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BALLAGAS ENTRE DOS AGUAS

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Por Luis Machado Ordetx


Fragmento de un capítulo de «Ballagas en sombra», Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 2009, en el género de ensayo. Cartas a Severo Bernal Ruiz testimonian aspectos relacionados con la impronta de Emilio Ballagas Cubeñas [Camagüey, 1908-La Habana, 1954], considerado un relevante escritor cubano del pasado siglo.



 «[…] el instinto de la muerte y el sentido de culpa llega a ser aparente…» 

   H. Marcuse

Desde el más extraño de los territorios cubanos o extranjeros, en disímiles momentos, surgió una extensa, aclaratoria y sugerente mensajería, dirigida a Santa Clara por amigos, admiradores o conocidos de Severo Bernal Ruiz; y escritos contenían en reclamos por acentuar una referencia, tal vez sencilla, sobre la obra poética y literaria de Ballagas; así los comentarios al margen de lo sensato e informal tienden a ilustrar argumentos, como archivos de noticias.

Esas valoraciones convidan a una explicación despojada de cualquier otra duda o confusión, y deslindan aspectos relacionados con el contexto espiritual, individual y creativo en que se desenvolvió el poeta camagüeyano.

El viernes 21 de junio de 1946 Gilberto Hernández Santana, antes de viajar a México, territorio en el que pretende organizar la revista y el Grupo Uliysses, escribe desde La Habana,1 y precisa: «[…] Ayer anduve con Emilio. Prometió darme unas cartas para allá. Gozamos muchísimo. Él piensa ir el día 27 a Villaclara y luego se va para los EE.UU. ¿Qué te paíce  (1)

De la aparente sugerencia hay un traslado a la literatura, el recuerdo y la promoción cultural; así se distingue en otra carta que remite Carilda Oliver Labra; es viernes 4 de febrero de 1955, y desde Matanzas solicita apoyo para la realización de las tertulias que programará el Ateneo Cultural y otras instituciones de esa ciudad dispuesta a honrar a Ballagas, quien recién acaba de fallecer.

En mayo de 2007, Oliver Labra era más enfática al recordar al poeta: «Sobre Emilio Ballagas, ya que lo preguntas, siempre hay mucho que hablar […] Era un hombre sin envidia, sin rémoras de ningún tipo; amaba mucho la poesía, era un credo que tenía, y su poesía ha dejado una estela. Yo recuerdo que Dulce María Loynaz, a quien no conocía entonces, pero conocí después, tenía un especial sentimiento, una admiración. Me decía de los nuevos, entonces, él era nuevo respecto a ella, por supuesto, me decía ella que de los nuevos, era el más estimable, el más sincero, un verdadero poeta, quien no tenía influencias; que esto y que lo otro […] el último que me habló mucho de Ballagas fue Mario Benedetti, fecha en que tuve el gusto de que viniera a mi casa y también el placer de presentarlo en el Teatro Sauto, en la Atenas de Cuba, durante la visita que hizo a Matanzas y el recital que ofreció allí. O sea, que Ballagas disfrutaba del favor y de la preferencia de muchos grandes poetas. No puedo decir nada de su vida, ni de su obra en sí, y es una fatalidad; porque, puedo decir con la humildad que ofrece mi testimonio, que ese poeta es uno de los más grandes de Cuba.»

Otro documento inédito: Dulce María Loynaz cursó una carta a Bernal Ruiz en la que responde a los afirmativos criterios que vertió Ballagas en reciprocidad a la calidad de Juegos de Agua; la poetisa no tardó en acusar recibo tras el regreso de la finca Nuestra Señora de las Mercedes, en las cercanías de La Habana. La remitente indica: «Entonando la voz de Ballagas», martes 23 de octubre de septiembre de 1956:

«Mi memoria es mala y como realmente recibo más correspondencia de la que puedo atender, como merecen los que me hacen la merced de escribirme, me sucede a veces que no recuerdo si determinada carta fue atendida por mí en su oportunidad.

