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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

TAN (DE ARMAS)

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Por Luis Machado Ordetx

 

(Testimonio del declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz, integrado al dossier del investigador).

 

 

                                                             

 

El olor a madera podrida, esa que recala en la orilla, siempre rociada del salitre y el vaivén y el frescor que traen las olas, extasió a Ramiro de Armas, un poeta que desde Caibarién desafió con los versos las desdichas humanas, tal como acarreó un seudónimo que lo trasladó, junto al enflaquecimiento físico, el alargado cuello y la aquilina nariz, a las plazas menos agrestes que fomentaban ánimos literarios.

 

No sé por qué de la existencia del mote, aunque decía: «Soy de Armas tomar». Su auténtico calificativo: Ramón Arenas Hernández,[1]  sencillamente Tan, apelativo llano que circuló con revelada insistencia por Santa Clara, La Habana o Manzanillo y otros territorios, donde procreó historias, propagó escritos y difundió a los cuatro vientos metáforas endiabladas que, en idéntica medida, penetraban en la idiosincrasia y enfilaban hacia el goce de la espiritualidad rastreadora e hipercrítica.

 

Fue un creador espontáneo y natural por el conocimiento de la perceptiva literaria. La avidez particular empeñada en instruirse en los más disímiles instantes, lo cautivó a  andar por círculos literarios en los que persistentemente siempre encontró a amigos leales. Todavía aquí tengo escritos de aquel tiempo, donde, sin importar la virginidad de las hojas, estampó versos con una caligrafía impecable, mientras en otros  mecanografiados se testimonian similares sellos de originalidad.

 

Afanoso perseguidor de las sesiones teóricas y las tertulias del Club Umbrales, y también de las existentes en el Central Merceditas y del encuentro con Navarro Luna, en Manzanillo; recibió, además, una hospitalaria acogida de Ody Breijo en Artemisa o el topetón con Raúl Ferrer y Onelio Jorge Cardoso, en Yaguajay, al tiempo que recorrió  las peñas personales y disfrutó de la poesía que animó Arturo Doreste, allá en Santiago de las Vegas.

 

Tipo humilde el amigo Tan, forjador de un verso insólito que marcaba desgarramiento alejado de cualquier soledad, aunque fuera un parto angustioso con un fragmento de la realidad. Encontrarlo en Caibarién o Santa Clara, constituía un disfrute, un estado de silencio, de reflexión introvertida y de ocurrencias sinceras y nobles.

 

Así lo percibí en la Imprenta «Muñiz», en los afanes tipográficos, rodeado de cajas, grabados, máquinas y papelerías que ordenar, y lo aprecié como vendedor ambulante de huevos o como bodeguero en momentos en que el hambre familiar aprentó de una manera desmedida. Cuando arribaba cualquier amigo poeta, de pronto, saltaba de euforia, y no lo «desclavaba» hasta que por último leía sus versos más recientes.

 

 Bien que lo traigo a la memoria cuando acudía a los recitales diarios de poesía negra que yo difundía por la emisora CMHX, en Tristá y Virtudes, aquí en esta ciudad. Luego íbamos juntos al diálogo diáfano con otros escritores. Siempre traía nuevos textos, para mostrarlos con un aire campechano y auténtico, en la lectura sincera.

 

Gozoso, arrancaba a las necesidades familiares, algún que otro centavo, reunido en el afán de financiar la publicación de los libros de versos -casi todos impresos en Tipografía Americana, Rumbos Nuevos, en Caibarién-, y en el propósito venía obsequioso hacia los amigos para mostrar la prenda lírica.

 

El Luchador, un periódico de Uruapan, Mich, República Mexicana, sacó un comentario de Pedro Escobedo, tras la impresión de Cromos en Arte Menor,[2] texto que fue reproducido a los pocos días en La Publicidad, en Santa Clara, donde el crítico precisa determinadas características intrínsecas a los valores poéticos que, por un tiempo, persiguieron a Ramiro de Armas en el hacer literario.

 

Dice: «[...] es un pequeño volumen de poemas que cantan, que revelan, que consumen en su esencia, la vida, las costumbres y el sentimentalismo de los negros.

 

«Ramón Arenas Hernández, llama a sus poemas "versos negros" y modestamente subtitula su obra calificándola de "Arte Menor". Nada de eso: en la obra de Ramiro de Armas no hay "Arte Menor", sencillamente porque el Arte, en cualquiera de sus múltiples y policromas manifestaciones, siempre es Arte: sublimidad, belleza estética, perfección y precisamente en el difícil estilo que aborda el magnífico poeta, hay todo eso.

