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Por Luis Machado Ordetx

Algunos amigos de San Juan de los Remedios, todavía con discretos servicios eléctricos, entonan plegarias por las ventoleras que ensañó el huracán Irma en la estructura del vetusto teatro Villena, de allí, lugar de historias y encuentros constantes de artistas cubanos y universales.

Tal parece que aquella remodelación del coliseo, previa al medio milenio del nacimiento de la Octava Villa de Cuba, en 2015, no soportó los embates de los vientos. Así mostró sus evidencias.

Otros dicen que fue deficiente y apresurado el acondicionamiento. Sea una causa u otra, los vientos adquirieron categorías inusitadas en la región. Nada sé de arquitectura e ingeniería civil, aunque conozco que desde un tiempo atrás allí existía un reacomodo estructural interior por fallas perceptibles desde entonces.

Ahora las planchas de zinc, con tornillos de media pulgada cogidos a maderámenes deteriorados por el comején, se elevaron de sus respectivas distribuciones. Nada de las acciones constructivas actuales tocó esas partes, lo cual infiere que las grietas  pertenecen al pasado.

Los sucesos actuales recuerdan aquellas tretas del negro Francisco, uno de los demonios escapados del infierno en la Villa remediana,  y que  según su mitología  salía a realizar travesuras a los moradores.

Natalia Raola Ramos, la historiadora, en cierta momento recordó el acontecimiento cuando el lunes 24 de junio de 1985 una tormenta local severa arrancó la tachadura de lo que antes fue el teatro Miguel Brú, n antes Madrid y después Villena, radicado en las calles General Carrillo esquina a Calixto García, en Remedios.

Celebraban entonces en aniversario 471 de la Villa fundada, y hasta semioculta, por Vasco Porcallo de Figueroa, hombre que fomentó un universo geográfico español y aborigen amplio por la región central cubana.

El coliseo, tal como lo conocemos en la actualidad, fue inaugurado en la mañana 8 de diciembre de 1923, y desde entonces sus distribuciones interiores se transformaron en determinadas épocas y preservaron las cualidades acústicas de embocadura, escenario y entrepisos, distintivos inherentes a una excelente instalación.

Ahora la parrilla, la reventazón de las cerraduras y columnas estructurales del fondo, y hasta las ventanas, se desprendieron con la fuerza de los vientos. La embocadura, y hasta el viejo piano que acariciaron manos ilustres de la música cubana, se destruyó.

Un día, no sé cuál, con esa parsimonia y amor que compete a los remedianos por su Villa de historias, la Octava de Cuba como la bautizó contra viento y marea Eusebio Leal Spengler en aquella memorable disertación del 24 de junio de 2015, volverá a renacer con un teatro de acontecimientos que marcan cultura e identidad en la región central cubana.

Trabajo y constancia quedan por delante, pero otra vez, con seguridad, estaremos en el lunetario sentados todos, y disfrutaremos del arte que otros propagan a los confines del conocimiento y la humanidad.