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Esplendor sinfónico de García Caturla

Esplendor sinfónico de García Caturla

Por Luis Machado Ordetx 

La negritud, en multiplicidad responsorial, litúrgica, dramática, de sentido plástico y  gracejo, amén de la medida y la metáfora que alienta, tienden a fundirse como aldabón, casi al minuto, de acabado perfecto, en los vericuetos de la música y la palabra del más elevado y universal de todos los compositores cubanos: el remediano Alejandro Evelio García de Caturla.

 

Su obra, jamás significó una moda pasajera, como algunos creen, dentro de los espacios y las formas de composición estéticas por donde transitó, hacia la segunda mitad de la década de los 20 del pasado siglo, la esencialidad distintiva del país.

 

Nada era ajeno al temperamento existencial. Ahí está plasmada la memoria, apegada como registro oral o documental, dentro de un controvertido ámbito artístico-musical, profesional y personal.

 

 Al instante se insufla hacia los ancestros, detallando en lo negro que sostiene en el embrujo, al tiempo que disfruta de lo nacional y de la novedad técnica que ahondaron con anterioridad románticos, impresionistas y expresionistas. Con ellos comulga en herencias, pero anda sobre el sentimiento de lo empinado.

 

No se contenta con los  «arrolladores»  animadores de los conceptos vanguardistas que pugnan contra demodé o valores gastados, sino que hurga, para decantar lo propio, desde su visión folklórica, en el gesto y el signo contenidos, sin afeites superficiales o epidérmicos, dentro de lo hispánico y lo africano.

 

 Los compases armónicos que compone, se aferran a la complejidad y la originalidad del color y la melodía, de ahí el gusto por los acordes de los instrumentos de viento, las cuerdas y la percusión cubana.

 

Carpentier —no miente—, es su principal alentador. Constituye el «descubridor musical», desde 1925 —casi al término de los estudios universitarios de Derecho que hace el villareño—, fecha en que lo conoce en La Habana en medio de avatares como pianista de cine silente, instrumentista de la Jazz band Caribe o de orquestas de formato sinfónico.

 

Desde entonces, ese crítico, insiste en que Caturla [San Juan de los Remedios, miércoles 7 de marzo de 1906-Id., martes 12 de noviembre de 1940], sujeta, aún la juventud, a un hombre acabado, capaz de entenderlo todo y acometer quijotescos llamados en los planos por los que discurre.

 

Expone el novelista que: «[…] casi todos los que me veían alentar al novel artista se encogían de hombros: "Ese Caturla, ese, es un loco, me decían"…».[1]

 

 Desde pequeño nada sorprende al remediano, acostumbrado a tratar con el hombre o la mujer negra, como Bárbara Sánchez [Abibe], su manejadora, o los sueños traslados por las madres de leche que tuvo.

 

Por tanto, en lo social, sabe que va a  lo «chocante», al encontronazo con la gallardía de lo africano y su  gente, observadas en el toque de lo exclusivo antillano, y en la rectitud de lo justo e imparcial para cualquier medida de la razón y el entendimiento humano.

 

El abogado Juan J. E. Casasús, da, en La Publicidad, de Santa Clara,  un parecer exacto, 23 días después que el escolta de la cárcel de Remedios, José Argacha Betancourt, dejara tendido en el suelo, en una callejuela, al juez García de Caturla, muerto tras dos disparos de revolver.

 

«[...] El estudio de las potencias espirituales nos explica lo que para muchos constituyó siempre un enigma: esa doble vocación de Caturla para la Música y la Judicatura.

 

«Decía Platón que la justicia es la armonía interior, el acuerdo del alma consigo mismo, y ese ideal constituyó la apetencia urgente de Caturla, en pos siempre de aquel acuerdo consigo mismo, de aquella armonía interior. Y por eso la Música, esa forma de lo bello, que también es lo verdadero, no bastaba a satisfacer sus apetencias exquisitas de aquel espíritu atormentado por el sacrificio [...] a la causa del bien y enamorado como ninguno de la justicia.

 

«[...] su santo amor por la justicia, cuya vara nunca supo en sus manos inclinar ni la dádiva del opulento, ni la súplica del amigo, ni la amenaza del poderoso, le concitó múltiples airados enemigos que más de una vez cruzáronse en el camino recto de su noble vida. Pero él, impertérrito, gladiador de la más noble de las causas, por sobre los abrojos que parecen insalvables, ejercía con tesón y sacrificio incomparables, su santo ministerio, tanto más difícil cuanto que era ejercido en medio hostil como el nuestro, incapaz para ponderar y rendir culto a tan superior excelsitud[2]

 

Poco antes de irse a Paris, el poeta Emilio Ballagas Cubeñas, en 1937, encuentra a García de Catarla junto al pintor Domingo Ravenet Escuerdo en las calles de Santa Clara.

 

El músico andaba en sus emanaciones de compositor, al tiempo que tramitaba asuntos legales en la Audiencia de Las Villas, en calidad de Juez de Instrucción, cargo que ocupó indistintamente en Ranchuelo, Quemado de Güines, Palma Soriano y Remedios.

 

Las ocurrencias del instante, conmovieron la risa y las preocupaciones de los interlocutores empeñados en indagar y enriquecer, desde los respectivos puntos de vista, las vivencias  de lo criollo y lo mulato, dentro de la ostentación del contacto con lo nacional y lo universal.[3]

 

Dialogaron sobre la «calunga» —ardoroso deseo y sentido por la sensualidad de lo negro—, y el remediano espetó: «Eso está ahí, en mi música, en el rastreo de tus versos y en la captación inigualable del color y la expresión de Ravenet. No hay otro calificativo, forjamos lo nuestro...».[4]

 

Ya, desde principios de los años 30, la difusión de los valores y aciertos sinfónicos, tanto cubanos como foráneos, están presentes en los rotativos villareños: su redactor García de Caturla. Destaca la sección «De la Alta Cultura», que mantuvo, casi semanal, durante un tiempo, en La Publicidad, de Santa Clara, sitio donde habla de su banda de conciertos de Caibarién y las novedades europeas. [5] 

 

Al respecto, en más de una ocasión, luego comentará: «[…] Gracias al calor que he encontrado en mis veinticinco esforzados compañeros de Caibarién y buena parte de ese pueblo, amén del aliento que recibo de mis compañeros extranjeros y nacionales —como usted—, he vuelto a tener los bríos en mí acostumbrados, y esta bendita rebeldía que hecha mis venas, mueve mi espíritu y me encamina hacia la realización de mis ideales aún cuando el camino se encuentre erizado de púas[6]

 

De los meses parisinos, previo al instante formativo de su Orquesta de Conciertos, dirá Alejo Carpentier: «Y el loco llegó a Paris […] ¿Con qué propósito vienes?, le pregunté. Te advierto que estás en una ciudad donde estéticamente no se puede engañar a nadie […] El loco venía a estudiar. Quería adquirir los conocimientos que le faltaban.

 

«Llegó el de día de presentación de Caturla a Nadia Boulanger […] Dudo mucho que alguna vez la admirable maestra se haya entusiasmado de tal modo ante las obras de un discípulo:

 

«Confieso —dijo la maestra—, que, hasta ahora, yo no tomaba muy en serio la música cubana. Yo sólo conocía unas cancioncitas lánguidas, totalmente desprovistas de carácter […] Esta en cambio —la Danza lucumí, la Danza del tambor— es para mí un mundo nuevo…»[7]

 

La Boulanger —ganadora en 1908 del segundo Prix de Rome—, lo conmina  hacia lo recóndito. El cubano entra en contacto con los integrantes del denominado Grupo de los Seis: Milhaud, Honegger, Poulenc, Tailleferre, Auric, Durey. También asume la obra de Stravinsky, Satie, Debussy, Ravel  y... Nada lo desdobla. Tiene definidos sus planes de aprendizaje en fuga y contrapunto.

 

Lleva en sus pliegos a «Bembé», composición, elaborada a instancias de la profesora, y a la que luego incorporaría una trompa más, trompeta, trombón tenor y cuatro instrumentos de percusión.

 

 La pieza se difunde entre los europeos el sábado 23 de noviembre de 1929. El rotativo Courrier Musical Theatral, de Paris, lo avala como un «documento curioso e interesante», y días antes, el martes 19, Lidia de la Rivera, soprano cubana, interpreta sus «Dos poemas afrocubanos», considerados como antológicos.

 

También incluye «Tres danzas cubanas» (1927): Danza del tambor, Motivos de danza y Danza lucumí, escritas para piano y violonchelo, y otras más. A fines de diciembre de 1930 ya está en Cuba. No obstante, Slominsky, Varese y otros músicos, difunden sus «elucubraciones» en predios europeos.  

