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LA HABANA EN MÚSICA

LA HABANA EN MÚSICA

Por Luis Machado Ordetx



Sencillamente, “Kool & The Gang” llegó a La Habana y atrajo al público cubano que se congregó en la Tribuna Antiimperialista “José Martí”, justo en los aires del Malecón capitalino; muchos de los asistentes a ese concierto de la tarde del domingo último —primero que una banda de música de Estados Unidos hace en los últimos cinco años—, son mis coetáneos; hombres que ya frisan medio siglo de vida y que por allá, por los años 80 del siglo que escapó, disfrutamos a hurtadillas de las melodías más significativas en los registros disco y funk que estructuraba esta agrupación.


Digo a hurtadillas ese disfrute, porque éramos entonces jóvenes universitarios que en su mayoría burlábamos aquellas exigencias institucionales que prohibían el cabello largo; el idioma inglés y su música, así como el empleo de jeans “vaqueros” en el vestuario.


Los acetatos de esta banda, y otras como Rolling Stone, Who, Rare Earth (“I just want to celebrate; “I Know I am losing you” y “Gat ready”), así como los timbres inconfundibles de Blood Sweat & Tear, y su voz lider Clayton Thomas, Lep Zeppelín, Joplin, Supertramp, Chicago, Forever, Tears for Tears, Earld. Wind and Fire o Ray Charles, hacían furor en aquellos tiempos; escuchados y disfrutados a escondidas; en pequeños grupos juveniles, para no levantar sospechas de esa manera sana de divertirnos en medio de estudios universitarios. http://www.cubadebate.cu/fotorreportajes/2009/12/20/kool-and-the-gang-hace-bailar-a-miles-cubanos-tribuna-antimperialista/


A veces los acetatos “entrados” a Cuba por “amigos” que tenían la posibilidad de viajar al extranjero; incluso aquellos que podían grabar las emisiones en onda corta provenientes del sur de la Florida, pasaban de mano en mano; y de oído en oído; luego venían los comentarios entre todos.

Aquellos sonidos fuertes, provenientes de ritmos de la música hecha por afronorteamericanos y bandas musicales que asimilaban las mejores herencias del jazz y  el Rithms and Blues, eran como una herejía; por eso aplaudo a quienes de mi generación y otras más jóvenes se  sumaron al multitudinario concierto sin que importaran las bajas temperaturas; los horarios de la tarde, el castigo del sol, que por estos días azota a mi Isla del Caribe.


Allá fue mi amigo José de la Caridad Reyes Linares, economista y ferviente seguidor de Kool & the Gang, del soul, funk y la música disco; desde entonces, amante de aquella época en que Maurice White imponía los patrones con su modo de cantar, bailar y tocar su “Calimba” en Earld. Wind and Fire,  hasta el gusto por la buena y antológica herencia sonora; el hombre no cesa de recordar aquel histórico pasado lleno de leyendas de un estilo inconfundible para cualquier época.


El aplauso mayor para aquellos que se congregaron en la Tribuna Antiimperialista al amparo de una banda musical formada en Nueva Jersy en 1964; continuadora de un estilo y una época que no se apaga en la memoria de todos; y la alegría desplegada por  "Jungle Boogie" y "Hollywood Swinging", no se hizo esperar; allí estaba Kool & The Gang, como recordando una época que abrió en 2005 la banda Audioslave, camino a la apertura y las posibilidades de intercambio cultural, artístico entre Estados Unidos y Cuba.


El arte no tiene fronteras; eso está más que demostrado, y las barreras que las administraciones norteamericanas imponen de continuo desde hace medio siglo para impedir ese intercambio; por supuesto, ya comienzan a caer; es un mandamiento de nuestro tiempo, y también de otros anteriores o posteriores en la historia: “La música trasciende todas las barreras de la humanidad".

LAM OCULTO

LAM OCULTO

Por Luis Machado Ordetx

 

 

Nadie duda que Wifredo Lam tuvo muchos ocultamientos más allá de fundamentarse como el más universal de los pintores cubanos; de mostrar su audacia surrealista contenida en la espiritualidad afrocubana o la herencia china; incluso de plantarse en medio de la plenitud conquistada por una técnica artística y de simbolismo gráfico de realeza inigualable.