 

«Profundo observador, penetrante auscultador de las costumbres e idiosoncrasia de los negros, Arenas Hernández, poeta-psicólogo, describe con singular atino, con vívidos tintes y con melódico y armonioso estilo, los mitos, las gracejerías, las penalidades y el estoicismo de esa noble raza de bronce.

 

«[...] Arenas Hernández plasma la rumba; ese baile afrocubano, frenético, sicalíptico, ardoroso, pero salvajamente bello que cultivan en su tierra con frenética devoción los negros, y que pasando mares y fronteras, ha invadido los más aristocráticos salones del orbe entero[3]

 

Un año después Ramiro de Armas afincó otro parto poético, con la singularidad y la estridencia que el anterior: Cartones de la zafra; pero en 1941, con Yo canto a La Habana, tocó el punto de cristalización literaria. Diferentes elogios, y también críticas, recibió por todas partes. Esos instantes los asimiló con humildad, propio de su temperamento.

 

Todavía con el frescor de la tinta de la editorial Rumbos Nuevos, de Caibarién, La Publicidad, en Santa Clara, fue escenario del aplauso. Onelio Jorge Cardoso, el amigo cuentista, reseña y expone:

 

«Yo no sé hasta donde es posible la legitimidad del verso y hasta del poeta mismo. No podré hablar precisamente de lo que no sé; sin embargo todo camino que sirva para conducir a una gran verdad colectiva e individual me parece bello, y justo esto me sucede con el nuevo libro de Ramiro, intitulado Yo canto a La Habana. Si tuviera poderes para hacer reparos sobre técnica de poesía -valga el atrevimiento- confieso que lo guardaría para otra ocasión, cuando se tratara de otro libro, no de éste, pleno de injusticias irreparadas y de punzantes angustias, libro que acusa a una Ciudad. A la Ciudad que vuelve su espalda a los hombres sin pan y sin techo. A mi me gana la tremenda sinceridad de Ramiro de Armas, que entre el cenáculo de angustias humanas da a cada ente su apretada ficha de animal herido hasta la entraña.

                                          «Todas las voces callaron...

                                            La capital surgió entonces,

                                            como una entraña doliente.

                                           ¡Callaron todas las voces,

                                           y sobre el grave silencio,

                                           -propiciación de la noche-

                                           rompí mi angustioso pecho,

                                            sellé mis labios salobres...»

 

«Ahora, me pregunto: ¿Hasta dónde estamos en deber de agradecimiento al poeta que se indigna ante el crimen del hombre? Piénsese que Ramiro es padre, económicamente desposeído, y sin embargo ha hecho el sacrificio enorme de su libro. Este es nuestro buen Ramiro de Armas, un hombre largo, quijotesco, que vive y espera en Caibarién[4]

 

En esa edición suscribí: «[...] esa Habana de puestos y fondas de chinos en escandalosa profusión, de prostitutas enclaustradas tras la tupida malla de un postigo demasiado pequeño para asomar su gran tragedia. La Habana de emisoras atestadas de artistas pedantes y pepillería vacía que corre tras las mariposas del autógrafo anhelado , -esa Habana de estrechas calles-, demasiados ruidos; ¡tanto maraquero, tantos vendedores, tantos cines incubando desvergüenzas, tantos policías de tránsito    -detectores de esquinas-, tanto ir y venir hacia miles de rumbos, tanta miseria buscando una reja pequeña por donde asomar la garra para atrapar el mendrugo-, fieras agazapadas en jaulas de oros, tanta HAMBRE que la cámara fiel de tu libro ha llevado al lienzo del mundo, hábil cameraman de tanta podredumbre, Ramiro de Armas!..[5]

 

Fíjate, pasaron los años, y aquí tengo detenidos algunos versos inéditos que, desde Caibarién o La Habana, remitió Ramiro de Armas. No me cansaría en resaltar aquella acuñación: «cámara fiel de tu libro», y destacar su percepción cinematográfica para enfocar el desgarramiento interior que el amigo Tan siempre exhibió en los poemas o las más elementales estrofas que compuso.

 

Luego, por cuatro años seguidos, se sumó a otro empeño: la revista Archipiélago, una voz de tierra adentro para el Continente, proyecto que, con el ánimo de Quirino H. Hernández, Antonio Bucheiro Ciaffi o Clotildo Rodríguez Mesa, erstremeció desde la Villa Blanca a otras partes del mundo.[6]

 

Con Ramón Arenas Hernández, para algunos Tan, y para otros, simplemente Ramiro de Armas, siempre habrá una impagable deuda para tributarle un justo reconocimiento por las contribuciones que traspasó al campo de la poesía; por los sacrificios financieros que se adjudicó con la publicación de sus libros y por la animación cultural que encarnó, no solo en Caibarién, su ciudad natal, sino también en otros sitios.

