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GRITÉMOSLE, MORÉ, !EL MAESTRO!

GRITÉMOSLE, MORÉ, !EL MAESTRO!

Por Luis Machado Ordetx


A distancia contemplo a Ramón Moré, el director del equipo de béisbol de Villa Clara. Jamás hemos cruzado una palabra. En su parquedad y “aparente” mesura, más allá del “Profe” que ahora le endilgan, lo considero un Maestro. Tiene a su haber el donaire de disciplinar, educar y pensar en el atributo martiano que sentencia “conocer es resolver” ante cualquier circunstancia. No existe mayor adversidad que un contrario, sobre todo, cuando se parte del respeto por el otro.


Tal vez la virtud ética la aprendiera el otrora jugador cifuentense cuando decidió de manera temporal dedicarse a enseñar niños, y a laborar como reparador técnico en ligas menores en las cuales “otros” no detienen la vista. 


Mucho habló la prensa cuando tres años atrás tomó las riendas del equipo y hubo una “limpieza” de jugadores y técnicos que apostaron por los bajos rendimientos. Incluso, otros comentaron sobre “serios” problemas de indisciplina deportiva que atentó en la unidad del colectivo. 


Pasó el tiempo y Moré y su actual equipo de dirección continuó vigilante por salir airosos en cada encuentro. El hombre se cultivó en medir a sus rivales, y ahí está “vivo” y coleando en la lucha por el cetro de la pelota cubana.


Cinco refuerzos, llegados a última hora para la postemporada, se encargan de decir a menudo que jamás han visto a un colectivo deportivo tan unido, batallador e incansable. A Moré, tampoco a sus directivos, se le observa reprimir a un jugador porque la estrategia táctico-técnica saliera mal. Conocen que las notas musicales  “suenan” diferentes cuando se emplea la viola o el violín. Ahí reside el respeto entre unos y otros. En el dogout, en el camino al box, en una reclamación, o  en el diálogo con un pelotero, da el consejo, y mantiene la parsimonia. Por dentro lleva el júbilo del que educa y enseña, del que se instruye con  esas galas virtuosas que vienen prendadas de la gloria que “cabe en un grano de maíz”, como sentenció Martí.


Eso es instruir desde la modestia y la sinceridad, y con frenos a cualquier irrespeto. Ayer domingo, Día de los Padres, durante el juego, contemplé cuando la cámara de Televisión captó el instante en que la mano negra de Moré acarició el tobillo del torpedero Manduley tras recibir un pelotazo. Allí estaba depositada la enseñanza, el dolor compartido, la preocupación del mentor ante una lesión mayor, y la ética de un maestro.Esa manera de comportarse, de no exteriorizar inquietud y mostrar un rostro noble y hasta poco carismático, la corroboró Osvaldo Rojas Garay cuando en tres sencillas anécdotas describió al manager Ramón Moré en todas sus cualidades humanas y pedagógicas.


El colega jamás las ha descrito al público, pero en esa manera de recrear los números estadísticos en historias verídicas, refirió cuando recién llegado Moré de destronar a los Elefantes, de Cienfuegos, y aguardar por los rivales entre Matanzas y Sancti Spíritus, le hizo una llamada telefónica al director del Villa Clara para conocer sus preferencias entre uno u otro futuro contrincante.


Con amabilidad Moré contestó: «Osvaldito, dejemos eso para mañana. Hoy he tomado unos traguitos y no quiera responder a tontas y locas». Al otro día ocurrió la conversación pactada.


De igual manera Rojas Garay me comentó cómo un día Moré llegó a su casa. Venía urgido de estadísticas sobre la labor beisbolera de Valentín León, uno de sus compañeros de equipo. Las necesitaba para incorporarlas a su tesis de Licenciatura, y mi colega le correspondió con los datos. Eso no lo olvidaría jamás el preparador beisbolero Ramón Moré, quien al enterarse que mi colega estaba enfermo, lo llamó con prontitud para desearle un rápido restablecimiento físico e insuflarle ánimos espirituales.


Tal actitud asumen los maestros cuando son verdaderos mentores de la vida: guiar a sus pupilos a conquistas mayores y llevar prendido en el corazón el ánimo que una victoria más está próxima. Esa es la máxima que más aprecio en Ramón Moré, y más que Profe, a secas, gritémosle, ¡Maestro! de siempre, en las buenas y en las malas decisiones deportivas. 

VIOLENCIA EN EL BÉSBOL... ¿REGLA O EXCEPCIÓN?

VIOLENCIA EN EL BÉSBOL... ¿REGLA O EXCEPCIÓN?


Por Greta Espinosa Clemente


Que si fue out, que si quieto, que si Iday se sobrepasó…lo cierto es que el  Sandino se transformó en arena de gladiadores este domingo, durante el quinto juego de la semifinal Villa Clara- Cienfuegos.

El hecho, harto penoso, confirma una vez más que lejos de ser una excepción, la violencia en el béisbol cubano se ha convertido en una triste regla, junto a las equivocadas decisiones arbitrales.


Y es que una cosa lleva a la otra, un árbitro falla erróneamente, y sobreviene una ola de improperios verbales y físicos, delante de toda una afición, de la cual, me considero parte.
Este domingo en el Sandino el comportamiento de la selección de béisbol de Cienfuegos, encabezada por su manager Iday Abreu y su coach de tercera Bárbaro Marín, sobrepasó los límites del respeto.


Fue el noveno ining momento clímax del desacato a las normas de la pelota cubana, cuando el juez de tercera base dictaminó injustamente un OUT a Lázaro Rodríguez en el intento de robo de esa posición.


El hecho pasó, el juego acabó, Villa Clara superó cuatro carreras por tres a los elefantes, y aclaro que esta victoria se debió al corrido y bateo de sus jugadores, y no a la controvertida decisión de Osvaldo de Paula.


Percibir sucesos como este en cada serie regular y PLAY OFF  ya deviene costumbre, incluso hay quienes se asombran cuando han pasado algún juego sin ofensas, intento de agresión o falta de respeto entre jugadores, árbitros y hasta aficionados que olvidan que se trata de un juego de pelota, y no de una vulgar riña de barrio.


Me pregunto, ¿por qué tan recurrentes los actos violentos en nuestro béisbol?, dónde queda el accionar de las máximas instancias de este deporte ante tales desatinos, que no son de novedad alguna, por el contrario, existe toda una historia de enfrentamientos ajenos al propio juego de pelota.  


¿Marcada permisividad por parte de la Dirección Nacional de Béisbol?¿Precedentes impunes? ¿O serán ambas las causas del boxeo por cuenta propia que tiene espacio en el beisbol, como diría en días recientes el colega Normando Hernández al presenciar uno de estos hechos lamentables? 

Quizás anteriores faltas, más graves incluso, han incentivado la beligerancia en el terreno, y cito uno de los ejemplos más polémicos,  acontecido en la pasada serie nacional, cuando Víctor Mesa agredió al árbitro Omar Peralta durante un juego entre Matanzas e Isla de la Juventud, y le arrojó, literalmente, arena en el rostro.


Califico de verdadera pasada de manos la sanción hacia Mesa por parte de la Dirección Nacional de Beisbol en esa ocasión, al suspenderlo por solo cinco juegos de aquella campaña y no proferirle un correctivo acorde a la magnitud de tal falta de respeto.

MARTÍ EN LA ESTÉTICA DE BALLAGAS

MARTÍ EN LA ESTÉTICA DE BALLAGAS

Por Luis Machado Ordetx


(Fragmento de un libro en preparación sobre el pensamiento de Martí en escritores cubanos durante las cinco primeras décadas del siglo XX).


