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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (16)

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Por Luis Machado Ordetx


Los fatídicos sucesos de la muerte de Francisco Arencibia, el Alguacil Mayor de Santa Clara, ocurridos el 28 de septiembre de 1843 en la hacienda “Amistad”, en Jicotea, impulsaron a Leonor Mojerón para alertar a las autoridades españolas sobre una “conspiración” de blancos y mulatos que se fraguaba en la región central del país.


La mujer, nombrada Tina, La Bandolera, era propietaria una hacienda en las cercanías de Matanzas, y en las declaraciones deseaba poner a “salvo” a su amante José Joaquín Clavel. Ese catalán, y su partida, asesinaron a Arencibia y a los caminantes Bruno Hernández y Domingo Ordex, dice Manuel Dionisio González en la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858). El suceso constituyó el «mayor escándalo y ultrage de las leyes protectoras de la seguridad pública; un hecho atroz», nunca visto con antelación, explica.


Clavel extorsionaba a hacendados, y en las interrogaciones a Morejón salió a relucir el foco “abolicionista” existente en Santa Clara, San Juan de los Remedios y Trinidad. La declarante  lo atribuyó a planes del cónsul inglés ¿Turnbull?


Jamás mencionó nombres. Clavel nunca reconoció a Plácido entre los “conspiradores”, pero los periplos del poeta levantaron recelos. Fue detenido en Villaclara, a partir de «un anónimo al Sr. Teniente Gobernador, en que se me denunciaba como sospechoso», escribiría a Joaquín de Astray y Caneda en septiembre de 1843, fecha en que permaneció detenido en Trinidad tras el  segundo viaje a tierra adentro, cuando desembarcó el 5 de marzo de ese año en Sagua la Grande, procedente de Matanzas.


Manuel García-Garófalo Mesa en Plácido, poeta y mártir (1936), no menciona a la pareja Clavel-Morejón. Tampoco lo hace Dionisio González en los “presuntos” vínculos con Plácido. La Memoria Histórica de la Vila de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), de Antonio Miguel Alcover y Beltrán no incluye   referencias al acontecimiento y a  manifestaciones de bandolerismo en los campos. ¡Cosa extraña! En tanto  Daysy Cué Fernández, en Plácido, el conspirador (2007), pasa por alto la contingencia. 


Julio Ángel Carreras en “El bandolerismo en Las Villas (1831-53)”, retoma a Clavel-Morejón a partir de despachos escritos por el Teniente Gobernador Hernández Viciedo, y obtenidos de las confesiones de Justo García, uno de los asaltantes. 
La Comisión Militar dispuso la liberación de Plácido, quien estuvo retenido en Trinidad durante más de 6 meses. El 17 de noviembre de 1843 arribó el poeta a Matanzas. Tres días antes, ocho integrantes de la banda de Clavel fueron fusilados en La Habana, y Morejón quedó destinada a Ceuta, y luego regresó a Guamutas, donde murió a los 56 años de edad.


Carreras advierte que los cuatreros eran juzgados por el   «capitán pedáneo-juez (…),  y cuando las causas lo ameritan pasaba el caso a la Comisión Militar Ejecutiva Permanente (…) No hay imparcialidad, y cuando quieren condenar, buscan e inventan. Dan tormento y desoyen las reclamaciones de los acusados, apalean, suprimen la alimentación y el sueño; prohíben el baño, beber agua o sentarse en el banco. Tratan por medios brutales de conseguir la confesión o la palabra que comprometa».


A finales de mayo de 1879 fue promulgado el Código Penal Español en Cuba, y a partir de entonces el cumplimiento de la  «Ley y la persecución a los vagos correspondía a la guardia civil, cuerpo especial de fuerza armada, cuyo objetivo era atender el orden público y la protección de las personas y de las propiedades dentro y fuera de las poblaciones», indica Carreras. Ese cuerpo se convirtió en el terror de los campesinos. Desplegaron métodos de represión, robos de animales, y maltratos de palabras. Aún así, el bandolerismo tomó auge en La Habana, Matanzas y Santa Clara. 


El periódico autonomista El Criterio Popular, de Remedios, en la edición del 1 de enero de 1886 suscribe: «[…] Los asaltos, el robo, el asesinato y el componte como complemento han venido siendo las delicias de esta tierra. Han campeado por su respeto los ladrones en nuestros campos y hasta en nuestras poblaciones, mientras que los hombres honrados fueron perseguidos o vigilados constantemente».


En Santa Clara delinque Ceferino Ruiz Villavicencio, alias Veguita, quien se desplaza también por San Juan de los Yeras, San Diego del Valle, Quemado de Güines y Cruces. José (Papillo) Torres Pérez, otro maleante, hostigó el poblado de San Antonio de las Vueltas. Fue el bandolero más famoso del centro del país,  y la prensa lo apodó “El Rey de Las Villas”. Las autoridades españolas ofrecieron 530 pesos oro por su “cabeza”. Murió el 18 de febrero de 1892 durante una embocada en zonas de Mayajigua.


De 1890 a 1892, Camilo García de Polavieja se propuso renacer la confianza pública, sobre todo en las provincias de La Habana, Matanzas, Santa Clara y Santiago de Cuba, declaradas en estado de “guerra” contra el bandolerismo. Dos años antes el Capitán General Sabas Marín González las decretó con similar condición. 


José Antonio Martínez-Fortún y Foyo, en los Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), ofrece informaciones de las acciones constantes del bandidaje, y cita nombre de jefes de bandas: Cristo Acuña, muerto en Buenavista en 1888; Serapio Faire deambuló por Placetas; Mirabal por San Andrés y Cien Rosas. Dos años después en Santa Clara es ejecutado Dionisio Guzmán.


Una referencia de Polavieja, en su mandato  (1890-1892), testifica: «164 bandoleros y secuestradores fueron capturados, 43 murieron en escaramuzas y 20 fueron ajusticiados (…), 165 fueron confinados a Isla de Pinos acusados de apoyar a los bandoleros, y destinó 7 mil soldados, tropas de línea, la guardia civil, guerrillas volantes y agentes encubiertos», en el enfrentamiento al pánico rural.


De 1881 hasta 1895 transitaron por Cuba 10 Capitanes Generales. Fue la época de mayor auge del bandolerismo rural, y a pesar de los mecanismos represivos de Luis Prendergart y Gordon (1881-1883), Sabas Marín González (1887-1889) Manuel Salamanca y Negrete (1889-1890),  y García de Polavieva (1890-1892), nada pudieron hacer ante el poder de lo “inevitable”. Por esa fecha el movimiento revolucionario se reorganiza en su puja por la independencia total, mientras el pueblo sostenía sus mitos; héroes que delinquían ante el poder colonial y su aparato de “legalidad” impuesta al país.

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