«En la duda prefiero hacerlo ahora, pues es mejor repetir la gratitud que callarla; y a UD. le estoy agradecida por la atención que ha tenido enviándome ese juicio privado de nuestro Emilio Ballagas, que como bien dice, tiene aún más interés por haber sido formulado, no al imperativo de las circunstancias, sino espontáneamente en carta a un amigo que yo no habría de leer, gracias de nuevo por su gentileza; estrecha su mano y guardaré su carta […]»

Más decantadas son las respuestas de Sergio Pérez Pérez, residente en Caracas. El lunes 15 de febrero de 1971, detalla reflexiones de La poesía de Emilio Ballagas, de Rosa Pallas (1973). Ese texto, de apenas en 60 páginas, provocó refutaciones de Antolín González del Valle, en testimonio que desde Carolina del Norte, en Estados Unidos, “desmiente” los puntos de vista tocados por la investigadora en validaciones teóricas asesoradas por el también cubano José Olivio Jiménez.

Dice Pallas:

 «[…] el 25 de septiembre de 1935 lo detiene la policía y lo acusa de comunista por haber recibido un cablegrama de Máximo Gorki. Al preguntarle el fiscal si es comunista, Ballagas responde con voz temerosa; —No, señor; me dedico a la poesía […] El poeta empieza a tener miedo. Su vida se ve encerrada en un círculo sórdido. Su poesía empieza a recoger acentos amargos […]» (Pallas, 1973: 44).

No hay constancia documental, al menos ahí, del cablegrama de Gorki, y mucho menos de la comparecencia ante los Tribunales por contactos profesionales o públicos con comunistas. En la búsqueda de los principales periódicos villareños que circularon por entonces, y en los expedientes de Urgencia, toda referencia es nula. Eso da a entender, como conclusión, que ¿el cablegrama y la detención constituyen subjetividades aportadas por las fuentes consultadas por la autora? Cierto es que: La sección «De la Hora de Ahora» (Carteles, 1935), publica una fotografía de Ballagas, tomada por Funcasta, al estilo closep-up, que explica en pie de grabado: «DETENIDO: Emilio Ballagas, uno de nuestros poetas más notables, que fue detenido la semana pasada bajo la acusación de haber recibido un cablegrama del genial novelista Máximo Gorki.»

Por esa época, después de la toma de posesión de la Cátedra de Literatura Española y Gramática en la Escuela Normal para Maestros, Ballagas aprecia ver si no cabe mejor valora al país tras la abrupta caída de Machado. Son tiempos en que el pedagogo interviene en los conflictos que ocurren en el plantel donde ejerce como docente, y donde estudiantes del Ala Izquierda exigen la presencia de un profesorado honesto. Es un corto período que, por su juventud y ningún vínculo con la política corrupta, el escritor es nombrado director interino; eso dura poco tiempo: algunos estudiosos creen que asumió la dirección del plantel; así afirma, por ejemplo, Daer Pozo Ramírez en una breve cronología adicionada a Memorias de Blancolvido —publicado por ediciones Holguín en 2004—; cosa no cierta, pues tal nombramiento de la Secretaría de Educación y Cultura jamás fue aprobado, y después de unas semanas en el cargo, el poeta retomó sus clases de Gramática y Literatura Española.

Blanca Colina Paz, y también Antonio Florit García, corroboran que, el viernes 12 de marzo de 1937 durante la reunión constitutiva del Partido Unión Revolucionaria en Las Villas, efectuada en el Teatro Martí, en Santa Clara, Ballagas figuró entre los dirigentes electos para ese encuentro; pero el miércoles 25 de agosto de 1937, ocasión de designarse por votación directa el comité provincial del Bloque Revolucionario Popular —integrado por los Partidos Asociación Unión Revolucionaria y Organización Auténtica—, no se insertó en las boletas el nombre del camagüeyano. Las causales son desconocidas. A partir de esa fecha Ballagas viajó a Francia.

