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LORCA; DESCANSA SIEMPRE EN PAZ

LORCA; DESCANSA SIEMPRE EN PAZ

Por Luis Machado Ordetx

¡Dejen al poeta reposar tranquilo!, dicen los seres de luces que animan la protección de la osamenta de Federico García Lorca [Fuente Vaqueros el 5 de junio de 1898-19 de agosto de 1936], como recordando aquello que escribió sobre su Granada querida: "La sustancia entrañable de su personalidad se esconde en los interiores de sus casas y de su paisaje";  por eso no existe rastro de su sepultura; anda disperso como su Duende por muchas partes; ubicuo perpetuo en medio del aire y la tierra; perenne como el rayo y el fuego.

Fusilado en agosto de 1936, a principios de la Guerra Civil Española, junto al profesor Dióscoro Galindo y los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Juan Arcollas, aparecen ahora informaciones precisas de la Consejería de Justicia de la Junta de Andalucía, tras concluir las excavaciones en las úiltimas de las dos fosas, de seis, analizadas por un estudio practicado por el  Instituto de Geofísica de la Universidad de Granada: las tumbas y las respectivas osamentas no aparecieron.

Tal suceso insta a precisar aquello en que el poeta disparó todo el ingenio cuando fundamentó que "España está en todos los tiempos movida por el duende, como país de música y danza milenaria, donde el duende exprime limones de madrugada, y como país de muerte, como país abierto a la muerte"; de ahí su recurrencia al símbolo, al misterio y el acertijo inconfundible de la existencia humana.


Gibson, el hispanista y mayor estudioso del legado artístico y documental de García Lorca, recibió un tiro por la culata tras las dudas vertidas en torno a los testimonios que tomó sobre la ubicación exacta de la fosa donde presuntamente yacería la osamenta del poeta y sus infautos acompañantes  luego de concluidos las prelinares indagaciones hechas por la Diputación de Granada en la década de los años 80 del pasado siglo,  y válidos  para que la Asociación de la Memoria Histórica formulara la petición de exhumación hace ya un tiempo.


Laura García Lorca, sobrina del poeta, desde la Huerta de san Vicente, sostuvo que la familia estaba en contra de la apertura de la fosa, puesto que creían que no contribuiría a cerrar las heridas abiertas por el franquismo y la Guerra Civil. Después el  libro  “Lorca, el último paseo”, de Miguel Pozo, planteó más interrogantes sobre la veracidad de la ubicación de la supuesta tumba común del poeta e insinuó que el hombre que señaló a Gibson el lugar en el que estaría enterrado el autor granadino, conocido como “Manolo el Comunista”, podría haberle mentido; no obstante el hispanista no creyó en ciertas teorías que sostienen que la parentela de García Lorca habría retirado el cuerpo de la fosa poco después de su muerte, o de la posibilidad de que fueran las propias tropas fascistas quienes lo hicieran para evitar la mala publicidad que envolvería la trágica historia.


De suspenderse definitivamente los trabajos y en el caso de que la Junta de Andalucía decida no continuar con la búsqueda, podría llegar a cumplirse la profecía escrita por García Lorca en la “Fábula y rueda de los tres amigos”, perteneciente a Poeta en Nueva York (1929-1930): “Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, abrieron los toneles y los armarios, destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. Ya no me encontraron. ¿No me encontraron? No. No me encontraron”; y diría: "Un muerto es más muerto en España que en cualquier otra parte del mundo."

La muerte constituyó siempre un presagio; un símbolo; un recuerso en toda la estética de Loca; justo en Poeta en Nueva York, el poemario evoca la muerte, el asesinato, el misterio de las Parcas en más de un instante; recuérdese "Poemas de la soledad en Columbia University"; "Fábula y rueda de los tres amigos"; "Los negros"; "Calles y sueños" —Danza de la muerte—; "Asesinato"; "Vaca"; "La nilña ahogada en el pozo"; "Introducción a la muerte"; "Paisaje con dos tumbas y un perro asirio"; "Cementerio judío"; "pequeño vals vienés"; "Son de negros en Cuba" y...


Una recisión a toda la poética del granadino confirma, incluso la negativa inicial de su familia de no abrir la fosa situada en el paraje de Fuente Grande, en Alcafar; y observamos "Gacela de la muerte oscura", contenida en el Diván del Tamarit, leemos allí: "Quiero dormir un rato,/ un rato, un minuto, un siglo;/ pero que todos sepan que no he muerto;/ que hay un establo de oro en mis labios;/ que soy el pequeño amigo del viento Oeste;/ que soy la sombra inmensa de mis lágrimas".

Cierto es que del autor que esconde su poesía en medio de la belleza de lo real salpicado de fantasías, tal como se aprecia en Mariana Pineda, el romance popular en tres estampas, escrito en 1925, los expertos que intervinieron en las excavaciones, a fines de diciembre de 2009, no encontraron osamentas ni restos humanos o de armamentos militares, y afirman "que allí jamás hubo enterramientos". supuestamente, en Alfácar, como acto condenatorio a la dictadura de Francisco Franco.


Francisco Carrión, director del equipo de cinco arqueólogos que excavaron seis emplazamientos del Parque Federico García Lorca de Alfácar, aseguró que "no se ha dejado escapar ni un sólo gramo de información del sedimento". Los especialistas revisaron fosa por fosa, cada palmo del terreno, y Jesús García Calero, del diario español ABC, definió posibles errores que hay de trasfondo en la excavación de la fosa de Lorca.

Digamos como un bocadillo que el poeta incluye en La Casa de Bernarda Alba (1936), al hacer hablar a La Poncia: "Nosotros tenemos nuestras manos, y un hoyo en la tierra de la verdad", sus Mujeres responde: "Descansa en Paz", mientras Bernarda, con sus 60 años a cuesta, espeta: "Con el ángel San Miguel y su espada justiciera"; así Granada y el mundo, quieto allí el poeta García Lorca, "puede despertar", como él quería en su "Banquete de Gallo", acto imperturbale de toda su inquieta y juvenil alegría.
 


 

SALSADEPERRO; EMIGRÓ

SALSADEPERRO; EMIGRÓ

Por Luis Machado Ordetx

Persisten cambios, digamos obligatorias traspolaciones, de la cultura de una región a otra, debido, por supuesto, a las recurrentes migraciones poblacionales; eso nadie lo negaría, porque sería “nadar contracorriente”. A  la postre se originan ojerizas —en el mejor sentido— en las   particularidades históricas o sociales que competen a ciertas autoctonías y no  otras; es como un intercambio, un préstamo, y resultan, por tanto, especificidades inherentes a lo que ahora denominamos rasero globalizador  

En otras palabras, como la deficiente ortografía que hormiguea en carteles, anuncios institucionales y en la escritura de muchos, las permutaciones de marras adquieren prolongación con el paso del tiempo como si fueran  injertos provocados por peregrinaciones caprichosas; y por consiguiente, a ultranza de todos, consiguen indebidos procederes con rangos definitorios al cabo de un tiempo.

El fundamento no constituye mera filosofía; Martí advirtió el fenómeno cuando estuvo inmerso en la reconstrucción de la realidad de aquel crudo invierno neuyorkino de 1886. Tal situación ocurre en procesos sociales y obligan a francas reflexiones luego de desandar calles en la búsqueda de sucesos de que desde un pasado latiente refuerzan el presente histórico.

No vayamos muy lejos. Aquí, en el restaurante “Colón 64”, a la vista de todos, parece que el perfecto “rotulista” ignoró en “su gramática” las reglas de acentuación que rigen en la Academia de la Legua Española; más de siete errores son exhibidos en la lozanía del día; allá en la Villa Blanca, ante el busto del último veterano de la Guerra de Independencia de la región central, percibo otro dislate que en nada contribuye al conocimiento que debe cimentarse en generaciones de cubanos: Díaz, primer apellido de ese patriota llamado Nicolás [El Santo, 1882-Caibarién, 1989], está escrito en el terminal con S, y el segundo anda en ausencia total cuando en realidad tendríamos que situarlo al igual que el primero, con una Z al final.