 

 

El sentido furtivo de ese sagüero inmortal; de frondosidad y esoterismo cultural definidos por Fernando Ortiz, tal vez tuvo su mayor realización en las calles y entre la gente de la Villa del Undoso,  luego de cumplir 76 años de existencia y recorrer idénticos escenarios transitados durante la infancia, fecha en que junto al equipo de realización cinematográfica que asistía a Humberto Solás, el pintor decidió que un momento significativo del documental en preparación, tendría obligatoriamente que captar fragmentos esenciales de su vida y las relaciones con amigos inseparables por el tiempo.

 

 

Antes, en 1972 tras la salida del libro de Alain Jouffroy sobre la obra pictórica de Lam, la televisión sueca hizo un documental; dos años después el Italo Mussa filmó otro cortometraje; ahora las cosas serían diferente, según el proyecto de Solás de captarlo en el ambiente natural de su ciudad portuaria; entre los recuerdos de infancia y aquellos instantes definitorios en una estética sin precedente: la danza, la música, la poesía y, por tanto, el "el arte como una batalla de alto compromiso moral, y la profesión como una disciplina abnegada y ajena a toda concesión", como afirmó cineasta.

 

 

Lam y Castilla, nacido un lunes 8 de diciembre de 1902, justo en el advenimiento de la República, tenía presente el fundamento plástico contenido en La Jungla, primer manifiesto de su tipo en el tercer Mundo; "porque la pintura es la lengua más antigua y elocuente de los hombres", y entre los hombres de su pueblo debía aparecer a cada instante.

 

                                                                     EXCLUISIVO TESTIGO

 

 

Un testigo de excepción es convocado ahora; puede hacer el recuento gracias a la memoria prodigiosa y la papelería que atesora; es el pedagogo y pintor Manolo Guillermo Fernández García, quien desde Varadero, donde reside, recuerda:

 

 

«En la mañana del sábado 7 de enero de 1978 varios artistas recibimos una comunicación oficial que advertía el deseo de Lam de encontrarlos a todos en la noche o al día siguiente para que intervinieran en el documental que se filmaría. Los salones del Taller Libre de Artes Plásticas "Fidelio Ponce de León", de Sagua la Grande, sitio de lecciones pedagógicas, fueron escenarios del murmullo y la euforia: otra vez el pintor estaría en su tierra natal; era domingo a media mañana y en un ómnibus del tipo Girón, Lam venía de pie, cercano a la puerta de salida, recorriendo con la vista las áreas aledañas al Parque La Libertad.

 

 

«Una caravana pequeña formada por varios tipos de automóviles se acercaba; allí en la sede del Partido aguardaban dirigentes políticos y estatales, así como algunos integrantes del taller (José Ramón (Pepito) Núñez Iglesias; Teódulo Morales Rossell, Manuel García Borbón, Jorge Hernández, quien cámara en ristre tomó varias de las imágenes y Ramón Infante, entre otros. Lam sonriente extendió la mano a todos, a otros los abrazó, y acto seguido hizo las presentaciones de quienes lo acompañaban: Solás, Lou (Laurin), la esposa, y sus amigos franceses Yvon y Jackelin Taillander.

 

 

«Solás dijo que era necesario comenzar a rodar el documental temprano en la mañana, a orillas del río Undoso y cerca del puente El Triunfo; allí en un parque, a la sombra de una ceiba gigantesca del Rincón Martiano.

 

 

«El fotógrafo Jorge Herrera, del equipo de Solás, hacía advertencias para que se presentaran personas de avanzada edad y que en la niñez o la juventud conocieron a Lam o a su familia; al siguiente día debían concentrarse en el parque Joaquín Albarrán; recuerdo que Lam dijo, ¡Manolo,  esta vez no me voy de Sagua sin disfrutarla y contemplar mis viejas pinturas; así que no te me pierdas!

 

 

«Señalé que las piezas estaban en exhibición, en una pequeña pinacoteca.

 

 

-    ¿Pinacoteca?, interrogó Solás al oírme.

 

 

-    Sí, la fomentamos en un salón en los altos del antiguo casino español, actualmente biblioteca municipal Raúl Cepero Bonilla.

