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ESCUDRIÑANDO ARCHIVOS (16)

ESCUDRIÑANDO ARCHIVOS (16)

Por Luis Machado Ordetx

Dubois de la Rosa —médico, cirujano y boticario—, con el transcurso de la primera década de instaurada Santa Clara en 1689, fomentó el despegue de una rutina cultural, muy a contrapelo del ejercicio de su profesión.


Encarnó la estirpe de muchos facultativos de la medicina o la farmacia que       —avecinados en Santa Clara, Remedios, Sagua la Grande, Caibarién, o Cienfuegos—, establecieron una cordialidad por la música, la literatura, el periodismo, la danza, el teatro y las armas en los campos de Cuba Libre.


Similares intercambios existió a partir de la segunda mitad del siglo decimonónico en barberías, peluquerías, bufetes, redacciones y librerías,  describe Miguel Antonio Alcover y Beltrán en la Memoria Histórica de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), y recuerda aquellos ineludibles  puntos «de reuniones para conversaciones y entrevistas, para citas y relaciones, para comentarios políticos e intelectuales» suscitados por el “Areópago”  de la localidad. 


Muchos de los galenos, en sus “delirios” artísticos- literarios y de ansia que desborda la cubanía, apreciaron el azote del gobierno colonial español que los catalogó de “insurgentes”. A otros se les embargó las propiedades. Entre esos aparecen los sagüeros Antonio Cuenca y Perfecto Hernández; también quedaron despojados de sus inmuebles los remedianos José Mujica y Juan Francisco del Río, y los santaclareños Daniel Gutiérrez, Joaquín Planas y los hermanos Antonio y Guillermo Lorda Ortegosa jamás conocieron los destinos de sus fortunas. Algunos, en cambio, recibieron prolongados confinamientos en la isla de Fernando Poo, en Ceuta u otras latitudes.  


El fondo desbordaron una cultura: el ser nacional. Así lo infiere Manuel Dionisio González en la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), cuando menciona los “hallazgos” artísticos del  capitán Bartolomé Jacinto Dubois de la Rosa. Fue el galeno «más filarmónico» de la comarca, dice. De La Habana peregrinó tierra adentro y se aplatanó entre la  diáspora de remedianos, y formó la primera botica de ungüentos de la localidad. 


La cabalgadura de Dubois de la Rosa siempre tenía unas ocho docenas de cascabeles en los pretales de la montura, y exhibía unos ropones largos  y sueltos, sobre los otros vestidos, «hechos regularmente de holandilla o argaripola, una tela blanca y fina, cosida con elegancia», precisa. La moda por el tiempo prosiguió en otros galenos cuando iban a visitar a sus enfermos residentes en zonas alejadas de las poblaciones.


José Surí —farmacéutico y médico cirujano—, el 23 de septiembre de  1743, fecha de defensa de su título ante el Protomedicato de La Habana, prefirió la composición literaria como única manera de expresar y comunicar los sentimientos más íntimos a los coterráneos de Villaclara. Desde su gabinete particular en San Juan de Dios, número 5, en  Remedios, el Licenciado en Medicina Domingo Lagomasino Álvarez (1844-1919), hacía cirugías sobre los ojos (cataratas, iridectomías y enucleaciones), entonando fragmentos de “Rigoleto” e “Il Trovatore”, famosas óperas de Verdi.


Así ocurrió cuando atendió, junto al doctor José Manuel Núñez (1844-1919), casos de síndrome de croup entre niños de la comunidad. El tratamiento utilizado, dice Carlos A. Martínez-Fortún y Foyo en La Medicina en San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1929), «era muy poco eficaz (emisiones sanguíneas, toques con nitrato de plata, insuflaciones de azufre y percloruro de hierro), y los galenos apelaron a la traqueotomía. Lagomasino Álvarez practicó dicha operación, con una simple cuchilla de bolsillo —por no tener a mano otro instrumento— a un hijo del señor Mendoza, Admor de Floridanos. Años después, el mismo facultativo salvó a su propio hijo, atacado de esa afectación».


Lagomasino Álvarez, ante el asombro de los padres, “entonaba” a los pacientes infantiles algunos trozos de las arias d´imitaziones que relataban, con efectos musicales, los trinos de los pájaros del campo cubano. De ese modo hacía una valoración de la  laringotraqueobronquitis o síndrome de Croup, caracterizado por una tos seca y el estrechamiento de las vías respiratorias. 


Esa enfermedad, afirma el historiador Saturnino Picaza, «asfixió en la más espantosa indigencia a Antonio Lorda Ortegosa», quien desde los campos de Cuba Libre figuró, como soldado y médico, con el rango de Secretario de la Guerra en el Gobierno de Céspedes.
El humor y la ciencia también están presentes en crónicas sociales que desde Vueltas traza el cirujano D.D. Delaney para El Criterio Popular. El 29 de junio de 1886 recaba en “El Corset” —coraza del atuendo femenino que desde hacía años no se utilizaba—, y verifica su utilidad al   «sostener los pechos débiles, reemplazar los ausentes y recoger a los extraviados». El texto provocó risas, y dejó un imperativo en la reflexión  colectiva. 


Periodismo diferente, versátil y de opinión, despliega Facundo Ramos y Ramos (1848-1912), considerado el decano de los médicos y periodistas de esa jurisdicción. El madrileño-remediano interviene a partir de 1878 en casi todas las redacciones de periódicos de tipología costumbrista, satírica, científica, literaria y artística que circularon en esa localidad, y otras vecinas, hasta finales de siglo. Por esa fecha la Octava Villa de Cuba dispone de 15 galenos, 3 farmacias, un dentista y dos comadronas —entre las que sobresale Carmen Meneses, (La Larga), quien atiende a las parturientas con el canturreo de rezos y cantos yoruba.


De Ramos y Ramos, el más singular y poco justipreciado de los galenos-periodistas de Remedios, Agustín Jiménez Castro Palomino (El Hijo de Santa Mónica), detalla el 10 de junio de 1891 en El Criterio Popular que,  «cuando se inspira escala el cielo con su lira: ¡Palabra!» Tres años después, el 12 de agosto, el columnista de rotativo retoma al carismático facultativo: «te deleitan las peteneras y la malagueña al son de la guitarra y de la pandereta; que sacan de quicio las “guarachas” y las “jaranas” que al pie del tiple, del güiro y de la bandurria entonan nuestros guajiros».


En el campo de las artes, los médicos, farmacéuticos, dentistas y comadronas, de un modo u otro, afirmaron un detalle marginal, coloquial, y humano, para confirmar actuaciones de lo popular y lo anecdótico de sus respectivas comunidades culturales. Muchos, tildados de   irreverentes, arraigaron un despunte por las artes y la dispersión espiritual inmersa en escenarios y corrillos públicos o privados. 

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (17)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (17)

Por Luis Machado Ordetx

Médicos de San Juan de los Remedios propagaron en mayo de 1894 el empleo de la bicicleta para recorrer las comarcas cercanas con el propósito de atender a sus pacientes. Un lustro el ciclismo había nacido en el escenario de la competición deportiva europea, y a los galenos cubanos no les interesó desafiar el maltrecho estado de los caminos vecinales y mucho menos los asaltos a mano armada que, a diario, desataban maleantes circunscritos en esa jurisdicción.

