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POESÍA DE DUALIDADES

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Palabras de presentación del poemario Concluso para sentencia, de Iliana Aguila Castillo; Museo de Artes Decorativas, 19na Feria Internacional del Libro, Santa Clara viernes 26 de Febrero de 2009

Por Luis Machado Ordetx


El poema resume una invitación, un viaje, un retorno a la tierra natal, como presagió Octavio Paz, y esa recurrencia, es soplo de afinidad, de percepción exaltada en los versos contenidos en Concluso para sentencia, un libro que, por su estructura y totalidad latiente, brinda una acumulación testimonial que transita desde la figurada imaginación hasta el instante que se recrea o capta el desenvolvimiento del hombre inserto en un fragmento de la realidad.

Tal vez los Seres de Luces que custodian a Iliana Aguila Castillo, la autora del poemario, dejaron una impronta desde aquella iniciación en que decidió gestar y amontonar historias dotadas de segmentos insustituibles de la realidad histórica que describe a partir de la confesión y la intimidad.

Brotó entonces un dictado, una oración, presagiada por el conjuro de la mañana, por el murmullo de la gente, el hallazgo de lo extraño y el latido de las tonalidades que ciñen sus sensaciones. De ese modo, y no de otro, la poetisa concibe el trazado como experiencia documentológica de supuestos delitos o infatigables querencias en medio de una fe particular que acecha al hombre durante un segundo de revelación espiritual.    
  
Ahí plasmó la pasión por “Las Evidencias”; los “Presuntos Culpables”, y “Las Pruebas” finales exhibidas en torno a aquellos hechos devenidos en reflexión y argumento ceñidos al contraste y la historia testimonial que recuenta desde la óptica de la poesía.

Una mirada al instante que escapó; también ese que está por venir y aquel que humildemente imagina por transcurrir, sustentan un destello, una declaración insustituible. En la apertura del poemario, expone que las mujeres “están bendecidas por el agua”, y al final del texto, rebusca en la avidez inalterable de la existencia humana y su derecho a imaginar y procurar la esperanza sin límites de fronteras y tiempos.

Con sencillez expresiva, sin dejar de regodearse en el contoneo de los símbolos, los 40 poemas que integran Concluso para sentencia ofrecen un detenimiento contrastante que va desde el recreo al nada nostálgico universo familiar, el entorno citadino de una “Ciudad que regala a sus hijos/ lo que le ha sido negado”, hasta adentrarse en los desafíos que entraña el aplatanamiento del emigrante en otras tierras sin que por eso abjure de la liturgia intrínseca por lo propio.

Hay una posibilidad, y se logra, de reconstruir escenarios despojados de la invención de un gesto falso. También descubre en lo observado la imagen precisa que denota un símbolo que destierra el doblez de la palabra, y con esa particularidad, el poemario tiende a edificar un apego a la  servidumbre de la memoria mágica que se enfrenta a la soledad del hombre. En la búsqueda por los valores que la sustentan, resurge el sustento y la comprensión de cuántas diferenciaciones y similitudes persisten en unos u otros semejantes.

Esa unidad de contrarios, del pasado que también es futuro, gravita en persistencia cuestionadora por el recuerdo, y en signo de querencia latiente, resucita un desahogo: “Alas tengo, / puedo volar sobre el olor a tierra/ cuando cae la llovizna”, como el anunciante que luego del tropiezo retoña en otra vida.

 Tal vez,  en palabras precisas, como gusta decir a la poetisa en ámbitos de opuestos: “Esta rueca que he llevado conmigo desde otrora/ siendo vana me ha creado cicatrices”, y luego recalca en otros versos que “Esta muchacha seduce con su apariencia a la luna”. Hay un legado de inconfundibles apetitos hacia lo real y también a lo soñado, fundamento en que “He guardado mi cuaderno/ para sacar a la luz los pasos que se me perdieron/ y comenzar otra vez con un arma diferente”.

La poesía es creación, es equivalencia; acto de trasladar  sensaciones, y de involucrar la palabra con el ser que escribe; de ahí las revelaciones que logra Iliana Aguila Castillo sin que impere el menor recato  por esconder las más o menos experiencias conmovedoras dibujadas en una “Oportunidad para obsequiar un ramillete de malvas”, y en instantes en que “el diablo se acariciaba su glande,/ [mientras] la noche y la niebla eran sus cómplices”.

Otros libros tiene la escritora en preparación; son versos negando a otros en cualidades, recursos expresivos y presunciones temáticas. Un revoloteo incesante cabalga en un fragmento, aunque sea diminuto, de la dialogante realidad en que se desenvuelve; por eso, ella desea en permanencia apresar un entorno  dispuesto “a sacar los demonios de tu cuerpo.”

Concluso para sentencia, primer poemario que entrega al lector, ostenta la ironía erguida; y la reflexión recuenta la memoria. Esas dos cualidades  subyacen en la reconstrucción de los escenarios que inundan los perímetros familiares, y las distancias geográficas y el apego filial se estrechan. Justo en el centro de su óptica lírica descansa una realidad latiente y nuestra que, al breve paso de la lectura, anda despojada de un andamiaje plano y horizontal para alentarnos al disfrute y la comunión de sus sinceras palabras.

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