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MÉNDEZ, SIGILOSOS TESTIGOS

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Por Luis Machado Ordetx

 

 

Palabras al catálogo de la exposición «A-Tendiendo a Personalidades», de los humoristas Pedro Méndez Suárez y Janler Méndez Castillo, inaugurada esta tarde del 14 de julio en la Casa de la Ciudad de Santa Clara en la víspera del aniversario 320 de la Fundación de este asentamiento poblacional ubicado a 268 kilómetros al este de La Habana.

 

 

Los Méndez2,  distantes del apellidar, son terribles y silenciosos artistas en presagiosas litis de informadores. Con tablilla en mano -papel virgen y lápiz afilado-, andan desperdigados para "denunciar", desde el presente hasta el futuro, al inquilino de ocasión: heterodoxos los que maliciosamente soportan el bojeo y el escruto del gesto que delata.

 

Aseguro que ellos, con demasiada prontitud y sin ningún tipo de mojigaterías, situarán en la hoja blanca una máscara, un tatuaje, como «forma más lograda del reconocimiento»; tal como en cierto instante insinuó Lezama Lima cuando convocó a las naturalezas del rostro.

 

¡Claro!, el alma del guajiro atento a escuchar conversaciones, a hurtar el referente, entró con absoluta seguridad a Janler, un jabao lijoso, por los genes importados desde el recóndito Báez; y Pedro, el misionero progenitor, dijo, «A buen ángel, mejor testigo», con lo que patentó a su haber la caricatura que persigue la individualidad en el recuerdo de un retrato          -legítimo close-up- alejado de cualquier intencionalidad ridícula y desproporcionadora de la gracia y la perspectiva abstracta.

 

En el hallazgo de la memoria, esa que plasman en lienzo después de desechar bocetos, de autocensurarse por medio de la corrección de las líneas, de la síntesis de excelencia, resurge como acto de magia el rasgo aislado, la fisonomía. Entonces, brota un poseso distante de dimes y diretes en el legado de una psicología, la del caricaturizado; y por supuesto, aparece la opinión en la sugerencia.

 

La versión humorística de los Méndez -padre e hijo- reside ahí; en el encuentro; en decir lo que quieren y desean por medio de líneas, del color, y también mostrar un discurso pletórico de hechicerías, de desvelos, de ironías escondidas por la síntesis visual y los enjambres de apasionamientos.

Persiste una exaltación del código reconocible; por eso la caricatura personal se antoja como una reflexión oportuna  en torno a las actitudes y la psicología del "triste" elegido. Ellos, después de sudar en silencio, ríen; y lo hacen en el decoro de la socarronería fundada por el ojo avizor que florece en la intuición de lo cómico, y también en la comprensión pública.

 

Azorín dio el estampido anunciador de esa lógica contemporánea al afirmar sin ambages que «La marcha de un pueblo está en la marcha de sus humoristas»; razón que asientan Pedro y Janler cuando comulgan en el asentimiento de quienes, de un modo u otro, durante el decurso de nuestras cotidianidades dejan o confirman una impronta intelectual en el acervo de la cultura de esta ciudad.

 

Otra vez el sentido de Santa Clara y la pertenencia de los viajeros o emigrados, queda atrapado en los corredores de esta vetusta Casona; los salones perciben el asedio de "tendederas" burlescas  que imponen la preñez y el pacto entre el óleo y el acrílico tras una sabia decantación del boceto desechado por la sensatez del juicio que indagó un capítulo gestual: las huellas denotan una intencionalidad en la (des)proporción del discurso gráfico que husmea un ávido espectador.

 

Atrás, desde el minuto que se fugó, por supuesto, quedó la impresión semiclandestina, de "maridaje" en solitario, de encontronazo poco placentero entre los Méndez; y de la línea y el aspaviento, emana por siempre el universo individual y psíquico del caricaturizado.

 

Nadie niega que esos artistas coronen un inusual binomio que, desde hace un lustro, en cada julio, confluye gustoso, con empaques y laureles, al depósito de un proyecto -ese que nombran A-Tendiendo a Personalidades-, para, más que reír, repasar ante una huella imperecedera.

 

Todo se agita al descorrer el velo: no solo dentro del conocimiento de los 25 "elegidos"; sino, también en la mirada del ingenuo concurrente que antes percibió y guarda en la memoria otras 160 caricaturas preñadas de una versión humorística; no hay rubor, y sí examen de conciencia frente al espejo.

 

Por suerte, la fijeza jamás se detiene en el cuerpo, sino en los rostros; por fortuna, sin embellecer al individuo o acentuar aún más lo risible, la composición comunica un sentimiento de gracia. Diría más, ¡afortunado el que quede atrapado por el campo visual y el ingenio artístico que aúna el padre, y también el hijo!

                                                   

 

 

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