El Sinsonte, publicación remediana, en ediciones de agosto de ese año, incluye un titular que tipifica «El furor de la bicicleta», y resalta, como, además, «se organizan excursiones a todas partes y aún a los pueblos vecinos; los más entusiastas son D. Domingo Lagomasino y D. Manuel Fuentes Pando. En Placetas el Dr. Fusté, Candela, Miguel Palacios y los niños Eugenio Escarzada y José A. Fortún, que recibieron las primeras bicicletas que circularon por las calles de esta población», afirma en 1930 José A. Martínez-Fortún y Foyo en los Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción.

La Exposición de Chicago para festejar el cuatricentenario del arribo de Colón a tierras americanas y el encuentro entre dos culturas, propició un auge inusitado en la promoción de la bicicleta, equipo rodante que acortó las distancias entre las poblaciones, así aclara el villaclareño Manuel Serafín Pichardo, uno de los periodistas que acudió a la cita internacional en los Estados Unidos.

También lo sustenta Raimundo Cabrera en sus impresiones de viaje contenidas en las Cartas a Govín (1893), especie de sustanciosas crónicas de costumbres que enriquecen la opinión personal e impresionista con criterios recogidos por la prensa periódica de la época.

Es extraño que Antonio Miguel Alcover y Beltrán en la Memoria Histórica de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905) no haga referencia al empleo de la bicicleta en esa localidad, considerada junto a Cárdenas y Caibarién, como una de las mayores animadoras del país en prodigalidad de equipos.

Tampoco en su memorable análisis sobre El periodismo en Sagua. Sus manifestaciones (1901) —avalado como el más amplio estudio cronológico—, hace una mínima mención al vehículo de transporte personal de propulsión humana. ¡Resulta extraño! En los tres territorios de la costa norte la bicicleta se instituye como parte de las culturas espiritual y material de los viajeros.

Martínez-Fortún y Foyo afirma que las primeras bicicletas que aparecieron en Remedios procedían de la fábrica Michaux y fueron importadas desde San Francisco, California. Tenían neumáticos de gomas y la tracción era a partir de la cadena desarrollada en 1889 por John Boyd Dunlop para la denominada “bicicleta de seguridad” de Kemp Starley.

El 27 de marzo de 1894 ocurre en Remedios un suceso: los Licenciados Raymant y Rojas Oria, médicos cirujanos, asisten a la parturienta «Da. Buenviaje Carrillo, vecina de la calle Gloria esquina a Gutiérrez da a luz cuatro niños. El primero fue varón, pesó 3 libras y media y nació a las seis de la mañana; la segunda hembra, de tres libras cuatro onzas; el tercero varón, de 3 y media libras y el cuarto de tres libras.» Los galenos acudieron al lugar montados en sus respectivas bicicletas; lo que se consideró un acontecimiento cotidiano, aclara Martínez-Fortún y Foyo.

San Juan de los Remedios por esa fecha tiene más de 41 mil habitantes, indica el ensayista, y hasta las mujeres se apasionaron con las bicicletas en el empeño de seguir el culturismo que trazó Eugene Sandow en sus estudios prácticos.

Sin embargo, los médicos cirujanos, latinos y renacentistas son quienes mayores promociones hacen a la “máquina”, y lo hacen confiados de las cualidades que deja a la fisiología, la anatomía y la terapéutica del cuerpo humano. También la estética física entraba en la recomendación.

No todos los residentes tenían posibilidades monetarias para adquirir esos equipos que, por lo general, costaban menos de 60 pesos y se comercializaban en quincallas existentes en las ciudades.

Alguien preguntó recientemente el porqué de la discriminación conceptual entre los facultativos. Martínez-Fortún y Foyo lo refrenda en La Medicina en Remedios y su Jurisdicción (1930) al delimitar que los títulos emitidos por el Convento de San Juan de Letrán, en La Habana, y también en universidades extranjeras, principalmente europeas, incluían desde 1726 tres categorías diferentes: Bachiller, Licenciado y Doctor. Aquí surge otra división: los médicos cirujanos atendían todas las enfermedades, mientras los latinos aquellas internas, y los renacentistas las externas, en casos excepcionales y de urgencias lo hacía en heridas ocurridas en los órganos aprisionados en la caja toráxica.

El pergamino de cirujano renacentista era el que más rápido se adquiría, y agrega Martínez-Fortún que exigía menos conocimientos y exámenes prácticos. Por tanto, abundaban más los profesionales en esa disciplina. El Protomedicato de La Habana veló con celo la autenticación de los títulos, incluso legitimó de falso uno expedido a favor de Agustín Vidal España, quien el 23 de agosto de 1830 instaló un consultorio en la urbe de Remedios, territorio que hacia 1890 contó con más de 60 galenos, 12 dentistas y sangradores, así como 10 farmacias dispensariales que atendían predios de Camajuaní, Vueltas, Placetas, Guaracabuya, Yaguajay, Caibarién y Mayajigua.

En 1890 los azotes de la difteria, fiebres tifoidea y amarilla, y también de la viruela, exigieron una amplia movilidad de los médicos remedianos, quienes gozaban de reconocidos prestigios en la provincia de Santa Clara, territorio que con más de 280 mil habitantes, fallecieron ese año cerca de 7 mil 834 enfermos, apunta José A. Martínez-Fortún y Foyo en la Epidemiología (Síntesis Cronológica), publicada en 1952. Las transportaciones, por entonces, las hicieron montados a caballo y en trenes viajeros, y luego de 1894, a zonas cercanas, iban pedaleando en unos medios individuales rodantes que la historia acuñó como bicicleta.

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (16)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (16)

Por Luis Machado Ordetx


Los fatídicos sucesos de la muerte de Francisco Arencibia, el Alguacil Mayor de Santa Clara, ocurridos el 28 de septiembre de 1843 en la hacienda “Amistad”, en Jicotea, impulsaron a Leonor Mojerón para alertar a las autoridades españolas sobre una “conspiración” de blancos y mulatos que se fraguaba en la región central del país.


La mujer, nombrada Tina, La Bandolera, era propietaria una hacienda en las cercanías de Matanzas, y en las declaraciones deseaba poner a “salvo” a su amante José Joaquín Clavel. Ese catalán, y su partida, asesinaron a Arencibia y a los caminantes Bruno Hernández y Domingo Ordex, dice Manuel Dionisio González en la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858). El suceso constituyó el «mayor escándalo y ultrage de las leyes protectoras de la seguridad pública; un hecho atroz», nunca visto con antelación, explica.


Clavel extorsionaba a hacendados, y en las interrogaciones a Morejón salió a relucir el foco “abolicionista” existente en Santa Clara, San Juan de los Remedios y Trinidad. La declarante  lo atribuyó a planes del cónsul inglés ¿Turnbull?


Jamás mencionó nombres. Clavel nunca reconoció a Plácido entre los “conspiradores”, pero los periplos del poeta levantaron recelos. Fue detenido en Villaclara, a partir de «un anónimo al Sr. Teniente Gobernador, en que se me denunciaba como sospechoso», escribiría a Joaquín de Astray y Caneda en septiembre de 1843, fecha en que permaneció detenido en Trinidad tras el  segundo viaje a tierra adentro, cuando desembarcó el 5 de marzo de ese año en Sagua la Grande, procedente de Matanzas.


Manuel García-Garófalo Mesa en Plácido, poeta y mártir (1936), no menciona a la pareja Clavel-Morejón. Tampoco lo hace Dionisio González en los “presuntos” vínculos con Plácido. La Memoria Histórica de la Vila de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), de Antonio Miguel Alcover y Beltrán no incluye   referencias al acontecimiento y a  manifestaciones de bandolerismo en los campos. ¡Cosa extraña! En tanto  Daysy Cué Fernández, en Plácido, el conspirador (2007), pasa por alto la contingencia. 