 

 

«El cineasta se sorprendió cuando comenté que existían allí otros originales de Víctor Manuel, Amelia Peláez, Fidelio Ponce de León, Leopoldo Romañach, Armando Menocal; y Lam ripostó:

 

 

-Pues mañana los veremos antes de comenzar a filmar.

 

 

«Solás tenía preocupaciones; de vez en cuando miraba a Lam, y lo percibía en inquietud; hasta llegó a alarmarse ante la posibilidad de que se agotaran los rollos que traían para aquel documental concebido solo en 45 minutos de duración luego de la edición.

 

 

«El propósito del realizador era definido: la relación afectiva y profesional del pintor con su gente y su pueblo; la transculturación y el mestizaje dentro del ámbito de la intimidad artística. Por eso fuímos a la calle Carmen Ribalta, cerca del estero, en el bario San Juan, asentamiento de asiáticos, donde residió Lam. Hubo tomas de cámara, y al medio día se suspendió el rodaje para una siguiente jornada. El centro de descanso era el Motel Las Rocas, a la salida de Sagua.

 

 

 «El lunes 9 de enero, en la mañana todo estaba previsto para que el pintor visitara la pinacoteca "Apolinario Chávez"; subimos las empinadas escaleras de mármol a pesar de las dificultades que ya se advertían en el  caminar de Lam. Ante cinco de sus obras iniciales, el artista señaló que eran viejísimas y no pensaba que se conservaran en tan buen estado, y precisó que cuando pintó aquellos cuadros, jamás creyó verlos en exhibición y protegidos en su tierra natal. Creo que esas piezas todavía deben estar en Sagua.

 

 

«Con euforia, Lam declaró: "¡Coño, estos cuadros son más viejos que Matusalén!; fueron concebidos entre 1917 y 1925, fecha en que me  involucré en estudios de la Academia San Alejandro"; pertenecieron por obsequio del artista a Humberto Domínguez, el amigo y músico sagüero.

«Después hubo otras tomas en el parque Albarrán, y al mediodía fuimos a Isabela de Sagua, y a orillas del mar se hicieron las últimas filmaciones del documental. Después nos despedimos; esa fue la última vez que aprecié de cerca de Lam, quien entre los labios y el recuerdo tenía prendidos los días infantiles de la escuela de Cocosolo.

 

 

«Precisó Solás que el tiempo apremiaba; pues después irían a Sancti Spíritus, territorio de nacimiento Ana Serafina Castilla, la mamá del pintor; momento que aprovecharían esas locaciones cercanas a la Trinidad de viajes de infancia, para rememorar a Huelva, zona minera en la cual el artista residió antes de estallar la Guerra Civil Española.

 

 

El documental, una joya del cine cubano, lo disfrutó Manolo Guillermo Fernández García, según confesó,  poco antes del fallecimiento de Lam en Paris, aquel infausto sábado 11 de septiembre de 1982; los restos del pintor fueron incinerados en el cementerio Përe Lachaise, y luego trasladados a suelo patrio para su reposo perpetuo. De aquella cinta, declaró mi testimoniante, próximo ya a cumplir 85 años de existencia y siete décadas de vida artística, que   todavía perpetúa en su memoria la osadía de Humberto  Solás por congeniar realidad con ficción; música y danza en un intento siempre permanente por devolverlos al Lam oculto entre los propios sagüeros.

 

 

VAN-VAN, UN TRIBUTO DESDE VILLA CLARA

VAN-VAN, UN TRIBUTO DESDE VILLA CLARA
www.youtube.com/watch?v=Qi8owWC1HJQ

Por Luis Machado Ordetx

 

El Tren de la Música Cubana tiene su fiesta; pletórica como gusta siempre del apego de los bailadores, Van-Van y su tropa artística recorre la isla, de punta a cabo; es el homenaje mayor que tributan al público tras cumplir las primeras cuatro décadas de existencia como cronistas sociales que cuánto acontece en nuestros pueblos y ciudades.