Indagué por la legendaria “Salsa de Perro”, esa que según dice el folklorista Pedro Capdevila Melián, transitó a principios del siglo pasado de  un establecimiento de Remedios y llegó a Caibarién en 1912 para prolongar la fama del inigualable  Hotel España, en la calle Justa, próximo al Ferrocarril; pero...
 
El edificio-hospedaje-restaurante no existe; se desplomó hace unos años y el delicioso plato nutritivo de la gastronomía local (obtenido a partir de ruedas de pez-perro, pargo o cherna, especies vegetales, papa, leche, harina de trigo, aceite vegetal y sal a gusto), a pesar del renombre universal, también desapareció de la cultura espiritual de ese territorio.

La habilidad y exquisitez culinaria que hasta mediados de los años 80 hubo en la Villa Blanca ya no existe, al menos aquella relacionada por platos autóctonos confeccionados a partir de la cultura aportada por los pescadores; en muchas viviendas con el auxilio de los predecesores se revive esa u otras recetas alimentarias.

En el provecho encuentro otra “Salsa de Perro” con similares aderezos que la anterior, a la santaclareña, aquí en el restaurante “El Marino”. ¡Vaya magnífica mutación!, digna de aplaudir, como cuando parafraseamos el proverbio que alude a idéntico “animal”, pero con diferente collar.
 
Desde Varadero, Manolo G. Fernández García, como muchos vilaclareños, se conduele: ¿A qué lugar de la ciudad y a qué manos fue a parar la tarja en bronce colocada en septiembre de 1948 en el vestíbulo principal de la Biblioteca Martí en honor a Leopoldo Romañach Guillén, el pintor cubano? No existe un salón de Marinas en Villa Clara, como tampoco una escuela de Artes Plásticas que haga perdurable el nombre de ese pedagogo y prolífero creador nacido en Sierra Morena en 1862. Allí estuvo hasta hace dos década; luego se perdió sin que nadie sepa dónde está.

Por fortuna la historia del ilustre artista es recordada con mayor insistencia en ese balneario matancero: desde hace 14 años la galería “Arte, Sol y Mar” efectúa anualmente un Salón de Paisaje marinero que rememora a  Romañach. ¿Este al igual que los otros ejemplos no constituye un signo de mutación?  


Persisten muchas maneras, entre pedagogos, historiadores, comunicadores y la familia, de atajar esas peligrosas mudas; sobre todo, porque las localidades requieren preservar, defender y conservar desde cualquier época aquello que auténticamente las representa como escudo patrimonial de la idiosincrasia forjada al calor de sus culturas.

DANZA DEL ALMA; OTRA FIESTA

DANZA DEL ALMA; OTRA FIESTA

Por Gloria Matamoros Díaz

Danza del Alma trae otras sorpresas en cada presentación; esta vez en la v temporada de "Para bailar en casa del trompo", desde finales de noviembre y una parte de diciembre, reúne a los principales exponentes de una estética artística que tiende a los cuestionamientos de la realidad insular afincada a la perspectiva irreverente que muestra todo movimiento corporal.
 
 
El lunes, un telón imaginario del Parque Vidal se descorrió y dio la bienvenida a las cinco décadas de existencia de Danza Contemporánea de Cuba (DCC) y a los cuatro lustros de Estudio Teatral de Santa Clara; hallazgo posible a partir del concurso de futuros pupilos formados en la escuelas Vocacional de Arte "Olga Alonso", y Profesional "Samuel Feijóo", ambas en la ciudad, quienes  interpretaron coreografías específicas a sus ejercicios académicos como relevos culturales del universo contemporáneo.
 
 
 También ese día quedó abierta en el Centro Provincial de Patrimonio Cultural la exposición "Espiral del Alma", original de Carolina Vilches Monzón, artista  de el lente que durante los últimos años coloca entre sus hallazgos fotográficos los momentos más significativos por los que transita la compañía danzaria que dirige Ernesto Alejo Sosa.
 
 
A Isidro Rolando, figura emblemática de la coreografía cubana -además Premio Nacional de Danza 2009, y fundador de DCC-, se dedica el encuentro; ocasión en que recibirá el tributo del público villaclareño, y dejará espacio abierto para que, tanto en los escenarios de los parques Vidal, Las Arcadas y el teatro La Caridad, transiten las principales compañías nacionales por la localidad.
 
 
Este viernes y lunes, últimos de noviembre, así como el 4, 11, 14, 18 y 21 de diciembre, tras concluir las presentaciones de las agrupaciones visitantes, se efectuará en Las Arcadas una exhibición denominada Danzatex, promocionadora desde las perspectivas del movimiento corporal de los principales productos artísticos que comercializa Artex, según el programa.                                                                                           

                     
 
 
Nada puede ser mejor que el aliento poético que ronda en estos días por  escenarios villaclareños luego del surgimiento de la Compañía Danza del Alma y del v aniversario de "Para bailar en casa del trompo"; todo estriba en la  consolidación y reconocimientos artísticos conseguidos en muchas partes del país, incluso en Europa, sitio último en que la crítica especializada convergió en destacar los valores y particularidades de una institución cultural que, de la mano del coreógrafo Alejo Sosa, no se detiene en ampliar sus constantes propuestas estéticas y preocupaciones sicológicas y sociales del hombre común.
 
 
No por gusto, ya en la presentación escénica del Proyecto Talares que dirige Yasin Herrera, una noticia ronda los predios artísticos: Alejo Sosa y el bailarín Greicier López, lograron con la pieza "La luna en el bolsillo" dos premios en "Solamente Solos", concurso celebrado en Ciego de Ávila; todo gracias a que el director de Danza del Ama no se detiene  en la búsqueda de un constante proceso de enriquecimiento en códigos estéticos, estilos y tendencias de movimiento; y siempre mira hacia la experimentación o la reafirmación de una  dramaturgia de todo espectáculo alejado de complacencia y falta de meditación para un público que cada ocasión se torna más crítico y exigente.
                             
                                               

LAM EN LA MEMORIA

LAM EN LA MEMORIA

El pintor cubano, próximo a los 70 años de vida artística, acaba de ser declarado HIJO PREDILECTO de Varadero, en Matanzas. Hace más de un lustro ese territorio también lo bautizó como Hijo Ilustre, mientras en 1991 Sagua la Grande le confirió el título de Hijo Adoptivo.- Revelaciones de Manolo Guillermo Fernández García [Majagua, 1925] sobre su paso por Santa Clara y la amistad con Wifredo Lam.
 
Por Luis Machado Ordetx


 
«Solamente Dios saca historias
                                                de otro lado que no sea la  realidad.»[1]
                                                                                          Juan Carlos Onetti

           

El regusto por lo flamenco, las corridas de toros, y también por las raíces andaluzas, no sé porqué rara razón, traen siempre a la imaginación el semblante y las historias, orales o escritas, que divulga en toda conversación el pintor Manolo Guillermo de la Caridad Fernández García, un hombre diáfano a la divulgación del conocimiento de las tendencias que se mueven en torno al paisajismo y el abstraccionismo y abierto en narrar fragmentos culturales de sus ciudades adoptivas: Sagua la Grande y Santa Clara, centros alejados del natal Majagua, en Ciego de Ávila.

Regordete, de tez blanca, sonrosada, y de baja estatura, con una cabellera que, no por los años, pulula en baño de nevisca -a pesar que remonta las ocho décadas de existencia física-, lo sitúan ahora en la prestancia apreciativa y el distingo por contar acontecimientos referidos a amigos de infancia; esos que encontró en muchas partes de Cuba y al recuerdo de los tiempos en que se aventuró en los estudios de Artes Plásticas.

Sin la menor duda, su diálogo tiene un disfrute, una excursión, jamás escudado en perspectivas   incisivas  que puedan esbozarse con la palabra hablada; no obstante, sí hay otras huellas de ese tipo que siempre se encuentran en los toques y acabados dados con sus pinceles: el lienzo o la cartulina en los cuales plasma todos los conceptos que toma de la realidad y de la imaginación; de la fantasía y por supuesto del sueño.