Julio Ángel Carreras en “El bandolerismo en Las Villas (1831-53)”, retoma a Clavel-Morejón a partir de despachos escritos por el Teniente Gobernador Hernández Viciedo, y obtenidos de las confesiones de Justo García, uno de los asaltantes. 
La Comisión Militar dispuso la liberación de Plácido, quien estuvo retenido en Trinidad durante más de 6 meses. El 17 de noviembre de 1843 arribó el poeta a Matanzas. Tres días antes, ocho integrantes de la banda de Clavel fueron fusilados en La Habana, y Morejón quedó destinada a Ceuta, y luego regresó a Guamutas, donde murió a los 56 años de edad.


Carreras advierte que los cuatreros eran juzgados por el   «capitán pedáneo-juez (…),  y cuando las causas lo ameritan pasaba el caso a la Comisión Militar Ejecutiva Permanente (…) No hay imparcialidad, y cuando quieren condenar, buscan e inventan. Dan tormento y desoyen las reclamaciones de los acusados, apalean, suprimen la alimentación y el sueño; prohíben el baño, beber agua o sentarse en el banco. Tratan por medios brutales de conseguir la confesión o la palabra que comprometa».


A finales de mayo de 1879 fue promulgado el Código Penal Español en Cuba, y a partir de entonces el cumplimiento de la  «Ley y la persecución a los vagos correspondía a la guardia civil, cuerpo especial de fuerza armada, cuyo objetivo era atender el orden público y la protección de las personas y de las propiedades dentro y fuera de las poblaciones», indica Carreras. Ese cuerpo se convirtió en el terror de los campesinos. Desplegaron métodos de represión, robos de animales, y maltratos de palabras. Aún así, el bandolerismo tomó auge en La Habana, Matanzas y Santa Clara. 


El periódico autonomista El Criterio Popular, de Remedios, en la edición del 1 de enero de 1886 suscribe: «[…] Los asaltos, el robo, el asesinato y el componte como complemento han venido siendo las delicias de esta tierra. Han campeado por su respeto los ladrones en nuestros campos y hasta en nuestras poblaciones, mientras que los hombres honrados fueron perseguidos o vigilados constantemente».


En Santa Clara delinque Ceferino Ruiz Villavicencio, alias Veguita, quien se desplaza también por San Juan de los Yeras, San Diego del Valle, Quemado de Güines y Cruces. José (Papillo) Torres Pérez, otro maleante, hostigó el poblado de San Antonio de las Vueltas. Fue el bandolero más famoso del centro del país,  y la prensa lo apodó “El Rey de Las Villas”. Las autoridades españolas ofrecieron 530 pesos oro por su “cabeza”. Murió el 18 de febrero de 1892 durante una embocada en zonas de Mayajigua.


De 1890 a 1892, Camilo García de Polavieja se propuso renacer la confianza pública, sobre todo en las provincias de La Habana, Matanzas, Santa Clara y Santiago de Cuba, declaradas en estado de “guerra” contra el bandolerismo. Dos años antes el Capitán General Sabas Marín González las decretó con similar condición. 


José Antonio Martínez-Fortún y Foyo, en los Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), ofrece informaciones de las acciones constantes del bandidaje, y cita nombre de jefes de bandas: Cristo Acuña, muerto en Buenavista en 1888; Serapio Faire deambuló por Placetas; Mirabal por San Andrés y Cien Rosas. Dos años después en Santa Clara es ejecutado Dionisio Guzmán.


Una referencia de Polavieja, en su mandato  (1890-1892), testifica: «164 bandoleros y secuestradores fueron capturados, 43 murieron en escaramuzas y 20 fueron ajusticiados (…), 165 fueron confinados a Isla de Pinos acusados de apoyar a los bandoleros, y destinó 7 mil soldados, tropas de línea, la guardia civil, guerrillas volantes y agentes encubiertos», en el enfrentamiento al pánico rural.


De 1881 hasta 1895 transitaron por Cuba 10 Capitanes Generales. Fue la época de mayor auge del bandolerismo rural, y a pesar de los mecanismos represivos de Luis Prendergart y Gordon (1881-1883), Sabas Marín González (1887-1889) Manuel Salamanca y Negrete (1889-1890),  y García de Polavieva (1890-1892), nada pudieron hacer ante el poder de lo “inevitable”. Por esa fecha el movimiento revolucionario se reorganiza en su puja por la independencia total, mientras el pueblo sostenía sus mitos; héroes que delinquían ante el poder colonial y su aparato de “legalidad” impuesta al país.

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (15)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (15)

Por Luis Machado Ordetx


Los perros errantes apresuraron a partir de 1711 las obsesiones de vigilancias sanitarias del Real Tribunal del Protomedicato de La Habana, institución que por entonces organizó el ejercicio de la medicina, el funcionamiento de las farmacias y asumió pliegos de medidas epidemiológicas para enfrentar estragos originados por las enfermedades que hostigaron las poblaciones cubanas.


Las Juntas de Sanidad no se crearon hasta un siglo después en Pinar del Río, La Habana, Santa Clara, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba. Sin embargo, dos años después de aquella fecha Juan de Ortueta, vecino Regidor y Procurador General de la Villa de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción, dispuso que «[…] se limpien y desmonten las calles y todo lo que hace el Pueblo. Y se cerquen los pozos que puedan hacer daño, y los perros que se saben de hacer ruido en el lugar de alguna novedad y los que deambulan por el territorio sean recogidos».


 Es la noticia más antigua que se tiene sobre el animal doméstico que anda descarriado por los caminos de las atribuciones del centro del país.  José A. Martínez-Fortún y Foyo lo asegura en Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), al recoger la ratificación que hicieron  Juan Pérez de Prados y Miguel Hernández, alcaldes ordinarios, quienes sugerían a los habitantes que «[…] no tengan perros y el que lo tuviese que sea bien amarrado de forma que no pase perjuicio y origine enfermedades.» En caso contrario, dijeron, sacrificarían al animal y sancionaban con dos ducados a los propietarios. La providencia  engrosaría los gastos en los que incurren las autoridades de Justicia y el desyerbe de las calles públicas.


En 1720 la Octava Villa de Cuba es azotada por una epidemia de rabia, primera que acontece en la región. Los habitantes hacen rogativas a la Virgen del Buenviaje y se afanan en la “limpieza” del terruño. El 25 de enero de 1828 el Capitán General Francisco Dionisio Vives (1823-1832) rubrica un  Bando de Buen Gobierno, y lo hace circular entre los alcaldes de la Isla.  En los artículos aborda el «[…] barrido de los solares; la no circulación al libre albedrío de chivos, caballos, cerdos, perros y otros animales por las calles y solares yermos…» Por esa fecha en Santa Clara, Sagua la Grande y Cienfuegos se promulga una orden contra los animales errantes: cada vecino debe tener un solo perro en cadena y se “lincharán” los vagabundos.


