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!PUEBLO!

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 «[...] Patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísimo y consoladora de amores y esperanzas

 

                        José Martí, 1873

 

Por Luis Machado Ordetx

 

Rutila un idéntico pensamiento al de antes, cuando allá en Bayamo, previo a aquel 20 de Octubre, el ánimo se dispuso a la melodía, la orquestación y la letra de un convite que alertaba a la vida o la muerte, y apareció la palabra encendida: «Del clarín escuchad el sonido⁄ ¡A las armas valientes corred!», sin que existiera otra alternativa al ser propio, a lo nacional.

 

Pergeñados conceptos de otros, persisten en nuestro lecho, desde entonces, como sentimiento de pertenencia muy difícil de despojar, y concordaría con Marinello en la cualidad de un crujido en que se «[...] Atisbaron el alma criolla a través de la conmoción que produjo el ansia de independencia política»; suceso que, en lo previo, Fernando Ortiz detalló como «[...] cubanidad [...] peculiar cualidad de una cultura, la de Cuba. Dicho  en términos corrientes, la cubanidad es condición del alma, es complejo de sentimientos, ideas y actitudes...»

 

Ahí, en «Los factores humanos de la cubanidad», la conferencia que dictó el martes 28 de noviembre de 1939 ante estudiantes de la Fraternidad Iota-Eta, asistentes a la Universidad de La Habana, remarcó que «[...] no basta para la cubanidad llanera tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte; aún falta tener la conciencia; [y] son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser...», sobre todo en tiempos de definición, de dilemas, de confrontación y trascendencia de voluntades para jamás claudicar ante lo propio.

 

Ya en la juventud, Martí desde la exclusividad de lo individual, cotejó el camino hacia lo universal en que se inserta una identidad, una personalidad colectiva en días en que «nacen mayores deberes», tal como subrayó Marinello al confirmar allá en 1946 en el Teatro Municipal de Caracas que «[...] Ahora el ansia colectiva -política- está en ser, en existir como grupo amarrado al ayer por raíces tradicionales y bien empujado al mañana por las vías de un destino común.»

 

Luego clarificó más su formulación: «[...] Lo irrenunciable es imponer nuestro derecho histórico a un desarrollo económico libre y democrático a la altura de los tiempos y, sin interferencias extrañas», y ahí, a renglón continuo destaca que «La unión de nuestros pueblos ha andado sobre obstáculos, cuando no sobre escombros; las razones para ello ha sido tan tercas que no han podido salvarlas las más clarividentes intenciones. Nuestros padres vivieron preocupados del rompimiento de nuestra aldeanidad; pidieron un pedagogo en cada escuela y un ingeniero en cada estancia. Los habrá. Pero a vueltas de un espíritu tan poderoso y radical que tenga fuerzas para entender y transformar, para exaltar y conducir, para cuidar de lo inmediato sin olvido de lo trascendente...»

 

Esa ruta fue re(tomada) por la intelectualidad cubana, y junto al pueblo, se mantiene aferrada a los baluartes soberanos de su cultura y el esplendor del arte y la literatura; territorios, además, en los que se mueven representantes democráticos, humanistas y progresistas de Latinoamérica, seguidores ahora y por siempre de aquellas distinciones, que desde el florecimiento del ideario bolivariano y martiano, persisten en una encrucijada que tiende a lo propio, lo que identifica todos los derroteros de lo nuestro desde una perspectiva cada vez más antiimperialista y ciudadana.

  

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