 

El maestro español Pedro San Juan, dos días después de la muerte de Caturla, publica un artículo en el rotativo habanero El Tiempo, donde define que el remediano «[...] amaba la música sobre todas las cosas con la rebeldía de su espíritu inadaptable que sentía el ansia incontenida de superarse...»[8]

 

Ese pedagogo y director español que privilegió con su batuta a la Filarmónica de La Habana (1924-1934), escribe el texto con el sugestivo título de: «Un discípulo indisciplinado», y acota que:

 

«[...] ha sido enjuiciado con desdén por más de uno de esos espíritus ligeros para quienes la música es sinónimo de estancamiento o de cosa sujeta a leyes inmutables [...], y es que [allí] había más que un vulgar rebelde, que un caprichoso: vivía en él, con la fuerza natural que rompe el dique, el ansia de hallar, de captar la manera justa, el ambiente único al que han de ajustarse los materiales vírgenes del arte que nace...»[9]

 

Ahí reside la clave del por qué el estado febril por lo afrocubano, alejado de todo encantamiento pasajero, y fuera de la usanza banal y transitoria. De acuerdo con Carpentier, tanto Caturla, como Amadeo Roldán [Paris, 1900-La Habana, 1939], están inmersos en una «[...] tendencia que [...] constituía un paso necesario para comprender mejor ciertos factores poéticos, musicales, rítmicos y sociales, que habían contribuido a dar fisonomía propia a lo criollo.»[10]

 

Ante los vericuetos divulgativos por los que transita el esparcimiento que hace la Filarmónica y la Sinfónica de La Habana, señala que: «[…] todo me ha decidido a estudiar y componer no pensando en Cuba sino en el extranjero, pero esto para un buen patriota es lo peor que le puede suceder porque la patria es lo primero y es bien duro tenerla que sentir relegada, pudiendo dársele lo mejor de uno[11]

 

De esa época datan las antológicas «Yamba-O» —con texto de Carpentier—, «La Rumba» —a partir del poema de Tallet— y «Bito-Manué» y «Mulata», recreación musical de versos de  Guillén, y...

 

Lo negro, lo mulato y lo cubano tienen en García de Caturla un fragor constante. De Emilio Ballagas pondrá música a los versos contenidos en Cuaderno de Poesía Negra (Santa Clara, 1934): «Berceuse (para dormir a un negrito)» y «Nombres negros en el son», mientras trabaja en la ópera de cámara «Manita en el suelo», concebida por Carpentier.

 

Nada le es exótico, y como fulgor de sangre, contempla, al igual que el autor de Ecue-Yamba-O,  y otros coetáneos, donde «Súbitamente lo negro se hizo eje de todas las miradas..[12]

 Lo dramático, desde el silencio hasta el estruendo, está en la virilidad de los instrumentos de viento, la estridencia rítmica y el aliento agraciado y efusivo de los toques percusivos del piano que arrastra evocaciones. Similar encontronazo hallará en las tonalidades del tambor en ebullición sensualista.

Guillén, el viernes 15 de noviembre en el diario habanero El Tiempo, publicó un artículo: «El crimen de todos», donde consternado señala:

 

«[...] La cultura cubana le debe mucho a García de Caturla, pero mayor sería esa deuda si el hubiera encontrado el modo de proyectar su temperamento en el ámbito que un país realmente culto ha de tener a la disposición de los hombres de su talla.

 

«Creo que Cuba pierde a una de sus figuras más definidas y fuertes, recreador exigentísimo de nuestro folklore. Muerto Roldán, él nos quedaba, como una realidad y, al mismo tiempo como una brillantísima esperanza. Ahora nos deja en un desamparo musical del que mucho tiempo tardaremos en reponer..[13]

 

Los amigos, coetáneos y coterráneos, no equivocaron en sus razones. Caturla, el músico cubano más abarcador del pasado siglo, en este año, en que abrazamos su centenario de nacimiento, se mantiene como un hombre íntegro en todas las dimensiones culturales, para erigirse como un Quijote, que sostiene en sus manos un esplendor sinfónico cargado de universalidad.

  


[1]  Alejo Carpentier: «Un remediano que triunfa en París», en La Tribuna, Remedios, ii Época, xv (501):1-3, sábado 22 de septiembre de 1928. Tomado de Carteles, La Habana, 1928. 
[2] Juan J. E. Casasus: «In Memoriam», La Publicidad, Santa Clara,  xxxvii (12929):1; 10, jueves 4 de diciembre de 1940.
[3] Carta de Emilio Ballagas al declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz, Nueva York, lunes 10 de febrero de 1947. [Inédita].
[4] Idem. Citado por Ballagas.
[5] Alejandro García de Caturla: «La orquesta de Caibarién», en La Publicidad, Santa Clara, Las Villas xxix (11813):3, viernes 3 de enero de 1930. En ese mismo periódico, desde entonces y hasta 1933, mantuvo sistemáticas columnas sobre crítica artística y cultural. También pueden consultarse las ediciones de El Faro, Remedios,  1932 y 1933.
[6] Alejandro García de Caturla: Carta a José Antonio Portuondo, fechada en Remedios el primero de febrero de 1933, en Signos, Op. cit., p.113.
[7]  Alejo Carpentier: «Un remediano que triunfa en París», Op. cit.
[8] Pedro San Juan: «El discípulo indisciplinado», El Huracán, Remedios, XI (248):1, martes 26 de noviembre de 1940. Tomado de El Tiempo, La Habana, jueves 14 de noviembre de 1940.
[9] Idem.
[10] Alejo Carpentier (1979): La Música en Cuba, p. 244, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
[11]  Alejandro García de Caturla, Op. cit, p. 115
[12] Idem.
[13] Nicolás Guillén: «El crimen de todos», El Huracán, Remedios, xi (248):1, martes 26 de noviembre de 1940. Tomado de El Tiempo, La Habana, jueves 14 de noviembre de 1940. 

Cántigas por San Juan de los Remedios

Cántigas por San Juan de los Remedios

Por Luis Machado Ordetx 

 REMEDIOS, a propósito con el San Juan Bautista, el pasado 24 de junio, tuvo el advenimiento del 491 aniversario del asentamiento poblacional español 

—erigido con el decurso del tiempo en Octava Villa de Cuba, título conferido en 1545—, entra en un debate entre el conjuro y la duda asentada con el tiempo por las acuñaciones de la historiografía.Anales científicos y conclusivos, esos que aporta en la efusividad Rafael O. Farto Muñiz, historiador y seguidor de las originales documentales del Adelantado Diego Velázquez, incluso de la testamentaria de Fray Bartolomé de las Casas, hasta nuestros días, jamás perjurará que la fecha exacta de la fundación no sea otra que1513, después de constituida Baracoa.

Dice, con precisión, que ocurrió antes del surgimiento de Bayamo, hecho que entre el mítico protocolo histórico-cultural, situará a los residentes de aquí en la soberana existencia como segundo pueblo con denominación española en la Isla.Las pruebas son corroboradas, como en eufonía, en foros investigativos: la antigua demarcación de Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo de Figueroa, luego la legendaria San Juan de los Remedios, consigue ahora, este sábado 24 de junio, fecha del San Juan Bautista —Santo Patrono—, la recia incertidumbre de dos fechas cruzadas: ¿1513 o 1515?, y aunque la primera esté demostrada en teoría, carece todavía de la evidente aprobación gubernamental.

Una y otra se sustentan en envidentes conspiraciones desatadas por el insoslayable esplendor cultural, ese que el natural o radicado en las inmediaciones tiende a sublimarlo hasta el misterio, y el transeúnte disfruta de rarezas contenidas en el más lóbrego o esplendoroso de los inmuebles, para conformar el detalle y la armonía de las épocas, esas que aparecen contenidas en las altas aceras de lajas, las paredes de piedra de cantería y los altos techos de rojizas tejas o la fronda de los árboles y el espejismo de los vitrales.

Allí, casi al encuentro de la mano, trascienden costumbres, mitos y tradiciones, en original manera de desplegar el conocimiento de esta porción noroeste de Villa Clara, donde, entre diente de perro y tierra roja, hay una decantación del remanso fluvial o el resplandor marino y la floresca campestre.Nada del hacer de la Cultura, numerada la efusividad de las festividades populares —la parranda—, con los furibundos encontronazos entre los parciales y sus tonalidades musicales, resulta ajeno a un asentamiento que alberga la hidalguía de la conservación de la historia, aun cuando en otro tiempo, la congoja por la pérdida de muchas papelerías sobreponga ausencias del dato preciso.No obstante, allí donde pululan ocho entradas diferentes para adentrarse en el conjuro de la comunidad, enaltece el deseo y la ecuanimidad de la demostración y del engradecimiento colectivo.

