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A Alberto Anido Pacheco, un creador que combina las más divesas formas del hacer artístico, está dedicada la revista Umbral por los caminos de la Cultura número 70, un dossier de opiniones trascendentes.

Por Luis Machado Ordetx

Orihuela, el dramaturgo, declaró que los «Silencios y olvidos son la recompensa», sentencia que tiende a lo extemporáneo y parece descontextualizada. Sin embargo, erraríamos en su exactitud. La  emplea para  destronar la desmemoria. En pocas líneas aborda aquellos años luminosos del Teatro Guiñol de Santa Clara durante la séptima década del pasado siglo. Por supuesto, no olvida a un imprescindible artífice de entonces que convierte todo hacer creativo en integralidad de las artes.

La referencia más cercana se atribuye a Alberto Anido Pacheco, polifacético y también polisémico. Las ingeniosas actuaciones del virtuoso artista, próximo el entrante viernes 10 a los 81 años de existencia, traen un pretexto para el homenaje.

La revista Umbral en el camino de la Cultura, número 70, perteneciente a octubre-diciembre de 2018 —por esos días en circulación—, no falló ante el reconocimiento necesario y vital a los proyectos siempre trascendentes que desafía Anido Pacheco.     

Las miradas van hacia la profusa imaginería pictórica, así como al crítico y promotor. También el músico y el narrador que aborda los mutismos,  signo de efectos dramáticos, es evaluado desde la perspectiva de los retoques que dejó con La Casa en silencio (1994), Un mundo de sábados azules (2002) y El hilo del silencio (2008), por citar algunas de las valiosas narraciones. Tal vez tenga otras escrituras y composiciones musicales escondidas, o sin publicar. Albertico, ingeniero agrónomo de formación académica, siempre sorprende, «bajo la capa de polvo», como dice, con una inequívoca ocurrencia.

La infancia del artista, y hasta su mundo de infancia, de un modo u otro, están presentes en la publicación a partir de la historia que recrea Marta Anido Góméz Lubián, así como las búsquedas genealógicas que plantea Angélica M. Solernou Martínez al  penetrar en el universo más remoto, y también cercano, de los «troncos» familiares en el panorama musical villareño.

Sin dudas Umbral… fomenta un magnífico dossier  en afirmación a una trayectoria artística sin muchos parangones. El arte, en  intercambio, mutación y crecimiento. muestran la espiritualidad de  Anido Pacheco, humilde y nada escurridizo en el intercambio de opiniones y el desprendimiento humanista.

A pesar de lo recogido por la revista, percibo que desde Vanguardia, el periódico, se tiene una deuda con la historia. Apenas se esboza la trayectoria del artista, como comentarista y crítico, por las páginas del antiguo diario en soporte impreso. Es una lástima la falta de esa mirada.

Durante más de dos décadas, una vez por la semana, la página cultural del rotativo, llevó a los lectores las opiniones de Albertico. Los criterios hacían profusas referencias a los estrenos de las películas que circulaban por los cines villareños. En otras  abordaba las proyecciones de la Cinemateca. Con en cienfueguero Román Villoch, en criterios no coincidentes, aparecía la colaboración altruista de Anido Pacheco. Era una columna de opinión en defensa de la Cultura y la educación estética, y jamás, que conozca, exigió y tampoco percibió una retribución monetaria.

Era un trabajo a la antigua: cuartilla en blanco, ideas y máquina de escribir, y de manera impecable el texto llegaba en manos propias a la redacción. De soslayo en «Pasión por el cine», Rolando Rodríguez Esperanza recuerda en Umbral… los años de comunión de Anido con el periodismo. De las labores que hizo en Cmhw, la emisora provincial, también quedan deudas en las páginas de la revista. No obstante, hay una senda abierta a la probidad, al reconocimiento y la ruptura contra el más persistente de los silencios.