Puede, incluso, que en Fernández García todo esté envuelto por ese hálito mágico por referir cómo se formó en la pintura académica, el paisajismo y sus ulteriores manejos artísticos; las peripecias escolares; el recreo de los ambientes insulares; la composición de marinas, y el recubrimiento surrealista de las últimas piezas concebidas en el adoptivo recinto de Varadero, sitio donde actualmente reside.

Allí, alguna que otra vez, en medio de la fatiga respiratoria y con una lucidez asombrosa, cuenta con desenfado sobre sus maestros; las sabidurías de la vida; la amistad con Wifredo Lam; los incidentes de la pedagogía; la significación de Romañach o Clotilde Rodríguez Mesa en la hechura de los primeros grabados en madera y recreos marinos  que concluyó, y la soledad que lo acoge cuando retoca una idea que luego convierte en hecho artístico.

También, quién sabe si todo radique en el gusto por las cercanías del mar; el regocijo por  las montañas; el aislamiento de los contextos urbanos y el susurro permanente del viento que asalta el ramaje de los árboles, el trinar de las aves y las remembranzas por los nítidos escenarios de Jerez de la Frontera o Sanlúcar de Barrameda, convertidos por asaltos del delirio individual en encantos de la imaginación.

De Mateo Torriente, el maestro cienfueguero, y del universal Lam, el infatigable Manolo hablaría hasta el cansancio; como guardador de mil anécdotas; todas ciertas, sacadas de ese volcán de desencuentros entre creadores; del aire artístico, del poderío de los estilos, técnicas y tópicos trazados  sobre una cartulina, un lienzo o el más disímil de los soportes materiales.

Lam Castilla lo lleva en el recuerdo desde 1951, cuando lo tuvo delante en una exposición del Parque Central de La Habana, a raíz de recibir el sagüero el primer premio del Salón Nacional de Cuba Allí, Manolo, parado frente al cuadro «Trenzas al agua», escrutaba en la referencia y la historia recreada por el coetáneo, y también en el vínculo del contenido artístico con el título de la pieza que se exhibía. ¡Nada tenía que ver lo uno con lo otro!, se dijo en una apreciación inicial preñada de total ignorancia.

Entonces, el universal mulato-chino-cubano, autor de «La Jungla», sentado en un banco del Parque, con traje gris y camisa de cuello de playa; medias color chatré y cabello brillante y ensortijado, contemplaba a un hombre joven, en pose de curioso, que disfrutaba de su cuadro de arriba abajo, como el que quiere apresarlo todo en una sencilla mirada.

 De pronto entablaron un diálogo espontáneo que devino en amistad y aprecio mutuo por el gusto de la pintura, por los ambientes de Sagua la Grande y por las ventiscas frecuentes que ocurren en las cercanías de la costa.

Un día, sin embargo, esa narración sobre Lam, derivó en conversación pródiga relacionada al cabo de las seis décadas con un capítulo casi olvidado y también distorsionado en la historia de la cultura villareña: la Academia de Artes Plásticas «Leopoldo Romañach Guillén», institución en la que Fernández García figuró como uno de los alumnos-gestores del proyecto, primero de su tipo organizado en territorios alejados de la capital cubana.

En la calle Pasaje número 15, entre 42 y 43, en Varadero, en la vivienda al estilo campestre, y en la cual abundan plantas ornamentales, con flores de diferentes rostros y colores, principalmente de las bunganvillas rojas y amarillas; de clemátides y de jazmines, localicé a Manolo para propiciar un razonamiento sujeto a los tiempos iniciales de la antigua Escuela de Artes Plásticas de Las Villas.

- ¿Cómo surge ese proyecto alejado de los propósitos de la capitalina «San Alejandro»?

-    En junio de 1946 hubo una reunión informal en la casa de los Doctores Rigoberto Gómez Cortes y Esther Batomeu. El propósito era crear un comité pro fundación, y en agosto, en los salones del Consejo Provincial de Gobierno, más  de 400 alumnos y algunos profesores interesados en el nacimiento de la institución, dejábamos "oficializada" la primera Escuela de Artes Plásticas de Las Villas, surgida a  iniciativa y empeño del profesor Rafael de Aranzoza (Márquez de Aguado). Digo "oficializada" porque la selección de los estudiantes fue rápida y el centro carecía de decretos estatales que lo ampararan. Meses después la escuela llevaría el nombre de Leopoldo Romañach Guillén, figura prominente del academicismo en Cuba y nacido en Sierra Morena, Corralillo.

«Las clases comenzaron el lunes 19 de agosto. Por escenario tuvimos los locales que ocupaba la Escuela de Artes y Oficios «San Pedro Nolasco», ubicada en Máximo Gómez esquina a Independencia, a un costado del Teatro La Caridad. El primer claustro lo integraron Tomás Pedrosa Raymundo (profesor de dibujo y, además, director); Boadbill Ross Rodríguez (secretario y maestro de dibujo de línea y perspectiva); Dolores González Carrillo (dibujo y modelado elemental); Lydia Berdayes Ayora (dibujo y modelado); Digna Bacallao (Historia del Arte); Rosa María Norte Auyomat (repujado en cueros y metales); Rafael de Aranzoza y Aguado (colorido y arte decorativo); Juan Niké Forchen (escultura y vaciado) y Juan Orlando Martínez Torres (naturaleza muerta y anatomía artística); situación que ofrecía seguridad a los educandos para asumir proyectos de envergadura artística lejos de la capital cubana.

«Pedrosa Raymundo, pintor y periodista, al igual que Aranzoza, tenían experiencias pedagógica y artísticas, mientras los otros eran recién graduados o impartían docencia en niveles elementales y de formación general. Sin embargo, todos estaban dispuestos a enrolar a antiguos condiscípulos de San Alejandro para que vinieran por un tiempo a Santa Clara.

«Miembros del claustro, recorrieron con anterioridad la ciudad; veían sus escenarios naturales; localizaban áreas donde existieran pinturas y pintores, y también hicieron muestreos de la sensibilidad artística de la población. Con asombro, Aranzoza se detuvo ante los murales de la Normal para Maestros, y apreció el gesto altruista y artístico que dejaron allí Ravenet, Abela, Portocarrero, Mariano Rodríguez, Amelia Peláez, González Puig y Jorge Arche.

«Aquí había maderamen para la pintura, bien lo sabían algunos de los profesores y parte del alumnado. Yo en 1939 había matriculado en San Alejandro, centro que abandoné por la penuria económica de la familia; pero seguí de pintor autodidacta y aficionado, al igual que otros en la ciudad. Cierto es que nadie estaba interesado en estudiar pintura, ni había comercios que vendieran útiles para profesionales y aficionados del arte. Todo se reducía a la venta de lápices de colores, temperas, acuarelas y pinceles redondos de pésima calidad que eran adquiridos por los alumnos de las escuelas primarias superiores y normalistas.

«Nadie pensaba entonces con seriedad en San Alejandro, y tampoco a los jóvenes les interesaba estudiar pintura, ya que la situación económica de esa época, caótica, implicaba la búsqueda de un futuro promisorio   por medio del bachillerato, el ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza o en la Normal para Maestros, escuelas que propiciaban plaza para trabajar al cabo del tiempo y ganar algún dinero después de  graduado.

- ¿Dicen que algunos pedagogos procedían de centros villareños?

- Sí, pero Santa Clara no tenía suficientes graduados de San Alejandro como para fundar una escuela, y tampoco personal aventajado para la enseñanza especializada en este tipo de arte. En el reglamento de instrucción primaria las plazas estaban ocupadas; tal es el caso de María Teresa Pascual que desempeñaba la cátedra de dibujo en la Escuela Normal de Kindergarten, y también de la profesora Dolores (Lolita) Vidal Macías, con similar distinción, pero en la Normal para Maestros. Hubo quien se adjudicó la enseñanza del dibujo con tan solo la matrícula del primer año en San Alejandro. Ya te puedes dar cuenta de la situación; muchos deseos, pero escasa preparación para salir adelante.