 

No hacían similar periplo desde 2006 cuando realizaron una gira nacional; ahora recién regresados de Sudamérica, allá en Argentina, asoman el contagioso ritmo en muchos escenarios cubanos; y viernes y sábado tocó a Villa Clara; primero en Sagua la Grande, la Villa del Undoso, luego en Santa Clara, en los cuales las bajas temperaturas de estos días ampliaron la parada de bailadores y amantes de una música que funde los ritmos contemporáneos de nuestros patrones melódicos con aquellos que algunos definen como renovación salsera o simplemente timba cubana,

 

Juan Formell y su orquesta Van-Van andan de placer mayúsculo; en La Habana acaban de tributarle un homenaje y se proyectó el documental "Eso que Anda", de más de una hora de duración, sincero tributo a 40 años de vida artística en colectivo tras fundarse la orquesta en los primeros días de diciembre de 1969.

 

La cinta dirigida por Ian Padrón, al decir de Formell, constituye un «testimonio que forma parte sustancial de la vida de muchos de los músicos que todavía están en la agrupación o formaron parte del equipo artístico», y también de todo lo que legaron y aportan a la sonoridad y el timbre inconfundible de la música cubana, en la cual fusionan el son con la rumba; el songo con la canción, y la letra de los textos con una manera peculiar de fomentar la historia de nuestros tiempos.

 

Los éxitos internacionales de Van-Van, entre los que incluyen el cierre del concierto Paz sin fronteras de septiembre último en La Habana, tienen en los primeros meses de 2010 una prolongación en la gira que realizarán por diversas ciudades de los Estados Unidos; incluso Juan Formell expuso recientemente que los contratos tal vez se extiendan hasta el siguiente año y no descartó que otra vez visiten Miami y hagan allí más de un recital para emigrados cubanos del sur de la Florida.

 

Más de 40 fonogramas tiene grabados, tanto en el extranjero como en Cuba, la orquesta estrella del panorama musical nacional, y entre sus títulos destacan «Arrasando» (2009), «Chapeando» (2006), «Grandes Éxitos de Juan Formell» (2002), «El malecón de la Havana» (2002); «Van-Van 30 aniversario Vol 1-2» (1999), y «25 años y seguimos ahí, Vol. 1-2» (1994).

 

Casi todos los textos y arreglos pertenecen a la autoría de Formell, quien también en la escritura recibió en algunos momentos las crónicas sociales elaboradas por Rodolfo Cárdenas, Pedrito Calvo, Eloy Machado o César (Puppy) Pedroso; y entre piezas son antológicas aquellas que integran «Marilú», «Chirrín-Chirrán», «El baile del buey cansado», «La habana no aguanta más», «Se acabó el querer» y «El negro no tiene ná», por citar algunas de las más representativas en el tiempo y el recuerdo de los bailadores.

 

Van Van y su director fundador, el maestro Juan Formell -quien recién recibió el título de Doctor Honoris Causa del Instituto Superior de Arte, dados los aportes legados a la música cubana-, tras esta gira que efectúan en ocasión de los 40 años de la orquesta, reciben a cada paso por los escenarios nacionales los aplausos no solo de los seguidores de un timbre inconfundible, sino también de un pueblo que los aclama por ser hombres inclaudicables en la conservación del patrimonio artístico de la Nación.

 

 

MELAÍTO, 41 AÑOS DESPUÉS

MELAÍTO, 41 AÑOS DESPUÉS

Por Luis Machado Ordetx

 

 

Humor a primera vista, constituye un perfecto título; corresponde a un libro que circula por ahí, perteneciente a Pedro Méndez Suárez; sin embargo, se antoja en homonimia como anillo al dedo a una estética permanente, inalterable, ceñida a la óptica costumbrista, incisiva y gananciosa con que Melaíto, 41 años después, resulta un gozo para los lectores que acuden a sus páginas.

 

 

No importa que aquel producto artístico, periodístico, difusor, surgido entre los villareños el jueves 19 de diciembre de 1968, siga vistiendo el rótulo op art impuesto por sus padres fundadores y otros que luego se sumaron a quienes vendrían después; tampoco resultó óbice que la carencia de papel o hasta los "maldeojos", como atestiguan algunos, redujeran su llama portentosa.

 

 

Desde hace más de una década quedaron diezmadas las tiradas; de ocho pasaron a cuatro páginas, y el olor de tinta fresca en la circulación de la semana, se trastocó en mes.

