano.

Semanas atrás, en diálogo ameno en el umbral de la casa, confesó que ya la opacidad de la vista apenas alcanzaba para percibir el rostro de los amigos y contertulios que lo visitaban. No entendí la respuesta como una despedida. Al amanecer de este domingo en la mañana el fraterno amigo, pintor y grabador Fernando Betancourt Piñero da testimonio de la infausta noticia: «murió Rogelín», y de inmediato pensé que la información no era cierta. 

Ya entonces no escribía, y desde un corto tiempo atrás, en 2015 la editorial Capiro en la histórica Colección 500 por el medio milenio de Remedios, sacó a la luz Soñando siempre contigo, libro de unas diez narraciones en las cuales Rogelín revivió el humor gozón de siempre. Rara costumbre la de ese escritor de convertir los hechos más inusuales en prendas costumbristas.

Otros libros publicó en una imprenta privada de Caibarién. Era de pequeñas tiradas y los obsequiaba a amigos, como el que no olvida su concepto de “jodeosofía”, una manera de prenderse del imaginario y anecdotario local, y retornar a la risa y los personajes populares ignorados por épocas y acontecimientos. 

Imagino a Menéndez Gallo en un aula en Caibarién o Remedios, impartiendo en Educación para Adultos las lecciones de Español y Literatura, y a la caza siempre de analogías e inferencias  folklóricas para hacer entender la gramática y la historia de las letras.   Algunas de sus piezas narrativas están recogidas en Escritores Noveles de Las Villas (1969), Cuentos cubanos de humor (1979), o Tésico y los pecados capitales (1980), Recontani una fiaba (1996) y Pregúntaselo a Dios (2002), En la esquina del ring (2008), así como en guiones radiales y artículos periodísticos en ediciones cubanas y foráneas.

Con Francisco (Pancho) Lamadrid Vega, muchas veces polemizó sobre la novela policíaca, y también se encaró en disputas interminables a otros escritores, entre los que siempre estuvieron Ramón Rodríguez Boubén, René Batista Moreno, Fidel Galván Ramírez y  Omar Rodríguez García. No faltaron los encontronazos con otros amigos, entre los que sobresalían destellos de “bravoconerías” con el pintor Betancourt Piñero. Todo invariablemente terminó entre abrazos, risas y hasta un caliente trago de ron.

Aquella mañana de diciembre último cuando llegué a la casa de Rogelín, a contraluz distinguía el rostro, pero cuando escuchó que lo nombraron La Vieja, por su canoso cabello, enseguida una chispa de alegría delató su semblante.

Hubo que recordar entonces a Ramón Arenas Hernández, el poeta y dramaturgo de Caibarién. Es el anecdotario que recoge El Hombre de la campana, una vieja novela que durante años escribió y en 1985 concluyó. La historia central recrea al personaje Lázaro Carlos Darío Rojas —un enfermo de lepra—, a la Villa Blanca,  Caibarién, y su gente.

 Allí el narrador destila socarronería, erotismo, choteo, y se prende hacia el realismo mágico y el optimismo picaresco en la reconstrucción de ambientes de la localidad costera. Después vendrían otras novelas de impresiones caseras, todas fuera de los escenarios editoriales oficiales en los cuales Menéndez Gallo no conquistó mucha suerte.

A Caibarién, el pueblo de los sobrenombres y motes, como en cierta ocasión lo bautizó el folklorista Samuel Feijóo, el narrador Menéndez Gallo endilgó la histórica jodeosofía. Era el sentido de aplicación de la “jodedera” y el choteo autóctono al universo de las artes y la literatura.

Similar certidumbre encontró en su legendario Remedios, pueblo pródigo que ahora lo acoge en su último reposo. Ahí está para el permanente recuerdo.

En “Los funerales de Bolita de Macabí”, de Soñando siempre…, Menéndez Gallo dice: «Acaba de fallecer faltándole al siglo xx tan solo un quinquenio, el gordo Críspulo Osorio Angulo, conocido en Caibarién —el pueblo de los nombretes—,  como Bolita de Macabí— nombre de un alimento autóctono al cual, sin ser su inventor, logró conferirle el toque mágico de una receta que a todas luces se llevará a la tumba».  Es un presagio, y no el último.

Rogelín Menéndez Gallo también desde Remedios se trasladó  al sepulcro uno de sus mejores arreos: la innata jodedera cubana. Noel Guzmán Boffill Rojas, el coterráneo dijo: «mi corazón estalló/ por noble naturaleza/, y dentro de la tristeza/ el que se marchó, volvió». Descansa en Paz Rogelín, un abrazo y Buen Viaje.