- ¿No hubo un cursillo?

-    Exacto. Después de crearse un Patronato, con donativos materiales y efectivos en dinero, los cuatrocientos alumnos de ambos sexos, recibimos un cursillo de 45 días a partir de aquel lunes 19 de agosto, y la mayoría de los matriculados; interesados en obtener el certificado, querían mejorar su escalafón de ubicación profesional. Hubo una información general que estipuló, al concluir esa preparación, la entrega de un certificado equivalente al primer año de la carrera académica de seis que sesionaba en La Habana.

«Todos los profesores, ya mencionados, laboraban intensamente en la preparación y decantación de los estudiantes. Hubo el ejemplo del notable paisajista Roberto Vázquez, presente en la noche inaugural, quien no regresó más a Santa Clara porque pensó que todo sería un fracaso. Sin embargo, el tiempo doy razón a su equivocación.

«Tomás Pedrosa asumió la asignatura de paisaje; impartida al inicio en el Campo Sport, perteneciente al Instituto de Segunda Enseñanza, y posteriormente en la Granja Agrícola, a la vez que se escogían otros lugares de la ciudad al aire libre y en contacto con aspectos de la naturaleza relacionados con la geografía económica y social de la ciudad.

«De los que asistimos a aquel cursillo, recuerdo a Edelmira Ávalos Gómez; Aída Babot Andino; Rosalía Bartomeu; Georgina Uriarte; Nena Lorenzo Lena; Lydia Ángel Fleites; Angela de Armas; Angelita Ruiz; Felicita Calero; las hermanas Vidal Macías; Gladis Hernández; Olimpia Ramos; Ada Borrell Reinoso; Rafael Jiménez; Arnulfo Valencia y Erasmo Pedraza, entre otros.

«El libro de matrícula oficial, por desgracia, al principio se extravió, y luego se completó al prorrogarse  el cursillo a 60 días con la finalidad de cubrir las necesidades de aprendizaje y orientación elemental, aun cuando algunos teníamos conocimientos elementales de pintura y dibujo. La matrícula fue nutrida, como es natural, y creó contratiempos administrativos y técnicos; a la vez que imposibilitaba las actividades y la eficiencia de la docencia, ya que, como es obvio, existían vocaciones, habilidades e intereses distintos entre los estudiantes, y los recursos de trabajo eran escasos.

«Cuando aún no había transcurrido la tercera semana de clases, debido a intrigas mal fundadas e imperativos del local, alumnos y profesores, así como el Patronato, tuvieron que buscar un nuevo sitio para la docencia. Apareció la escuela de la Iglesia Bautista, en la calle Tristá esquina Zayas. Ese templo destinaba el ala izquierda a los cultos religiosos, mientras en la derecha tenía aulas con amplios portales en los que antes radicó un centro de instrucción primaria.

«Esta escuela se encontraba prácticamente abandonada, y profesores, alumnos y amigos, la deshollinaron y pintando, situación que alegró a Moisés González, el pastor bautista encargado del templo, y solucionó un grave problema momentáneo y que tendió a afectar la estabilidad del cursillo y la permanencia de pedagogos. Al cumplirse el término de las sesiones docentes, se efectuó una  exposición en la Biblioteca Martí, lugar que exhibió de manera permanente una selección de los trabajos más decorosos que aportaron los estudiantes.

- Esos son los años en que la escultora Rita Longa se establece en la ciudad; es huésped del hotel Santa Clara,  y se hacen, además, campañas Pro Orquesta Sinfónica de Las Villas y en defensa de la Universidad Central Marta Abreu, acontecimientos que marcan una apertura y estabilidad de la cultura villaclareña; pero ¿había reconocimiento legal para la escuela en instancias del Ministerio de Educación?

-Vamos por pasos. Sí, Longa, al poco tiempo de estar aquí en labores artísticas, se le otorgó su ingreso en la Academia Nacional de Artes y Letras, pero no formó parte de la nómina de los pedagogos de la institución. El reconocimiento del Ministerio  no tuvo respuestas rápidas, inminentes,  y algunos profesores de San Alejandro se opusieron a la oficialización, pues  sustentaron que los docentes de aquí carecían de aval profesional para la enseñanza.

«Para mayor desgracia Juan Niké Forchen, quien impartía modelado, se radicó en Estados Unidos; María Luisa Izquierdo, de dibujo elemental,  y Boabdill Ross, de dibujo lineal y secretario,  no regresaron más de La Habana. Eso provocó cierto caos. Nadie quería venir a Santa Clara.

«Cierto es que Martínez Torres siguió infatigable en sus gestiones por La Habana, a costa de sus ingresos personales, en aras de conseguir el declaración del claustro y del centro. Ya hablo de 1947, y por medio de periódicos; equipos de amplificación Franco S.A., ubicados en el Parque Vidal y del noticiero inalámbrico de la Organización Insular de Radio, dirigido por Domínguez Arbelo, se lanzó al aire el siguiente texto: "Por la superación cultural de Las Villas,  pedimos la oficialización y dotación de la Escuela de Artes Pláticas Leopoldo Romañach Guillén, matricúlate en pintura y escultura".

«Dependientes de comercios, choferes, policías, transeúntes y personas de la ciudad, repetían el discurso. En ese curso se convocó a una reunificación del alumnado, y se amplió la matricula, y a mediados del otro año regresó de Estados Unidos Boabdill Ross Rodríguez, quien otra vez se sumó a la secretaría de la escuela y a la docencia de dibujo lineal y perspectiva.

- Tengo que acudir al paisajista Romañach, pues creo que por este tiempo estaba por Caibarién, sitio del que un día partió en un vapor rumbo a La Habana, tras ganar con su cuadro «Niña pobre con mantón», de 1888, una beca de pintura para estudiar en Italia. ¿Es verídico que el ejemplar artista, maestro de generaciones de cubanos, contribuyó sustentar espiritualmente la Escuela?

- Es cierto. En septiembre de 1948 aprovechamos la oportunidad de hacerle un homenaje en Santa Clara a Romañach. Era ya un anciano, y vino acompañado de la profesora Dolores González. En la biblioteca Martí se develó una tarja en su honor, y no se por qué posteriormente, ya después del Triunfo de la Revolución, fue retirada y creo que hasta desapareció. Hubo un banquete de congratulación en el hotel Santa Clara, de Luis Estévez y Santa Rosa, y declaró que con su modestia y ejemplo hablaría ante las autoridades académicas y estatales. Por desgracia, el lunes 11 de septiembre de 1950 ocurre su fallecimiento.

- ¿Eso favoreció a que ustedes ganaran prestigio ante las potestades docentes?

-    Claro, el viernes 2 de julio de 1948 se firmó el decreto ley 2158, concediendo nombramientos y convocando a profesores. Meses antes ingresó al claustro Mario Cordoves Sigler, quien conquistó la cátedra de artes decorativas, y unos meses después lo hizo Carmelo González Iglesias en la enseñanza del grabado, así como Antonio Alejo, en Historia del Arte; Israel Córdova Berroa, en modelado; Armando Fernández, en dibujo estatuario; Orlando Gutiérrez, en dibujo natural, y Joaquín Lanza Pujarea, en anatomía artística. La nómina estaba completa, y los alumnos en espera de mayores aprendizajes.

«También se designaron algunos cargos administrativos y subalternos: Alfredo Ballina, bibliotecario, y Aida Babot Andino, jefa de almacén; el Pastor Bautista Moisés González, de ayudante, y a mí de escribiente de mecanografía, actividad que compartía con Evelio Ríos Reyes, mientras Mercedes Hurtado se desempeñaba en la limpieza y Daniel Godoy, de ujier.

«El 1949 reinó la organización, tanto en lo docente como en lo administrativo. La matrícula aumentó, y en el mes de noviembre apareció el primer número de la revista mensual "Pinceladas", órgano oficial de la Escuela "Leopoldo Romañach" de Artes Plásticas en Las Villas, y las ediciones posteriores surgieron como publicación de arte y literatura, pero sin perder el carácter estudiantil.