En la literatura, también en el periodismo, persiste un desciframiento de lo simbólico, de circunstancias transhistóricas. El hecho artístico recala más allá del signo lingüístico. En eso reside, como aseguró Jorge Luis Borges,  el examen de la capacidad de una obra literaria o periodística. El texto se desprende del escritor y continua vivo, inalterable, en otros tiempos. 


La exigencia, desde una perspectiva sincrónica, afianza la reflexión. ¿Qué dice Martí en permanencia insoslayable dentro del pensamiento ideoestético y la creación artística de una época indeterminada y en la escritura de otros hombres?


Esa es la huella, y la localizamos en la misión periodística y por encargo que desplegó el poeta Emilio Ballagas Cubeñas (1908-1954), quien al margen de su quehacer poético y pedagógico, reclamó, en este sentido, una revalorización puntual. 


¿Por qué? La crítica y la historia de la Literatura Cubanas no han reparado de una manera íntegra en ese rastro singular, de pertenencia martiana, de fulgor nacionalista. Incluso, han especulado más, sobre todo en el plano poético —el de mayor realización artística en Ballagas—, sin determinar cuál sintetiza  la envergadura o infinitud de lo que Humberto Eco denomina “lecturas posibles” aludidas y admitidas en una escritura. En tal sentido, Luis Álvarez Álvarez tiene absoluta razón cuando expone: «Extraña permanencia la de Emilio Ballagas en nuestra poesía, donde se mantiene como un recinto aislado o una peligrosa excepción. La crítica, década tras década, parece estar más dispuesta a concederle algún sitio, uno cualquiera, que a descubrir el suyo exacto».1


La perspicaz observación condena también al escritor camagüeyano a una exclusiva valoración de la poesía. Cierto es que esa constituyó la mayor amplitud artística. No fue la única y definitoria en un corpus literario de marcada dimensión histórico-cultural. Todo está dado por una visión reduccionista que condena la extensión más abarcadora de su escritura literaria. Álvarez Álvarez propone y fustiga, y da horizontes para la búsqueda puntual. También olvida de manera tangencial otra parte trascendente del servicio social, profesional y cultural que legó Ballagas a su tiempo. O sea, las influencias, el ejercicio del periodismo, la ensayística y la pedagogía, contenidos todos en columnas que sustentan una visión  orgánica o aclaratoria del escritor. 


Tal parece que Ballagas dejó una admonición a la contemporaneidad. Al recordar al poeta y dramaturgo español  Fray Félix Lope de Vega y Carpio, precisó que «[…] el hecho de celebrar un centenario no ha de ser en sí mismo un fin, sino instrumento para acercarnos al genio…»2 En Lope de Vega, el articulista José Martí también reconoció que en su «[…] frente cabían todos sus dramas…»3

Con Ballagas diría más: no “acercarnos” como aseguró el poeta, al genio literario, al puro individualismo histórico, sino a una época y su trascendencia a la posteridad. 
En 2008 dos libros saldaron las deudas con Ballagas, justo en su centenario de natalicio. El lector cubano tuvo un re(encuentro), uno más, con la magistral poesía y la prosa que el escritor camagüeyano ofreció a la Historia de la literatura nacional y universal. Por desgracia, ambos textos4  —debido a un diferendo del heredero por los correspondientes derechos de autor—, están condenados a circular exclusivamente en Cuba. Ese suceso no lastra una eternidad de encantamiento con un discurso literario de inaudito acabado estético. En realidad, ese escritor pertenece a la residencia  enciclopédica del pensamiento humanístico de cualquier época.


 Octavio Paz afirmó que el «[…] hombre que se distrae, niega el mundo moderno…»5 Con Ballagas, en una superficie u otra, sustentamos esos “instrumentos” que exigió para adentrarnos en los vericuetos de la averiguación histórica. Ahí se incita un cúmulo sostenido de inferencias  sincrónicas, y también diacrónicas, con el pensamiento humanístico, ideoestético y de cubanía —por el sentido raigal del término— de las exposiciones teóricas y de crítica artística y literaria de Martí. 


El aniversario 90 del natalicio del más universal de todos los cubanos instituyó la exacta fecha que ofreció Ballagas para transmitir a sus coetáneos, y también a la contemporaneidad, qué lo acercó a Martí. Dio las claves para mostrar cuáles representaron sus puntos de contactos más próximos,  y cómo deseó redimir al hombre de aquellos entuertos que deparó la vida en su decurso histórico y literario ante la contemporaneidad cubana. Tenía razón: su generación cultural formada hacia finales de los años 20 del pasado siglo, había recibido un antecedente de honestos intelectuales encargados de reconstruir el paso inquebrantable de Martí por el firmamento de la Patria. 


Fue también el sentido más próximo de exponer una precisión nacionalista, propia, que desatara al país de la “ineficiencia aparente” de los desgobiernos republicanos que operaban desde el “pillaje y la desvergüenza” sobre la conciencia del cubano. Casi cinco décadas estuvo escondida a la crítica y la historia de Cuba la primera alusión directa de Ballagas a la raigambre del pensamiento de Martí.

Está concebida desde una óptica teológica, cristiana, de filiación patriótica y de puro humanismo. El contexto que escogió para esgrimir sus fundamentos, al menos los más abiertos y defendidos, así como las circunstancias del auditorio, y los esfuerzos de escritores villareños agrupados en torno al Club Umbrales (1936-1944), dan inusual valía a la labor comunitaria, cultural, y de reconocimiento al sustento antiimperialista, cubano, independentista y humanístico de Martí.

Era una prueba terminante, demostrativa, de que la «[…] amistad me premia, a mí, que es otro modo de amor…», según la sentencia del Apóstol.6 De enero a mayo de 1943 se dictaron cinco conferencias en la Cárcel de Santa Clara, el principal centro penitenciario de la central provincia de Las Villas.7 Emilio Ballagas, profesor de la Escuela Normal para Maestros, inauguró el ciclo de disertaciones para recordar el jueves 28 de enero el aniversario 90 del natalicio de Martí.

Por tema escogió “La Condición Martiana”, una visión de humildad ecuménica, de evangelio americano. Decantó el poeta las particularidades en las cuales por «[…] el sacrificio cotidiano y la renuncia al fácil enriquecimiento conoceremos en la actualidad a los verdaderos martianos, no por el brillo efímero de la palabra elocuente…»


Un cienfueguero, el poeta Pedro López Dorticós, el miércoles 19 de mayo cerró esas magistrales presentaciones con un esbozo de la “Intimidad en cartas de Martí”, texto que luego completó con el propósito de dar la estatura espiritual del hombre  y del Apóstol en su correspondencia con Manuel Mercado.9 La presencia allí de Raúl Ferrer, Juan Domínguez Arbelo, López Dorticós y Ballagas, los cinco disertantes, refrendó el ánimo de concordia intelectual, y de virtud, en torno al singular ideario americano del cubano universal.  


Volviendo a Ballagas, el poeta sabe a la perfección  que, con Martí «[…] ¿Quién no ayuda a levantar el espíritu de la masa ignorante y enorme, renuncia voluntariamente a su libertad…»10 Cree, como dijo en su “Castillo Interior de Poesía”, que la:
 «[…] salvación del hombre está en el espíritu; la salvación de la poesía también; [porque el] verdadero poeta sabe que el hecho lírico puro es inefable e incomunicable y, conciente de esta realidad, habla como él “sabe” y “puede”, como el que sabe poco y puede mucho, como el que se alza sobre los talones sin acercarse al cielo ni más ni menos, pero soñando que su frente se quema en azul místico...»11 


Era, como puntualizó, engrandecer el gesto humano, atalayar y perdurar sus esencias sin importar que las formas o las actuaciones cambien a partir de las circunstancias. Marcó la confidencia por el “Homo Hominis Lupus”, como si espetara, o repitiera a voz ardiente, con Martí a su Ismaelillo: «Hijo: Espantado de todo, me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura y en la utilidad de la virtud.»12 A partir de esa cualidad, devoción y condición absoluta de la mirada de Martí hacia los hombres, Ballagas destacó un realce para el ser social, y lo apreció desde la óptica del pedagogo y del escritor, como cualidades inherentes a una exquisita existencia patrimonial de todos los cubanos.