 

Revivirlo es imposible, pero recordarlo constituye un mérito, por los temas y recursos que emprendió en poesía y periodismo. Nada se fugó de la pupila, y en los instantes de meditación profunda, siempre dispuso de un tiempo para reconstruir la realidad a partir de las enseñanzas impartidas o acumuladas por una memoria a prueba de perfección.

 

Nada le pertenecía: aquí amontono cartas, saludos, poemas y fotografías transferidas con la virginidad del primer día. En papelerías los tópicos dibujan el paisaje costero, las angustias del hombre común, el grito silencioso del amor, la perfidia de la vida, la discriminación racial, el canto al futuro y la rebeldía perenne ante las injusticias sociales.

 

Permite que, entre esos documentos, resalte uno, confeccionado en una servilleta del Hotel Comercio, de Justa 28 esquina a María Escobar, Caibarién, y fechado en La Habana, octubre de 1938:

                      

«Yo soy un poble niño»

 

Yo soy un pobre niño de mirada perdida,

                que se extasía en la noche, contemplando la luna,

     y en el fondo del alma llevo escondida una,

      nostalgia incomparable que me legó la vida.

                      En lo más hondo sangra -como una fresca herida-,

                                       el dolor de una sombra importuna,

         por la torva miseria que, imprevista se acuna,

            en la senda inconforme , a mis plantas tendida.

                                        Llevo mis sueños rotos,

                                        en la mano me brotan cuatro palabras,

                                        sordas, de los labios,

                          y azotan mis pupilas veladas, aires de noche en calma.

        El tormento me anima a cantar las tristezas,

           y la existencia cruzo, por las turbias malezas,

               como un enorme buitre, arrancándome el alma.[7]

 

En algunas prosas poéticas que escribí, sobre diferentes temas, a mediados de la década de los años 40, hay una dedicada a Tan, y allí especifico determinadas características que lo acompañaron como persona. Ahora, como lo solicitas, la refiero:

 

«Tus manos tiernas siempre en restañar heridas, esparcen a los vientos hermanos de la tierra, el semillero prodigioso de tus palabras tibias, y el licor ardiente que anda por tus arterias sería festín precioso al útil trajín de las abejas...

 

«Siempre sobre el rencor y el ultraje alevoso, al volar de la rama tranquila de tus labios, la mariposa alegre de tus palabras buenas, dirías como el bondadoso educador Fray Luis, al iniciar parábolas y enaltecer virtudes: "Como decíamos ayer..., ser bueno cuesta poco y el fango no se ha hecho para lanzarlo al viento, al rostro, a la conciencia..."»[8]

 

Todos, unos y otros, vinculados al Club Umbrales, y frecuentes a reuniones en diferentes territorios cubanos, asumimos la costumbre de intercambiar nuestros últimos escritos, y hacer críticas respectivas. Ramiro de Armas, cuajado ya en un estilo propio, siempre llegó con el oído presto y un inconfundible rostro de fidelidad a la lectura de sus textos.

 

Tal vez, con una voz pausada, nítida del que apenas quiere hacerse notar, aun cuando la camaradería lo impulsara a precisiones, este lírico de Caibarién, probó por siempre que, desde el conjuro de los maderámenes  sucios y olorosos por el contagio del salitre, sencillamente era, para todos, un hombre Tan (de Armas) en su existencia perpetua.  

 

 

 



[1] Ramón Arenas Hernández: [Caibarién 1904-Id, 1986]. Poeta, periodista y animador cultural.

[2] Ramiro de Armas (1937): Cromos en Arte Menor, Tipografía Americana, Ediciones Rumbos Nuevos, Caibarién.

[3] Cfr. Pedro Escobedo: «Vanguardia cubana», en La Publicidad, 34(12094):2, Santa Clara, Las Villas, lunes 15 de agosto de 1938.

[4] Onelio Jorge Cardoso: «Un libro y un carácter: Ramiro de Armas», en La Publicidad, 38: (13053):1-2; Santa Clara, Las Villas, miércoles 29 de octubre de 1941.

[5] Severo Bernal Ruiz: «Un rincón literario: palabras a Ramiro de Armas: Yo canto a la Habana», en La Publicidad, 38: (13053): 4, Santa Clara, Las Villas, miércoles 29 de octubre de 1941.

[6] V. Diccionario de Literatura Cubana (1980): t. i, pp. 65-66, Editorial Letras Cubanas, La Habana.

[7] En Manuscrito, en Archivo del declamador. El autor conserva una fotocopia.

[8] Severo Bernal Ruiz: «Tan», prosa poética. [Inédito, en archivo del autor.]

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