El Manual de la Isla de Cuba (1852), de José García de Arboleya, informa que «Hay perros de muy finas castas, buenos cazadores y excelentes guardianes que auxilian mucho al labrador en el cuidado de las fincas, y en la captura de negros prófugos. Se conocen las castas de los de presa.» Menciona razas y dice que los «[...] zatos […], siguen siendo […] una  última clase despreciable y abandonada.» Esos eran los que vagaban, y  obligó que a mediados del siglo Remedios figurara entre las primeras plazas del país en exigir la presencia de veterinarios en sus dominios.
La ubicación de esos profesionales no ocurriría hasta comienzos de 1880, cuando el médico cirujano Ramón Reyes, secretario de la Junta Subalterna de Vacunas, asumió la responsabilidad en el rastro, la vigilancia epidemiológica en puertos y en la jurisdicción. 


Los Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, puntualizan en un texto de 1886, aparecido en su revista Crónica Médico Quirúrgica, que  una «[…] comisión compuesta por los Dres. Diego Tamayo, Francisco I. de Yildósola y Pedro Albarrán, se trasladó a París, en compañía de Joaquín Albarrán, residente allí, con el interés de realizar el estudio del procedimiento profiláctico de la rabia y los adelantos de la bacteriología.»  


Especifica que en Alemania estaba el clínico cubano Dr. Joaquín Lebredo, quien desde Rostoch, el 13 de mayo de 1886, envió una traducción del  estudio del Dr. Ulfelman sobre inoculación preventiva de Pasteur contra la rabia, una enfermedad viral que transmitían los animales (especialmente perros y gatos) al hombre. 


En 1922 Santa Clara está registrada como la ciudad de Cuba con mayores mordidas de perros rabiosos. Eso forzó al Dr. Ramón Lorenzo (investigador de la  anemia, el paludismo, y la impermeabilidad renal y la fiebre tifoidea), a promover el primer Instituto Provincial Antirrábico del país, ubicado en las calles de San Cristóbal entre Villuendas y Juan Bruno Zayas. La instalación funcionó hasta comienzos de la sexta década del pasado siglo. 


La primicia: aplicar la vacuna “Pasteurol” para inmunizar a los perros contra la rabia y  evitar males mayores en los seres humanos. Un 70% de la población total de canes eran callejeros, y excretas y orines pululaban por aceras y arterias viales. 
Las pesquisas de médicos cubanos encontraron otro transmisor de la  enfermedad endémica: las mangostas silvestres, mal llamado hurón, que a mediados del siglo XIX fue introducido de Birmania con el objetivo de combatir a los roedores que flagelaban los cañaverales e ingenios azucareros. Sin embargo, los hábitos de uno y otro animal eran diferentes y casi nunca se encontraban en círculos claros u oscuros, abiertos o cerrados. 


El botánico Álvaro Reynoso, según las Memorias de la Sociedad Patriótica de 1840, se querelló contra el daño indiscriminado a los «majaes nativos, —en especial el llamado Majá de Santa María— […], el mejor de cuantos enemigos puedan oponerse a la multiplicación y existencia de esos roedores.» La mangosta amenazó con liquidar la fauna ornitológica silvestre y doméstica. No creyó en aves y nidos, y atacó al hombre y transmitió la rabia en algunos territorios de una jurisdicción como Sagua la Grande, la cual en 1862 disponía de 125 ingenios. 


A pesar de eso, los animales domésticos, incluyendo la fauna silvestre, eran obsesión para los cubanos de entonces, y a partir de 1880 comenzaron a proliferar sociedades encargadas de salvaguardarlos, según se aprecia en el discurso político del reformismo finisecular en la Isla. El reglamento de la Sociedad Cubana Protectora de Animales y Plantas firmado en 1882, pregonó el desafío a la crueldad, sobre todo las cometidas en corridas de toros, lidias de gallos, en labores de equinos y con los sabuesos.


El gobierno interventor de los Estados Unidos, con el nacimiento del pasado siglo, dictaminó multas monetarias y penas en cárceles a quienes castigaran o atormentaran a cualquier animal, lo dañaran, mutilaran o mataran. Las contravenciones incluían a aquellos que los abandonaban o dejaban morir en lugares representativos. 


Desde entonces el maltrato a los animales, fueran o no mascotas, se contuvo y las intranquilidades por el entorno de las ciudades adquirieron un compromiso ciudadano: reforestación vial, calidad de las aguas,  incontaminación ambiental y vigilancia comunitaria que impidieran  cualquier desafuero individual o colectivo contra el entorno urbanístico. 



SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (14)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (14)

Por Luis Machado Ordetx


Alarmado, el botánico matancero Sebastián Alfredo de Morales, el primer biógrafo cubano de Plácido, arribó en julio de 1892 a San Juan de los Remedios. Vino dispuesto a investigar las depredaciones de la flora y la fauna en la cayería del norte de esa jurisdicción, una de las más devastadas en bosques naturales a causa de la expansión azucarera.

Ancló residencia familiar en la vivienda número 38 de la calle San Jacinto, dice José A. Martínez Fortún y Foyo, tras la recopilación de informaciones contenidas en el rotativo El Deber, órgano del Centro de Recreo de Color, dirigido por el folklorista Facundo Ramos. 

El investigador de la Atenas de Cuba cree en las ideas de Plinio Cecilio Segundo, el naturalista romano que se opuso al «sacrilegio de talar los bosques y matar hasta los pájaros». No era la vez que el asunto en los territorios centrales salía a la palestra pública: la enmarañada floresta tropical, a hacha y fuego, acababa con las reservas naturales del país a partir de cortes abundantes de maderas de todo tipo que desde 1770 iban hacia el Arsenal de La Habana, la exportación hacia España, Londres, Liverpool, Bremen, Rótterdam, Havre y Nueva York, ó servían para la construcción de ingenios o viviendas.

En 1839 los agrimensores Idelfonso Vivanco y Teodosio Montalbán advertían que «[…] en cuanto se llega a donde cesa el mangle, es decir la gran faja que separa el mar de la tierra firme, se empieza a ver a uno y otro lado del río campos sembrados de caña y fábricas de ingenio, entre los cuales se ve descollar en casi todos la gran chimenea de la máquina de vapor que es el agente que emplean para moler.» El Sagua la Grande —el más caudaloso de la costa norte—, y el Sagua la Chica,  son los ríos de referencias que extienden las plantaciones cañeras a costa de los bosques.

Félix de Estrada, capitán de navío, medio siglo antes reconoció 20 leguas a barlovento y sotavento en zonas de Remedios, y encontró un desorden en aserríos particulares y el empleo de cedros en los cercados de las fincas. Eso contradecía los intereses de la corona española, requerida de maderas preciosas para restablecer su Armada Real.

Antonio Miguel Alcover y Beltrán en la Memoria de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), dice que en «[…] 1780 fue concedido a un particular el permiso para establecer un corte de madera en la hacienda Jumagua, para lo cual se trajo de la Florida  un grupo de familias que construyeron el núcleo inicial de un poblado.»  Al retomar datos de las Memorias de la real Sociedad Económica, retoma un criterio de Tomás Romay que indica a la «caña de azúcar (…) como verdadera obsesión en nuestro país, porque con sus productos se calma el egoísmo de los hombres (…) Los terrenos de sagua eran de la mayor calidad, con bosques muy poblados de cedros, caobas, ácanas y otras maderas útiles y preciosas...»

Ya desde 1825,  apunta Alcover y Beltrán que el marinero catalán José Virgil, alias Cherepa, «abrió el primer hotel y fonda de Sagua la Grande, y hacía contratas para la exportación de maderas y de sogas, extraídas de sus fábricas San Valentín, Ensenada y Viana.» Antes Francisco Ponce de León y otros negociantes, se establecieron para explotar las maderas.  Hacía una década que una Real Cédula concedía a los particulares cubanos el derecho perpetuo de abatir con entera libertad sus árboles.