Ya en «Castillo Interior», había dicho antes que «En una época de colaboración en que la comunidad de bienestar es anhelo ecuménico, un ansia de los espíritus auténticamente cristianos inspirados en la fe de los grandes fundadores, el poeta no ha de quedarse solo en poeta, sino fundirse amorosamente al hombre, a su hermano...»13 El apunte de Ballagas tiene un colofón, un escenario en el cual Martí sugirió que «Solo los necios hablan de desdichas, o los egoístas. La felicidad existe sobre la tierra; y se la conquista con el ejercicio prudente de la razón, el conocimiento de la armonía del universo, y la práctica constante de la generosidad…»14 


Ese artículo, aparecido en la edición de La América, de Nueva York, en mayo de 1884, explicó  circunstancias inseparables a la naturaleza humana y a los estados de “prosperidad” constante: ser bueno es el único modo de ser dichoso; ser culto es el único modo de ser libre. Fue esa la propagación que quiso legar Ballagas a la posteridad con su inicial conferencia.


También representó el ánimo que insufló el Club Umbrales a los convocados a las cinco disertaciones. No eran hombres doctos, tampoco pedagogos los que exigió Martí en su puntualización de los “Maestros Ambulantes”, sino conversadores para redimir la ignorancia, fomentar cultura, y salvar al hombre. Los cuatro disertantes elegidos —Ballagas tuvo dos presentaciones— para presentarse ante un inusual auditorio, más allá de sus respectivas profesiones, tenían un fervor humanístico y lealísimo al sueño cumbre de Martí: el ansia de total libertad de la patria y la concordia entre todos.


Desde esa fundamentación, Ballagas va al hallazgo de la visión teológica, humana y sincera de la prédica martiana. Por eso rebuscó en su propia fe religiosa, y también indagó y exteriorizó el  conocimiento que tiene sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Hizo énfasis en el presagio de la muerte, y en determinados pasajes bíblicos que rebosan el crecimiento espiritual, no como obra efímera, sino como sustancia cósmica, imperecedera.


Cree en la certeza de la historia de la humanidad, e invocó entre los reclusos y carceleros que «[...] Hay más dicha en dar que en recibir». HCH 20.32-35. Alabó por el «¡Dichoso aquel que usa de su libertad sin cargos de conciencia!...» RO 13.22, y porque todos «Dejen caer el rocío, ¡oh cielos!, desde las nubes dejen llover la justicia». IS 45.8.15 


¿Por qué ese tono expositivo, de vehemencia y liturgia sacramental, bíblica? ¡Ah, Ballagas recurrió con insistencia a una frase antológica de Martí! Recordó con el Apóstol que  «En la cruz murió el hombre un día, pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días».16 La cruz, alada en este caso, es valorada como alegoría, como un símbolo, una sentencia, un destino procreador de la vocación independentista, bolivariana, antiimperialista, antirracista y americanista del Cubano Mayor.17


 Ballagas juzgó, desde un “humilde e insobornable entender” que palabra y fe no bastan «[…] porque tenemos que justificarnos también por las obras, oponiendo a la inevitable condición humana la salvadora condición martiana.»18 Tendríamos que volver la mirada hacia los motivos bíblicos, y observar esa analogía azarosa a partir de suceso en el cual  «El espíritu se recibe por la fe», GÁ 3.11. Sin embargo, mayor precisión se encuentra en la lectura a la «Epístola Universal de Santiago», donde se sentencia que «Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, sino se demuestra con hechos, es cosa muerta», STG. 2.17.

Mayor denotación refrendó el poeta cuando aludió a que  «Tal vez alguno dirá: Tu tienes fe, y yo tengo hechos. Muéstrame tu fe sin hechos, y yo te mostraré mi fe con mis hechos». STG. 2.18. De igual modo  ilustró  ese acontecimiento humano y espiritual al clamar que «Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras y no solamente por la fe», STG. 2.24.19 


La palabra y la razón son inmensas, dijo Martí. Un mayor destinatario afloró cuando el  «[…]  pensamiento se ha de ver en las obras. El hombre sólo cree en las obras. Si inspiramos hoy fe, es porque hacemos todo lo que decimos. Si nuestro poder nuevo y fuerte está en nuestra inspirada unión, nos quitaríamos voluntariamente el poder si le quitásemos a nuestro pensamiento su unidad».20 Esa  mirada retrospectiva la encontramos en el pensamiento de Ballagas cuando anunció en su “Castillo Interior”, de manera sentenciosa, que «[…] lo humano también es monstruoso en la medida que se aparta de la semejanza divina impresa en la criatura por el Creador».21 


Los pronunciamientos de Ballagas se sustentan desde una óptica ecuménica, cristiana, ya lo dije antes, a partir de profunda filiación religiosa que alcanzó un parangón singular en su visión literaria y periodística. Por tal razón pretende, como dijo en esa conferencia leída en la Sociedad Cultural Ateneo de Villaclara, cinco días antes de la presentación de López Dorticós en el reclusorio provincial, que la «[…] salvación del hombre está en el Espíritu; la salvación de la poesía también…»22 Entiende y defiende ese «estado de gracia, de concordia y confraternidad» que engrandece la obra de lo humano y hace perdurar sus esencias, aunque las formas espirituales y de actuación social cambien o se transformen de manera afirmativa en la mirada del entorno comunitario. 


Allí insiste en que el poeta está consciente que “todo hecho lírico puro es inefable”, como aludiendo a Martí en un encantamiento sublime. Al cierre de la disertación, dice el camagüeyano: «Salgamos, no cada año, sino a cada paso, a dar testimonio de la ética y de la estética martiana, ya que ambas se integran en una sola pieza: la vida honesta como obra de arte. Que no en vano dijo Keats, el poeta inglés: “Verdad es bondad y bondad es belleza, y esto es todo lo que necesitas saber”».23 
Es como recordar el probo pronunciamiento del Apóstol en sus “Maestros Ambulantes”: «Solo los necios hablan de desdichas, o los egoístas. La felicidad existe sobre la tierra; y se la conquista con el ejercicio prudente de la razón, el conocimiento de la armonía del universo, y la práctica constante de la generosidad…»24

Ahora, ¡qué raro! ¿Por qué Ballagas hace un recordatorio en torno al ideario poético, ensayístico y filosófico del inglés John Keats, un hombre de espíritu protestante, antibíblico, muy diferente a su credo religioso y estético? No brota otra explicación que atribuirlo a la carácter de la naturaleza y a la vida cotidiana como atributos insustituibles de la experiencia sentimental, el paisaje amoroso y el mundo “caballeresco” que determinan el conocimiento que encierra todo desempeño humano.


 Tal como indicó Ballagas, es como un atributo de virtud. Desde la oscuridad percibe la luminosidad y el sentido de la vida intrínseca a cuánto de «excelencia» e indulgencia asisten a la «condición humana» en la reafirmación activa dentro de una sociedad. Cierto es que el poeta camagüeyano constituye un hombre de amplia cultura universal, de dominio fluido del idioma inglés, y personifica una cualidad positiva para impregnarse de todas la fuentes del saber. No tiene fronteras que lo dispersen de cualquier conocimiento, y disfruta del gusto predilecto de Martí por la lírica cautivadora de un escritor del calibre de Keats, impuesto con marcados parangones en la recreación de un contexto de perfecta divinidad. 


NOTAS:


1- Luis Álvarez Álvarez (2004): «Emilio Ballagas, desde este fin de siglo», en Saturno en el espejo y otros ensayos, p.109, Ediciones UNIÓN, La Habana.

