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Por Luis Machado Ordetx

Salas y Quiroga, el cónsul español, entusiasmado habló de aquel «ávido peñón en medio de los mares», convertida en 1856 en centro industrial, social y cultural por emigrados cubanos y puertorriqueños.

En lo fundamental, con asiento en lo que siete lustros anteriores dejó de ser las franjas orientales y occidentales de las entonces “Floridas” de la península ibérica, está Tampa y Cayo Hueso, un remanso de añoranzas cotidianas.

Ambos sitios en 1819 formaron parte de los Estados Unidos de Norteamérica, lugar en el cual hallaron abrigo muchos independentistas caribeños. José Martí, el más universal de todos los cubanos, predicó allí con la palabra ardiente para buscar solidaridad en su propósito transformador, de equilibrio del mundo, en nuestra realidad colonial y latinoamericana.

A Tampa —en extensión a Cayo Hueso—, con similitud en los otroras fomentos de vegueríos, arribó el periodista e investigador Jesús Díaz Loyola para presentar Crónicas del Caribe (Stella Maris, Barcelona, 2015), un compendio documental.

El texto aborda la personalidad de Manolín Álvarez Álvarez, emigrado que en Caibarién, al norte de la Isla, apreció también como en las tabaquerías lugareñas se sujetaba la laboriosidad de los torcedores de antaño. Con edificios, iglesias, muelles, o escuelas,  se fermentó —en uno u otro sitio— una parte de esa idiosincrasia que fundió al negro y el blanco de la nueva localidad: la apreciada por el Apóstol, y también por el asturiano.

Tampa, y por supuesto el Centro Asturiano donde trascurrió el miércoles un diálogo inmenso sobre un emigrado y su historia, dejó abierta ahora una lección que aborda cuando, allí en esa naciente urbe, antes española y luego norteamericana, arribaron las primeras dotaciones de tabaqueros cubanos en 1831, y decidieron por último, instalarse, como en casa propia, en la tabaquería de William H. Wall, devastada años después por un persistente fuego.

Es por analogía la historia de Álvarez Álvarez, relatada a partir de los testimonios que ofreció a Díaz Loyola sobre su establecimiento en Caibarién, territorio donde fundó emisoras de radio. En el nuevo acogimiento se erigió el español, sin quererlo o pretenderlo, en padre de un medio de comunicación que, junto a la prensa impresa —por el número de periódicos en circulación—, detalló el pináculo de una arquitectura social en las cuales se amalgamaron muchas nacionalidades.

Deslumbrado quedó Álvarez Álvarez cuando recién llegado a La Habana, y luego en Caibarién, apreció monumentales esculturas dedicadas a venerar a José Martí, el Héroe Nacional. Al admirarlo, supo y lo trasladó a toda la familia forjada en Cuba, que aquel hombre transitó por Tampa y Cayo Hueso para revivir la prédica independentista que inspiraba «con todos y para el bien de todos»  entre aquellos emigrados que, junto a José Dolores Poyo y Juan M. Reyes, aunaron en logias masónicas un espíritu propagandístico y recolector de fondos en la epopeya que anhelaba.

Tampa, y también el “Cayo” —Key West para los anglosajones—, fueron hervideros. Lo son ahora, y lo serán siempre porque allí vibra una parte insustituible del «alma cubana» de todos los tiempos. En la segunda se fundó en 1871 la Sociedad Ateneo, convertida luego en Club San Carlos, un paradigma en la irradiación de cultura e historia.

Así lo fue Caibarién, asiento de aplatanamiento de Álvarez Álvarez, un emigrado que escuchó de aquellas acciones que desplegaron en la Florida las patriotas Carolina Rodríguez  y María Escobar. Eran mujeres decimonónicas, cercanas al litroral cangrejero de Caibarién, quienes llevaron con el peculio personal y el verbo acariciador, un constante ardor en el impulso por la libertad y la fraternidad colectiva.

Años atrás cuando escribí «Fisgón de intermitencias», una aproximación a la radiante biografía que elaboró Díaz Loyola desde la perspectiva del periodismo y el testimonio, fue para Martí, también para el emigrado, aquel primer pensamiento que tuve en breves apuntes teóricos.

Dije entonces que «casi ido de España, con un tenue reconocimiento de su gente, de la cultura e historia de ese pueblo, y con el espíritu contenido del emigrado que bosqueja de lejos y también de cerca una filiación o una ensoñación por los recuerdos, llegó Martí a México en 1875, y en letra impresa expuso para la posteridad en la Revista Universal un fundamento   que corona cualquier pesquisa histórica, periodística; en fin informadora: “La verdad no se razona; se reconoce, se siente y se ama”». Una fuente para tener siempre en cercanía.

Todavía sostengo que “con esa pasión,  y no otra idea, hay en Jesús Díaz Loyola un juicioso redescubrimiento del hombre que porta historias, y por tanto atesora una memoria individual, al tiempo que sin desatarse de los rezagos sicológicos o vivenciales forjados allende a los mares, se inserta en otra idiosincrasia colectiva, y decide volcarla al papel impreso».

Eso, y no otra lectura, habrá que observar en Crónicas del Caribe, un libro regalo para los lectores gracias a la publicación que Stella Maris, de Barcelona, deja a todos los entusiastas que se acerquen a las apasionantes páginas impresas.