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Por Luis Machado Ordetx

 

Durante la velada conmemorativa de los Cien Años de Lucha, el 10 de Octubre de 1968, en La Demajagua, Manzanillo, el Fidel Castro, recordó que esa fecha, un siglo atrás, constituyó el «comienzo de la revolución en Cuba, porque en Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes».

 

También esa fue la idea expuesta por Martí para festejar la fecha, «como se debe, todos juntos», dijo en 1887, cuando los emigrados en Estados Unidos, al igual que en otras partes, «tenían rendida una esperanza que no muere jamás»: la libertad.

 

Hoy es 10 de Octubre, fecha gloriosa, cuando al grito de independencia y libertad de la Patria, a la cual se incluyeron dotaciones de esclavos y soldados de diferentes partes del mundo, fueron primero los orientales en derramar su sangre por independizar a la Isla de la opresión colonial española.

 

Esa evocación, como antes indicó Martí, representó un encuentro espontáneo, en el cual el «instinto popular, que no necesita de consejeros y guías, presiente acaso que pueden volver días de mayores deberes», una representación que después retomó el Líder Histórico de la Revolución, cuando al paso de un siglo repasó los sucesos en La Demajagua, sitio del ingenio propiedad de Céspedes, el líder político-militar que encabezó la lucha armada como única vía de alcanzar la emancipación nacional.

 

Céspedes, abogado de vasta cultura, y con 49 años de edad, cuando estudiaba en la Universidad Literaria de Cervera, en Barcelona, intervino en milicias ciudadanas y demostró un pensamiento liberal contra la autocracia del general Espartero, sustento teórico-militar que llevó a las maniguas orientales durante  el movimiento revolucionario y antiesclavista que demostró las serias contradicciones contra la metrópoli española y sus formas despóticas de gobierno.

 

En Cuba ya no eran posibles ningún tipo de reformas políticas o económicas. Quedaba un camino: la independencia por el sendero de las armas tras un corto proceso conspirativo en la región oriental que luego se extendió hacia Camagüey, o el centro del país.

 

En reunión del 6 de octubre, en la finca “El Rosario”, Céspedes es elegido jefe del levantamiento revolucionario, y tratan de tomar el poblado de Yara, pero fracasan en el intento. Días después, se apoderan de la ciudad de Bayamo, y la insurrección se extiende al Valle del Cauto, Santa Rita, Las Tunas, Baire y…

 

El 4 de noviembre la llamarada independentista llegó a Las Clavellinas, en Camagüey, y el 6 de febrero de 1869 se suman los villaclareños en un proyecto independentista que no pactó con formulaciones reformistas, anexionistas o autonomistas.

 

Martí precisó que “de Céspedes el ímpetu y de Agramonte la virtud”, como inmortalizando aquellos grandes hombres que, junto a otros patriotas, contribuyeron, aún desprovistos de armas y estrategias militares, a prender los pensamientos independentistas, como fin rápido y urgente, en nuestra Patria.

 

Al paso de 10 años de lucha surgieron muchos obstáculos durante la insurrección armada, entre los que sobresalió el mando único, y el regionalismo de los jefes insurrectos, o la desorganización de las ayudas externas con avituallamientos y soldados, y hasta la negativa a no eliminar el flagelo de la esclavitud en el Occidente, o la “conspiración” engañosa de administraciones norteamericanas para abortar la revolución.

 

Sin embargo, desde el inicio de la contienda bélica, y después de la toma, incendio y retirada de Bayamo, Céspedes, como jefe máximo de las fuerzas revolucionarias, aceptó en Guáimaro, en abril de 1869, la Constitución de la República en Armas y la existencia  de un gobierno republicano que lo nombró su Presidente.

 

 Entonces brotó el despliegue de un pueblo nuevo, irredento, que tuvo al Ejército Libertador, como baluarte de la unión de todos los cubanos.

 

Con Céspedes y del Castillo, como guía de la Revolución, nacería nuestro himno nacional y bandera de estrella solitaria, y también la prensa periódica en la manigua —El Cubano Libre—, paladín de la información al servicio de la verdad y de la Patria.

 

Al bayamés la muerte lo sorprendió en San Lorenzo, en desigual combate el 27 de febrero de 1874, pero ya su convicción patriótica había calado en todo el país junto a la «Santa  bandera de antes», como apuntó Martí, continuador de aquel pensamiento independentista en el cual era vital articular a todos por un magnífico pensamiento común: la independencia nacional.

 

Después de 1878, con el Pacto del Zanjón, y las posteriores Protestas de  Baraguá (Maceo) y del Jarao (Ramón Leocadio Bonachea), y hasta 1895, recordó Fidel en aquel discurso por el Centenario de los Cien Años de Lucha, las «banderas revolucionarias no fueron abandonadas, las tesis radicales no fueron olvidadas. Sobre aquella tradición creada por el pueblo de Cuba, sobre aquella conciencia engendrada en el heroísmo y en la lucha de diez años, comenzó a brotar el nuevo y aún más radical y avanzado pensamiento revolucionario». 

 

Ese es el principio que continúa en nuestros días. Es una historia ininterrumpida en un pabellón de soberanía nacional, y que tuvo su paladín al cubano de siempre: José Martí.