De la historia y la trascendencia conseguida por la denominada Octava Villa de Cuba, con sostenido, no existe espacio pequeño o largo para el diálogo, la reflexión o la escritura: un vasto universo la toma en cada acontecimiento, al situarla entre lo autóctono del innegable paso de los ancestros y sus hombres en sitios que, como constantes, resisten como bestial potencia, el resurgir definido de una época: su historia.  

Carcassés incita al jazz

Carcassés incita al jazz

Por Luis Machado Ordetx

El Gurú del afrojazz cubano, como considera la crítica internacional a Bobby Carcassés, vino a Santa Clara para prender una «chispa» en los  músicos y animadores culturales de su ciudad, Santa Clara, y revivir a la par los tiempos de adolescencia, cuando irrumpió en los escenarios teatrales, allá por 1956.

La semana pasada, la fortuna del olvido involuntario de los materiales concebidos para una exposición personal y la imposibilidad del viaje de los músicos acompañantes, ofreció al público que asistió a la sede de la UNEAC, un modo y una forma particular de captar a Carcassés en cualidades de inusual pintor, integrador de talentos artísticos y ameno disertante sobre temas que domina a la perfección: el jazz y la inclusión de los ritmos cubanos.

Nadie como ese showman, con su personalidad polifacética, para adentrarse en ese tipo de música surgida en el sur de los Estados Unidos, y enriquecida por el estro natural Luciano Chano Pozo, el percusionista cubano, cuando se vinculó a la banda de Dizzy Gillespie y Charlie Parker, con el propósito de delinear un estilo y una manera de encarar las improvisaciones en las secciones y formatos de las jazz-band.

En la instalación cultural —pintó in situ—, mostró su Concierto virtual, con ocho originales dibujos que recrean una fértil imaginación relacionada con las posibilidades estilísticas y las formas de los instrumentos musicales, y no menos interesante resultó la conferencia relacionada con la «Inspiración en el jazz y la expresión cubana», vista desde la ejercitación y el conocimiento de las técnicas orientalistas del arte y la meditación Yoga, muy válidos en la respiración, la gimnasia básica, el campo electromagnético y la energía espinal.

El mayor lucimiento lo cobró cuando invitó a músicos villaclareños a la realización de una descarga nocturna, y allí, junto a su fliscornio y la finura de la voz carrasposa, estuvo acompañado —en las secciones de piano,  cuerdas, percusión y viento metal—, por jóvenes deseosos de rememorar los tiempos en que el maestro Armando Romeu arribaba, sin que algunos lo esperan, a  Santa Clara y plantaba el atril y la batuta en los espacios locales.

Todavía aquí se recuerdan aquellos aires renovadores de la Orquesta de Música Moderna, dirigida por Jesús Chú Rodríguez y asesorada por Romeu, así como los instantes fundacionales de los 80, con Raíces Nuevas y el inconfundible Pucho López o la sucesiva  formación de músicos de valía desperdigados en la actualidad por importantes agrupaciones cubanas o foráneas.

La estancia de Bobby Carcassés en Santa Clara, y el sentido de su jazz timbero —título homónimo del CD que grabó en 1997 junto a destacados instrumentistas cubanos, incluidos Chucho Valdés, Changuito Quintana, Pancho Terry, Descember Bueno y...— dejó una huella tras la conclusión del recital que dio aquí el sábado pasado: organizar una peña informal que fusiones a talentos jóvenes surgidos o no en centros artísticos para que el género cobre vida entre nosotros.

Las improntas jazzísticas tendrán que venir, dijo el músico durante un aparte, al elogiar la calidad del desempeño  de Roberto Pérez Eslezgaray, guitarrista y  sampling insustituible por su vocación artística cuajada en estos predios,  y de colofón sustentó que su concurso y animación están abiertos para plantar un «refugio sui géneris», donde el swing o el bop se enaltezcan con la inspiración y la sensiblidad clásica y contemporánea del género, captada desde la óptica de lo cubano.

Tal posibilidad confirmaron estos músicos villaclareños «insertados  ahora en el acompañamiento de mi fliscornio», precisó Carcassés, dotado de las cualidades del scat  —improvisación a partir de la voz y el sentido del jazz—, al ejecutar piezas antológicas, como Blue por Benny Moré o Blue por Chano Pozo, en las que recreó la  incitación del goce del instrumentista dispuesto a fundar o incitar en la creación de otro espacio para la divulgación musical. urú del afrojazz cubano, como considera la crítica internacional a Bobby Carcassés, vino a Santa Clara para prender una «chispa» en los  músicos y animadores culturales de su ciudad, Santa Clara, y revivir a la par los tiempos de adolescencia, cuando irrumpió en los escenarios teatrales, allá por 1956.

Imperdonables lastres investigativos

Imperdonables lastres investigativos

Por Luis Machado Ordetx

El rescate de la memoria documental, apuntada desde la oralidad o la investigación, y almacenada en un diccionario especializado —aun las insuficiencias técnicas, metodológicas, informativas y de omisiones—, se agradece, aunque deja mucho que desear, sobre todo por la integración histórica que abarca.

 

Tal es el caso de un libro que, desde el pasado año publicó la editorial Capiro: Diccionario de la Música Villaclareña, de la autoría de Giselda Hernández Ramírez, y que, con atractivo diseño, llama la atención de los lectores deseosos de puntualizar cualquier estudio sobre personalidades, hechos o instituciones relacionadas con ese tipo de creación o ejecución artística.

 

Sin ser émulo del Terminorum Musicae Deffinitorium, creado por Tictoris, y tampoco del Oxford de la Música, de Scholes, y mucho menos del enciclopédico Biográfico y Técnico, de Helio Orovio y del escrito por Alicia Valdés (2005): Con música, textos y presencia de mujer: Diccionario de Mujeres Notables de la Música Cubana, el concebido por Hernández Ramírez,  tiene virtudes y defectos que, casi por desigual, se sustentan sobre una balanza.

 

Ese tipo de texto, donde suman años de bregar y sistematicidad investigativa, demanda del desempolvamiento de archivos y del testimonio oral y apreciativo de informantes y papelerías diversas.

 

Su valor: utilidad y síntesis precisa sobre la historia musical de una región, pero el tiempo y los recursos materiales resultan insuficientes y no agotan las posibilidades documentales que ofrecen las épocas y los hombres.

 

El Diccionario de la Musica Villaclareña peca de insuficiente en el rastreo investigativo, y diría que apela más al acontecimiento oral (de otros), que al probatorio localizado en programas, la prensa periódica, archivos estatales y privados, cancioneros y...

 

En la «Introducción a Villa Clara Musical» la autora apunta que «[...] las primeras referencias [...] datan del siglo xvii, y específicamente del año 1722...», y luego dice que los siglos siguientes sostienen esplendor, cosa no constatada en las páginas.

 

La carga explicativa del Diccionario..., reside, por lo general, en  personalidades e instituciones musicales pertenecientes a la segunda mitad del pasado siglo.

 

Precisa la escritora que, ampliado, habrá una segunda edición del Diccionario..., y sugiere en ambas ocasiones de la aplicación de  «[...] un conjunto de normas mínimas y de requerimientos como guías que permiten en un momento dado determinar qué se incluye y qué se excluye, sin que el criterio de exclusión tenga otra justificación que no sea científica».

 

Un Diccionario, por perfecto que sea, aún su metodología, recaba de renovación, por lo que entraña el hecho artístico, su mirada y alcance. No obstante, en las 206 páginas se reflejan figuras representativas de la trova tradicional, la cancionística, la pedagogía y la instrumentación, radicadas en Camajuaní, Sagua la Grande, Caibarién y…

 

Nombres como la Sociedad Coral de Sagua, las orquestas Hermanos Pérez, Hermanos González, Hermanos Daria, Valmar, y los conjuntos Balalaika y Caunabó —formado a principios de 1935 por mujeres de Camajuaní—, así como la agrupación femenina Melodías del Ayer, están ausentes.

 

Otros como el conjunto Septiminio de Abelardo Cuevas —con quien laboró Alejandro García Cartula—, y músicos de la talla de Fefa Menéndez, Ramón Castro Herrera, Pedro Martín Camps Palmero, Juan Payrol o la soprano Nini González, al parecer, no son conocidos.

 

Hasta el Orfeón y las Escuelas Corales que existieron en Santa Clara en la década de los 50 del pasado siglo,  además de los aciertos de Rosa González Luján —directora de la antológica Rosita y sus Estrellas y RosiCuba—, junto al violinista Néstor Alejandro Palma Izaguirre, tampoco se mencionan.

 Hay demasiados lastres en el Diccionario, pero sobresale por la información mínima reportada, para que, al menos, estudiosos o interesados en el tema, tienda, aún la intríngulis, adentrarse hacia asientos de mayor confirmación en las pesquisa investigativas.     

