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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

Fieras broncas en Camajuaní

20061016222233-camajuani-2.jpgPor Luis Machado Ordetx ¡CHIVOS Y SAPOS, otra vez! Sí, van este fin de semana a la festividad folklórico-tradicional de Camajuaní, a unos 400 kilómetros de la capital cubana, y los hechos artísticos  retoman la memoria, al realzarse tras la publicación de otro libro, escrito por el investigador René Batista Moreno, donde aparece enriquecida la historia sui géneris entre los barrios contendientes de un típico o exclusivo encontronazo cultural que, aún el siglo de existencia, rutila asombros para coterráneos y visitantes. Fieras broncas entre Chivos y Sapos, texto de la Editorial Capiro, en Villa Clara, amplía las indagaciones que realizó el autor, principalmente contenidas en la recopilación  Las parrandas de Camajuaní: Cronología de carrozas, cantos de changüís, anecdotario humoríostico, pubicado en 1979, fecha en que culminó una parte del estudio sobre esas lides populares, nacidas aquí hacia 1894 con los influjos etno-artísticos aportados por los residentes en San Juan de los Remedios, casi al poco tiempo de erigirse como pueblo español en 1513. La región del centro del país, desde su tronco fundacional en la Octava Villa de Cuba, dió lugar, a mediados del siglo xix, a  trascendentes festividades interbarrios, en zonas de San Antonio de las Vueltas, Placetas, Caibarién, Encrucijada, El Santo, Calabazar de Sagua, Quemado de Güines, Falcón, Guayos, Mayajigua, Chambas, Punta Alegre y Morón, por citar sitios donde la parranda, con sus particularidades identitarias, crece por años. Eso también confirma, desde su punto de vista, la investigación La Parranda, de Jorge Ángel Hernández Pérez, y lo subraya el historiador Juan Manuel García Espinosa en Parranda y Chambelona, editado en 1982, al suscribir que los balbuceos, por organizar ese tipo de fiesta en Camajuaní, parten de 1890, cuando por vez primera en el periódico El Número 13  —dirigido por José Vidal Caro—, menciona en una gacetilla esa voz originaria, con el propósito de acentuar el modo en que comulgaron «Puntos, parrandas, guitarras, &. &.», propias del bullicio constante de un pueblo dispuesto a la festividad. La prosperidad económica de Camajuaní creció, a finales del siglo antepasado, por la producción azucarera y mielera, dice García Espinosa, quien, además, refiere una cronología mínima,  retomada y ampliada ahora, entre un texto y otro, por Batista Moreno. Uno de los méritos capitales de Fieras broncas…, estriba en aportaciones testimoniales, la vasta documentación factográfica, y la composición estilística enriquecida con la voz auténtica de los testimoniantes y los anecdotarios. Sin negar las aportaciones historiográficas de los textos anteriores, este libro, como hecho artístico de tipo folklórico, lleva implícito anecdotarios que van desde los modos en que se fomenta la parranda, sus cantos, vestuarios, carrozas de gran alcance, hasta publicaciones, pasquines y... Tal vez, vengan como un recuerdo a las festividades ancestrales españolas que ocurrían de manera ininterrumpida a finales de cada año, en la víspera de navidad. El volumen, atestigua a Batista Moreno, acucioso investigador, y dicharachero por excelencia, como culminador momentáneo de una historia que por un tiempo indagó, y que de cierta manera también recogió y dejó trunca desde su parecer García Espinosa. Hasta el 2005, el pasado año, está la cronología contenida en el libro, a la vez que suma un abultado anecdotario de los parranderos —el grueso fundamental de la investigación—,y luego retoma declaraciones de hombres que fungieron como «cabezones» encargados de hacer divertir a la gente que figura como observador-parcial polémico del suceso cultural. Batista Moreno suma una trascripción musical de algunos cantos tradicionales de los barrios Chivos y Sapos, y remata su texto con el acápite de «Carrozas por año», donde detalla el tema y los motivos que originaron su surgimiento desde 1894 hasta el 2005. Presenta, asimismo, particularidades de las construcciones arquitectónicas y estructuras humanas recreadas en las carrozas, y remata con un acuse de toda la bibliografía utilizada, extraida de archivos privados. Esos espacios, de Fieras broncas entre Chivos y Sapos, revelan el sentido del redescubridor de la historia, a partir de la papelería y el testimonio, para restituir  un universo folkórico, movido quizás, por los contornos del pasado y el presente de particularidades folklóricas ceñidas a una singularidad: el ser parranderil del camajuanense.              

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