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San Juan de los Remedios, la ciudad guardiana del mar del norte de Cuba, se sostuvo como un farallón ante ese demonio que los nativos llamaron huracán. 

Por Mauricio Escuela (Escritor y periodista cubano).

Las crónicas más antiguas se pierden en los meandros de los siglos, San Juan de los Remedios, la ciudad guardiana del mar del norte de Cuba, se sostuvo como un farallón ante ese demonio que los nativos llamaron huracán. Primero fue la villa incipiente, supersticiosa, bravía, que no temió ni a piratas ni a naciones enemigas, ese grupo de españoles, indios, portugueses, judíos y criollos que ya sentían como suyos el pasto de los potreros, el salitre de la bahía de Buenavista, el tono colorado de las tierras; aquel amor era más fuerte que el viento, que las inundaciones, que el miedo.

De aquellas historias nos quedan retazos, la sobrevida de que hubo tormentas y naufragios, pérdidas inmensas, hechos que devinieron en leyendas. Como dicen todos, desde la fundación en 1515 hasta hoy es mucho lo que llovió en Remedios. El ciclón más fuerte de que se tiene memoria en esta región data del 26 de octubre de 1837, por entonces no había forma de predecir esos fenómenos. Tampoco aquella noche que se cernió sobre la ciudad de repente pudo apagar la alegría de las parrandas ni, como se dice en cubano, la jodedera, pues cuentan que un señor de apellido Castellanos cumplió la promesa de que su muerte conmovería al mundo.

Muchas décimas jocosas se hicieron sobre el deceso del longevo señor en medio de aquel gran ciclón conocido como San Evaristo.

Ahora Remedios sigue siendo mística, las bocacalles oscuras y fortificadas soportaron el azote del más reciente huracán, pero está en la población el espíritu de permanecer, de construir entre todos la más reluciente villa. La gente que ha perdido sus casas y bienes se preocupa por el nombramiento de las parrandas como Patrimonio de la Humanidad, va a las naves de trabajo de los barrios San Salvador y El Carmen y casi se olvidan que no hay fluido eléctrico, que la villa quedó incomunicada. Casi se olvidan de ellos mismos, así es el remediano, ese ser que mira con preocupación los daños a su querida Iglesia Mayor, una joya de la arquitectura colonial, con sus altares enchapados en oro. Es la capacidad heredada de luchar contra lo desconocido, contra fuerzas mayores, es la guardiana del mar del norte de Cuba que sabe sobre sus espaldas el peso de la tradición y la historia de tantos siglos.

Una ciudad que fue rectora de la prensa en la región, de ilustres familias, no tiene hoy un periódico donde plasmar los más recientes hechos. Deberá acudir a la memoria de los muchachos que juegan en estas prolongadas noches de apagón, a ese grupo que hace de la desgracia una chanza y transforman un pedazo de poste caído en una broma. Remedios estuvo conmocionada, estrujaron sus clavijas antiguas, sus paredes de tierra y piedras, sus seres misteriosos, saltaron de los ríos las supersticiones y las madres de aguas siempre dispuestas al milagro. Ahora la ciudad reposa, el descanso incluye al destruido teatro Rubén Martínez Villena, antiguo Madrid, donde se oyeran los arpegios de Alejandro García Caturla, o la Suite de las Parrandas de Agustín Jiménez Crespo. Ese silencio se cierne sobre el Teatro Guiñol del maestro Fidel Galván Ramírez, institución insignia, que tanta alegría nos regaló, cuyas obras llegaron a riberas tan distantes como los escenarios de Broadway.

Aun así, el remediano rechaza la lástima, se despoja de ella como de algo ajeno, se acuerda de los grandes hombres y emprende la recuperación. Los vientos de solidaridad y esperanza prevalecen sobre el huracanado rugido que recorrió las calles enrevesadas. Otra vez Remedios la Bella llenará el aire de campanadas, de piezas musicales compuestas por Caturla, de copos de pólvora de sus parrandas. La guardiana del mar del norte se levanta.

Tomado de http://www.granma.cu/cuba/2017-09-14/remedios-guardiana-de-los-vientos-14-09-2017-23-09-33