«La novel propaganda tuvo un año de vida, y allí colaboraron profesores y alumnos, quienes recogían en las páginas todas las inquietudes de una Escuela de Arte en formación. La impresión de los textos era en mimeógrafo y de manera manual, y se repartía entre los alumnos y la población de la ciudad. Las portadas eran hechas por mí, al desempeñarme como director, y los primeros números se ilustraron con dibujos realizados sobre stencil, y las restantes con xilografías, lo que mejoró la calidad de las ediciones con fotograbados y colaboraciones de Carmelo González.

«Entre los participantes estuvieron Guillermo Worringer; Rolando Pérez Gómez; Juan Domínguez Arbelo; Pierre de Ramos; Pablo Pérez Fernández; José O.  Barrero del Valle; Gilberto Tejera Rojas; Carmen Cruceiro; Serafín W. Jiménez; Teresita Fernández; Fray Casto de Villavicencio; Silvio Payrol Arencibia; Jesús López Silvero; Constancio C. Vigil, y en las páginas hubo grabados ejecutados por los alumnos Reemberto Gómez; Lesbia Vent Dumois; Felicita Calero Negrín; Edelmira Ávalos Gómez; Ada Morrell Reinoso; Angela de Armas; Layda Anael Fleites; Rosalina Bartomeu; Graciela Lorenzo Lena y Evelio Ríos Reyes, principalmente. Las tiradas de la publicación no rebasaban los 500 ejemplares, y el último número salió en mayo de 1950.

-Pero, en realidad, no todo quedó ahí. Creo que surgieron otros tropiezos; sin embargo, requiero que precise ¿cuándo toman el estatus de escuela oficial?

-    «Eso fue el lunes 16 de enero de 1950, y apareció refrendada en La Gaceta Oficial de la República de Cuba como decreto-ley número 316, disponiendo las bases para la reglamentación de la provisión de Cátedras por Concurso de Oposición en las Escuelas de Artes Plásticas; situación que reafirmó los decretos-leyes números 461, del 31 de agosto de 1934, y 74, del 9 de julio de 1935, respectivamente.

«Muchos profesores vieron aquello con excelentes ojos, y decidieron presentarse Exámenes de Oposición sin que existieran opositores. Mostraron sus avales artísticos bien documentados, y se aseguraron de plazas en convocatoria; y surgieron algunos tropiezos, tal como dices, pues casi a mediados de 1950, por motivos falsos, conceptos morales, mojigatería e hipocresía, se decía que la Escuela utilizaban modelos vivos para la realización de bocetos de desnudo artístico, y por tanto no podía compartir espacios en el local de la Iglesia Bautista. Otra vez estuvimos a la deriva, como si la mala suerte pisara nuestros juveniles talones, pero por fortuna apareció un espacio más grande en la calle Juan Bruno Zayas, entre Eduardo Machado y Candelaria.

«Aquí se abonó un alquiler extraído del cobro de la matrícula de ingreso, y luego surgió un presupuesto para gastos, y hasta se construyó un aula de modelado y escultura. En 1951 se estabilizó la Escuela, y Carmelo González, Mario Cordoves y Rolando Gutiérrez, galardonados en la Exposición de Arte celebrada en la Universidad de Tampa, recibieron un homenaje de los alumnos y de la ciudad. Ya comenzábamos a ganar mayoría de edad en el universo de las Artes Plásticas.

- Manolo, necesito una aclaración: ¿los directivos de San Alejandro se cruzaron de brazo ante la oficialización del centro?

- No hubo presiones de todo tipo. Solo tres alumnos, en aquel curso iniciado en 1946, concluimos en La Habana: Edelmira Ávalos Gómez, Lidia A. Fleites y yo. Por esa época, Rafael Blanco Estrena, Enrique Caravia y yo, recibimos un homenaje en el Hotel Inglaterra, en La Habana, organizado por la Asociación Nacional de Caricaturistas de Cuba, tras los éxitos en la Exposición Panamericana celebrada en la Universidad de Tampa, Florida. Allí obtengo la medalla de plata por el grabado "Marinero en tierra", y algunos xilograbados míos comienzan a publicarse en la prensa nacional.

- ¿Cuáles?
- Bueno, ahí recordaría el "San Francisco de Asis"; "La Virgen de la Caridad del Cobre"; "La Glorificación del Doce de Octubre" y otros que ahora no vienen a la memoria. También está el premio del iv  Salón Nacional de Pintura, Escultura y Grabado de La Habana, conseguido en Julio de 1950.

- Pero, ¿Cómo dice que se gradúan solo tres alumnos en San Alejandro?

-    Sí, esa es otra historia. Después de muchas batallas en 1952 alcancé el título en San Alejandro, y luego fui a Trinidad a dar clases. Eso es como escribir muchos pliegos de papel, y realmente no quiero ni recordarlos, pero te diré algunos: en la realización de nuestra tesis final, llena de represalias de profesores habaneros, y en particular de Esteban Valderrama, necesitábamos altas calificaciones para conseguir la certificación final; con 8 días en la realización de un paisaje, similar cantidad en el ejercicio de una academia -desnudo del natural de cuerpo entero y al óleo-,  y cuatro horas para esbozar un panel decorativo -con determinado estilo y período histórico-. Era lo exigido también para alumnos de las escuelas de Santiago de Cuba y Pinar del Río, las que por esa fecha ya funcionaban, así como a algunos extranjeros radicados en Cuba.

«En realidad existía una diferencia notable, entre la formación especializada de los estudiantes que asistíamos a la tesis, y con la acumulada por aquellos adiestrados en curso estables de San Alejandro. En Santa Clara fuimos discípulos de una institución en embrión, y habíamos vencido, en un mínimo de tiempo, las asignaturas de colorido con Dolores González Carrillo,  a quien jamás se le conoció ni siquiera una obra; mientras los internados en la institución habanera recibieron lecciones hasta ese año de Romañach, y luego de Valderrama. Igualmente sucedía con paisaje y arte decorativo: en Santa Clara terminamos los cursos de paisaje con Tomas Pedrosa Raymundo, quien, aunque tenía una obra hecha, apenas transmitió un conocimiento total; de ahí cierto empirismo. Fue Domingo Ramos, el Paisajista de Viñales, el encargado del visto bueno a esta especialidad.

«Valderrama, y la dirección de San Alejandro, pusieron sus zancadillas, y exigieron la certificación de las asignaturas aprobadas en Santa Clara, y todo debía estar en regla de acuerdo a las contempladas en el plan oficial de enseñanza del centro docente habanero. Así, incluimos dibujos comerciales y de propaganda, y de talla industrial, examinados en la provincia y no incluidos en la Academia. El título se obtenía por revalida, en nuestro caso, al igual que a los extranjeros, ya que no se concebía como hecho oficial nuestra matrícula. Éramos como oyentes que sólo tienen derecho al examen reglamentado.

«Si no aprobábamos los ejercicios de grado que se verificarían en diciembre de 1952, nos ubicarían en el año considerado por el tribunal calificador, y en caso de resultar sobresaliente, no tendríamos derecho a presentarnos a oposiciones para bolsas de viaje y becas al extranjero. Eso, a pesar de todo lo discriminatorio que pudiera parecer, lejos del desaliento, figuró como estímulo. Así, Edelmira Ávalos Gómez, Lidia A. Fleites, y Manolo G. Fernández García fuimos los  tres primeros graduados de aquel curso gestor de la Escuela "Leopoldo Romañach"  de Artes Plásticas de Las Villas.

- ¿Por qué no se graduaron en Santa Clara?

-    No era permitido según el plan de estudios vigente, ya que el tribunal examinador no podía viajar, el tiempo de clases, aun cuando se venció un plan de estudios, no concordaba entre uno y otro centro y aquí no existían profesores con suficientes avales para otorgar las calificaciones. Eso fue lo que alegaron,  pero, en definitiva,  salimos airosos con nuestros títulos, y en lo adelante todos, en la medida que figuramos como pedagogos, realizamos nuestra labor de pintores y reconstructores de la realidad. Después, si ocurrieron diferentes promociones de graduados en Las Villas, pero te juro que, en aquellos primeros, costó lágrimas, por no decir sangre.»

