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ANTONIO MUÑOZ, EL GIGANTE DEL ESCAMBRAY

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Por Luis Machado Ordetx

 

Palabras insertadas en el prólogo de El Gigante del Escambray (Colección Infinito, editorial Mecenas, Cienfuegos, diciembre de 2014), del periodista, escritor y estadista Osvaldo Rojas Garay, el slugger de Báez. Aborda la biografía de Antonio Muñoz Hernández, el mítico número 5 de los equipos de béisbol Las Villas, Azucareros, Sancti Spíritus,  Cienfuegos y CUBA durante 24 series nacionales (1967-1991), y una cronología detallada de sucesos históricos que distinguen al carismático pelotero entre los más destacados del pasatiempo nacional en el último medio siglo de la centuria pasada.

 

Emerson, el filósofo y escritor norteamericano dijo que una biblioteca es una especie de gabinete mágico. Ahí radica el sigillum autenticum de Osvaldo Rojas Garay. Muchos lo catalogan como  enciclopedia deportiva andante. Otros lo distinguen por sus certeras valoraciones, o contrastes de fuentes documentales.  De un modo u otro el periodista villaclareño tiene un inusitado entusiasmo por la memoria y la mirada que recorre las líneas e imágenes impresas en los archivos atesorados en el ámbito familiar. La papelería que conserva, casi de manera artesanal, ya comenzó a mostrar otros “frutos”: sus libros.

 

 

La grandeza del ferviente slugger de Báez, nacido en 1962 en las cercanías de Guaracabulla, el centro de Cuba, estriba en la humildad Formó los “legajos” cuando apenas era un niño. Tuvo la “osadía” de recopilar recortes de publicaciones periódicas cubanas o extranjeras referidas al deporte o las culturas nacionales. Montañas de papel lo acompañan en el afanoso empeño por establecer conexiones entre hechos-atletas, escenarios y apreciaciones.

 

 

El universo “técnico” de búsquedas se amplió luego de culminar los estudios filológicos en la Universidad Central, y acoger las redacciones de prensa en Cienfuegos y Villa Clara. Desde esos  lugares asumió otros encargos de las redacciones urgidas de aportaciones de datos históricos.

 

 

Casos y cosas del béisbol (Capiro, 2011), lo catapultó al mundo de las estadísticas, anécdotas y curiosidades surgidas después de 1959 en el deporte de las bolas o los strikes, el denominado pasatiempo nacional. El libro en sus dos ediciones está agotado en Cuba. El proyecto inicial, ya ampliado, figuró como resorte para otros textos escritos y pendientes de publicaciones.

 

 

No es solo la pelota, como a cualquier otro cubano, el apasionamiento de Rojas Garay. Los relatos, más allá de la capacidad del cronista por enriquecer la estética de la palabra escrita u oral, radican en la conformación del apunte. Tienen el sentido polifónico del hallazgo y la originalidad de descubrir la relevancia que en otros “rastreadores” de historias, por lo general,    pasan inadvertidos.

 

 

En Rojas Garay no predominan los discursos rebuscados. El periodismo es su principal arsenal para examinar, investigar, explicar y entender lo que pasó en sucesos pasados o presentes, y referidos a un personaje o una ocurrencia deportiva. De ahí el análisis cronológico y la curiosidad revelada. Nada tiene protocolos o metalenguajes específicos. Mucho menos el ornamento del adjetivo, las rupturas de frases hechas y de figuras retóricas. Los textos, con ingredientes narrativos y elementos argumentativos, están enriquecidos por la observación directa o los datos que acumuló. Su afán último es encender y propagar la pasión de atletas y aficionados.

 

 

El cronista Rojas Garay tiene un estilo llano, directo y objetivo. La pretensión, como en otros colegas, subyace en la exaltación deportiva, y en la capacidad de colaborar con un dato, o cotejar una historia y hallar sus fuentes nutricias.

 

 

Allá en julio 1993, en “La Explosión de las 12”, el célebre programa que gestó en la emisora CMHW en ocasión de las Olimpiadas de Barcelona, sostuvo una animada polémica con el historiador Edel Casas Vegas (1926-2008), y surge el ¿tema?: los jonrones del Señor Pelotero Luis Giraldo Casanova. Todavía algunos fanáticos recuerdan la anécdota relacionada con los ¿tres batazos de cuatro esquinas? en un juego de la V Copa Intercontinental, de Edmonton, Canadá.

 

 

Rojas Garay disertó, “memoria en ristre”, y dijo que Casanova ganó la triple corona en esa ocasión, con 517 de average, 6 cuadrangulares y 19 impulsadas. ¡No fueron tres jonrones en un partido, como apuntó Casas Vegas! El que dio tres vuelacercas en un desafío fue Omar (El Niño) Linares, en la Intercontinental de 1989. El Señor Pelotero había logró esa hazaña en el Campeonato Mundial de 1990.