El bosque se convirtió, además, en proveedor de las fábricas de azúcar, de suelos vírgenes, y de maderamen para la Armada Real y los vapores y el ferrocarril que inundaría después el Archipiélago cubano, suscribe el esnsayista Reinaldo Funes Monzote en De los Bosques a los cañaverales: Una historia ambiental de Cuba 1492-1926 (2010), un texto histórico de exquisita información documental.

De 1846 a 1871,  precisa Alcover, la jurisdicción de Sagua la Grande tuvo 165 fábricas de azúcar. El aumento significó 104 nuevos ingenios. San Juan de los Remedios llegó en esa fecha a 71. La tala y quema indiscriminada de los bosques, a contrapelo de la naturaleza, se convirtió en sed perpetua de la futura industria nacional. Hacia 1862, ambas jurisdicciones figuraron entre las más abundantes en bosques, y dos décadas después la masa verde se redujo en un 55%: era el síntoma evidente de la depredación.

Alcover en su Bosquejo Crítico Descriptivo de la Villa de Sagua la Grande (1909), afirma que «[…] en sus campos contaron por docenas los ingenios y en sus tierras (…) que produjeron las más hermosas cañas que jamás otra región dio, nada de eso se ve hoy.» Hugo H. Bennett y Roberto V. Allison, refieren en Los suelos de Cuba (1928), que la llanura costera de Cárdenas a Caibarién y los terrenos alomados de Sagua-Caibarién, «[…] tienen rendimientos cañeros poco favorables (…) debido a la impermeabilidad del subsuelo, la salinidad y la rápida invasión de malas hierbas; lo que origina la contaminación de la aguas del río.» ¿Por qué?: la devastación indiscriminada de los bosques a costa de una vandálica especulación.

Desde las calles Gloria y Amargura, en Remedios, sede del bisemanario El Criterio Popular, Francisco Javier Balmaceda, alerta sobre sus Tesoro del Agricultor Cubano (1890), y afirma que «[…] se secan muchas fuentes de agua en lugares donde se efectuaron grandes desmontes, disminuye el caudal de los ríos, hay prolongadas sequías e inundaciones; aparecen plagas y enfermedades, y los frutos son raquíticos y penosos: desventura de habitar en un país donde derramó sus dones la naturaleza y estos fueron despreciados y aniquilados

En 1876 se dictan las ordenanzas de montes para cuba y puerto rico, y se inicia la  administración forestal. Santa Clara establece uno de los tres distritos del país, para impedir los “afanes de lucro” en los bosques. En el censo de 1899, la provincia aparece con unas 124 mil 660 hectáreas de bosques públicos, superada por santiago de cuba. Dos años después, desde La Publicidad, la ciudad de Santa Clara, «pedía a gritos la siembra de árboles en las márgenes del Bélico y el Cubanicay, en el Paseo de la Paz, en los baños del Chamberí, en las lomas del Carmen y el Capiro;  y decían: no hay que olvidar que el árbol contribuye poderosamente en la salubridad pública, y aún influye en los fenómenos atmosféricos, como la lluvia

Una Ley del Poder Ejecutivo de Cuba, firmada en 1909, advertía que no «podía aprovecharse el recurso forestal sin obtener una licencia previa. Esa práctica se violó hasta 1923, cuando se afianzó una mayor vigilancia en los bosques tras la promulgación de un reglamento para el régimen de los montes protectores y las reservas forestales. También se dispuso la obligatoriedad de la repoblación forestal: «[…] todos los dueños y arrendatarios de propiedades atravesadas por ríos, quebradas, riachuelos o manantiales, en cuyas vegas estuvieran distribuidos bosques, tenían que plantar árboles de rápido crecimiento y gran desarrollo en las márgenes.» También se prohibía cortar palmas reales y frutales, y se exigía por cada tala la siembra de tres plantas de idéntica especie.

La advertencia fue ratificada un lustro después por José Isaac del Corral, director de montes y minas, quien clamó por restituir los montes para garantizar las  regularidades del régimen hídrico y de la bondad del clima. En Problemas de la Nueva Cuba (1935), se fundamenta la «[…] diversificación agrícola y de fomento de pequeñas pertenencias de propietarios independientes (…); plantar caña brava, y al planear nuevos bosques cubanos, los trabajadores de los mismos, en todo lo que sea posible, deben establecerse en huertos familiares que estén adyacentes. Según este sistema quizá puedan garantizarse a los ocupantes de estos sitios cien días de trabajo al año en los bosques, dedicados a plantar árboles y a cuidarlos. »

«Estos trabajadores pudieran producir lo necesario para su subsistencia durante los doscientos días restantes. Allí hay posibilidad de poblar estos bosques vedados con animales de caza y vender las licencias de caza y tiro

Hacen una propuesta fabulosa: «[…] Cuba no cobra impuestos alguno a las tierras baldías, lo cual constituye un serio error para un país que se encuentra dominado por enormes latifundios (…) podría ser conveniente crear sin tardanza un impuesto pequeño sobre tierras que no están siendo usadas para producir cosecha alguna.» ¡Qué necesaria sería la implementación de esa medida para acabar con tanta tierra subutilizada! 

De acuerdo a cifras actuales, el país está cubierto por un 25% de bosques, y las cifras tienden a crecer anualmente. Ya no son los tiempos pródigos que describió Manuel Dionisio González en la hacienda de Los Orejanos, en Sabana Larga, con dos fértiles arroyos de aguas saludables y rodeados de luminosos bosques, que se extendían desde el este con dirección al norte hasta el oeste. Tampoco lo reseñado por Alcover y Beltrán en aquel recinto enmarañado de florestas en zonas de Sagua la Grande. Toca ahora seguir reviviendo el monte, y recrearse a partir de las inextinguibles bondades que deja al hombre tras el paso de tiempos contaminados. 










SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (13)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (13)

Por Luis Machado Ordetx


La prensa de San Juan de los Remedios levantó inusitadas polvaredas a principios de la sexta década del siglo XIX. Dimes y diretes entre integristas y liberales dejó las relaciones contractuales de culíes que se incorporaban a las haciendas azucareras. La  rebeldía de los  asiáticos, aunque jamás se apagó, no era observada  como un problema. Los asuntos gravitaron hacia las enfermedades que afectaban a la población.


La fiebre amarilla, la  viruela —causante en 1861 de más de cuatro mil muertes en la región central—, y el cólera o morbo asiático, constituyeron temas recurrentes. También la inversión de capitales de hacendados matanceros, y ciertos estados de “intrusismo” profesional en tratamientos de padecimientos humanos, apresuraron una vieja  polémica fundamentada once años atrás cuando el cura, vicario y juez eclesiástico Eusebio Bejarano, bautizó a “El Cao”, un popular médico chino de Remedios. 