Manolo, siete décadas después de aquellos primeros balbuceos en la formación de la enseñanza de las Artes Plásticas en predios villareños, se fue al recuerdo. Era necesario ese instante. Ya hace tiempo que no emprende la xilografía, y mucho menos el paisajismo; ahora, tras el esclarecimiento de los hechos contenidos en la historia de la cultura de la localidad, muestra sus últimos trabajos relacionados con el abstraccionismo, la experimentación con el color y la luz, la textura  y la composición.

Tal mirada se contiene en lo anecdótico, a diferencia de los primeros surrealistas; en la universalidad desde lo íntimo; en la perspectiva figurativa de las leyes cromáticas y naturales; en la evocación de sensaciones, y también  de los sentimientos y la emoción.
Manolo Fernández García, puede que piense en el orfismo, aquella tendencia colorista que cautivó a Guillaume Apollinaire, allá a principios del siglo pasado, cuando intentó la recreación de la realidad y la poesía a partir de la observancia de la exaltación de los cambios de la luz y el color; pero ahí en Varadero, y en toda Cuba, está el pintor dispuesto, a pesar de la edad biológica, a mostrar, con su lucidez inusitada,  muchos sucesos artísticos que, en apariencias, se incluyen como borrascas  contenidas en capítulos inconclusos de esa historia urgida siempre de contar.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
[1] Juan Carlos Onetti (1997): «Entrevista a María Esther Gilio», p. 14, en Periodismo asedio al  oficio, de Astrid Pikielny, Librería-Editorial El Ateneo, Argentina.
 

PERIODISTAS CON JÚBILO

PERIODISTAS CON JÚBILO

Por Luis Machado Ordetx

«[…] Ilusiones se hacen los que niegan a los hombres el hermoso derecho de conmoverse y admirar.»
                                                                             José Martí


La letra impresa, a veces, oculta al periodista; sucede igual con el árbol y el bosque, en un pacto de eticidad en que ofrecemos la mano al otro, y viceversa, al arrimo de tiempos de bien o de mal, de enseñanzas y de hallazgos, del compartir y hacernos imprescindibles en la labranza continua entre colegas inmersos siempre en las redacciones; en diálogo y soliloquio, incluso en el mutismo que impone toda escritura.

Evoco a esos hombres y mujeres que disfrutaron los corre-corre de las redacciones; del penetrante olor a plomo fundido de los talleres de compasión, de tinta impresa y de bullicio de voceadores —en tiempos en que “pregonaban” los titulares de las noticias—, y en lo aparente el comentario del que se acerca en la calle para indagar más allá del acontecimiento reseñado.

Ahora hay alteraciones provocadas por los misterios tecnológicos; en el fondo idéntico camino al de antes, cuando previo a la llegada de los más jóvenes, ellos estaban allí para ofrecernos el recibimiento, impartir lecciones; hablar de querencias y carencias; de avatares y anhelos sociales desde los diferentes sitios en que radicaban.

Transcurrieron cinco lustros desde que por vez primera esos colegas fueron percibidos en Vanguardia; de lunes a domingo los largos pasillos que conducían a la redacción eran enjambres humanos; los departamentos se convirtieron en ir y venir de gentes para hacer noticias en los apremios del cierre, del recuento de la historia individual y colectiva; y se impuso el respeto de la familia grande, esa que funda y germina.

Son cuatro décadas de sabidurías en las páginas del diario; por eso saben que «añade el periodista ese inquietante fragmento con el justo júbilo de sorprender que parte de sus noticias se deshacen por las arenas y las crónicas, y parte se reconstruyen para lo histórico y perdurable», tal como dijo el poeta José Lezama Lima.

¡Qué mejor dicha en la lozanía de los años!; ahora ellos trascienden a un descanso momentáneo del periodismo, y comparten el júbilo  imperecedero. Los tres se desactivan de la profesión activa luego de mostrar una sincera estela en el bregar continuo; ya no estarán físicamente en la redacción; el crédito de sus firmas puede que deje de ser sistemático, pero quedan las enseñanzas, el calor fraterno.

                              ROSTROS EN LA MIRADA

Lazara Carmenate Sánchez, por su estatura diminuta, siempre Lazarita, extrañará un día de mañana o de tarde, aquella fatídica barrera del Ferrocarril, allá en la carretera que va a Sagua la Grande, cuando su caminar era bloqueado por las evoluciones de un tren que arribaba al patio de la terminal santaclareña. A esa muchacha, desde hace 41 años, tras cumplir justo las “15  Primaveras”, el reloj de entrada a la redacción jugó malas pasadas por “algunos” minutos de retraso en su arribo; después se las ingeniaba en una excusa para buscar la prolongación de la jornada laboral más allá de lo debido.

Trato afable, ¿porque no decirlo?, encontramos aquellos que la apreciamos de asistente del Archivo —un departamento imprescindible para los redactores o los investigadores que acudían a la revisión de los materiales conservados—; después su voz se hizo habitual en la recepción de llamadas telefónicas y de quienes indagaban por el paradero de un periodista; su historia tiene cientos de anécdotas, incluidas las que acumuló en el desempeño profesional de otro sitio esencial en Vanguardia: el despacho y recibo de mensajerías por medio del teletipo; allí, entre el ruido ensordecedor del aparato cuando enviaba las noticias, se sorprendía con la rotura momentánea del equipo, y en su ingenio, “inventaba” una salida para la compostura técnica del artefacto.

Las venturas y desventuras familiares, hogareñas, laborales, tendieron la mano para mostrarla tal como es, sencilla, enmudecida. Por último ella se desempeñó como secretaria de la Dirección, paso efímero en su actividad laboral; hasta que el martes, con la alegría de siempre la despedimos para que su historia no fenezca jamás.

¡El “Dr. Silva”!, siempre Benito Cuadrado Silva, es otro que se fue en la hechura de los 67 años y cuatro décadas en la Redacción; arribó siendo un negrito delgado, y parte ahora con la cabellera encanecida. Aún tiene  una experiencia envidiable para trabajos de mesa; de indagación histórica; del dato puntual; del recuerdo de la corresponsalía de guerra en  Etiopía; de misión de constructor espontáneo; del gusto por la escritura en cursiva de los textos que luego destinaba a la máquina o la computadora; lleva cientos de anécdotas, unas las dice, otras las guarda en medio de una experiencia valiosa de aprovechar en todos los ajetreos profesionales.

Adiós dijo también Raúl Cabrera Cruz; radicado en su terruño de Lajas, allí repasará sus memorias; porque sí, las tiene luego de desempeñarse durante 51 años entre las cajas y los linotipos de una imprenta, la dirección de programas musicales y la locución en la emisora CMHK Radio Cruces; después vino a Vanguardia como corresponsal voluntario y se especializó en temas culturales, jurídicos y gubernamentales.

De ese tiempo, solamente una década no estuvo entre nosotros; en aquel instante hizo dejación de su salario histórico para acogerse al que devengaban los periodistas de entonces, muy por debajo que el percibido por mes. Jamás mostró desgano por esa decisión, y cámara en ristre y agenda en mano, estuvo en cuanto despliegue musical o artístico asomó primero por Las Villas y después por Villa Clara; su ir y venir era continuo en eso de crear secciones: “Collage”; “Esta es su canción”; “Breves” y…

Por mucho tiempo estampó su firma en “Lo Último” y en “Gaceta de la Legalidad”, y creó un equipo de insustituibles corresponsales en todos los territorios; todavía el martes, cuando la despedida en Vanguardia, dio consejos a Francisnet Díaz Rondón, el titular de la página 6: lo instruía de cómo debía hacer su labor profesional; de la manera de tratar a los divulgadores, y también de hacerse de trabajos intemporales para, en caso de un sustitución de algún material, colocar otro con la prontitud y calidad que exige el periodismo.
 