De similar modo, González del Valle no duda de los afectos de Ballagas y otros intelectuales cubanos hacia Juan Ramón Jiménez, y mucho menos que el español acogiera al camagüeyano en las reiteradas visitas; sin embargo, en conclusión no desatinada, tras revisar correspondencias redactadas a máquina o en cursiva por el autor de “Elegía sin nombre”, el pedagogo villaclareño detecta la improvisación en las firmas. Nadie duda del tono burlesco, casi irónico, con que Ballagas transfirió en reiterados momentos los envíos de documentos dirigidos a los amigos; tal vez eso pierda un poco la observancia de críticos: cambia identidades del remitente, deforma o altera caligrafías en trazados del tipo «Palmer»; mientras otras logran perfección y acabado de escrituras.

Acota González del Valle, y es una especulación que permite seguir rebuscando, que la epístola de Juan Ramón Jiménez jamás existió, y en el peor de los casos fue redactada por Ballagas, cosa última muy probable.

Nadie pone en tela de juicio que en toda carta persiste un sistema de signos; especie de código lingüístico, hecho que atribuye la existencia de otro documento de ese tipo facilitado por Bernal Ruiz; aquí la trascendencia va hacia aspectos no divulgados de la inusual polémica Ballagas-Buesa; todavía no esclarecida del todo por los investigadores de uno y otro autor. Todo tiene relación con el “Poema del renunciamiento”, el más reconocido de y por José Ángel Buesa [Cruces, Las Villas, 1910-República Dominicana, 1982], en el espacio de “penetración en la metáfora” de cómoda lectura en sus significados y significantes. Desde el momento en que apareció por primera vez ese texto recogido en Babel (1936), y luego en la versión definitiva de Oasis (1943), tras ligeros cambios que incluye el escritor en el discurso y la puntuación incorporadas a los versos referidos a un amor secreto, persiste cierto cotilleo inconcluso en parte de la crítica y en los aplausos de los lectores o los oyentes de la recitación.

Todo guarda vínculo con el poema “Mon âme a son secret…”, soneto que está en Mes hueres perdures (1833), del romántico Arvers, de quien Ballagas hace un recordatorio, en el Diario de La Marina, justo en el año del centenario del natalicio de ese poeta, y aprovecha el instante para presentar una traducción al castellano a partir del texto original, y mostrar de ese modo una intencionalidad tendente al plagio.

Los críticos advierten que las semejanzas entre los dos poemas no son del todo insignificantes, y por tanto alejadas de desestimación: resulta que Buesa, quien siempre mostró serias preocupaciones por la impugnación —nada desacertada— de Ballagas en Año Bisiesto (1981), persiste en mencionar el ardid “malintencionado” del camagüeyano deseoso de apuntarse popularidad entre sus lectores al comentar la obra literaria de Arvers y significar particularidades de su antológico y perfectivo soneto.

El misterio nadie lo sabe; los dos involucrados fallecieron: Ballagas fue categórico en el Diario de La Marina, y Buesa, desde el silencio, siguió replicante y reiterativo hasta un año antes de morir; así lo refiere en su Autobiografía. La prensa villaclareña recogió en sus páginas el surgimiento de la disputa teórica entre Buesa y Ballagas en un período previo a la celebración del centenario de Arvers ((1806-1950), y luego las referencias se apagaron de inmediato; todo ocurrió cuando el primero de los contendientes formuló en 1936 sus apreciaciones conceptuales en “Decadencia de la poesía: responso al vanguardismo” y “Renacimiento de la poesía”, conferencias impartidas en las sesiones del Club Umbrales; y el segundo ripostó de manera oral hasta que, después en 1943, esgrimió los fundamentos de “Castillo Interior de Poesía”, asidero de los posteriores cauces estéticos. Por tanto, es de inferir que, desde los tiempos de estancia en Santa Clara, eran creadores que transitaron por sendas opuestas en la literatura, y también en la amistad.

Tendría que apuntar, tal como sustentan algunos coetáneos, un destierro de toda ínfula “malintencionada” de Ballagas, propenso, sobre todo, a escaparse de los dimes y diretes propios de la polémica. Su personalidad, incluso, no era propicia al enfrentamiento de la palabra oral o escrita ¿Qué interés lo impulsaría a gozar de una efímera popularidad como crítico sancionador?: ninguno; ¿Qué ganaría con eso?: nada. Sin embargo, queda claro, Buesa no cejó en justificar la calidad del poema; su originalidad, y decía que estaba alejado de todo signo comparativo y de resonancias plagiadoras; como el que desea esgrimir un escudo protector ante posibles detractores.