2- Emilio Ballagas (2008a): «Centenario de Lope», en Prosa (Selección, prólogo y notas de Cira Romero), p. 379, Editorial Letras Cubanas, La Habana.

3- José Martí (1975): «El Centenario de Calderón», en Obras Completas, tomo 5, p. 125, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.

4- Cfr. Emilio Ballagas (2008): Obra Poética, (Compilación y Prólogo de Enrique Saínz), Editorial Letras Cubanas, La Habana, y Emilio Ballagas (2008): Prosa, Ob. cit.  

5- Octavio Paz (2003): El Arco y la Lira, p. 38, Fondo de Cultura Económica, México.

6- José Martí (1975): «Carta a Fernando Figueredo”, en Obras Completas, tomo 1, p. 294, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.

7- Fue frecuente que los intelectuales de la localidad hicieran visitas y sesiones culturales en centros penitenciarios villareños. Desde principios de la sexta  década de siglo XIX, en 1862, la cárcel de Santa Clara, destinada a detenidos por causas «políticas» o comunes,  estuvo radicada en las actuales calles Villuendas, esquina a Carretera Central. A partir de 1931 tuvo al frente la Audiencia de Las Villas, con el propósito de efectuar y agilizar los procesos legales. Ese lugar, desde 1977, dejó de ser centro penitenciario, y tras una readecuación de sus instalaciones, se convirtió en escuela especializada para la enseñanza de niños ciegos o débiles visuales. Cfr. Luis Machado Ordetx (2006): Kilates del testigo, 61-86, Editorial Capiro, Villa Clara.

8- El texto, hasta 1991, estuvo parcialmente inédito dentro de la vasta papelería escrita por Emilio Ballagas durante su permanencia profesional y literaria en Santa Clara. Su original se localizó en 1988 en la documentación que el declamador presentó al autor. Cfr. EMILIO BALLAGAS: «La condición martiana», en Anuario Martiano, sección Vigencias, (14): 258-259, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1991.

9- Cfr. Pedro López Dorticós: «Intimidad de Martí en sus cartas a Manuel Mercado», Conferencia leída en la sesión celebrada el 30 de marzo de 1950 en la Academia Nacional de Artes y Letras, en Anales de la Academia Nacional de Artes y Letras, tomo XXXI, año XXXVI, pp. 126-171, La Habana. Las disertaciones  anteriores correspondieron a Juan Domínguez Arbelo con “Martí, crítico teatral” (jueves 25 de febrero), y  a Raúl Ferrer Pérez con “Martí y sus Versos Sencillos”, dictada el 22 de abril de 1943.

 10-José Martí (1963): «Carta al Director de La Nación, Nueva York, junio 7 de 1884», en Obras Completas, tomo 10, p. 60, Editora Nacional de Cuba, La Habana.

11- Emilio Ballagas: (2008a): «Castillo Interior de Poesía», Ob. cit., pp. 288-289.

12-José Martí (1964): «Ismaelillo», en Obras Completas, tomo 16, p. 17, Editora Nacional de Cuba, La Habana.

13- Emilio Ballagas (2008a): Ob. cit., p.  289. 

14- José Martí (1975): «Maestros Ambulantes»,  en Obras Completas, tomo 8,  289, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.

15- Cfr. La Biblia, Dios Habla Hoy, (1993): Sociedad Bíblicas Unidas, México.  

 16- JOSÉ MARTÍ PÉREZ (1963): «Carta a Gonzalo de Quesada y Aróstegui», en Obras Completas, tomo 1,  Ob. cit.,  p. 28.

17- Cfr. JOSÉ MARTÍ (1981): «Carta a Manuel Mercado», en Obras Escogidas, tomo 3 (Noviembre, 1891-Mayo, 1895), pp. 576-579, Editora Política, La Habana.

18- Cfr. EMILIO BALLAGAS: «La condición martiana», en Anuario Martiano, sección Vigencias, (14): 258-259, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1991.

19- Cfr. BIBLIA DEVOCIONAL DE ESTUDIO [ANTIGUO Y NUEVO TESTAMENTO] (1996): Versión de Cuasimodo Reina (1569), revisada por Cipriano Valera (1602). Otras revisiones: 1862; 1909 y 1960: La Liga Bíblica, Sociedades Bíblicas en América Latina, Estados Unidos.

20- JOSÉ MARTÍ (1963): «Generoso deseo», en Obras Completas, tomo 1, Ob. cit., p. 424.

21- Cfr. Emilio Ballagas: «Castillo Interior de Poesía», revista Letras Cubanas, 3(11): 246-291, La Habana.

22- Emilio Ballagas (2008a): Ob. cit., 9823- Idem., p. 25924- José Martí (1975): Ob. cit., tomo 8, p. 289

MARTÍ, LA CLAVE CUBANA

MARTÍ, LA CLAVE CUBANA

Por Luis Machado Ordetx

Pancho Majagua, la voz prima que interpretó por vez primera una de las más antológicas canciones patrióticas de Cuba, la clave “A Martí”,  dejó en 1958 una asombrosa duda.  El integrante del dúo más antiguo de Cuba confesó a Guillermo Villarronda quién fue el autor de un texto histórico que ha recorrido el mundo.


 La investigación musicológica nacional todavía carece de una respuesta a la revelación, y atribuye los derechos a otro compositor. El reportaje “¡Yo sé que me estoy muriendo!”, fue una exclusividad de la revista Bohemia.1 Está estructurado a partir de un diálogo que sostuvo el periodista con el habanero Francisco Albo Salazar —Pancho Majagua— (1876-1966), y con el espirituano Carlos Díaz de Villegas (Tata) —1886-1989—,  en la localidad capitalina de Regla, donde residía el primero. 


El testimonio de esos trovadores, miembros del dúo más antiguo de Cuba formado en 1904, declaró que la clave “A Martí”, fue escrito por Silvestre Iglesias. El texto está concebido para aquellos formatos vocales que hacia finales del siglo XIX coparon la popularidad en barrios humildes de La Habana.

La voz del dúo: el primo y el segundo se imponen a partir del rasgueo de la guitarra y el estremecimiento de las cuerdas: «Aquí falta, Señor, ¡ay! una voz,/ De ese sinsonte cubano,/ De ese mártir, de ese hermano/ Que Martí se llamó.» Acto seguido las voces se confunde, y hacen una sola abrazadas de inigualable armonía: «Martí no debió morir./ Si fuera el maestro y el guía,/ otro gallo cantaría/ la patria se salvaría/ y Cuba sería feliz.» 


Esas son las estrofas fundamentales del discurso poético, y también de la soberbia vibración musical. Fue interpretada, de acuerdo a la confesión, en 1914.

Eran tiempos de pugnas políticas entre liberales y conservadores, y la economía de isla era saqueada por los Estados Unidos. 


Una voz propia, nacionalista, la trasladó Iglesias, el compositor casi anónimo, al espectro sonoro cubano. Los Diccionarios de la Música —escritos por Helio Orovio y Radamés Giró en 1981 y 2010, respectivamente— no hacen mención a ese autor, quien al parecer, resulta un anónimo. Por fortuna la entrevista-reportaje de Villarronda salda una deuda, aunque todavía se endosa la primera autoría a José Tereso Valdés. También se dice que Emilio Villillo, otro compositor cubano, le incluyó mejora a la letra y la música. Esto segundo no es cierto, y lo aclaran Majagua-Tata. ¿Qué dicen?


La historia que reconstruye Villarronda parecer ser la más acertada. Está elaborada a partir de los primeros testigos que interpretaron la clave “A Martí”, cantada por vez primera en Regla, la población costera visitada en reiteradas ocasiones por el Apóstol en su juventud. Allí tenía que recordársele, sobre todo por su presencia en la velada inaugural del Liceo Artístico y Literario de Regla, efectuada el 8 de febrero de 1879. Era el preludio de la defensa por el “patriotismo y civismo, la unión de todos los cubanos para la lucha por la libertad de Cuba”, según anunció en aquella ocasión el más universal de todos los nacidos en la Isla.