Volcán periodístico de Labrador Ruiz

Volcán periodístico de Labrador Ruiz

Por Luis Machado Ordetx

 

Los fundamentos teóricos que asientan la técnica periodística de Enrique Labrador Ruiz [Sagua la Grande, 1902-Miami, 1991], al igual que la practicada por colegas cubanos de la primera mitad del siglo pasado, está por redescubrir, principalmente, porque sus textos se desperdigaron por las más variadas publicaciones, en lo esencial habaneras.

 

Variadas, como un volcán, son las recurrentes desviaciones que acontecieron en la estética de esos escritores hacia otros géneros literarios, entre los que destaca la narrativa y la ensayística.

 

Todavía recuerdo el elogio que, recién fallecido Labrador Ruiz, hizo Humberto Arenal para las páginas de La Gaceta de Cuba,[1] al rastrear en los valores innegables y las aportaciones de su periodismo y narrativa en la Historia de la Literatura Cubana e Hispanoamericana.

 

Otros estudios aparecieron después, tanto en la isla como en el extranjero, con una mención obligada sobre las cualidades de la obra del sagüero. Sin embargo, nada en lo absoluto se relacionó con el desempeño del periodismo, principalmente ese que tiene un fundamento literario por tipología genérica: la crónica, el reportaje y la entrevista de personalidad, sitios en los que hay una búsqueda y explicación de los hechos, la realidad y los valores humanos que los circundan.

 

Ahora acaba de publicarse un libro de Labrador Ruiz con el rubro de «periodismo», y obedece a una selección, prólogo y notas al pie de página, preparado por Reberca Murga y Lorenzo Lunar: Un hombre de vasos capitares, perteneciente a la editorial Capiro, Villa Clara, Cuba, 2005.

 

El texto tiene 63 páginas, y abunda en otras 20 con caricaturas que durante las décadas del 30 al 50 hicieron en La Hanana, y también en otros sitios cubanos, los artistas Conrado W. Massaguer, Wall, Carmelo González, Arce y Valladares, así como Juan David.

 

El libro se perfila más hacia la recreación ambiental de lo historiográfico que dio origen a la existencia de una respuesta o un acontecimiento periodístico puntual, que, por así decirlo, al análisis teórico de un modo específico y una forma de reconstruir la realidad nacional y sus hombres.

 

A partir de la segunda mitad del pasado siglo Labrador Ruiz se vinculó al periodismo desde el diario El Sol, en Cienfuegos, y luego marchó a La Habana, donde escribió para diversas publicaciones (El Mundo, Bohemia, Social, Mundial, Chic, Información, Diario de la Marina y...), al tiempo que figuró, desde la capital, como corresponsal de otros redacciones cubanas.

 

En 1938 el diario La Publicidad, de Santa Clara, incertó una nota con el titular: «Nuestro nuevo colaborador: Enrique Labrador Ruiz»,[2] quien después envió algunos materiales que, por hecho y por derecho, determinó  «especiales» para ese medio de prensa.

 

Aunque todos los herramentales del periodismo están contendidos en su abundante narrartiva, a la que ascendió en un principio «[...] de algún modo no solo en el fondo, sino en la forma», tal como sustentó en una nota introductoria en su novela Cresival (1936), los experimientos con la palabra, la mirada cinematográfica, las entradas elocuentes y el calado por lo humano y la realidad, jamás quedaron detendidos.

 

El libro preparado por Murga y Lunar nada explica —aun cuando está referido al periodismo—, sobre la concepción teórica que animó siempre a Labrador Ruiz   —novelista y ensayista, además—, para jamás abandonar las redacciones de los diarios, y por supuesto a no contentarse como un perfecto profesional de «gabinete», porque como hombre se su tiempo estuvo dispuesto a «olfatear y laborar en caliente» en un gusto por la inmediatez de la comunicación y los ambientes de la cubanidad cosmopolita.

 

Dicen los autores en la introducción: «Queremos hacer un retrato, reconstruir una imagen...», p.7. ¿Acaso lo logran? Ahí nunca  abordan los mecanismos entre periodismo y la literatura, y tampoco brota el análisis de contenido de la información, y su relación con la fuente documental llamada prensa impresa. Mucho menos está la referencia teórica dedicada a tipologías genéricas, el estilo y la visión original y aguda de la realidad objetiva de su época.

 

Julio del Río Reynaga —y concuerda con otros especialistas—, incica que en periodismo «[..] la indagación histórica, la documentación, la lectura, el conocimiento de la época y sus momentos [...], son fundamentales [para que el autor se proponga] un desentrañamiento de la realidad...»,[3] y eso precisamente no contiene el libro Un hombre de vasos capilares, preparado por Murga y Lunar.

 

La selección planteada, y sobre todo el apuntalamiento teórico y científico en torno al periodismo que hizo Labrador Ruiz, de hecho, resulta deficiente en un primer acercamiento, incluso sus libros capitales de esa temática, y que reúnen textos antológicos [Papel de fumar —Cenizas Conversación—, 1950, El pan de los muertos, 1958 y Cartas a la Carte, 1991 y...], no son mencionados.

 En el muestrario se apela a «algunos» comentarios, artículos, crónicas y hasta reportajes, poco conocidos —¿serán los mejores o tenemos que acatarlos como tales por la época en que se publicaron, su distanciamiento y el desconocimiento del periodismo de Labrador Ruiz?—, para ofrecer «[...] El mejor testimoniante, la historia...», p.7, relacionada con el hacer profesional y el diarismo de este autor.

¿Cuántos excelentes reportajes, crónicas y entrevistas, ejemplares, sí, estarán diseminados por publicaciones cubanas de las décadas de los años 20 al 50 del pasado siglo?

 

Incontables. Esa prosa literaria publida y maestra, valió a Labrador Ruiz, que en 1951 el Colegio Nacional de Periodistas le confiriera el Premio Juan Gualberto Gómez, y pasara, de hecho y por derecho, a engrosar las filas de los mejores profesionales del país.

 

Agudeza, cubanismo y visión original y humana de un hacer artístico sobraron para otros merecimientos, principalmente por el sentido profesional en que acometió su misión de periodista.

 

Hacedores literatrios como Chejov, Poe, Martí, Horacio Quiroga, Hemingway, Bosch, García Márquez y.., también periodistas formados en las redacciones de diarios, sustentan que el cuento, como género, se caracteriza por fuerza, claridad, condensación, tensión y novedad. Esos son valores que ofrece Labrador Ruiz para reconstruir la realidad y los circunstancias de sus hombres.

 

No obstante, Murga y Lunar jamás puntualizan en este tipo de acontecer. Entonces, ¿qué ven estos autores dentro del periodismo de Labrador Ruiz? Nada, en teoría, y mucho menos restructuración y contraste histórico y profesional de un tiempo en que, lo competitivo y el enjuiciamiento de la realidad, marcó una pauta del hacer profesional más allá de la pureza informativa que penetra en lo opinativo.

 

Creo que el libro sobre el periodismo de Labrador Ruiz, el cubano, está todavía por hacerse en una búsqueda que de cabida a lo antológico y el pormenor teórico.

 


[1] Humberto Arenal: «Labrador Ruiz en mi memoria», en La Gaceta de Cuba, La Habana, pp. 32-35, marzo-abril de 1992 [2] La Publicidad «Nuestro nuevo colaborador: Enrique Labrador Ruiz», Santa Clara, Las Villas, xxxv (12012):1;octubre 8 de 1938.[3] Cfr. Juan Gargurevich (1989): Género periodísticos, La Habana, p. 83, Editorial Pablo de la Torriente Brau.

Alertas imperecederas de Martí

Alertas imperecederas de Martí

Por Luis Machado Ordetx

Desde el arribo a Playitas de Cajobabo y, casi seguro, después de disfrutar de la limpia arena que las olas del mar bebían a su antojo, Martí, junto a sus acompañantes, percibió, con una certeza incontenible «[...] los cantos del gallo con que se simboliza el triunfo...»[1], para afianzar el camino en la lucha por la independencia, esa en que se iría hasta la vida.

Como Delegado del Partido Revolucionario Cubano venía a combatir en calidad de soldado, y a los pocos días del 11 de abril de 1895, es sorprendido con la envestidura del cargo de Mayor General del Ejército Libertador.Desde entonces asume posiciones, no sólo para despojar del suelo patrio al dominio español, sino también preservar e impedir cualquier intento de los Estados Unidos de intervenir en asuntos que nada más competía a hombres de esta tierra.

En él, hombre de pensamiento, afirmó que «[...] El mundo despierta una sed que sólo la muerte apaga. El hombre que conoce bien el mundo cae en la muerte, como un trabajador cansado cae en los brazos de su esposa».[2]

Es 18 de mayo, el río Contramaestre está crecido desde días antes que una bala lo fulmine en pleno campo insurrecto. Allí, entre matorrales, Martí escribe con vehemencia incalculable a Manuel Mercado: «[...] ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América...».[3]

Como un zig-zags (sigamos adelante), palabras que puso en uso el cubano Rafael María Merchán, lo conminan a desandar en defensa de la Revolución continuadora del 68.Dialoga al respecto con George Eugene Bryson, el corresponsal de The New York Herald, sobre las razones que lo inspiran para enarbolar la guerra, y también alerta, como el sabio oteador al que nada escapa.

