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Por Luis Machado Ordetx

               «no es posible que sea digna ni feliz la sociedad en que   

               haya unas clases que vivan a expensas de otras…»

                   Diego Vicente Tejera, Club San Carlos, Key West, 1897.

 

Durante una conferencia ofrecida a los obreros cubanos, emigrados durante la guerra de independencia, la necesaria como denominó Martí, el pensador Diego Vicente Tejera, reclamó lo que aún significaba entre los «hombres el derecho y la justicia, acaso lograremos, presentándolos unidos a nuestra fuerza colectiva, que no nos cojan más la parte que nos toque en el reparto terrenal», idéntico espíritu que primó entre todos desde aquel 10 de Octubre de 1868 cuando Carlos Manuel de Céspedes, en La Demajagua, clamó y enrumbó el camino de la patria independiente.

 

Pasaron 10 días, y en Bayamo, con un «sol refulgente», se estrenó aquella pieza musical que luego devino en el Himno Nacional de Cuba tras la primera victoria militar de aquellos hombres que se lanzaron a la manigua, acompañados de esposas e hijos, para defender un ideal: morir en el empeño por lograr la soberanía del poderío español de entonces.

 

Aquella llama de combate, que después aparece en ocho versos, surgida de la firmeza popular que acariciaron sus autores (Perucho Figueredo, letra, y Manuel Muñoz Cedeño, música), hizo que Martí, el «peregrino viril», como lo denominó Max Henríquez Ureña, exclamara que «tengo de Bayamo el alma intrépida y natural»,  símbolo caliente  de rebeldía ciudadana en proseguir esa lucha que confirma: «la patria os contempla orgullosa», como apunta el himno.

 

No por gusto, en 1923 desde las páginas de la revista habanera Cuba Contemporánea, el dominicano Federico García Godoy, declaró que la «Virtud fundamental y suprema es el sentimiento consciente de lo que es positivamente la patria (…) Desde casi el instintivo apegamiento al pedazo de tierra, al rincón en que se nace y se vive, a las múltiples peculiaridades físicas que lo construyen  y lo revisten de especial fisonomía (…), hasta la vibración más alta y compleja de ese sentimiento, hasta la nación en sí», criterio que también entronca con  «el amor dulcísimo» que engalanó Martí.

 

El concepto se funde con lo subrayado por Fernando Ortiz sobre el sentido de cubanidad y cubanía en esa conciencia y voluntad de ser hijo y pertenecer a todos los sueños impostergables de nuestra Isla.

 

Nuestro Himno, entonado al clamor de la victoria mambisa en Bayamo, retumbó nuevamente el 11 de enero de 1869 cuando todavía humeaban las viviendas de los moradores de esa ciudad dispuestos a convertirla en cenizas antes de entregarla a las fuerzas colonialistas españolas. Era y será siempre el canto de guerra y soberanía que jamás claudicará en el recuento de las epopeyas libertarias.

 

Ese representa el sedimento de la Cultura Cubana, con sus símbolos: bandera y escudo nacionales que perpetúan en las letras y las artes un sentimiento de firmeza prolongado en el tiempo, como dijeron nuestros nacionalistas de principios del pasado siglo: «Marchad adelante, en el cumplimiento de la misión que nuestra generosidad ha impuesto; pero marchad con energía y con cautela» para «A las armas valientes corred» en la historia libertaria. Representa el espíritu ciudadano, como impusieron  y decidieron por voluntad aquellos padres fundadores que dieron el primer grito de «libertad o muerte» desde la manigua oriental, y aún se prolonga en la actualidad. 

 

Ahí están las fuentes nutricias de la Cultura Cubana, y del canto que enarbolan versos, o la música, las letras y el gesto que distingue al hombre en nuestra historia pasada o presente.

 

Es la espiritualidad de la nación  forjada al calor hidalgo, como exteriorizó Bonifacio Byrne, en el lugar en el cual «no deben haber dos banderas/ donde basta con una: la mía», para hondear gallarda.

 

Una melodía, sonoridad y texto únicos, ennoblecen nuestro himno patrio; ese que no cree en límites geográficos, o en contenes intelectuales en la inmensa condición genérica de pueblo, como apuntó Fernando Ortiz. La patria está aquí, siempre latiendo insobornable con su himnario histórico, tal como se entonó en 1868  Bayamo, primera ciudad fieramente libre de nuestro país.