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Por Luis Machado Ordetx

Los cubanos después del paso del huracán «Irma» no duermen, y cuando el sueño llega, hasta sustos en los cuerpos y los pensamientos, aflora en reiterada ocasión. Tampoco tuvieron tiempo para pegar un ojo horas antes, y mucho menos cuando comprobaron que los vientos horadaron la tierra en puntos costeros y hacia el interior del país.

En épocas de desolación, con de cruces de brazos y lamentos, nadie se detiene. Aparece la solidaridad entre todos. Es la estirpe que, con algunos atributos, distingue la idiosincrasia de los nacidos en la isla caribeña.

La responsabilidad y el altruismo, más allá del saber humorístico y dicharachero que no cesan, tienden a propagarse en convocatorias y en respuestas colectivas.

Desde Caibarién, uno de los sitios más devastados y oscuros, unas horas atrás, la electricidad se restablece de manera paulatina. También ocurre igual en Isabela de Sagua, otros sitios de Corralillo y Encrucijada. Poco a poco, y paso a paso, se avanza en diferentes partes. Graves siguen territorios de las periferias de muchos municipios. Caminos desbrozan los eléctricos y telefónicos que, como huestes mambisas, restablecen conductoras de energía y comunicación.

Las calles y carreteras principales que conectan las localidades vuelven a la normalidad, y una llamada telefónica, por distantes que estén los interlocutores, se traduce en aliento porque nadie quedará abandonado de abrigos individuales o familiares.

Las viviendas arrasadas, o pérdidas de pertenencias personales, volverán a resplandecer con soberanas hidalguías. Los daños, ya cuantificados, son supervisados por ingenieros civiles y arquitectos, y toman inmediata solución. La cultura, y el disfrute espiritual, se dan la mano con los pobladores. Los hechos y respuestas tienen las pruebas del tiempo con huracanes humanos que alcanzan dimensiones inusitadas y se multiplican.

Enseñanzas sobran: resistir y resistir los más duros embates, sean naturales o provocados, que lleguen a los sitios inmediatos de nuestra cercanía. Es una vocación inherente a nuestras psicologías colectivas.

Tierras arrasadas, con cultivos en fomento, y hogares destruidos o dañados, en pocos meses, otra vez en pie, como un reto. Constituye esa una capacidad esencial   del cubano para ramificarse en la historia. No importa que muchos digan que la furia de los vientos los dejó casi en cueros, y entre los culpables están los vetustos árboles jamás talados en prontitud.

Nada ataja ahora “la guerra de las hormigas”, como sustentó antes en una hermosa fábula Francisco Javier Balmaceda, el patriota y poeta remediano. Un ambiente de confianza rodea a todos: ninguno estaremos desabrigados y todo tomará su cauce en aguas, campos y ciudades.

Habrá que decir como Miguel Matamoros, cuando la enorme tempestad de viento y agua azotó Quisqueya, en septiembre de 1930: «cada vez que me acuerdo del ciclón/ se me enferma el corazón», y eso dejó «Irma» en su engañifa pasada cuando tronó distendida por días en el rumbo norte de nuestro archipiélago.

Llega la electricidad, aunque muchos todavía están a oscuras, y aparecen los destellos de abastos de agua potable en sus más diversas tonalidades. Es como la imposición del refranero canario de “a buena hora y con sol” se redescubre la espiritualidad de nuestra existencia. Ya veremos nuevamente a las aves congregarse en la floresta, y transportar otras alegrías en los trinos y vuelos. Ahora no hay para más: “¡amárrate los pantalones!” y sigue  adelante en una extraña conspiración humana que desborda infinita solidaridad.