Ahora el periodismo la emprendía contra Pablo Sanz, nombrado “El Cao”. El hombre, vestido con elegancia, apareció de buenas a primera en la localidad y «era solicitado con afán por el vecindario (…),  había curado a muchas personas, teniendo constancia algunos regidores


Afirma José A. Martínez-Fortún y Foyo en Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), que desde El Boletín, el boticario Alejandro del Río, publicó en agosto de 1861 un extenso artículo referido a la homeopatía y los intrusos en el campo de la medicina, curanderos y yerberos. Aludía a  un médico chino, llamado «Pablo Chau-Chau, quien hace furor en el vecindario. A muchos de los enfermos les dice que tienen una ¡jicorea! hambrienta en la garganta


El asiático, en perfecto español, incorporó una réplica en el rotativo. El bisemanario La Razón —órgano alejado de asuntos políticos—, retoma los supuestos teóricos y prácticos de ese “galeno”, y aplaude las propiedades curativas inmersas en la flora y la fauna cubanas.


 El Dr. Cataldo, desde El Boletín, arremete contra las tisanas y jarabes  caseros. También ataca a un «chino tabaquero que se dedica al curanderismo.» José Antonio León Albernas desde esas páginas  aplaude «al médico chino, por demostrar efectividad en sus tratamientos», dice Martínez-Fortún.


Pablo Sanz (“El Cao”) y Chau-Chau ¿serán acaso el quinto y sexto de los médicos botánicos de nuestra historia? Al menos,  hasta ahora, hay cuatro identificados. Todos ejercieron en diferentes ciudades cubanas: Kan Shi Kom, en La Habana. Domingo Morales, en Santiago de Cuba, En Manzanillo estuvo Liborio Wong. En Camagüey Juan de Dios Siam Zaldívar. El más reconocido de todos es Juan Cham-Bom-Biá (Chang Pon Piang), según Emilio Roig de Leuchsenring.


Martínez-Fortún en La Medicina en Remedios y su Jurisdicción (1930), no advierte una estadía de esos galenos. Sin embargo, entre 1850-1862 habla con sistematicidad de Pablo Sanz, “El Cao”, y Chau-Chau. Las posibles respuestas al ¿por qué?, habrá que localizarlas en archivos documentales existentes en la Octava Villa de Cuba.


Otra de las polémicas toca de soslayo el trabajo esclavo y el sometimiento de los chinos; también a la diferenciación entre lo cubano y lo español y al desarrollo ferroviario. La disputa acontece en julio de 1864 entre José León Albernas y el agrimensor Teodosio Montalbán: los “ricos” son tema de debate.
Albernas, desde El Porvenir dice: «…los hombres que felizmente se hallan colocados  por (…)  una propicia fortuna (…) nunca por infinitas razones deben permanecer como mudos e indiferentes testigos ante el interesante espectáculo de un pueblo (…) en medio del camino de su progreso…


El Montalván responde en La Atalaya: «…son muchos los ricos que quieren aparecer como buenos patriotas, desinteresados que se ocupan con empeño del progreso material e intelectual, procurando (…) con las galas de una falsa política; pero llegado a asuntos de interés, entonces se resisten; yo creo sería más fácil el numerar las estrellas en una clara noche, que sacarles una peseta para bien de la humanidad…»


Sazona la polémica la muerte de culíes por causas naturales o  maltratos: eran sepultados en fincas. Cuatro años después los enterramientos ocupan un lugar apartado en  cementerios locales.   Transcurrió una década las disputas tomaron otros aires: desde Remedios El León Español (1873-1882), un diario integrista, elogió el proyecto de “reactivar” la emigración de colonos asiáticos no sujetos a una contrata determinada. Francisco de Abella Ralderis detallaba una vía de servidumbre encubierta.


La edición número 59, del  17 de mayo de 1874, expone: «… Con estos coolíes sino se hace de ellos buenos colonos es porque no se quiere (…); cesen las compañías que se enriquecen especulando con estos infelices y habrá colonos, las faltas de los chinos no son tan grandes


 La propaganda respondió a un “humanitarismo” capitalista en defensa de las Sociedades “Ibáñez y Cia”, “Alianza” y de Julián de Zulueta, principales comerciantes de asiáticos en Cuba. Ese proyecto fracasó. En 1883 el sistema culí terminó. Los chinos comenzaron a acercarse a las ciudades.


¿Ironías de la historia?: el 10 de febrero de 1887 el poblado de Las Coloradas, en San Juan de los Remedios, comenzó a nombrarse Zulueta, según acuerdo del Ayuntamiento, en “honor” a Don Julián, el negrero; el chinero. 


Con el propósito de subsanar ese “error”, y restituirle a la calle habanera el nombre de Agramante —popularmente conocida desde 1874 como “Zulueta”—, el investigador camajuanense Juan Manuel García Espinosa promocionó su estudio Julián Zulueta y Amondo, negrero, traficante de culíes y enemigo de la independencia de Cuba (1985). Hasta el presente la queja histórica no logró sus objetivos.
A partir de la octava década del siglo antepasado surgieron los primeros casinos (centros de Beneficencia, círculo de Artesanos, sociedad de Socorro Mutuo…) en Placetas, Remedios, Caibarién, Sagua la Grande, Camajuaní, Santa Clara y Santo Domingo, considerados  los principales territorio poblados de asiáticos. Desde entonces celebraron con mayor libertad el Año Nuevo, según sus tradiciones, con ceremonias religiosas,  pero sin cohetes; repartían lechón y jan-jeón (sádalo), y colocaban banderitas y luces de colores.


En 1906 Tomás Estrada Palma firmó  la Ley de Inmigración y Colonización que autorizó la entrada de agricultores y trabajadores chinos. La Secretaria de Hacienda es explícita: entre 1902 y 1931 viajaron 12 mil 926 asiáticos. Las oleadas migratorias decrecieron en las décadas siguientes. No obstante, el aporte chino —junto al hispano y el africano, desde las más variadas aristas—, estableció otra impronta dentro de ese “ajiaco” de valores inalterables que ofrece al mundo la nación y la cultura cubanas.  

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (12)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (12)

Por Luis Machado Ordetx


Emigrados franceses radicados en La Luisiana propagaron desde Matanzas el cultivo de  los primeros cafetales existentes en la llanura central adscripta a la jurisdicción de San Juan de los Remedios.   Las cercanías de Las Placetas fue el sitio escogido por la familia Lavalette para fomentar sus plantaciones a partir de 1813, afirma José Antonio Martínez-Fortún y Foyo al abordar la genealogía de la finca fundada por Isabel Gaudinau y Teresa Belchaise de Lavalette, empeñadas luego en construir el ingenio “Flor del Cayo”, próximo a la fábrica de azúcar “San Andrés”, en ese territorio.


Los Lavalette eran propietarios de los ingenios “Coloso” y “Recreo”, asentados en la Atenas de Cuba, y tenían una hacienda aledaña a Las Placetas, lugar en el cual se instalan de forma permanente a partir de 1861. Allí también primó el trabajo esclavo. El comandante Vicente Lavalette —descendiente del general francés que combatió en Haití a las huestes  de Toussaint Louverture—, dirige las riendas de los cafetales, y en lo adelante lo hará con mayor aplomo en la elaboración de azúcares. Viaja con reiteración en el vapor “Sagua” desde Caibarién a Cárdenas. Trae consigo a experimentados conocedores de ese cultivo que, con anterioridad, radicaban en Sabanazo, Sumidero, Camarioca y Canímar.


En Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1936), Martínez-Fortún refiere que el cabildo eleva en septiembre de 1843 una instancia al Capitán General Gerónimo Valdés, por conducto del Teniente General de la Real Armada Francisco Javier de Ulloa, quien espera la toma del mando de Leopoldo O´Donnell y Jorris.