Pancho Majagua aclaró que «Mi madre y yo vivíamos en la capital venezolana, en las llamadas “alcobas” —especie de casas de apartamientos— y allí había un señor bajito, de frente inmensa, a quien acompañé a Maracay, donde le fue ofrecido un banquete. Eso ocurrió en 1893, un año después que el general Joaquín Crespo derrocó al presidente Raimundo Anduela palacio. Pues bien: tengo la seguridad de que se trataba del Apóstol José Martí.» Tata Villegas afirmó —dijo Villarronda—: «Siempre ha dicho eso. Lo que es, sin duda, un verdadero privilegio.» 


La clave “A Martí”, escrita por el mandolonista Silvestre Iglesis, empleado de la Cuban Cane, era un partidario del partido Conservador, y murió en La Habana en 1950, antes de la entrevista-reportaje que hizo Villarronda al dúo Majagua-Villegas. De acuerdo a lo dicho por Villegas, fue escrita «especialmente para los Colegiales de Regla”, una comparsa, cuya finalidad era “tirarle” al gobierno de José Miguel (Gómez). Según él, la música era matancera. Nosotros, con el propio autor —ya lo dijo “Pancho”— la dimos a conocer en estreno en el teatro “Martí”. Un éxito sin precedente nos premio. Al poco tiempo Villillo, un cantante de aquella época, preguntó a “Majagua” si lo autorizaba a registrar la obra. “Pancho” contestó que, como no era suya podía hacer lo que le conveniese. Posteriormente Villillo se entrevistó con Ernesto Lecuona, le aseguró que pertenecía a su cosecha y el Maestro la transcribió en el cine “Orión” que se encontraba en reina y Amistad.» A continuación, «Tata murmuró con tierna solemnidad: ¡Esa es la verdad, y la verdad nunca puede ser aplastada!»  


Esa canción patriótica también ha sido interpretada por Lalita Salazar, y las Hermanas Márquez y también las Hermanas Martí. Después de 1959 la maestra Cuca Rivero compuso otra letra, a partir de la escrita por José Tereso Valdés, en la cual se reflejan aspectos de las justicias conquistadas por el pueblo cubano. Todas tienen una base discursiva única, expuesta por el dúo Majagua-Villegas, los primeros propagadores de la clave “A Martí”, la canción patriótica más difundida en Cuba. 


Nota:1- Guillermo Villarronda: “!Yo sé que me estoy muriendo!, en revista Bohemia, 50(17): 29-31; 142, La Habana, 27

CUBA CONTEMPORÁNEA, EL FIRMAMENTO NACIONALISTA

CUBA CONTEMPORÁNEA, EL FIRMAMENTO NACIONALISTA

Por Luis Machado Ordetx


Enero de 2013 se fue. Al parecer el primer proyecto publicitario nacionalista y antiimperialista de la Isla, Cuba Contemporánea (1913-1927), tiene un tendencioso olvido en su centenario. Dos intelectuales jóvenes del centro del país, uno de Santa Clara, y otro de Cienfuegos, junto a otros habaneros, estuvieron entre los artífices de una revista que marcó una impronta inusual. 


Carlos de Velasco y Pérez (1884-1923), el santaclareño, fue su director-fundador. El cienfueguero José Sixto de Sola Bobadilla  (1888-1916), figuró como redactor-patrocinador. Ambos permanecen ignorados por la historiografía cubana, y la huella de sus postulados periodísticos y de combate, apenas se difunde  en defensa de lo nacional, lo propio y lo cubano.


En el proyecto editorial no estuvieron solos desde que, el primero de enero de 1913 apareció el número inicial de la publicación. En ese trayecto, hasta agosto de 1927, fueron acompañados por jóvenes intelectuales de amplia lucidez patriótica y martiana: Julio Villoldo, Mario Guiral Moreno, Ricardo Sarabasa, Max Henríquez Ureña, y Leopoldo F. de Solá. En 1919 entraron a la redacción  Dulce María Borrero de Luján, Alfonso Hernández Catá, Luis Rodríguez Embil, José Antonio Ramos, Francisco G. del Valle, Bernardo G. Barros, Enrique Gay Calbó, Juan C. Zamora, Ernesto Dihigo. Después de esa fecha llegaron José María Chacón y Calvo, Roig de Leuchsenring y Arturo Montori. 


Otros intelectuales cubanos y latinoamericanos, firmas prominentes, entregaron sus originales a la revista.En 1929, al esbozar aspectos de Cuba Contemporánea y su labor nacionalista, Roig de Leuchesenring precisó que «[…]  venimos notando la falta de una publicación genuinamente cubana, donde pudiesen tratarse con entera libertad, sin trabas de ninguna clase y con la extensión necesaria, nuestros problemas políticos, sociales, administrativos, literarios y cualesquiera otros que por su importancia y trascendencia afecten de manera más o menos directa, la vida y el progreso de nuestra patria».1 


El esbozo de Roig de Leuchesenring  trazó claves que luego fueron retomadas por  José Antonio Portuondo: la publicación se erigió en puente entre la Revista de Cuba, la Revista Cubana y la ulterior proposición vanguardista de la Revista de Avance. Las inspiraciones estuvieron dadas en la exposición de un contexto de fidelidad de la cultura y la expresión nacional recogida por otras ciencias exactas o humanísticas. 


En los 176 números mensuales jamás hubo neutralidad política, sino fustigación a la corrupción gubernamental. Los redactores abrazaron una abierta declaración antiimperialista y antiinjerencista. Un espíritu de resistir y preservar la identidad y los valores culturales, avaló siempre lo cubano frente a presuntas y evidentes imposiciones foráneas al espíritu nacional.


Desde el primer número hubo una fidelidad temática: dedicación al estudio de nuestros problemas administrativos, políticos, morales y sociales. También lo económico, lo religioso, y las letras y las artes, ocuparon las bases  históricas del análisis de la cultura de los pueblos.


En marzo de 1923, al morir Carlos de Velasco en Paris durante su misión diplomática, Ricardo Sarabasa, recordó que «[…] esta Revista […] ha mantenido con dignidad y con honor la bandera de un sano, de un generoso, de un bien entendido nacionalismo, proclamando a la vez, para honra de todos, nuestra cultura, nuestro civismo, y sobre todo lo que hemos tratado de mantener por encima de todo: nuestro amor a Cuba.»2 Cierto, todo fue solicitado desde posiciones reformistas y honestas, propias de un singular nacionalismo liberal con marcadas implicaciones de solidaridad latinoamericana y antiimperialista.


De Velasco dirigió Cuba Contemporánea desde enero de 1913 hasta el cierre de 1920, fecha en que residió como diplomático cubano en Europa. A partir de entonces Mario Guiral Moreno asumió la dirección de la publicación hasta agosto de 1927, último mes que se publicó y circuló de manera ininterrumpida por todos los países latinoamericanos.  


En parte era la respuesta a la frustración del ideario martiano, y también a la prédica que desde la Sociedad de Conferencias dejó el narrador Jesús Castellanos (1879-1912), cuando abordó en “Rodó y su Proteo”, una mirada  crítica a «[…] esta América taciturna y desangrada…»3 Era el fundamento del canon nacionalista y de resistencia cultural, y de debate binario entre tradición y modernidad.