No es la primera vez que habla de la amenaza latiente. Mucho antes de sentir en Norteamérica, como emigrado, periodista y conspirador, palpa con exactitud las veleidades de esa sociedad capitalista, sus apetencias expansionistas y el ámbito guerrerista en que se mueven intereses mezquinos de las sucesivas administraciones.

En México, 1875 el pandillerismo que está en torno a Porfirio Díaz, lo hacen retomar el contorno de Centro y Sudamérica, hasta a principios de 1880 se instala en Nueva York y el mundo se mira con ojos más audaces y previsores. 

 ESTEREMECIMIENTOS EN NORTEAMÉRICA: No quedan acontecimientos, historias de hombres, escrutamientos de la realidad y la vida pública que no sean reconstruidos por Martí para los principales periódicos sudamericanos, en especial La Nación, de Buenos Aires, donde aguardan por artículos, crónicas, ensayos y…

Escribe de todo lo que ve, y no se permite un instante en el reposo y la tranquilidad. Es febrilidad en la observación del desenvolvimiento de una sociedad que transita en los umbrales del capitalismo monopolista y las crisis que lo someten.Al amigo Serafín Bello le testimonia el 16 de diciembre de 1889 que apareció «[...] la hora de sacar a la plaza su agresión latiente»,[4] para referirse a los Estados Unidos.

 Ese año toca la idea del equilibrio del mundo desde una óptica reflexiva de los latinoamericanistas.Cuatro años antes, para La Nación, recuenta: «[...] Presidente de un país libre contra el derecho de su país, y el del ajeno; Grant, que tenía apetito de marcha, permitió e imaginó. El miraba con ansia al norte inglés; al Sur mexicano; al este español; y solo por el mar y la lejanía, no miraba con ansia igual al Oeste asiático.

Marcaba fronteras cuando marcaba en silencio su tabaco. La silla de la Presidencia le parecía caballo de montar; la Nación regimiento; el ciudadano recluta...No era de los que se consuelan en el amor de la humanidad, sino de los que se sientan sobre ella...»[5] 

Ulises Grant, el General, el Presidente, murió en Moont Gregor, de cáncer en la garganta, el 23 de julio, y el 3 de agosto, Martí reseña el suceso. ¿Acaso, desde mediados del siglo pasado no se mantiene inalterable el sentido expansionista y militarista de las administraciones norteamericanas? ¿Cuba, desde comienzos de 1823, no ha estado en la ruta de los elegidos de Norteamérica para poseer sus tierras?

La historia no miente, y tiende a reiterarse con enconada osadía imperial y de rapiña.Diría que «[...] esta vida del Norte, ejemplar hasta en los mismos vicios. Aquí, como en todo cuerpo social, los pobres aspiran a la justicia, los ricos al abuso, los perezosos a las holganza, los empleados a la perpetuidad, los políticos al despotismo, los sacerdotes a la agorería...».[6]

 ¡Qué retrato de actualidad a una sociedad que se remueve en sus cimientos! A 111 años de la muerte de Martí, ahora el presidente Bush reemprenderá nuevos ataques de filibustero contra Cuba.Pero con Martí «[...]De vez en cuando es necesario sacudir el mundo, para que lo podrido caiga a tierra[7]     

DEFINICIONES HISTÓRICAS: Cuando en Estados Unidos se debaten leyes contra los emigrantes, y se mantienen latientes las firmas de tratados de libre comercio, las prepotencias y el militarismo a escala internacional, continúan con constantes amenazas. 


 Habrá tanto egoísmo y miseria humana en el rostro de una administración. Sí, en la de Bush, porque el cinismo corroe su piel, no solo en prepotencia e injuria, sino también en protección a terroristas.

Un agridulce ambiente parece ofrecer ese país. Como un oximoron [Democracia norteamericana, Derecha siniestra, Capitalismo de Estado, Fuerza de paz, Ejército pacificador, Guerra humanitaria, Guerra santa, Génesis apocalíptico, Guerra preventiva, Xenofobia moderada y…].


Todo se lanza al ruedo.


El 15 de marzo de 1887, Martí para La Nación, de Buenos Aires, escribe, en el momento de instaurarse el 49 Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica:
«[…] Tiene en mente gigantescas obras de defensa que proyectan contra enemigos soñados e invisibles…»


Ahí está la clave de todo un país. Fijen bien la fecha, 1887: «…ENEMIGOS SONADOS E INVISIBLES», eso tiene Estados Unidos en el mundo, para desatar la guerra en cualquier parte, al costo de la vida, no solo de sus soldados, nacidos en tierras norteñas, sino también sobre los hombros de cientos de miles de emigrantes que, enfebrecidos por los «beneficios económico-sociales» que pregona el U.S. ARMY.

Los Tiempos  que Martí alertó, al paso de más de un siglo,  parecen repetirse en el «legendario oximoron de George W. Bush», el presidente norteamericano.     



[1] José Martí (1975): Obras Completas, tomo 11, pp. 110, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 
[2] Idem, p. 164.
[3] Op. cit., tomo 4, p. 167.
[4] Op. cit., tomo 1, p. 255.
[5] Op. cit., . tomo 13, p. 81.
[6] Op. cit, tomo 11, p.255
[7] Idem, p. 242

La patria vestida de poesía

La patria vestida de poesía

Por Luis Machado Ordetx 

El poeta en toda su dimensión es de esos hombres que tiene un ángel inagotable, como fuente viva que da agua fresca cada vez que alguien se interesa por hurtar y penetrar en la cubanía y la memoria histórica de la Patria.

 

De excelente discípulo de Martí viene ese espíritu al cuerpo, al sustentar que « […] el arte no ha de dar la apariencia de las cosas, sino su verdadero sentido».[2]

 

En la vasta obra —ensayística, lírica, narrativa y de edición—, la poesía se viste de Patria, con sus tres colores, porque la inteligencia y la sensibilidad están al servicio de las urgencias  y reclamo de los ideales de la nación. Es, por tanto, como la planta más característica de nuestros campos, la palma real, que por las ramas llena de hidalguía y sapiencia con su inextinguible follaje.

 A la par, él —como el mismísimo árbol— constituye un atributo de las querencias y el firmamento telúrico de una voz propia e inequívoca en el tiempo y el espacio.

Por eso está aquí, como una majestad que señorea en el pensamiento, oteando verdades y peligros, y dejando esencias poéticas y éticas de marcada expresión en el carácter y la dimensión de nuestro ser nacional. Los terrenos que pisa y el abono que deja, son tan fértiles como necesarios.

 

Cintio Vitier [Cayo Hueso, septiembre 25 de 1921],[3] es todo eso y mucho más, desde que se dio a la palabra escrita en aquellos primeros balbuceos poéticos, allá por el año 1939, un intelectual vestido con los atributos que distinguen y fomentan lo cubano, definido en un verso cargado de la originalidad histórica en la que subyace  un fundamento estético y ético.

 

Con un calificado torrente sanguíneo, por vía paterna, de los suelos villaclareños —Medardo, el progenitor, nació en Rancho Veloz, 1886, y dejó sus huellas filosóficas y conocimientos en la Universidad Central—,[4] Vitier estuvo entre nosotros a principios de la década de  los 50 y, para no olvidar la vieja costumbre del aula, regresó recientemente a su otra casa, como también denomina a ese centro docente, a hablar sobre «La infinitud cualitativa de la vocación esencial del cubano por su integridad: vivir en lo libre».

 

Esa, es en definitiva, la naturaleza de una concepción que avala la probidad científica y humana coronada por su memoria integradora.

 

Su mesurada palabra, al abordar la historia de la cultura nacional, a partir de una «periodización» referente al tema que trató, recuerda esa desenvoltura propia del maestro de visión preclara, que ilumina y vislumbra. No en balde, en la década de los 80, Eliseo Diego[5] —uno de los fundadores del entonces grupo de Orígenes,[6] liderado por Lezama Lima—,[7] contó en una entrevista, aún inédita, que en Cintio se condensaba la respiración perenne y constante por la Patria.[8]

 

Así se presenta en los sitios y misterios más diversos de nuestra nacionalidad y, en modo muy suyo, viaja y puntualiza: redescubre la preclaridad que asiste a los hombres de esta tierra.

 

Y, para no perder ese insustituible encuentro que siempre propicia una «cercanía hechizada», gustoso, aunque algunos alegaban su rotundez e inaccesibilidad para todo cuestionario, él accedió al interrogatorio periodístico.