La queja dice: «(…) la historia de este pueblo es desgraciada y miserable (…), nunca ha podido aspirar a ponerse en parangón con otros de la Isla cuando tiene elementos para superar a muchos. Los capitales principales son haciendas y potreros de ganados, algunos cacaotales, cafetales y vegas de tabaco, con principios de uno que otro ingenio que se están fomentando…»


No especifica el área exacta de los cafetales. Toda inferencia va hacia  Placetas. Los Lavalette ponen en práctica las prudencias aprendidas en el manejo de ese cultivo. Un resumen estadístico aparecido en 1859 en El Boletín, primer periódico impreso siete años antes en esa  jurisdicción, aclara  que tienen «(…)  51 ingenios o trapiches, 3 cafetales, 356 potreros, 26 haciendas de crianza, 813 sitios de labor, 69 vegas de tabaco y 13 fincas…» Francisco Javier Franch, director del diario, informa de la labor de dos colonos procedentes de Yucatán. Nadie pondría en duda que fueran los Lavalette.


Tengamos en cuenta lo que expone Alejandro García Álvarez al introducir el ensayo Un café para la microhistoria (2008), escrito por María de los Ángeles Meriño Fuentes y Aisnara Perera Díaz: «Al parecer  los huracanes de gran intensidad que azotaron Matanzas y parte de La Habana en 1844 y1846, unido a la rebelión de esclavos que afectó la zona de plantaciones de la llanura matancera, fueron algunos de los factores que aceleraron la salida definitiva de los cafetales de los territorios centrales de la llanura roja Habana-Matanzas, dejando a la caña la ocupación casi total de sus espacios agrícolas.» Tal vez, eso “obligó” a los Lavalette a no desatender su hacienda en Las Placetas.


En el Manual de la Isla de Cuba (1852), José García de Arboleya sustenta que «(…) después del ingenio es el cafetal la finca más notable de los campos de Cuba, excediéndole a veces en amenidad y belleza. Su extensión varía de 4 a 20 caballerías de tierra, las cuales no solo se dedican al cultivo de los cafetos sino al arroz, viandas, frutos y hortalizas que se siembran entre las matas de café
Localizar rastros de explotación cafetalera en las llanuras centrales constituye un acto difícil. No obstante, la historiografía que aborda las jurisdicciones de Sancti Spíritus, Trinidad, Remedios, Villaclara, Sagua la Grande y Cienfuegos, es precisa. Más allá del consumo interno, hubo significativas exportaciones, principalmente hacia los Estados Unidos, un mercado seguro en aquel tiempo.  


La Coffea arábica, plantada en suelos rojos del Wajay o Ubajay en 1748 se propagó  con rapidez por las llanuras de la isla. Nueve lustros después más de 30 mil emigrantes de Saint Dominige se desplazaron al Caribe y  estados sureños de Norteamérica. A Cuba vinieron unos 15 mil.  Las jurisdicciones de San Juan de los Remedios, también Cienfuegos y Sagua la Grande, sufrieron los embates de los recién llegados.


Hacia 1860 el ingenio hace declinar los cafetales, y el cultivo queda arrinconado en zonas menos aptas para los cañaverales: las serranías. El investigador norteamericano  Leland Hamilton Jenks, en Visión Económica de Cuba  (1928), incorpora un análisis de  Antonio Riccardi: 


«De 5 mil 731 caballerías ocupadas por cafetales en 1830, el área de la caficultora se redujo a poco más de 140 mil cordeles en 1902, que era el 1.6% del área total cultivada en el país. En 1912 ya marcaba una ocupación de 6.700 caballerías y en 1952, algo más de 6 mil 800 caballerías con 19.721 fincas y un promedio de producción de cerca de 700 mil quintales. Ocupaba entonces el café el cuarto lugar de las producciones agrícolas del país; y sostenían unos 522 centros de trabajo entre centros de torrefacción, industrialización y empaque (…) En la era republicana, la verdadera recuperación de la caficultora cubana se debe, en gran parte, a la reforma arancelaria de 1927, a grado tal que se suprimieron totalmente las importaciones y poco después se iniciaron las exportaciones, suspendidas desde la época colonial


Antonio Miguel Alcover y Beltrán en Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), atestigua que a partir de 1844 hay exportaciones de unas 519 @ de café por el puerto de Isabela de Sagua. Una década después aclara que disponen de «(…) 79 ingenios, 2 cafetales, 186 potreros, mil 329 sitios de labor, 53 tejares y alfarerías, 5 alambiques y 2 tenerías».  En 1862 la producción de las cerezas/oro disminuyó en 321 arrobas.


La Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), de Manuel Dionisio González, esclarece, casi al imprimirse el libro, que «(…) tienen 71 ingenios, 652 potreros, mil 786 sitios, 305 estancias, 44 vegas de tabaco y 57 colmenares: 88 mil 310@ de azúcar blanca; 5 mil 844 quebrado; 748 mil 807 mascabado; 35 mil 047 cucurucho y raspadura; mil 08 pipas de aguardiente; 5 mil 459 bocoyes de miel de caña; 599 de café, 84 mil 160 de arroz y…» Por vez primera el aromático grano, como fruto de cultivo, aparece referenciado en ese texto.


Una asimetría persiste entre la producción agrícola y el consumo del café. Muchos fueron los sitios para degustar la bebida incorporada al imaginario cultural del cubano. Martínez-Fortún cita con predilección el Café “La Dominca”, de Manuel Rebollar, en la calle Nazareno esquina San Juan de Dios, en Remedios. Fue un centro concurrido a partir de 1864. Ese año queda inaugurado el café-dulcería-restaurante “El Louvre”, y su dueño Francisco López impone a los dependientes una ética: servir con pantalón, y camisa blanca, chaqueta y corbata negra. Igual ocurrirá en El Mascotte, radicado en la céntrica arteria de San José, en la Octava Villa de Cuba.


El proceso de torrefacción, molinado y expendio tuvo importantes establecimientos en la región central. El Magazine de La Lucha (1926), inscribe en Santa Clara, por ejemplo, 21 cafeterías, 16 hoteles con fondas, 19 restaurantes y 30 cantinas. En todas se expende la bebida ambarina. De los tostaderos cita dos: “Abundio Rodríguez”, radicado desde 1906 en la calle Tristá número 33, y “F.E. Romero y Hno. S. en. C”, en la Avenida de Bélgica (actual Eduardo Chibás) y Carretera a Calabazar de Sagua. Molían un 75 % de grano arábico cubano y un 25% de Puerto Rico.


Otra vez la producción y el consumo tienden a lo asimétrico. Retomar nuevamente la historia ancestral de los cafetales como vergeles de las llanuras, constituye un paso firme para romper ese lastre que sujeta la ausencia permanente de la más codiciada bebida de todos los cubanos.

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (11)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (11)


Por Luis Machado Ordetx

Camajuaní tuvo un floreciente comercio gastronómico en la última década del antepasado siglo. Una cultura culinaria y de servicios emergió gracias a la presencia de los culíes asiáticos en la jurisdicción de San Juan de los Remedios. Ese territorio recibió parte de aquella oleada migratoria surgida en Cuba a partir del 3 de junio de 1847.

Las fondas, quincallerías y restaurantes pulularon en muchos sitios de ese partido. Todo se debió a que Sagua la Grande y Remedios fueron las dos jurisdicciones —de seis que integraron la parte villareña— con más presencia de asiáticos. Solo estuvieron aventajadas por la llanura matancera, considerada un emporio del esplendor azucarero decimonónico. También en la Habana, Pinar del Río, San Julián de Güines, Trinidad y Guanajay hubo grandes concentraciones de chinos.

