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LENNON, AL PIE DE LA RAZÓN

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Por Luis Machado Ordetx

 

Fue un lunes 8 de diciembre de 1980: el mundo se conmocionó, a la entrada del edificio de apartamento Dakota, en Nueva York,  el fanático Mark David Chapman disparó «a boca de jarro», contra el ex Beatle John Lennon, y lo dejó sin vida para acallar los pronunciamientos de una figura emblemática en defensa de la paz, los derechos civiles del hombre, el amor, la amistad, la excelentísma música y el enfrentamiento a la injerencia económica, social o política en los destinos de otros países.

 

Mientras Chapman, el autor del magnicidio, cumplió su condena de 20 años en 2000, y aún permanece en el Correccional de Attica, al negársele en cuatro ocasiones la  libertad condicional debido a la «naturaleza inusual» y violenta de su delito, cuantos crecieron con la música de Lennon y sus coetáneos, tienen fresco momentos en que desde centros universitarios, plazas o calles cubanas, escuchaban escondidos aquellas estridencias que venían de lo mejor del rock, el jazz y todas sus derivaciones y ritmos country en los que siempre predominó el idioma inglés como medio efectivo de comunicación.

 

Por tiempo, hablar o escribir en inglés era un pecado, como un violador de Pr 4.26: «Que tus ojos miren lo recto y que tus párpados se abran a lo que tienes delante», y mucho menos se podía  pensar en rúbricas del denominado arte en la piel (el tatuaje) o profesar credos religiosos, por incompatibles que fueran o distender el pelo en el sexo masculino, tal como uno quisiera.

 

Estudiantes de carreras de Humanidades, aturdidos por el latín, el griego y el francés de las clases, y también de Gramática Española, junto lecturas del boom de la Literatura Hispanoamericana, escapábamos para empaparnos con las lecturas de la primeras ediciones, casi clandestinas hechas por el infatigable Samuel Feijóo de las novelas  Paradiso, de Lezama Lima, así como los ejemplares que llegaban de Tres Tristes Tigres, de Cabrera Infante, los rumores de la Montaña Mágica de Thomas Mann, y las piezas magistrales de Joyce, Proust, Tolstoi, García Márquez o Rulfo...

 

Juntos, casi pegaditos, se sentían sonidos, en latir inconfundible de cada cual, de Chicago; Blood, Sweat  & Tears, Electric Light, Five Dimenssion, Jaco Pastorius, Ray Charles, Gillespie, Tears for Tears, y no sé cuanto estridente, melodioso y de pegada mundial llegara a nuestras manos.

 

Como pensar en esos tiempos de agrupaciones cubanas que abordaran esos sstilos. Era como una osadía. En un litigio de trueque, de aula en aula, porque apenas la música en inglés se difundía por la radio nacional y mucho menos por la televisión, gozábamos aquellos instantes, casi inolvidables, mientras que esa lengua universal, madre, como todas las lenguas, de los pueblos, se afiebraba en el oído de una generación que cobraba signos perdidos entre manuales rusos de teoría marxista-leninista apagada por la práctica social.

 

A muchos se endilgó un cartelito: «Tienes problemas de tipo...», como si el arte tuviera una sola patria y no la identidad universal de los pueblos, su masa nutriente, desprovista de una bandera, un signo, y una fusión: la realidad misma de la cultura latiente de la idiosincrasia común, esa que se insufla en piezas de Mozart, Chaikovski, Cui, Glinka, Rimski-Kossakoff, Beethoven, Wagner.

 

Idéntica dimensión que encuentro en los ritmos cubanos, transportados por el sentido magistral de los negros africanos, de los españoles de diversos lares de la Península y de los Chinos migrantes que como mano de obra barata fueron contratados, bajo signos de explotación, para trabajos forzados en la isla en tiempos que la trata negrera y los adelantos científicos impusieron trabas al sostenimiento de la esclavitud.

 

No por gusto esa riqueza que extrajo Alejandro García Caturla, Nim-Cumell, Roldán, y los de Renovación Musical a sonoridades que se escaparon gracias a la universalidad ilímite, como ocurre en las escrituras poéticas de Guillén, Regino Pedroso, Ballagas o Carpentier, textos en que la música se hace amante de la sonoridad de la palabra, con ritmos y cadencias.    

 

Hoy veo el monumento a Lennon, profanado varias veces en una amplia plaza del Vedado habanero, y recuerdo cuánto tiempo ha pasado del magnicidio de Nueva York, y pienso que en los signos de locura de Chapman está la voracidad individualista, no solo de un sistema, sino de una sociedad, dispuesta a segar la actitud de un hombre ante la vida, por el solo hecho de  revolucionar la música, desde temas hasta sonoridades,  y dejar una influencia que nadie ante la historia.

 

Muchos de los amantes villaclareños, a unos 270 kilómetros al este de la Habana, reunidos en el Centro Provincial de Patrimonio -auspiciados por la Sociedad de Arquitectura de la UNAICC-, en la calle Céspedes 10 esquina Plácido, en Santa Clara, traerá otro día de vida a John, y dialogan, rememoran sus canciones, acontecimientos, las giras internacionales y discutirán y difundirán, ya no escondidos, como antes, los textos antológicos escritos por los Chicos de Liverpool.

 

Este sábado también recordarán allí en aniversario 27 de la muerte de Lennon, y de invitados especiales estará el trovador Alaín Garrido, integrantes de la Compañía Danza del Alma                   -anfitriones de la Tercera Temporada Para Bailar en Casa del Trompo-, y el Trío Raptus. También se exhibirá un documental que contiene el concierto homenaje al creador de «Imagine», efectuado en Nueva York en octubre de 2001.

                                               

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