Ahí estriba el júbilo de estos tres colegas, quienes aún en la distancia muestran “garras” comunicativas en la captación de aquello perdurable del discurso oral o escrito; de la enseñanza y el diálogo, como para jamás hacer de la desactivación laboral un simple hallazgo involuntario de todo olvido.     




 

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Por Luis Machado Ordetx

«[…] Ilusiones se hacen los que niegan a los hombres el hermoso derecho de conmoverse y admirar.»
                                                                             José Martí


La letra impresa, a veces, oculta al periodista; sucede igual con el árbol y el bosque, en un pacto de eticidad en que ofrecemos la mano al otro, y viceversa, al arrimo de tiempos de bien o de mal, de enseñanzas y de hallazgos, del compartir y hacernos imprescindibles en la labranza continua entre colegas inmersos siempre en las redacciones; en diálogo y soliloquio, incluso en el mutismo que impone toda escritura.

Evoco a esos hombres y mujeres que disfrutaron los corre-corre de las redacciones; del penetrante olor a plomo fundido de los talleres de compasión, de tinta impresa y de bullicio de voceadores —en tiempos en que “pregonaban” los titulares de las noticias—, y en lo aparente el comentario del que se acerca en la calle para indagar más allá del acontecimiento reseñado.

Ahora hay alteraciones provocadas por los misterios tecnológicos; en el fondo idéntico camino al de antes, cuando previo a la llegada de los más jóvenes, ellos estaban allí para ofrecernos el recibimiento, impartir lecciones; hablar de querencias y carencias; de avatares y anhelos sociales desde los diferentes sitios en que radicaban.

Transcurrieron cinco lustros desde que por vez primera esos colegas fueron percibidos en Vanguardia; de lunes a domingo los largos pasillos que conducían a la redacción eran enjambres humanos; los departamentos se convirtieron en ir y venir de gentes para hacer noticias en los apremios del cierre, del recuento de la historia individual y colectiva; y se impuso el respeto de la familia grande, esa que funda y germina.

Son cuatro décadas de sabidurías en las páginas del diario; por eso saben que «añade el periodista ese inquietante fragmento con el justo júbilo de sorprender que parte de sus noticias se deshacen por las arenas y las crónicas, y parte se reconstruyen para lo histórico y perdurable», tal como dijo el poeta José Lezama Lima.

¡Qué mejor dicha en la lozanía de los años!; ahora ellos trascienden a un descanso momentáneo del periodismo, y comparten el júbilo  imperecedero. Los tres se desactivan de la profesión activa luego de mostrar una sincera estela en el bregar continuo; ya no estarán físicamente en la redacción; el crédito de sus firmas puede que deje de ser sistemático, pero quedan las enseñanzas, el calor fraterno.

                                                     ROSTROS EN LA MIRADA

Lazara Carmenate Sánchez, por su estatura diminuta, siempre Lazarita, extrañará un día de mañana o de tarde, aquella fatídica barrera del Ferrocarril, allá en la carretera que va a Sagua la Grande, cuando su caminar era bloqueado por las evoluciones de un tren que arribaba al patio de la terminal santaclareña. A esa muchacha, desde hace 41 años, tras cumplir justo las “15  Primaveras”, el reloj de entrada a la redacción jugó malas pasadas por “algunos” minutos de retraso en su arribo; después se las ingeniaba en una excusa para buscar la prolongación de la jornada laboral más allá de lo debido.

Trato afable, ¿porque no decirlo?, encontramos aquellos que la apreciamos de asistente del Archivo —un departamento imprescindible para los redactores o los investigadores que acudían a la revisión de los materiales conservados—; después su voz se hizo habitual en la recepción de llamadas telefónicas y de quienes indagaban por el paradero de un periodista; su historia tiene cientos de anécdotas, incluidas las que acumuló en el desempeño profesional de otro sitio esencial en Vanguardia: el despacho y recibo de mensajerías por medio del teletipo; allí, entre el ruido ensordecedor del aparato cuando enviaba las noticias, se sorprendía con la rotura momentánea del equipo, y en su ingenio, “inventaba” una salida para la compostura técnica del artefacto.

Las venturas y desventuras familiares, hogareñas, laborales, tendieron la mano para mostrarla tal como es, sencilla, enmudecida. Por último ella se desempeñó como secretaria de la Dirección, paso efímero en su actividad laboral; hasta que el martes, con la alegría de siempre la despedimos para que su historia no fenezca jamás.

¡El “Dr. Silva”!, siempre Benito Cuadrado Silva, es otro que se fue en la hechura de los 67 años y cuatro décadas en la Redacción; arribó siendo un negrito delgado, y parte ahora con la cabellera encanecida. Aún tiene  una experiencia envidiable para trabajos de mesa; de indagación histórica; del dato puntual; del recuerdo de la corresponsalía de guerra en  Etiopía; de misión de constructor espontáneo; del gusto por la escritura en cursiva de los textos que luego destinaba a la máquina o la computadora; lleva cientos de anécdotas, unas las dice, otras las guarda en medio de una experiencia valiosa de aprovechar en todos los ajetreos profesionales.

Adiós dijo también Raúl Cabrera Cruz; radicado en su terruño de Lajas, allí repasará sus memorias; porque sí, las tiene luego de desempeñarse durante 51 años entre las cajas y los linotipos de una imprenta, la dirección de programas musicales y la locución en la emisora CMHK Radio Cruces; después vino a Vanguardia como corresponsal voluntario y se especializó en temas culturales, jurídicos y gubernamentales.

De ese tiempo, solamente una década no estuvo entre nosotros; en aquel instante hizo dejación de su salario histórico para acogerse al que devengaban los periodistas de entonces, muy por debajo que el percibido por mes. Jamás mostró desgano por esa decisión, y cámara en ristre y agenda en mano, estuvo en cuanto despliegue musical o artístico asomó primero por Las Villas y después por Villa Clara; su ir y venir era continuo en eso de crear secciones: “Collage”; “Esta es su canción”; “Breves” y…

Por mucho tiempo estampó su firma en “Lo Último” y en “Gaceta de la Legalidad”, y creó un equipo de insustituibles corresponsales en todos los territorios; todavía el martes, cuando la despedida en Vanguardia, dio consejos a Francisnet Díaz Rondón, el titular de la página 6: lo instruía de cómo debía hacer su labor profesional; de la manera de tratar a los divulgadores, y también de hacerse de trabajos intemporales para, en caso de un sustitución de algún material, colocar otro con la prontitud y calidad que exige el periodismo.
 
Ahí estriba el júbilo de estos tres colegas, quienes aún en la distancia muestran “garras” comunicativas en la captación de aquello perdurable del discurso oral o escrito; de la enseñanza y el diálogo, como para jamás hacer de la desactivación laboral un simple hallazgo involuntario de todo olvido.     




 

PERIODISTAS EN JÚBILOS

PERIODISTAS EN JÚBILOS

Por Luis Machado Ordetx


                «[…] Ilusiones se hacen los que niegan a los hombres el hermoso derecho de     conmoverse y admirar.»


                                                                           
  José Martí

La letra impresa, a veces, oculta al periodista; sucede igual con el árbol y el bosque, en un pacto de eticidad en que ofrecemos la mano al otro, y viceversa, al arrimo de tiempos de bien o de mal, de enseñanzas y de hallazgos, del compartir y hacernos imprescindibles en la labranza continua entre colegas inmersos siempre en las redacciones; en diálogo y soliloquio, incluso en el mutismo que impone toda escritura.



Evoco a esos hombres y mujeres que disfrutaron los corre-corre de las redacciones; del penetrante olor a plomo fundido de los talleres de compasión, de tinta impresa y de bullicio de voceadores —en tiempos en que “pregonaban” los titulares de las noticias—, y en lo aparente el comentario del que se acerca en la calle para indagar más allá del acontecimiento reseñado.



