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RANCHUELO TIENE DEPREDADORES DEL PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO

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Por Luis Machado Ordetx


Ladrones saquean en la actualidad la casa de vivienda del antiguo ingenio “Santa María”, fundado en ¿1846? en las ubérrimas tierras de Ranchuelo. Dos años atrás  el recinto figuró durante medio siglo como dirección administrativa  de la entidad azucarera “Ifraín Alfonso”, radicada a 14 kilómetros de esa localidad villaclareña. 


Desde entonces permanece abandonado. A pesar del deterioro constructivo y la desidia de los “buscadores” de fortunas, el inmueble ostenta inigualables majestuosidades arquitectónicas y patrimoniales. En sus interiores alberga rarezas constructivas que tipifican el gusto y la ostentación de la aristocracia cubana de finales del siglo XIX.


Allí destacan estructuras de una edificación que funden líneas neoclásicas y eclécticas. Los techos son rectos y artesonados, con empleos del cedro y la caoba americana como cardinales maderámenes. 


En los balcones corridos hay predominios de rejas de hierro forjado, guardapolvos conopiales, y repisas rectangulares y vitrales según complacencia espiritual de una sacarocracia cubana o extranjera que convirtió al ingenio-central en fuente de engrandecimiento económico. 


 A los dormitorios, en el segundo nivel, se asciende por hermosas escaleras. Una del tipo de caracol, con pasamano tallado, ensambles de bronce y piso de mármol blanco. Otra, de dos piezas, concebida con madera preciosa. 


Los portales, de techos planos, sirvieron de miradores y terrazas de la parte principal del cuerpo central de la vivienda y sus respectivas  habitaciones. Desde esos lugares es divisada la industria azucarera, distante a unos 100 metros. Los pisos de la casona sufrieron algunas transformaciones en sus estructuras originales. Todavía muestran “determinadas” bellezas decorativas, o la presencia de mármol importado de Italia. 


Los baños son amplios. Abundan en ambos niveles y ostentan sus respectivas comodidades, con bañaderas y lavamanos de hierro esmaltado y empotrado a las anchas paredes armadas con  ladrillos de barro cocido. 


La casa vivienda carece de un mantenimiento que recupere sus vetustas bellezas, pero no está perdida del todo, tal como es apreciada en todas sus dimensiones. Solo que allí habrá que contener la búsqueda insistente del… 


                                         ¿ARCA PERDIDA?


La hacienda-casa de vivienda perteneció al santanderino Esteban Isidoro Cacicedo y Torriente, empresario español asentado en Cienfuegos en 1865. Allí formó diferentes sociedades mercantiles y comerciales. Un tiempo antes  adquirió el ingenio “Santa María” y fomentó inversiones bursátiles. Las zonas Ranchuelo-Cruces-Santa Isabel de las Lajas constituyeron un envidiable emporio azucarero. 


En las cercanía funcionaron por esa época los ingenios “Santa Rosa”, “Pelayo”, “Guáimaro”, “El Rubí”, “Vista Hermosa”, “San Rafael”, “San José de Pedroso”, “Lola”, “Jagua”, “Fortuna”, “La Esperanza”, “Rosita”, “San Ignacio”, “Santa Rita”, “Santa Rosalía” y “Aurelia”, existentes algunos hasta principios del siglo pasado. Todos estaban incluidos en la actual Villa Clara, territorio que en 1850, según Sugar Plantations in the Island of Cuba, tuvo 169 fábricas. En el país había 903 industrias azucareras.


En la región de Cruces-Santa Isabel de las Lajas radicaron “Adelaida”, “Andreíta”, “Angelita”, “Armantina”, “Dos Hermanas”, “Elena, “Laqueitio”, “Mercedes”, “San Agustín”, “San Francisco”, “San isidro”, “Santa Amalia”, “Santa Catalina” y “Teresa”, correspondientes ahora a la parte de Cienfuegos.


¿Por qué el arca perdida en la casona de los Cacicedo y Torriente? La familia fue la única propietaria del ingenio hasta 1960. La industria fue nacionalizada en esa fecha. La familia era una de las más acaudaladas de origen español en Cuba. Los capitales monetarios emularon con Laureano Falla Gutiérrez y el vizcaíno Nicolás Castaño Capetillo, considerados entre los más pudientes vinculados a las relaciones bursátiles y azucareras del país.