El hecho demarcó un  profundo enfrentamiento a cualquier tentativa anexionista, prueba de la cultura originaria de un pueblo dispuesto a no «[…] pensar en absoluto en soluciones externas a nuestro problema: no queremos más que conservar a toda costa y para siempre, ennobleciéndola y fortaleciéndola, nuestra nacionalidad independiente.»4

Así lo dijo José Sixto de Sola al enjuiciar el “Pesimismo Cubano”, una vía expedita en favor del optimismo por la existencia de un estado político original, propio, antiimperialista. Una palabra tipificó a la inusual y prestigiosa revista: “cubanismo”, como precisó Carlos de Velasco en 1915 al apuntalar el sentimiento nacional surgido en 1868. Igual pronunciamiento dejó José Sixto Sola. Cuando escribió a Rufino Blanco Fombona,  precisó que «[…] tengo mi ideal americano, y dentro de él, mi ideal cubano; en ambos, sobre todo en el cubano, tengo fe absoluta […], porque lo andado me revela de manera inequívoca lo que se andará…»5 Eso preconizó Cuba Contemporánea: fidelidad a la patria y al pensamiento de Martí.


NOTAS:


1- Emilio Roig de Leuchesenring: «Cuba Contemporánea y su Labor Nacionalista», en Revista Social, 14(12):42; 67; 72, La Habana, diciembre de 1929, p. 42.2- Ricardo Sarabasa (1923): «Ofrenda Póstuma a la memoria de Carlos de Velasco», en Revista Cuba Contemporánea, 11(123): 242-243, La Habana. 3- Jesús Castellanos (1914): “Rodó y su Proteo”, en Los Optimistas, Lecturas y Opiniones de Crítica de Arte, Talleres Tipográficos del “Avisador Comercial”, La Habana, p. 213.4- José Sixto Sola: «El Pesimismo Cubano”, en Revista Cuba Contemporánea, 1(4): 293, La Habana, diciembre de 1913. 5- Carlos de Velasco: «José Sixto de Sola», en Revista Cuba Contemporánea, 4(3): 222-223, La Habana, marzo de 1916. 

CUBA CONTEMPORÁNEA, EN LA HUELLA DE LA HISTORIA

CUBA CONTEMPORÁNEA, EN LA HUELLA DE LA HISTORIA

Por Luis Machado Ordetx


La revista Cuba Contemporánea cumplirá en enero de 2013 su primer centenario de existencia. Constituyó el proyecto más abarcador de expresión cultural y auto(interpretación) del contexto nacional de la Isla —incluso de revisión histórica del siglo XIX, y del decurso latinoamericano e internacional—,  ocurrido entre 1913 y 1927, fechas ininterrumpidas de la publicación mensual.


 Sin embargo, todavía se malinterpretan de manera panorámica, y hasta simplista —por no decir reduccionista— los estudios económicos, políticos, sociales, religiosos y administrativos del país — así apunta su programa editorial abarcador—, expuestos en sus páginas. 


Tal vez las causales estén determinadas porque algunos historiadores al analizar los textos “pidan peras al olmo” y acusan a sus redactores y colaboradores de no llegar a las raíces de los problemas que allí se exponen desde posiciones reformistas, propias de un singular nacionalismo liberal con marcadas implicaciones de solidaridad latinoamericana.


El crítico literario marxista-leninista José Antonio Portuondo, hace precisiones pertinentes. A pesar de la síntesis que aborda el tema, concuerda, dice, con Pedro Salinas en que las « […] revistas son, para mí, uno de os indicios más claros para estudiar en lo vivo la preparación de un nuevo estado espiritual…»1  


Portuondo traza claves: la publicación se erige en puente entre la Revista de Cuba, la Revista Cubana y la ulterior proposición vanguardista de la Revista de Avance, y sus inspiraciones estuvieron dadas el la exposición de un contexto de fidelidad de la cultura y la expresión nacional recogida por otras ciencias. 


En Cuba Contemporánea no existe neutralidad. Está la declaración nacionalista, antiimperialista y antiinjerencista de sus redactores, y el análisis consciente de los problemas propios y las vías, de acuerdo a un pensamiento eminentemente cubano, de resolver aquellos males que de una manera u otra azotan el interior o provienen del exterior del país. La huella estriba en la conciencia nacionalista que dejó en su tiempo y en los alcances ulteriores por resistir y preservar la identidad y los valores culturales que avalaron lo cubano frente a presuntas y evidentes imposiciones foráneas al espíritu nacional.


Ante la paradoja nacional que inició el siglo pasado, dos discursos parecen contrapuestos: el narrador Jesús Castellanos, fundador de la Sociedad de Conferencias (1910) e instigador de la fundación de una “revista” que recogiera el sentir nacional, y el espíritu de José Sixto Solá, uno de los redactores de Cuba Contemporánea. ¿Dónde está la aparente y, en el fondo, nula controversia?


Al morir Castellanos (1879-1912), el primero de los tomos que recogen su dispersa obra, llevó por título Los Optimistas.2  Esa idea tal vez surgió a partir de una opinión de Max Henríquez Ureña, cofundador de la Sociedad de Conferencias y panegirista del narrador. Eso no está explicitado en ninguna parte, pero tiene su fundamento en la nota preliminar del texto. No por gusto el miércoles 28 de febrero de 1912 en la Academia Nacional de Artes y Letras Castellanos presentó su conferencia “La Alborada del Optimismo”,3 en la cual apeló a una idea de Voltaire y su semejanza con otra diseñada por José Enrique Rodó con análogos diseños: el abono de lo propio a partir de la reformulación del espíritu nacional. El miércoles 6 de noviembre de 1910, al abordar a “Rodó y su Proteo”4 resultó más profético al sustentar que:


«[…] es lo cierto que nuestro país ofrece hoy el más desconsolador alarde de utilitarismo mezquino y de desamor a cuanto significa reflexión, arte, poesía, noble ocio en el sentido fecundo que concentraba esta expresión entre los antiguos. Y este descenso de nuestro nivel intelectual se acentúa si se compulsa bien lo que significa en realidad para el vulgo de Cuba esta noción del hombre práctico. El hombre práctico es aquel que se especializa en una forma de trabajo productivo y fuera de ella no encuentra campo ni estudio digno de observación […]; el hombre práctico es la máquina de ganar dinero sin trascendencia para la sociedad, es el médico ignorante de la Biología y que solo sirve para despachar recetas o certificados de defunción, es el abogado sin ortografía que desconoce lo que fueron Gracia y Roma y no sabe ni siquiera la historia de su propia tierra, es en suma el comerciante para quien el universo se circunscribe en la cotización de los azúcares, para quien los magnos problemas de la patria están por modo exclusivo supeditados  al próximo resultado de la zafra; menguada clase dirigente a la que tal vez algún día habrá que pedir estrecha cuenta de la desmembración y la ruina de nuestro país.»5


Palabras elocuentes. En “los dos peligros de América”, Castellanos enfiló su mirada crítica, como dice, sobre «[…] esta América taciturna y desangrada […] de las dolencias sociales del Continente y su más practicable terapéutica…»6 Su análisis se detuvo en El Porvenir de la América Latina, escrito por el argentino Manuel Ugarte, y en La reconquista de América, expuesto por Fernando Ortiz. El primero, indicó, va al peligro yankee, y el otro al peligro español, son sus palabras. La tesis de Ugarte es «[…] el espanto de la segura absorción de la América Latina por la Gran República del Norte […], cierto es que en los estados Unidos se ha padecido por algunos hombres representativos la locura imperialista…»7 Sin embargo, Castellanos en su afán crítico subestimó las consideraciones de Ugarte y lo acusó de mirar a América Latina, y en especial a Cuba, con ojos eruditos del europeo.  Al precisar los conceptos de Ortiz, declaró, que el:


 «[…] fenómeno social del panamericanismo  que de pocos años, ha aparecido en la atmósfera americana, precisamente como remedio moral contra la invasión del espíritu del Norte. “El panahispanismo, dice Ortiz, abarca la defensa y expansión de todos los intereses morales y materiales de España en otros pueblos de lengua española” […] Este es un libro de improvisación, recuento de trabajos periodísticos, en que la inteligencia […] ha dejado correr la pluma en la más febril y galana prosa, como en un juego caligráfico de pendonista. Solo que en los juegos de ciertos espíritus de selección hay siempre un profundo sentido filosófico, y la floja madeja de estos artículos apenas hilvanados contiene cuanto se pudiera decir sobre la oportunidad de este movimiento de regresión sostenido en América por una deliciosa combinación de poetas criollos y tenderos peninsulares. La discusión de la idea de la raza es simplemente abrumadora, y es preciso convenir en su término en que no se trata ya de formar en América una raza, que nunca existió e una manera homogénea, sino de fortificar y hacer perdurable un tipo de civilización, o lo que es lo mismo, una ideología moral y religiosa, una sensibilidad, un modo general de entender la vida […] La epopeya americana de la independencia no fue — según los credos de Bolívar en sus proclamas y los de Martí en las Bases del Partido Revolucionario Cubano— un gusto porfiado por vivir bajo una bandera nueva, ni una caza mezquina de los destinos públicos: Fue una magna intentona de renovación del espíritu social y político, análoga a la que en Francia abordaron y cumplieron los hombres de 1879 […] Lo que América ha menester es cultivar una personalidad original y no vivir de reflejo, pagándose de la raza y de la deudo moral con la madre patria […] El porvenir […] está, pues, en crear el tipo de civilización original…»


Ese constituye la médula del espíritu nacionalista, de polémica, de análisis historiográfico, y de búsqueda y revisión de los problemas que tocó Cuba Contemporánea. No obstante, Castellanos, el espíritu predecesor de esa publicación, en su estudio crítico “El Norte y el Sur”, referido al viaje de “exploración política y social” que hizo Manuel Ugarte por varios países latinoamericanos, decantó particularidades de la formación étnica, territorial, de idioma, y costumbres entre los países que componen el área del Sur del Río Bravo a la Patagonia, y ponderó una particularidad: la “absorción” territorial, cosa que en definitiva, jamás será posible barrer una personalidad nacional.9


También ese representa el fundamento, o mejor dicho, el espíritu que rondó en Cuba Contemporánea desde las particularidades del antiinjerencismo y un antiimperialismo de filiación liberal positivista. Allí se estableció un canón nacionalista y de resistencia cultural durante catorce años de fecunda trayectoria pública. Nada más hay que detenerse en los textos que componen Pensando en Cuba,10 el libro postmórten que en 1916, al morir José Sixto Solá Bobadilla (Cienfuegos, 1888-La Habana, 1916), recogió en un solo volumen el villaclareño Carlos de Velazco. Allí cualquiera se da cuenta que el “Optimismo” funge de centinela en esas páginas.11    Ya lo dijo el narrador Luis Rodríguez Embil: 


«Somos los cubanos, originariamente, un pueblo de cltura española y europea. (Por cultura entiendo aquí el conjunto de hábitos de pensar y sentir, y las costumbres y manera de ser que de él proceden […] Una sociedad puede y aun debe transformarse, como se transforma sin cesar cada individuo, debe estar abierta a la ley del progreso constante; debe aceptar, y tratar de asimilarse, las cosas buenas (y para su propia contextura convenientes) de otras sociedades o civilizaciones distintas. Y no puede, sin correr el riesgo de desaparecer, perder, por una parte, su carácter y su cultura propios, ni sustraerse, por otra, a la natural evolución y a los deberes que le imponga su existencia masiva…» 12


Ese fue el debate binario entre la tradición y la modernidad, y por encima de todo, un enfrentamiento a la anexión, como prueba de construcción de un estado moderno e independiente.  A esas ansias, desde la urgencia de la superación educacional, de mirar la historia pasada y presente, y de renovación, aspiró Cuba Contemporánea en un delirio creciente de nacionalismo y de prueba irrefutable de la verdad.  En “El Pesimismo Cubano”13 —parte integrante de Pensando en Cuba—, es la cara visiblemente opuesta a “Los Optimistas” de Castellanos. 


En su formulación Sixto Solá enumeró los factores que integran nuestra nacionalidad, cultura e idiosincrasia geográfica, histórica, social, culinaria. Es un adelanto, tal vez, de aquellos “Factores humanos de la cubanidad”, o de los “Factores geográficos de la cubanidad”, expuestos en 1939 por Fernado Ortiz y Salvador Massip. En cambio, Sixto Sola recuerda que «[…] las enseñanzas del pasado nos ayudarán a esperar con fe, a combatir con energía y a vencer».14Insiste en que no «[…] queremos pensar en absoluto en soluciones externas a nuestro problema: no queremos más que conservar a toda costa y para siempre, ennobleciéndola y fortaleciéndola, nuestra nacionalidad independiente15


José Sixto Sola enumeró las cualidades del pesimista, ese que observa todo «[…] cubierto de un tinte sombrío; las dificultades que como pueblo nuevo, o mejor dicho, como nación nueva, se nos presentan (que se han presentado en proporciones muchísimo mayores a otros pueblos, aunque revistiendo diversos y distintos aspectos), le parecen insuperable y causas de final destrucción».16

 En su ideal, el único camino posible es el optimismo, prueba irrefutable en el porvenir último de Cuba como nacionalidad y como estado político independiente. Por desgracia, el ensayista murió temprano, en 1916, pero sus sabias pisadas quedaron impresas en Cuba Contemporánea, una publicación que tangencialmente figura en el olvido para explicar la historia de una época que sirvió de puente documental y renovador a las generaciones de intelectuales republicanos.

 
Notas


1- José Antonio Portuondo (2011): Ensayos sobre Literatura Cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, p. 112.

2- Jesús Castellanos (1914): Los Optimistas, Lecturas y Opiniones de Crítica de Arte, Talleres Tipográficos del “Avisador Comercial”, La Habana.

3- Ob. cit., pp. 73-84

4- Idem., pp. 85-128

5- Idem., p. 125

6- Idem., p. 213

7-Idem., 219

8- Idem., pp. 225-227

9- Idem.,  pp. 229-237

10- José Sixto Sola (1917): Pensando en Cuba, Biblioteca de Cuba Contemporánea, Tipográfica El Siglo XX, La Habana.

11- Carlos de Velasco (1918): «Segundo aniversario de la muerte de Sola: juicios sobre su obra», en revista Cuba Contemporánea, 6(2): 150-184, La Habana, febrero.

12- Luis Rodríguez Embil, Luis (1918): «Sobre la formación del alma nacional cubana. Los tres factores», en revista Cuba Contemporánea, 6(4): 296-302, La Habana, abril, pp. 298-301.

13- José Sixto Sola (1913): «El Pesimismo Cubano”, en revista Cuba Contemporánea, 1(4): 273-303, La Habana, diciembre. 

14- Ob cit., p. 293.

15- Idem, p. 299

16- Idem.,  p. 279

¡CASCARITA!, LA VOZ QUE SE FUE...

¡CASCARITA!, LA VOZ QUE SE FUE...

Por Luis Machado Ordetx


El mítico Cascarita fue antojadizo para morir el pasado lunes en Santa Clara, su ciudad natal, de idolatría. Lo hizo en idéntico día que el remediano Alejandro García Caturla, otro renovador irreverente de la música cubana.


 Cada uno, a pesar de las distancias, llevó “La Rumba” en la sangre y en el cuerpo. Era el sentido que extendió José Zacarías Tallet,  el autor del texto, al  «Zumba mamá, la rumba y tambó,/ marimba mabomba, mabomba y bombó…», para imprimir el encantamiento por las sonoridades musicales, por lo propio: el son y la idiosincrasia…


Median 72 años de un hecho luctuoso a otro. A García Caturla le tronchó la vida una mano asesina, y a Martín Chávez Espinosa (Cascarita), la demencia senil, o el impasible desgaste físico luego de casi ocho décadas de fecunda existencia.
Por gracia natural confluyeron en otras aristas notables: el sentido popular y humilde de sus actuaciones. El remediano en su rectitud de jurista y de composición sinfónica impecable. El otro, Cascarita, prodigó una voz perfecta a la hora de cantar cualquier género musical, principalmente el son, el bolero y la guaracha.