Ahora hay alteraciones provocadas por los misterios tecnológicos; en el fondo idéntico camino al de antes, cuando previo a la llegada de los más jóvenes, ellos estaban allí para ofrecernos el recibimiento, impartir lecciones; hablar de querencias y carencias; de avatares y anhelos sociales desde los diferentes sitios en que radicaban.



Transcurrieron cinco lustros desde que por vez primera esos colegas fueron percibidos en Vanguardia; de lunes a domingo los largos pasillos que conducían a la redacción eran enjambres humanos; los departamentos se convirtieron en ir y venir de gentes para hacer noticias en los apremios del cierre, del recuento de la historia individual y colectiva; y se impuso el respeto de la familia grande, esa que funda y germina.



Son cuatro décadas de sabidurías en las páginas del diario; por eso saben que «añade el periodista ese inquietante fragmento con el justo júbilo de sorprender que parte de sus noticias se deshacen por las arenas y las crónicas, y parte se reconstruyen para lo histórico y perdurable», tal como dijo el poeta José Lezama Lima.



¡Qué mejor dicha en la lozanía de los años!; ahora ellos trascienden a un descanso momentáneo del periodismo, y comparten el júbilo  imperecedero. Los tres se desactivan de la profesión activa luego de mostrar una sincera estela en el bregar continuo; ya no estarán físicamente en la redacción; el crédito de sus firmas puede que deje de ser sistemático, pero quedan las enseñanzas, el calor fraterno.



                              ROSTROS EN LA MIRADA


Lazara Carmenate Sánchez, por su estatura diminuta, siempre Lazarita, extrañará un día de mañana o de tarde, aquella fatídica barrera del Ferrocarril, allá en la carretera que va a Sagua la Grande, cuando su caminar era bloqueado por las evoluciones de un tren que arribaba al patio de la terminal santaclareña. A esa muchacha, desde hace 41 años, tras cumplir justo las “15  Primaveras”, el reloj de entrada a la redacción jugó malas pasadas por “algunos” minutos de retraso en su arribo; después se las ingeniaba en una excusa para buscar la prolongación de la jornada laboral más allá de lo debido.



Trato afable, ¿porque no decirlo?, encontramos aquellos que la apreciamos de asistente del Archivo —un departamento imprescindible para los redactores o los investigadores que acudían a la revisión de los materiales conservados—; después su voz se hizo habitual en la recepción de llamadas telefónicas y de quienes indagaban por el paradero de un periodista; su historia tiene cientos de anécdotas, incluidas las que acumuló en el desempeño profesional de otro sitio esencial en Vanguardia: el despacho y recibo de mensajerías por medio del teletipo; allí, entre el ruido ensordecedor del aparato cuando enviaba las noticias, se sorprendía con la rotura momentánea del equipo, y en su ingenio, “inventaba” una salida para la compostura técnica del artefacto.



Las venturas y desventuras familiares, hogareñas, laborales, tendieron la mano para mostrarla tal como es, sencilla, enmudecida. Por último ella se desempeñó como secretaria de la Dirección, paso efímero en su actividad laboral; hasta que el martes, con la alegría de siempre la despedimos para que su historia no fenezca jamás.



¡El “Dr. Silva”!, siempre Benito Cuadrado Silva, es otro que se fue en la hechura de los 67 años y cuatro décadas en la Redacción; arribó siendo un negrito delgado, y parte ahora con la cabellera encanecida. Aún tiene  una experiencia envidiable para trabajos de mesa; de indagación histórica; del dato puntual; del recuerdo de la corresponsalía de guerra en  Etiopía; de misión de constructor espontáneo; del gusto por la escritura en cursiva de los textos que luego destinaba a la máquina o la computadora; lleva cientos de anécdotas, unas las dice, otras las guarda en medio de una experiencia valiosa de aprovechar en todos los ajetreos profesionales.



Adiós dijo también Raúl Cabrera Cruz; radicado en su terruño de Lajas, allí repasará sus memorias; porque sí, las tiene luego de desempeñarse durante 51 años entre las cajas y los linotipos de una imprenta, la dirección de programas musicales y la locución en la emisora CMHK Radio Cruces; después vino a Vanguardia como corresponsal voluntario y se especializó en temas culturales, jurídicos y gubernamentales.



De ese tiempo, solamente una década no estuvo entre nosotros; en aquel instante hizo dejación de su salario histórico para acogerse al que devengaban los periodistas de entonces, muy por debajo que el percibido por mes. Jamás mostró desgano por esa decisión, y cámara en ristre y agenda en mano, estuvo en cuanto despliegue musical o artístico asomó primero por Las Villas y después por Villa Clara; su ir y venir era continuo en eso de crear secciones: “Collage”; “Esta es su canción”; “Breves” y…


Por mucho tiempo estampó su firma en “Lo Último” y en “Gaceta de la Legalidad”, y creó un equipo de insustituibles corresponsales en todos los territorios; todavía el martes, cuando la despedida en Vanguardia, dio consejos a Francisnet Díaz Rondón, el titular de la página 6: lo instruía de cómo debía hacer su labor profesional; de la manera de tratar a los divulgadores, y también de hacerse de trabajos intemporales para, en caso de un sustitución de algún material, colocar otro con la prontitud y calidad que exige el periodismo.


 
Ahí estriba el júbilo de estos tres colegas, quienes aún en la distancia muestran “garras” comunicativas en la captación de aquello perdurable del discurso oral o escrito; de la enseñanza y el diálogo, como para jamás hacer de la desactivación laboral un simple hallazgo involuntario de todo olvido.     




 

LINARES, ILUSTRADOR Y HUMORISTA

LINARES, ILUSTRADOR Y HUMORISTA

Por Luis Machado Ordetx

Félix Adalberto Linares Díaz, caricaturista de Melaíto, acaba de conquistar tres premios en el IX Salón Internacional de Humor Gráfico convocado por la UNEAC en Villa Clara en ocasión del aniversario 41 de ese suplemento del periódico Vanguardia. Cualidades que distinguen su manera de recrear la realidad política y social cubana.


Linares, el colega del mensuario humorístico Melaíto, tiene un estilo inconfundible a la hora de componer el dibujo, provocar el estado de gracia de la línea, de los trazos, y de hurgar en los motivos esenciales de la historia de la humanidad para llevarnos a la reflexión contemporánea a la hora de concebir una idea, un tema, para sus caricaturas, las ilustraciones de libros, el grabado o las temperas paisajísticas que culmina en los ratos de ocio.

Dicen los críticos y aquellos encargados en reconstruir la memoria histórica del humorismo gráfico cubano, y creo en toda la dimensión de ese aserto conceptual, que Félix Adalberto Linares Díaz aúna la virtud del artista impecable; del hacedor inconfundible y siempre inconforme con el trazo estampado a su última pieza; sencillamente trabaja como un artesano, como un demiurgo escrutador de la realidad social o política que encuentra a su paso.

Por momentos, lo he contemplado en meditación; absorto del diálogo que sostiene con un interlocutor; como escapado de su tiempo y en la búsqueda de un tema artístico que ronda en su cabeza; tal vez ese constituya uno de los rasgos más distintivos de su personalidad preñada por captar la inmediatez o la chispa que vislumbra una posterior gestación humorística.

El estilo acabado de las caricaturas, historietas e ilustraciones de Linares, es recurrentes en los últimos 30 años en las páginas de Melaíto, y también en otras publicaciones cubanas o extranjeras, así como en exposiciones colectivas o individuales en las que interviene; en la risa en cada una está determinada en última instancia tras la reflexión profunda que provoca en el receptor a partir del juicio de valor que subyace en el mensaje artístico.

Ilustraciones de su autoría son apreciadas en libros y publicaciones periódicas impresas en Cuba; allí destacan los rostros de patriotas de nuestras gestas revolucionarias, tal como se distingue  en Profeta de la Aurora (Capiro, 2007), un texto del escritor villaclareño Alexis García Artíles, quien recoge fragmentos del histórico desembarco y los días posteriores del arribo de Fidel y los expedicionarios del Granma a las costas de Las Coloradas y el combate de Alegría de Pío.