 

Yo, interesado en auscultar un «momento» de su itinerario villaclareño, detenido en ciertos atisbos de lo insospechado, recibí las rápidas respuestas que certificaron una impronta de vitalidad y cubanía, al tiempo que ofreció las gracias por las constantes provocaciones. Aquí está, como lo sustentó, el fraterno diálogo para compartirlo con ustedes.

 ·             ¿Qué significa ser distinguido con el título de Doctor Honoris Causa en la Universidad en que su padre impartió la docencia y recibió idéntico galardón en 1956, y donde, además, usted fungió como maestro de la primera generación de profesionales formada por la Revolución?

«Un inmenso honor que solo puedo merecer en la medida en que haya sido digno de la espiritualidad cubana de mi padre».

 

·             Lo cubano en la poesía es un libro que nació tras una petición universitaria y editó por vez primera la casa de estudios de aquí. ¿Qué recuerdos trae luego de cuatro décadas de publicado, y cómo lo percibe ahora cuando el encuentro con lo pasado es firmeza para la Patria?

 

«Recuerdo aquellas sesiones de Lo cubano en la poesía[9] en el Lyceum femenino de La Habana,[10] que entonces presidía Vicentina Antuña,[11] entre noviembre y diciembre de 1957, como el convivo más emocionante de toda mi vida. La patria se nos revelaba dolorosa y gozosamente en medio de la sangrienta lucha de aquellos días. Sin saberlo nos estábamos preparando para un triunfo que todavía parecía imposible. Hoy siento que aquel libro, rápidamente publicado en el 58, gracias a Samuel Feijóo,[12] era mi despedida del mundo anterior a la Revolución. Y fue también, en cuanto a testimonio de la raíz poética de nuestra historia, mi umbral hacia ella».

 

·             En la decimosexta lección de Lo cubano en…, la dedicada a la poesía de Feijóo, planteó que tenemos que agradecerle a ese escritor «haber cogido a la isla en el aire, en la gloria, en la risa, en la majestad y en el desamparo». Después que la obra aumentó con los años, ¿afirmaría lo mismo?

 

«Sin duda alguna. Samuel sustentaba la poética de la naturaleza, que a su juicio no era antológica, y, por tanto, su obra no tenía por qué serlo. Esto quizás haya confundido a algunos ante el exceso de su producción. Pero el autor de Beth-el, Faz, Himno a la alusión del tiempo, Violas, Diario abierto, La alcancía del artesano, La hoja de poeta, Versículos, El harapo al sol, tal como lo presenté en mi selección de 1984, además de extraordinario cuentero, narrador, investigador de nuestro folklore campesino, pintor y dibujante excepcional, es uno de los líricos más altos que hemos tenido desde Heredia a nuestros días».

 

·             Con los años, ¿qué recuerdos inéditos de Samuel evoca para la historia de la cultura cubana?

 

«Aunque sean bien conocidos, siempre habrá que reconocer también los grandes servicios prestados por Samuel a la cultura cubana como editor de la Universidad Central de las Villas, de islas, y de la impar y pletórica Signos. En lo personal más íntimo, aunque pudiera parecer lo contrario, Samuel era muy difícil de conocer realmente. Siempre estaba ocultándose, disfrazándose, pudoroso como pocos detrás de lo que cariñosamente llamábamos sus «samueladas». Después de años de escribirnos y visitarnos, una rara noche descubrimos al otro Samuel, develándonos con una infinita delicadeza el misterio de las trémulas luces amarillas que alumbraban las noches de sus amigos guajiros. Por lo demás, cuando se empeñaba, podía ser muy riguroso con su obra. Recuerdo los manuscritos de Violas, acribillados a enmiendas. Cuando leí la primera edición de Faz, escribí para El Mundo un artículo titulado «Orgullo por Samuel Feijóo». Aduciendo que no era digno de aquel elogio, su respuesta fue quemar la edición completa y rehacer el poema, que ya era espléndido».

 

·             ¿Cuáles vínculos sostuvo con intelectuales radicados en la localidad durante su estancia aquí?

 

«Mi condición de profesor, digamos, itinerante —ya que solo podía estar en Santa Clara tres días a la semana para poder cumplir con mis clases en la Escuela Normal de La Habana—, me impidió estrechar relaciones importantes con intelectuales villaclareños, salvo a los que ya conocía, como Samuel y Mariano Rodríguez Solveira.[13] A Marianito y a Antonio Núñez Jiménez[14] los encontraba con frecuencia, antes del triunfo, en la casa vedadense de Julián Orbón,[15] el músico de Orígenes, a donde llegaban en viajes nocturnos que siempre sospeché no eran ajenos a los trajines revolucionarios interprovinciales del 58. Aunque solo oíamos música, todo parecía clandestino. Como dije en mis palabras de gratitud en la Universidad,[16] el hogar de Marianito y Marta[17] fue otro hogar para mí en Santa Clara. Él fue quien me invitó a incorporarme al claustro de Las Villas, quien despidió inolvidablemente el duelo de mi padre y quien prologó sus Valoraciones póstumas.[18] Fue un intelectual ferviente y luminoso, conversador cultísimo, amigo entrañable. De Núñez Jiménez ¿qué decir? Como geógrafo, espeleólogo y revolucionario, toda su vida fue un creciente servicio a la patria nacional y americana, fruto de una vocación alegre y un entusiasmo infatigable. Otros nombres y personas que recuerdo con gratitud son los de Hilda González Puig,[19] su hermano Ernesto,[20] los rectores Agustín Anido[21] y Silvio de la Torre,[22] Gaspar Jorge García Galló,[23] Alberto Entralgo[24]»

 

·             Dice que la «poesía significa un conocimiento espiritual de la patria, que va iluminando al país, y donde lo cubano se revela, por ella, en grados cada vez más distinguidos, distintos y hermosos». Pero ¿qué escribe ahora tras el tránsito acumulado por todos los géneros literarios?

 

«Mis dos géneros predilectos siguen siendo la poesía y el ensayo, aunque en verdad no me gusta considerar la poesía un «género literario», sino la fuente de todo lo que yo pueda conocer y pensar. Al poema acudo cuando él me llama; al ensayo, cuando lo necesito».

 

·             Martí, definido por usted como «el mayor aporte de la Cultura Cubana a la universal», deja profundas raíces para los próximos siglos. ¿Cuáles cree más trascendentes?

 

«Creo que el legado cultural más trascendente de Martí reside en su inmensa vocación integradora que, como dije en la Universidad, «se negó a separar la materia del espíritu, lo invisible de lo visible, la estética de la ética, la política del alma, a Cristo del pobre, a Cuba de la cruz, a la utilidad de la virtud». Por ello pienso que debemos tender a integrar «nacionalmente todo aquello que en el pensamiento de José Martí se nos ofrece como un humanismo atesorador de esencias, proyectado hacia el futuro». Y no me parece que haya mejor programa espiritual para la humanidad en el próximo milenio».

 

·             Despojado de su capacidad amatoria, así como del contacto diario en el hogar y el trabajo intelectual que desempeña junto a Fina García Marruz, ¿qué puntos más distinguidos atribuye a la poesía de su esposa?

 

«En mi antología Cincuenta años de poesía cubana (1952) señalé los tres elementos que me parecían sustanciales en la poesía de Fina:[25] «la intimidad de los recuerdos, el sabor de lo cubano, los misterios católicos». Posteriormente su expresión ganó otras dimensiones, desde la más amplia y elocuente del Réquiem por la muerte de Ernesto Che Guevara,[26] hasta esa «punta de lirismo» que según Claudel[27] es el humor, en Créditos de Charlot,[28] y Nociones elementales y algunas elegías. Su diversidad y riqueza tienen siempre un punto de confluencia que pudiéramos llamar: lucidez de la misericordia».

 

·             Emilio Ballagas, un poeta que fermentó una parte fundamental de su obra poética en Santa Clara, donde radicó entre 1933 y 1948, tuvo de usted grandes elogios ¿Cómo lo aprecia en la ensayística?

 

«Si hubo un escritor entre nosotros de vocación lírica absoluta, ese fue Emilio Ballagas.[29] Aunque escribiera excelentes ensayos, en realidad no le hacían falta. Todo lo esencial que tenía que decir solo podía decirlo en el poema».

 

·             ¿Qué falta a Cintio Vitier por regalarle a la sabiduría histórica y a la cultura nacional?

 

«Me falta todo, y es la conciencia de todo lo que me falta lo único que puedo regalar».

 

El poeta, tras agradecer las insistentes y provocadoras preguntas, según afirmó en nota al margen del texto mecanografiado que remitió, no reveló la hosquedad que algunos atribuían a su personalidad, sino una esencia y dulzura, casi paradigmática, del que toma la tierra por asalto y la hace propia como si fuera esencia espiritual de todo lo celestial.