Al verle hace un tiempo allá por la loma de la calle Virtudes, en pleno Condado, en Santa Clara, alguien me comentó que “ese hombre se debate en una paradoja casi imposible: tiene una pésima dicción, propia de la mezcla étnica entre el negro y el chino, y el goce por lo popular, pero la naturaleza le otorgó una sonoridad prodigiosa. Tal vez sea por la forma en que coloca sus labios donde registre su maestría indoblegable. Ahí está la cadencia vocal y el contagio sensual inmaculado.” Nadie jamás pudo explicar esa diferencia: ser uno y otro en las cercanías artísticas, y en el estruendo de la gente o en el ascenso de los escenarios universales. 


En eso Chávez Espinosa (Santa Clara, 1933-Id., 2012) y García Caturla (Remedios, 1906-Id., 1940) tienen una simetría que se emparienta, incluso, con el desdén contra el sentido comercial o falso del espectro sonoro de la música autóctona de la Isla.


El que va por allí es Cascarita, el del paso lento, la sonrisa y el saludo diáfano   —aunque jamás te haya visto en su vida o apenas recordara un parecido fisonómico—, con la invariable pachanguita. 


El otro, el afrocubanista Caturla, con la huella recta y el aire de marcialidad enfundado en un traje de época y un similar sombrerito de yarey. Uno, el remediano, con amplias posibilidades económicas impuestas por el patrimonio familiar, y luego por el discreto sueldo del magistrado de profesión. El otro, el de Santa Clara, en la lucha infatigable por la subsistencia, y por la bienaventuranza del día, tal como siempre hizo. 


En cambio, ¿qué hacían ambos en ciudades del interior del país, lejos del murmullo cosmopolita de amplias urbes, y…? Imponer un credo ante cualquier atisbo de inferioridad frente a lo extranjero y vacío. La cubanía los distinguía, y ellos la enaltecieron. 


Remedios es Caturla, como Cascarita  entraña Santa Clara y los legionarios “Fakires”, propietarios de una gentileza incesante de originalidad.


La leyenda mítica de Cascarita, aquella que desde principios de los años 50 del pasado siglo se hizo especial  junto a los principales soneros cubanos, prosigue. Quedarán las anécdotas, incluso aquellas que reseñaron los diarios hispanos el viernes 5 de diciembre de 2003, cuando el cantante, de buenas a primeras desapareció. Estaba ingresado en una sala del servicio de urgencias del Hospital “Gregorio Marañón”, y por arte de magia se esfumó de su enclaustramiento. 


El músico deambuló desvariado por las calles de Madrid. Cantó sones y boleros, y paró en una penitenciaría. Quién sabe, incluso, si hasta un trago de ron abrevó en su prodigiosa garganta en auxilio de la voz y de la lucidez cadenciosa.  Pasará el tiempo. Sin embargo, en adelante estará el estruendo de la “Niebla del riachuelo”, el texto de Enrique Cadícamo que tanto “saboreó” el cantante de Santa Clara. Entonces volveremos a mitigar un  perdurable vacío. ¿Por qué?: “Amarado al recuerdo/ te sigo esperando/” con “esa misma voz que dijo adiós”, para siempre. 
  





RITA LONGA, LA ESCULTORA, EN SANTA CLARA

RITA LONGA, LA ESCULTORA, EN SANTA CLARA

Por Luis Machado Ordetx


En una habitación-taller, la número 4, del Hotel “Santa Clara”, en la capital de Las Villas, Rita Longa soltó el buril de la mano derecha y dio un salto. La emoción la embargó tras leer el cablegrama enviado desde La Habana por directivos de la Academia Nacional de Artes y Letras: “El ingreso a la sección de Escultura fue aprobado”, legitimó la autenticidad del mensaje. Le restaba a la artista la realización del discurso de recepción, el elogio, y después posesionarse del correspondiente “Sillón” como Académica de Número en la más alta institución cultural cubana.


El hecho no lo olvidaría en su vida personal y artística. La noticia se desencadenó a partir del correo que recibió la escultora el viernes 14 de enero de 1949 en el céntrico inmueble-hospedaje de Santa Clara. Allí, en la calle Luis Estévez esquina Céspedes, residía desde hacía dos años.


La información histórica recogida al siguiente día por La Publicidad, el diario local de la prensa villareña, pasó desapercibida en la actualidad, ocasión en que el país celebra el centenario del nacimiento de Rita  Longa Aróstegui (La Habana, 1912- Id., 2000), considerada entre los cinco escultores-pedagogos más significativos del siglo pasado.


Ese mérito lo comparte, según el crítico Luis de Soto y Sagarra, con los también creadores Teodoro Ramos Blanco, Alfredo Lozano, Ernesto Navarro y Juan José Sucre. Sin embargo, Rita Longa los aventajó en tiempo de existencia y proyección del expresionismo escultórico-musical dejado a la universalidad.


¿Por qué la artista residía en Santa Clara? Lo aclaran las fuentes informantes: acompañó, de manera casi permanente, a su esposo Fernando Álvarez Tabío, magistrado por un lustro en la Audiencia de Las Villas. Precisa La Publicidad que, desde su habitación-taller, la escultora buriló en parte varios de las piezas más trascendentes en su carrera artística: el grupo familiar de los “Siervos” del Parque Zoológico Nacional (1947) y la “Virgen del Camino” (1949), ambos enclavados La Habana.


También la creadora afirmó su compromiso de instalar una pieza monumental y alegórica al espíritu materno en un centro de asistencia médica de la ciudad que la había acogido como huéspedes de privilegio excepcional.


Así surgió “La fuente de las virtudes”, ubicada el viernes 9 de mayo de 1952 en el patio central del Hospital Provincial “San Juan de Dios” (actual “Dr. Celestino Hernández Robau”), de Santa Clara. Cuatro años antes la artista escogió ese sitio para mostrar a la posteridad una de las más significativas y menos divulgadas de las piezas escultóricas que ejecutó.


Muchos de los bocetos que luego elaboró en La Habana u otras ciudades, afirmó el lunes 25 de octubre de 1948 el cronista Sergio R. Álvarez Mariño, desde la sección “Mi Diaria Cuartilla”, en La Publicidad, fueron elucubrados en Santa Clara, al ir «[…] recorriendo nuestras calles y sitios cercanos en pos de inspiración para su arte…»  


De esos instantes surgió el compromiso para la realización, precisó el periodista, del “Monumento a la Madres”, en Batabanó (1949), y el “Memorial a Rosario Dubrocq”, terminado en idéntico año en el Hospital Ortopédico de La Habana.  En todas las confecciones, precisó, hubo una derivación: el valor social de su creatividad descollante. 


La proporción estilística, como meta definitoria de sus arte, resultan evidentes en trabajos confeccionados con materiales en bronce,  cobre, mármol, yeso patinado, arena, cemento, piedra de capellanía, o fundida. En todos los casos demostró una inigualable lírica y maestría artística de fundamento intemporal.


Con esencial sentido rítmico y decorativo trazó su concepción plástica. Afianzó en toda su carrera artística un renovado rumbo simbólico y de espiritualidad. Eso la sitúo siempre al margen de lo efímero e intrascendente, y en gozo por la proporción estética. Al menos esa fue la gratuidad percibida en las lecturas informativas que recogió el diario La Publicidad durante una estancia definitoria o de un fragmento de la vida artística de Rita Longa en Santa Clara.