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Tapetes de entendimientos

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Contrarréplica al comentario «Cultura entre bocinazos»

Por Luis Machado Ordetx 

Alarmados, sin respeto al otro, y hasta hirientes en el vocabulario utilizado, una parte de los directivos de la casa de cultura Juan Marinello, en Santa Clara, decidieron, con todo derecho, y sin el menor reparo, replicar el comentario ¿Cultura entre «bocinazos»?, suscrito por este periodista, y publicado en la págida dos del sábado antepasado.

 Muestran inconformidad por la mención a una actividad  —denominada Revista Dominical Juvenil—, con aceptación de público, alegan, enfrentada por estridencia y volumen de los audios, a una similar, organizada frente al teatro La Caridad, justo en una tarima que suple las funciones del vetusto teatro.

¿Quiénes organizan ambas actividades?: Cultura y sus respectivos representantes en la institución o el municipio. Entonces, lejos de contribuir a la eficiente programación y relación público-artista, con buenas intenciones, una u otra tienden a dañarse en sus contenidos y alcances.

 

Así lo ve el escribiente, y como tal sostiene su punto de vista, y alerta, además, a otros organismos estatales y hasta privados que, con sus bocinazos, afectan la tranquilidad de cualquier hecho artístico o público.

 

Argumentos contrarios exponen Diana Vázquez Canfux, Lourdes Santos Díaz y Mabel Chávez, directora, secretaria del núcleo del Partido y de la sección sindical en esa institución cultural, respectivamente, quienes dirigiron una carta al periódico.

 

En el comentario no hay cuestionamientos al trabajo técnico-metodológico del centro, incluso a su programación válida y efectiva desde los portales y extendida hacia el Parque Vidal, y mucho menos referencia a la recepción de aficionados, artistas y público en general. Tampoco se detiene, aunque lo menciona, el estado ruinoso de algunas de las edificaciones aledañas.  

 

¿Qué lo animó a escribirlo? Llegar a un consenso para eliminar entuertos provocados por el enfrentamiento, casi a una idéntica hora y día —pasada las nueve de la noche de los domingos últimos— entre la música mecánica que se difundía desde la casa de cultura y la programación existente en la plataforma  frente al teatro La Caridad.

 

 Uno u otro debía suspenderse, pero los dos a la par, lejos de concentrar, se dañan en sus recepciones por las posibilidades acústicas que facilita  una plaza abierta —el parque Vidal—, capaz de encerrar el sonido por las alturas de los edificios que la rodean.

 

El domingo 10, fecha en que reparé sobre el asunto, la (s) bocina (s) de la Juan Marinello, con su operador al frente y dos o tres trabajadoras sentadas, propagaban números de Paulo F. G., mientras en el otro extremo, un público mayoritario, apreciaba del espectáculo danzario-musical.

 

Dicen en la carta «[...] De haberse detenido unos segundos ante nuestro inofensivo autoparlante (no es un error, era un solo baflecito) el periodista habría sabido de qué iba nuestra actividad, solamente le adelanto que nuestra actividad iba en coherencia absoluta y extrema con la misión institucional de nuestro sistema 

 

No, la actividad «iba», y fue a costa sólo de los pocos transeúntes que pasaron por allí —sin animador o comunicador delante—, así como de interferencias constantes que provocó en la eficacia de un hecho artístico dirigido por especialistas del sector al que pertenecen todos los trabajadores involucrados en ambos programas: Cultura.

 

Después continúan: «[...] últimamente necesitamos realizar mayores esfuerzos para que dicha apreciada actividad pueda realizarse con la calidad que merece; cada vez, en la tarima situada frente al teatro La Caridad, aparecen grupos que son avalados por otras instituciones y que a través de un producto no todas las veces realmente artístico ocupan con sus ofensivos altoparlantes la comunidad sonora del ámbito del parque Vidal. Ese producto ha sido programado por otras instituciones —le repito—, que no es específicamente la Casa de Cultura, institución que no debe por tanto cargar con la responsabilidad que el comentarista le atribuye».

 

La calidad, de uno u otro acontecimiento artístico, y su trascendencia, jamás estuvo en la mirada del periodista. Lo importante se apreció en el debate sonoro que establecieron, casi simultáneo, las dos funciones culturales. ¿Cómo situaciones de ese tipo ocurren en un sector empeñado en educar e instruir? Pensé, y entonces alerté.

 

 Sin embargo, la réplica remitida tiene razonamientos casi antagónicos: por una parte reiteran la baja calidad de los espectáculos de la tarima, sitio donde se aglomera público, por la otra, a capa y espada, defienden el derecho de la casa de cultura para difundir en ese horario  música mecánica, aun cuando en el lugar solo se detengan las pisadas de los transeúntes. Por último, al margen de agredirme con palabras soeces, tienden a justificar que el exceso de volumen  —contrapuesto entre ambas actividades organizadas en nombre de la Cultura—, jamás resultan dañinos, incluso hasta al oído humano.

 

Creo, y ojalá esté errado, hace un tiempo atrás la Sectorial Municipal de Cultura en Santa Clara —municipio donde está enclavada y dirección a la que pertenece la institución reclamante—, efectuó sesiones de trabajo para analizar y afianzar las acciones de programación, y que allí se esgrimieron soluciones sabias, no acordes con lo expuesto. Entonces, ¿cómo ignorar su instrumentación? ¿Hay o no razones para entablar acuerdos entre una y otra institución que programa a idénticos horarios acciones en el parque Vidal?

 Eso sería lo correcto, para llegar a un consenso que, lejos de acusar de «manipulador» al comentario, ofrezca a los directivos de la Cultura la justa razón, ante la mirada crítica, en aquellos que, al parecer, no discurren de modo plausible en el entendimiento.    

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