Los puertos de Isabela de Sagua y Caibarién fueron determinantes. También los enclaves ferroviarios, de norte a sur, y la fertilidad de suelos vírgenes, obligó en 1860 a la presencia de hacendados que, provenientes de Cárdenas, aparecieron en Remedios y convirtieron a los partidos de Guaracabulla y de Camajuaní en asientos productivos de nuevos ingenios.Por allí resurgen los capitales de los Lavallete, Wilson, Smith, Martínez-Fortún, Vergara y Zulueta, quienes representan la avanzada de los 71 ingenios que componen el territorio.

Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1936), de José A. Martínez-Fortún y Foyo, consigna que «1859 hay más de 682 trabajadores chinos, y tres años después la cifra marca mil 998. A principios de 1872 cuentan con unos 3 mil 989.» Sin embargo, desde  1849 —dos años después de la aparición de los culíes en Cuba—, el hacendado Alejandro Fusté, desde Camajuaní, escribe a la Junta de Fomento para “alertar” el temor de una «desgracia (…), porque, a la voz de uno solo se juntan todos como fieras (…) desde que los visitó un compañero suyo, que dicen ser médico, han desplegado más insubordinación y arrojo.»

Hace referencia a posibles sublevaciones, a conatos, suicidios y hechos de sangre, como los sucedidas en 1865 en los ingenios Proyecto y Reforma, de Remedios, en los cuales existen culíes.

 Félix Erénchun, Oidor de la Real Audiencia Pretorial, en Anales de la Isla de Cuba (1857), introduce un texto de Ignacio G. Olivares que especifica: «los asiáticos están en su derecho, privándose de la vida cuando ha dejado de serles agradable (…), lejos de su país (…), rodeados de personas que no conocen, sometidos a un trabajo más duro y a una disciplina más severa de lo que tal vez creían cuando se contrataron; se encuentran con que su salario por la carestía de la Isla es más reducido de lo que pensaban, y pierden la esperanza de hacer ahorros que les permita volver, concluido su compromiso, al suelo natal

Por eso muestran rebeldías ante los maltratos de negros o blancos mayorales de los ingenios. Incluso, el informe demuestra que de los 13 mil 139 asiáticos existentes, los hechos criminales son inferiores a los que cometen otros estratos sociales de Cuba.

Antonio Miguel Alcover y Beltrán en la Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), aclara que a mediados del siglo XIX, durante el trazado de calles  “alineadas y tierras a cordel”, hay culíes en la zona. En 1857 refiere un hecho que investigadores dan más valor en voz de Esteban Montejo, el personaje de Biografía de un Cimarrón, la novela- testimonio de Miguel Barnet, que a lo apuntado por el historiador:

«[En noviembre de 1876] se levantaba en Sagua, en las esquinas de las calles Céspedes y Caridad, un inmenso edificio de madera, de una altura que bien abarcaría tres pisos, destinado a teatro de Chinos. Fue estrenado por una compañía de artistas chinos compuesta por 94 individuos. Las funciones dieron lugar a una reclamación de hacendados, pues los chinos contratados dejaban las faenas del campo para venir al teatro y esconderse entre los cómicos: se fijaron solamente los días festivos para celebrarlas

La primera audición de teatro chino en Cuba apareció en 1873. Hubo una  escenificación de títeres de madera en una instalación radicada en las calles Zanja y San Nicolás, en La Habana. Dos años después se fundó allí otra denominada Sun Yen —con actores procedentes de California—, y a Sagua la Grande, sin dudas, se incluirá como el tercer asentamiento poblacional en el cual ocurrió un acto escénico protagonizado por asiáticos.

Durante las «Fiestas reales por el nacimiento de Alfonso XII, el 24 y 25 de mayo de 1857, en la lucha por la cucaña (…) se disputaron con ahínco cuatro representantes de las partes del mundo, Europa, Asía, África y América: que fuera un marineo español, un chino, un negro y un muchacho del pueblo, representantes de los 5 partidos pedáneos de la jurisdicción», precisa Alcover y Beltrán. Eso ofrece el pulso de una rápida y sólida presencia asiática en la región.

Al cierre de la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), Manuel Dionisio González es explicito: en 275 5/8 leguas cuadradas de superficie hay 43 mil 401 habitantes, y afirma la estancia de 13 colonos yucatecos —otro ensayo migratorio para proveer de brazos a la fabricación de azúcares— y 110 asiáticos.

Por esa fecha, los ingenios “La Esperanza”, “Gratitud”, “Amalia” “San Jacinto” y “San Rafael” en Santo Domingo —jurisdicción de Sagua la Grande—, cuentan con dotaciones de culíes, quienes incluso, sostienen relaciones “maritales”  con mulatas o pardas libres, acontecimiento no muy usual hacia 1853, fecha en que el obispo diocesano Fleix y Solans pronuncia un auto pastoral en contra de esa práctica muy extendida después.

Los libros parroquiales recogen la presencia de 12 mujeres asiáticas en el dominicano. El dato lleva a la curiosidad. Los “chineros” violaron siempre la Real Orden de 6 de febrero de 1856. Antonio Chuffat Latour en el Apunte histórico de los chinos en Cuba (1927), dice que entre 1847 y 1866 viajaron 74 mil 591 culíes: solo 32 eran mujeres. ¿Por qué razón? Puede que el gobierno Chino prohibiera las salidas masivas de féminas. Los investigadores concuerdan en objeciones económicas: costaban entre 300 y 400 pesos los contratos, mientras en el caso de los hombres era de 12 o 15, y desempeñaban variadas faenas agrícolas. Con eso, también impedían la procreación masiva y males mayores en la manutención.

Aquel “permiso” con manto de legalidad a Manuel Bernabé  Pereda, también a la Casa Villoldo y Wardropy, así como a la empresa británica Zulueta & Company, encargadas de introducir 10 mil colonos asiáticos, la sexta parte hembras, se tradujo en furia económica. La “mercancía” viajera procedía de Macao, Cantón, Gemi, Impía, Noin, Pekín y Carroña, principalmente. Las primeras “remesas” destinadas a las haciendas cubanas salieron desde Xiamen a bordo del Oquendo y Duke of Argylet. El primero atracó en La Habana el 3 de junio de 1847. El otro una semana después. De 1853 a 1873, fecha que marca el despegue azucarero en San Juan de los Remedios,  ingresaron en Cuba 132 mil 435 chinos. Hay cálculos que precisan 13 por 100 inmigrantes muertos durante la fase de travesía o arribo.

En tierras de los antiguos ingenios La Perla y Chimborazo, fomentados en  1858 por los norteamericanos Enrique y Tomas Fales, surgió otra fábrica de azúcar con mayores volúmenes productivos: Mercedes, del Conde de Romero, finca adquirida en 1872 por Julián de Zulueta y Amondo, el mayor negrero y chinero de Cuba.

 De ese alavés, el ensayistas Eduardo Marrero Cruz tiene una historia fabulosa en Julián de Zulueta y Amondo, promotor del capitalismo en Cuba (2008), un hacendado que se posesionó en la jurisdicción de San Juan de los Remedios cuando ese territorio disponía de 26.4 % de todos los ingenios del país. De la huella, avatares e historia de los chinos en  jurisdicciones del centro cubano, sin dudas, tendrá que hablarse en otra ocasión.