El jueves 28 de enero de 1971 Buesa escribe a Hernández López, y es categórico desde su punto de vista:

«[…] En cuanto a Ballagas, y a su renombre internacional —que lo tuvo— fue por su adherencia a la moda de la poesía negra, poesía que fue liquidada entre nosotros por completo, pero no así en otros países […] Te repito que, al menos que yo sepa, Ballagas nunca publicó lo de Rega Molina,20 sino lo de Arvers. Lo mismo pudo haber aludido a docenas de poemas y sonetos, a escoger, en los que se desenvuelve el mismo tema, tanto de poetas hispanoamericanos y españoles, como de otros idiomas.

Pero sucede que los temas poéticos no pertenecen a nadie, y menos si son de amor. La cuestión es el enfoque, el tratamiento poético […] Por suerte, aunque el Poema del Renunciamiento, ya no es el más popular de los míos, sino El Poema de la Culpa, (9) que, por otra parte, es el mejor en muchísimos aspectos. Y hasta ahora —hasta ahora—, nadie ha salido a disputarme su paternidad. Lo que sí ha sucedido con frecuencia, (10)verificar esta coma es que lo firmen otras personas, dándolo por suyo. O que lo impriman en disco, atribuyéndoselo a quién sabe quién. «Pero nada de eso me quita el sueño, como podrás comprender […]»6

Los comentarios y suposiciones huelgan en medio de esa singular diatriba y de las bifurcaciones zigzagueantes en las que se movió el escritor camagüeyano en el curso de su creación literaria, periodística y pedagógica, incluida, además, la existencial y de reposo hogareño y eterno. Otras cartas de amigos, y hasta de enemigos de Ballagas, dirigidas y conservadas durante años en el archivo de Bernal Ruiz, tienen una obligada referencia al autor de Sabor eterno (1936-1939), el primero de los más grandes libros polémicos en los que se inserta un poeta tentado por los quebrantos espirituales y sociales; sin embargo, tienden a la intrascendencia aun cuando resaltan los logros estéticos que consagró a la perpetuidad.

A pesar de todo lo que pueda decirse, incluso añadirse en interpretaciones teóricas de todo tipo, en testimonios y documentaciones, quizás Ballagas esté sentado, como una perpetua sombra, en algún cruce de caminos estelares en espera de otra epístola de un amigo jamás ingrato.

    NOTAS

1 Carta mecanografiada, enviada a Bernal Ruiz desde Marianao, en La Habana, el viernes 21 de junio de 1946.
2 En agosto de 1946 Ballagas embarcó hacia los Estados Unidos, pero antes estuvo en Santa Clara para ultimar detalles del viaje, así como la permanencia del declamador en el apartamento que tenía rentado en esta ciudad.
3 Declaraciones de Carilda Oliver Labra sobre la personalidad y la obra de Emilio Ballagas Cubeñas ofrecidas, a solicitud del investigador, el viernes 11 de mayo de 2007, (inéditas).
4 Testimonios de la Doctora en Pedagogía Blanca Colina Paz, y del profesor de Historia Antonio Florit García, residentes en Santa Clara, y graduados en la Escuela Normal; cursos 1946 y 1953, respectivamente (Archivo del autor, martes 11 de junio de 2008).
5 EMILIO BALLAGAS (1950): «Del traducir y enajenar», en Diario de La Marina, La Habana, 8(279): 4, viernes 24 de noviembre; EMILIO BALLAGAS (1951): «Del trocar y el contrastar III», en Diario de La Marina,  La Habana, 119(35): 4, sábado, 10 de febrero.
6 Conservado el original en el Archivo del declamador Bernal Ruiz a partir de la donación del Scrap Book que dejó en 1975 Hernández López. El autor dispone de fotocopia con la firma contrastada de José Ángel Buesa.







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