Los “buscadores”, de día o de noche, sin interesarles la cercanía de la industria azucarera, rompen los pisos de las habitaciones de la antigua casona de la familia Cacicedo y Fernández. Hurtan los marcos de madera y las puertas españolas de las habitaciones, y hasta la bañadera fue desprendida de su sitio original. Los antiguos propietarios del ingenio por más de once décadas —¿1846?-1960—, conservaron sus riquezas monetarias, joyas y otras pertenencias valiosas en cajas soterradas. 


Al menos eso cuenta el imaginario popular. Tal vez sea la razón de los destrozos que sufre el inmueble, sobre todo en pisos, paredes y maderas. Nadie pone coto  a los desafueros de  rateros de “poca monta” que medran a costa  del patrimonio arquitectónico del país.


Después, en 1898, Cacicedo y Fernández también adquirió el antiguo ingenio “Carolina”, cercano a Venta de Río, en Cienfuegos. Allí se conservan, según los historiadores, las características del típico asentamiento agroindustrial azucarero del siglo XIX. Esa fábrica concluyó sus operaciones fabriles en 1914, y a partir de entonces fomentó el desarrollo ganadero. 


Durante la segunda década del pasado siglo la firma comercial Cacicedo y Cia, era una de las más prestigiosas de Cienfuegos. El poderío económico reservado, de igual modo, rivalizó con las arcas monetarias de Nicolás Castaño y Cia, así como F. Hunike y Cia, y Suero Balbín y Valle Co, catalogadas entre los más notables importadores y exportadores de la región sureña.


En la historia del antiguo ingenio “Santa María”,  actual empresa azucarera “Ifraín Alfonso”, hay otras dudas. Luis J. Bustamante en su Diccionario Bibliográfico Cienfueguero (1931), expone que la fábrica fue inaugurada en 1846. En Sugar Plantations in the Island of Cuba (1850), no está registrado esa instalación en la localidad de Ranchuelo.  Por esa fecha otras cinco fábricas tienen igual nombre en el país. Estaban ubicados en Corral Falso (Güira de Macurijes), Colón Baja (Guantánamo), Lagunillas (Cienfuegos), Güira de Macurijes (Matanzas) y San José de los Ramos.


En Triunfos y Programas de la Federación Nacional Obrera Azucarera (1945), declaran que el “Santa María” es de nacionalidad cubana. Aparece Esteban Cacicedo, de origen español, como propietario. La fecha de fundación, dice el texto, ocurrió en 1849. Entonces, ¿A quién creer? Esa constituye la fecha más exacta. ¿Por qué? El libro Sugar Plantations in the Island of Cuba fue publicado en 1850. Por supuesto, no pudo recoger las fábricas que iniciaron la producción azucarera en el año precedente.


Otro elemento de incertidumbre lo ofrece el relieve de la campana de bronce. El implemento era utilizado en la antigüedad como anuncio y cierre de las faenas productivas, el culto religioso y contingencias mayores. Luego fue sustituida por el potente silbato en tiempos de moliendas. Sin embargo, se conservaron como reliquias históricas. Por lo general, en los ingenios habían dos campanarios públicos: uno grande colocado entre la casa de calderas y el barracón, y otro más pequeño a la entrada de la casa de purga. 


El auténtico instrumento metálico del “Santa María” está protegido como vestigio histórico. Lo atesoran en un área anexa al “Ifraín Alfonso”, única fábrica de azúcar en activa en el municipio de Ranchuelo.


El inmenso campanario fue encargado a la fundición “Mennelys West Troy”, un establecimiento de Nueva York especializado desde 1826 en fabricar esos aparatos de sonidos manuales. En relieve tiene incrustado en la parte superior “Santa María”, y más abajo registra la rúbrica “Eduardo E. Abrew”, 1862. Por mucho que rebusco en libros históricos, no logro descifrar el misterio de ese nombre.


 Algunos  estudiosos locales alegan que el campanario salió del crisol  Mac Farlane, en Filadelfia. La fuente auténtica hay que buscarla en Nueva York. Esos fueron los verdaderos cocedores de una aleación en bronce que en algún momento estuvo en una atalaya próxima al ingenio  de Ranchuelo. 


Por fortuna, como no ocurrió en otras fábricas de su tipo, el campanario permanece allí, en el recuerdo del látigo que cercenó la piel de los esclavos, o extrajo en el pasado el sudor de los obreros asalariados.


 Un coto diferente habrá que imponer a quienes desmantelan y usurpan —a costa de la conservación del patrimonio arquitectónico— la cultura viva de una antigua casa de vivienda, representativa de ese caudal de historias que se fundó con el ingenio azucarero cubano.




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