 Como tal dejó una huella, para que, de falsas apreciaciones no viva el hombre sin antes auscultar con vehemencia los sueños y las bondades que transpiran otros.  


[1] Entrevista realizada en ocasión de la entrega del título de Doctor Honoris Causa en Ciencias Filológicas por la Universidad Central de Las Villas, el martes 28 de diciembre de 1999. V.  El Santaclaraeño, suplemento del periódico Vanguardia,  vi (4):4, Santa Clara,  abril de 2000.Reproducido, además, en revista Umbral por el camino de la Cultura, 3:17-19, Santa Clara, Villa Clara, 2000. Cfr. Revista Islas, Universidad Central de Las Villas,  42(125): 13-17,  julio-septiembre de 2000.
[2] José Martí. «La exhibición de las pinturas del ruso Vereschagin», en Obras Completas, t. xv, p. 430, Editorial Ciencias Sociales, La Habana.
[3] Vitier Bolaños, Cintio: [Cayo Hueso, Estados Unidos, 1921]. Abogado, poeta, periodista, novelista, investigador histórico y crítico literario. Premio Nacional de Literatura 1988, y Juan Rulfo en el 2002. Vinculado al grupo de Orígenes. V. Diccionario de Literatura cubana, Op. cit., t.ii, pp. 1004-1008.
[4] Vitier, Medardo: [Rancho Veloz, 1886-La Habana, 1961]. Pedagogo, periodista, ensayista, filósofo. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit., t. ii, pp. 1108-1110.
[5] Cfr.  De Diego Fernández-Cuervo, Eliseo Julio de Jesús
[6] Revista Orígenes: [1944-1956]. Integrada por los poetas  José Lezama Lima; Gastón Baquero; Ángel Gaztelú; Virgilio Piñera; Justo Rodríguez Santos; Fina García Marruz; Eliseo Diego; Octavio Smith; Lorenzo García Vega y Cleva Solís, así como los músicos Julián Orbón y José Ardévol, quienes junto a los pintores Mariano Rodríguez y René Portocarrero, hurgaron en las raíces de la nacionalidad cubana y la explicación republicana desde una concepción metafísica y católica. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, t. ii, Op. cit., pp. 685-687.
[7] Lezama Lima, José: [La Habana, 1910-Id., 1976]. Doctor en Derecho Público. Ensayista, poeta, novelista, editor y periodista. Cfr. Diccionario de la Literatura Cubana, t. i, Op. cit., pp. 491-494.
[8] Entrevista a Eliseo Diego, efectuada el sábado 23 de abril de 1983, referida a la poesía, la fantasía en su cuentística y la nación cubana como fuente de inspiración.  [Inédita].
[9] Cfr. Cintio Vitier (1958): Lo Cubano en la Poesía, Universidad Central de Las Villas, Departamento de Relaciones Culturales.
[10] Lyceum y Lawn Tennis Club: V. Diccionario de Literatura Cubana, t. i, Op. cit., pp. 534.
[11] Antuña Tavío, Vicentina: [Güines, La Habana, 1909-La Habana, 1992]. Pedagoga, ensayista y dirigente feminista. Doctorada en Filosofía y Letras. Desde 1934 se desempeñó como profesora de Lengua y Literatura Latinas en la Universidad de la Habana. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, t. i, Op. cit., p. 56.
[12]  Feijóo Rodríguez, Samuel: [San Juan de los Yeras, 1914-La Habana, 1992]. Poeta, narrador, periodista, editor y promotor y animador cultural. Cfr. Diccionario de la literatura Cubana, t. i, Op. cit., pp.327-328.  V. Silvia Padrón Jomet (2005): La dimensión cultural de Samuel Feijóo, Ediciones Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana, Juan Marinello, La Habana.
[13] Rodríguez Solveira, Mariano: Asumió la dirección del rectorado de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas desde 1958 hasta mediados de 1961. Tuvo una decidida participación en la creación del Departamento de Relaciones Culturales, y en la publicación, por vez primera, bajo el tutelaje de Samuel Feijóo, de la revista Islas y de importantes libros escritos por cuentistas, investigadores y estudiosos de la Cultura Cubana.
[14] Núñez Jiménez, Antonio: [La Habana, 1923- Id., 1998]. Especializado en el campo de las Ciencias Geográficas, principalmente en la Espeleología, la Arqueología, la Geología y al desarrollo  de la historia del hombre en su relación con la naturaleza. Cuenta con una extensa obra bibliográfica. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit., t. ii, pp. 675-677.
[15] Orbón, Julián: [Avilés, Asturias, 1925-La Florida, Estados Unidos, 1991]. Pertenece a una familia de músicos españoles, y en 1932 viajó a La Habana, Cuba, donde recibió clases de composición con José Ardévol, con quien integra en la década de los 40 —junto a Harold Gramatges, Edgardo Martín, Hilario González, Gisela Hernández y Virginia Fleites—, el Grupo de Renovación Musical. Hizo crítica de arte y periodismo, al tiempo que impartió la docencia y fue concertista. Entre las obras sinfónicas del compositor aparecen: «Sonata Homenaje al Padre Soler», dos canciones con textos de García Lorca, «Canción para nuestro niño», basada en un poema de Fray Luis de León, «Romance de Fontefrida», música incidental para la «Numancia» y dos danzas y un interludio para «La Gitanilla», ambas de Cervantes, así como el «Capricho Concertante», concebido para conjunto de cámara y «El Pregón», a partir de un poema de Nicolás Guillén. También resalta el «Quinteto para clarinete y cuerda». Desde 1960 residió en México y tres años después pasó a vivir a los Estados Unidos hasta que falleció. V. Julián Orbón (2000): En la esencia de los estilos y otros ensayos [Prólogo de Julio Estrada], Editorial Colibrí, Estados Unidos.
[16] Cfr. Cintio Vitier: «El reino de la gracia comunicante», en revista islas, Op. cit., pp. 7-12.
[17] Ricart,  Marta: Doctora en Filosofía y Letras. Pedagoga en la Universidad Central de Las Villas. Esposa de Mariano Rodríguez Solveiras.
[18] V. Medardo Vitier (1960-1961): Valoraciones. [Con nota preliminar de Mariano Rodríguez Solveiras), 2 t, Universidad Central de Las Villas, Departamento de Relaciones Culturales.
[19] González Puig, Hilda: Doctora en Filosofía y Letras. Profesora de la Universidad Central de Las Villas.
[20] González Puig, Ernesto: [Cabañas, Mariel, 1913-Ciudad de la Habana, 1988]. Pintor, grabador, ilustrador, psicólogo y pedagogo. Cfr. José Seoane Gallo (1986): «Ernesto González Puig, Testimonios», en Eduardo Abela cerca del cerco, Op. cit., pp. 326-331.
[21] Anido, Agustín: Rector de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas entre 1956 y 1958.
[22] De la Torre Grovas, Silvio: Doctor en Pedagogía. Ocupó la rectoría de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas de 1962, fecha en que sustituyó a Pedro Oliver Labra, hasta 1965.
[23] García Galló, Gaspar Jorge: [Quivicán, La Habana, 1906-Ciudad de La Habana, 1992]. Pedagogo, filósofo e investigador marxista-leninista. Durante muchos años impartió clases en la cátedra de Geografía, Filosofía, Historia y Letras en Escuela Normal para Maestros de Santa Clara, lugar donde residió desde 1932 hasta finales de la década de los 40. 
[24] Entralgo Vallina, Elías: [La Habana, 1903-Id., 1966]. Doctor en Derecho Público y Civil, así como en Filosofía y Letras. Pedagogo, historiador, ensayista, sociólogo y periodista. Cfr. Diccionario de la Literatura Cubana, t. i, Op. cit., pp. 304-305.
[25] García-Marruz Badía, Fina: [La Habana, 1923]. Doctora en Ciencias Sociales. Poeta, investigadora literaria y ensayista. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, t. i., Op. cit., p. 369. 
[26] Guevara De la Serna, Ernesto [Che]: [Rosario, Argentina, 1928-Nancahuazú, Bolivia, 1967]. Doctor en Medicina, político, estadista y poeta marxista-leninista. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, t. i, Op. cit., pp. 401-407.
[27] Claudel, Paul Louis Charles: [Villeneuve-Sur-Fere, 1868-Paris, 1955]. Poeta, periodista y diplomático. Vinculado al movimiento simbolista y al realismo dentro de la poesía francesa. 
[28] Chaplin, Charlie Spencer [Charlot]: [Londres, 1889-Corsier-Sur-Vevey, Suiza, 1977]. Actor, productor y director teatral y cinematográfico. Considerado un mito, desde que inció su carrera en 1913, con películas silentes. Un año después encarnó el antológico personaje del vagabundo Charlot, un travieso payaso que alcanzó dimensión humana, y sostentó el triunfo individual ante cualquier  adversidad. Toda su filmografía se recuerda por: El chico (1921); El peregrino (1924); La quimera del oro (1925); El circo (1928); Luces de la ciudad (1931); Tiempos modernos (1936); El gran dictador (1940); Monsieur Verdoux (1947); Candilejas (1952) y Un rey en Nueva York (1957), entre otras.
[29] Ballagas Cubeñas, Emilio: [Camagüey, 1908-La Habana, 1954]. Doctor en Pedagogía. Poeta, ensayista y periodista. Cfr. Diccionario de la Literatura Cubana, t. i, Op. cit, pp. 105-106.