 

 

Sin petulancias, el amistoso “match” entre Casas Vegas y Rojas Garay quedó sellado en empate. Algunos dieron el punto a favor del joven “estadístico” de Báez. Desde entonces era una voz respetable en las compilaciones “caseras” de efemérides y acontecimientos insólitos que involucran a atletas y disciplinas deportivas, y en especial a la pelota cubana.

 

 

Ahora, por fortuna, aparece otra de sus excelentes investigaciones: El Gigante del Escambray,   referida al legendario inicialista Antonio Muñoz. De la biografía, por supuesto, nada diré. Con puntos y apartes Rojas Garay retoma el periplo beisbolero de quien considera su “Ídolo” exclusivo. Es el reconocimiento de un hombre, un deportista, que entregó en los terrenos nacionales o foráneos  la pasión y los atributos de una cultura que identifica con sus particularidades derivadas al cubano: la pelota.

 

 

Todavía hay muchas historias perdidas que reclaman búsquedas, investigaciones y escrituras. Una de las más sorprendentes estrellas de la pelota cubana está olvidada. El nombre de una calle de Santa Clara lo recuerda: ¿Quién no conoció a Alejandro Oms Cosme (1895-1946), y de su exitoso paso por los Clubes “Tosca”, o “Leopardos”, “Habana” y las giras por Venezuela, México y Estados Unidos.

 

 

El Caballero Oms  requiere una historia para cualquier curioso de la pelota cubana. En la temporada 1922-1923 debutó como center field en el club “Santa Clara”, y formó parte, junto a Pablo “Champion” Mesa y Oscar Charleston, de la mejor triología de jardineros de todos los tiempos en Cuba.

 

 

La última aparición de Oms, ya enfermo, fue con el equipo Almendares. Jugó a instancias de Adolfo Luque. Ya la clásica majagua parecía un objeto inútil en las manos del recio pelotero de Santa Clara, y a los pocos días, ciego, agotado por completo, yació moribumbo en el Sanatorio “La Esperanza”, de La Habana, donde lo aguardaba una triste caja de pino para su enterramiento. ¡Qué vergüenza!... El pueblo cubano, que lo estimaba y reconocía sus méritos, se indignó. No permitió que fuera despedido como un hombre cualquiera, sino como gloria del deporte. Sin embargo, aún aguarda por una biografía que lo enaltezca. Otras figuras de la pelota, vivos o muertos, también esperan por los investigadores cubanos.

 

 

Los estudios de este tipo, tal vez brotaron en Cuba por la región central: Luis M. Domínguez, matancero-cienfueguero, redactor de La Publicidad, de Santa Clara, dejó un ¿libro? Jamás he visto uno de los 500 mil ejemplares editados, pero las reseñas de la prensa de esa época lo atestiguan: Mi vida en el base ball: Conrado Marrero (1953). Es el testimonio que ofreció el Guajiro de Laberinto (1911-2014) sobre su paso deportivo por los equipos Cienfuegos, Havana Cubans, Almendares y el staff de lanzadores de los equipos nacionales en competencias extranjeras. En el momento en que apreció el ¿libro? Marrero, con 42 años de edad, era monticulista de los Senadores de Washington.

 

 

Otras biografías de peloteros cubanos son más recientes: Conrado Marrero. El premier (2000) y José Méndez. El Diamante negro (2004), ambas del pinareño Severo Nieto. También está Martín Dihigo. El inmortal del béisbol (2006), y Un astro del montículo. El diamante negro (2009), escritas por Alfredo Santana. La recreación de  particularidades  del desenvolvimiento humano en el pasatiempo nacional tiene en José A. Martínez de Osaba y Goenaga a uno de los principales puntales: El niño Linares (2002), Pedro Luis Lazo, el rascacielos de Cuba (2010) yEl Señor Pelotero (2011). Hace años salió a la luz pública Agustín Marquetti número 40 (2008), de Dulce María Sotolongo, y ahora Rojas Garay redescubre al mayor jonronero zurdo en la historia de Series Nacionales de la pelota cubana.

 

 

Otras investigaciones de Rojas Garay están sobre el tintero, en su escritura de “gabinete”, de archivo “andante” en montañas de papelerías. Ya tiene algunas terminadas, como “Casos y cosas del Deporte”, en todas aparece el hecho insólito, como el ocurrido en la primera Copa de Fútbol, en Uruguay, 1930, cuando en los 18 partidos celebrados no hubo juegos empatados.

 

 

Sin más, dejo a los lectores con Osvaldo Rojas Garay, un magnífico slugger de Báez, quien coronó otra de sus aportaciones trascendentes: el recuento de una leyenda viva del béisbol cubano, Antonio Muñoz Hernández, el mítico Gigante del Escambray, un hombre de todos los tiempos.

 

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