René, el visitador folklórico

René, el visitador folklórico

Por Luis Machado Ordetx     

                                    

 «Un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir

                                                            Alberto Lleras Camargo

 

¡ESPÍAS!, sí, un séquito de delirantes informadores —directos, propios, adicionales o ajenos—, tiene en su comarca. Claro, no podría ser de otro modo el misterio que,  por décadas, dispone el escritor en los asientos guajiros de Camajuaní, sitio donde ostenta  un plantío seguro para hurgar y colectar fantasmagorías sobre muertos, aparecidos, madres de agua, güijes, bandoleros, jinetes sin cabeza, velorios, personajes populares y...

 

Jamás podrá existir otra razón para ubicar ahí a René Batista Moreno, un filigranista que atrapa el gesto o la palabra inverosímil en la conmoción de la risa, incluso del choteo y el humor, conseguida gracias a una despierta oralidad  cuentística.

 

Un toque de distinción ganó,  a saltos de duro bregar, desde que vino al mundo, allá en 1941, por las cercanías de la colonia cañera «La Ofelia», y cuando, de la mano de la tía materna Luisa, se internó en incontenibles visiones que luego lo impulsaron a «cazar» los vericuetos del folklore campesino, popular y de la cultura tradicional.

 

Como enjambre latiente, también envuelve las lides parranderiles entre los barrios Chivos y Sapos de su terruño natal, fiebre que lo sostiene en tensión como un «aparente o distante» observador.

 

Nada escapó desde entonces a su mirada escutradora, de águila en acecho, y de pantera ennoblecida. Por trillos y guardarrayas persiguió hasta las «sombras de los árboles» para, en un susurro, proteger del tiempo lo mejor de las anécdotas recopiladas. Ahora está aquí, casi a flote con una carga de libros escritos y otros por nacer.

 

En Cuba, que conste, Batista Moreno constituye el mayor émulo de Samuel Feijóo Rodríguez [San Juan de los Yeras, 1914-La Habana, 1992], en los pesquisajes de todos los valores encerrados por la cultura popular, en un hacer rumoroso que recorre otros territorios, con el propósito de conseguir refraneros, dicharachos, costumbres y hasta las nimiedades que sugen al instante.

 

Tal vez, ahí estribe el garbo periodístico y el ejercicio profesional que lo acompaña, y del por qué, con los años y el sedimento de una treintena de libros publicados. Méritos sobran a este hombre autodidacto, con una experiencia inabarcable en la realización investigativa y hasta en la profesión de gastrónomico, para sumergirlo dentro del franco diálogo.

 

Desde que lo intimé en amistad, dos décadas atrás, en un oficio que jamás desdeñó —como cajero-cobrador de una pizzería—, era un inquisidor en el «reclutamiento bondadoso» de ciertos «espías» que  lo nutrían de fabularios y de las pistas de personajes vivientes o fallecidos, con los que luego conformaba fichas  llevadas al papel impreso o las fotografías.

 

LAS LECCIONES DE FEIJÓO: Unos 30 años tenía Batista Moreno cuando entabló una singular relación de trabajo con el poeta, narrador y folklorista de San Juan de los Yeras, y juntos deambularon por los campos cercanos a Camajuaní, con el afán adentrarse en las tradiciones populares formuladas por las comunidades de isleños y sus descendientes. La misión: trasladarlas con ciertas individualidades de la narración oral a las publicaciones impresas.

 
  • ¿Cuáles fueron las aportaciones de Samuel durante casi una década de visitas ininterrumpidas a la vivienda familiar?

«Cuando entablamos las andanzas, sería en 1968 con el número 3 de la revista Signos, hasta el recuerdo del 36, último que confeccionó —perdido en el trasiego burocrático tras su repentina enfermedad en 1992—, dejó muchas historias, vías de ejecución de su método empírico de trabajo, muy similar al que yo utilizaba, así como el impulso de la promoción cultural y el sentido por lo justo.

 

«En algunos instantes sus enseñanzas fueron casi nulas, por el estilo investigativo que acumulé al verificarlo todo, para disminuir los márgenes de posibles errores por omisiones  involuntarias, y a veces se reía al asemejarme con una “tortuga”, cosa que contribuyó a que, con el tiempo, diera un acabado preciso al estilo, las historias y las vivencias recogidas en libros medulares como las compilaciones Músicos populares camajuanenses; Juan Ruperto Delgado Limendoux: combate poético; Paisaje habitado, así como las investigaciones Los bueyes del tiempo ocre; Ese palo tiene jutía o Yo he visto un cangrejo arando y...»

 
  • Eres un poeta trunco, tras los lauros que recibieron Componiendo un paisaje y Concierto para cuatro gatos. ¿Donde reside el calor de tus investigaciones?

«Precisamente en el lirismo escondido en las entrañas de los hombres, en sus mitos y leyendas, en las historias incólumes y delirantes de un pueblo como Camajuaní, que además te atrapa por la tradición folkórica. Ahora acabo de concluir Fieras broncas entre Chivos y Sapos, una amplia cronología e investigación sobre las parrandas, desde su surgimiento hasta el año pasado, y será como testamento a ese tipo de festividad y a las particularidades arraigadas en este territorio cubano.

 

«Historia, folklor y cultura, tal como conoces, siempre andan cogidas de manos, y por eso, al reconstruir el pasado retomo la memoria y confirmo un documento para el conocimiento colectivo».

 
  • ¿De ahí ese privilegio por lo periodístico?

«Sí, el periodismo es ciencia, y representa un soporte para la indagación y la pesquisa, en la cualidad científica —aunque mi metodología tiene sus particularidades empíricas alejadas de los conceptos tradiciones—, con la intención de comunicar un sentido a la inmediatez del que cuenta y narra la historia.

 

«En las labores de campo, parado en una esquina, ahora como editor de la revista Signos, antes como gastronómico, y también entre el susurro de las dísímiles aves pueblerinas de la campiña o atrapado en una guardarraya, la entrevista, tiene sus esencialidades en la búsqueda de los hechos y las circunstancias en que se debaten los hombres.

 

«No uso grabadora, sino tomo notas, hago apuntes, solicito fotografías, documentaciones, y por fin, después de agotar posibles dudas, satisfago las exigencias de los textos, para luego darlos por concluido tras el cotejo o el contraste de las fuentes».  

 
  • ¿Cuáles complacencias tienes, ahora que eres el principal testimoniante de las fabulaciones de Feijóo, como tesorero de mucha papelería cotejada con el tiempo, y estás amparado por lauros para Cultura Cubana?

«Casi todas vinieron como un golpe, después de los 60 años; pero no hay envanecimientos, sigo siendo aquel muchacho que atontado escuchaba historia, sentía gusto por el humorismo, la investigación, el choteo del cubano, el olor a tinta impresa —como en la época de las editoriales de Hogaño y del Museo Hermanos Vidal Caro—, del periodismo puntual y de gabinete, y soy absolutamente fiel a mi pueblo, ese que contra viento y marea conserva con celo sus costumbres y tradiciones.

 

«Por ahora no voy a fallecer. Debo a muchos, sobre todo a mi esposa e hijo la tolerancia por las desatenciones que incitan la investigación culturológica, antropológica y folklórica, a la vez que sostengo inalterables los recuerdos y la obra fecunda aquilatada por las constantes “samueladas”; y también a todos los que aún creen, como dijo el creador de Signos, que “'Si la naturaleza me puso aquí, ahí me muero”, con el humor y las enseñanazas diseminadas por cualquier trillo en que se desenvuelve el más sencillo de los hombres, al punto de considerarme un visitador de cualquier hora».

 Sin cerrar ningún capítulo, con una fecunda realización espiritual como escritor      —porque cada libro testifica un complemento del otro—, René Batista Moreno funge en cualquier predio con rango de visitado folklórico, en la disposición de  reconstruir y contrastar la historia contenida en la memoria del más anónimo de los mortales; distinción esa que acumula con marcado aprecio dentro de las cuestas propuestas para cada amanecer.                  


[1] Publicado con el título: «René, el visitador folklórico», en Vanguardia, xliv(48):6, Santa Clara, Villa Clara, sábado 8 de julio de 2006.