 

 

A lo lejos, divisados por un catalejo, el público -el mejor de los árbitros-, descubre dónde reside un miembro de la nómina titular de la publicación villaclareña; de aquí porque desde esta provincia es gestada, pero en definitiva todos sabemos que no cree en fronteras.

 

 

Los lectores siguen hurtándolo y lo manosean; quedan embrujados con el ingenio opinativo de los artistas, y de mano en mano en las más insospechables latitudes aparece un encantamiento; sin dudas, ante las  carencias, surgieron algunos revendedores de la publicación. Sin embargo, bienvenidos sean todos -quienes los adquieren en estanquillos, lo prestan, lo regalan, lo remiten en sobres certificados, incluso aquellos que prefieren la usura-,   pues, con ese conjuro, propagan una obra terminada, y que por fortuna y ante todos los avatares, jamás tendrá tiempo de apagarse.

 

 

Vinieron como salvación las exposiciones personales, colectivas; los lauros en concursos foráneos y nacionales; las ilustraciones; los libros; los sitios digitales; y el rostro de Melaíto está ahí o allá, en la exaltación del hombre común; del cubano de hoy o de siempre; de la casa propia de todos en la dispersión de la risa; de la ironía cortante o filosa, y del combate diario frente a lo dañino que pueda persistir en nuestra sociedad.

 

 

 

La publicación, con sus hallazgos artísticos, de creación individual -por su exclusividad-, tras arribar al primer año posterior a las cuatro décadas de fructífera existencia, es lo que es, por constituir una abundante tribuna popular; ahí residen sus méritos sobrados, y en lo adelante, con seguridad su idea editorial persistirá inalterable; a Malaíto talento le sobra,  y acicalado de impresión le falta por los malos augurios del papel.

http://www.vanguardia.co.cu/humor-politico-melaito.

 

 

No incumben  las imposiciones de esa lamentable y objetiva zancadilla; aquí está siempre exhibiendo las banderas como el primer ilustre día de combate.

 

MANOLO G. FERNÁNDEZ EN AFANES DEL LIENZO

MANOLO G. FERNÁNDEZ EN AFANES DEL LIENZO

Por

El pintor cubano, próximo a los 70 años de vida artística, acaba de ser declarado HIJO PREDILECTO de Varadero, en Matanzas. Hace más de un lustro ese territorio también lo bautizó como Hijo Ilustre, mientras en 1991 Sagua la Grande le confirió el título de Hijo Adoptivo.- Revelaciones de Manolo Guillermo Fernández García [Majagua, 1925] sobre su paso por Santa Clara y la amistad con Wifredo Lam.

 

Por Luis Machado Ordetx

  «Solamente Dios saca historias

                                                de otro lado que no sea la  realidad[1]

                                                                                          Juan Carlos Onetti

            

El regusto por lo flamenco, las corridas de toros, y también por las raíces andaluzas, no sé porqué rara razón, traen siempre a la imaginación el semblante y las historias, orales o escritas, que divulga en toda conversación el pintor Manolo Guillermo de la Caridad Fernández García, un hombre diáfano a la divulgación del conocimiento de las tendencias que se mueven en torno al paisajismo y el abstraccionismo y abierto en narrar fragmentos culturales de sus ciudades adoptivas: Sagua la Grande y Santa Clara, centros alejados del natal Majagua, en Ciego de Ávila.

Regordete, de tez blanca, sonrosada, y de baja estatura, con una cabellera que, no por los años, pulula en baño de nevisca -a pesar que remonta las ocho décadas de existencia física-, lo sitúan ahora en la prestancia apreciativa y el distingo por contar acontecimientos referidos a amigos de infancia; esos que encontró en muchas partes de Cuba y al recuerdo de los tiempos en que se aventuró en los estudios de Artes Plásticas.

Sin la menor duda, su diálogo tiene un disfrute, una excursión, jamás escudado en perspectivas   incisivas  que puedan esbozarse con la palabra hablada; no obstante, sí hay otras huellas de ese tipo que siempre se encuentran en los toques y acabados dados con sus pinceles: el lienzo o la cartulina en los cuales plasma todos los conceptos que toma de la realidad y de la imaginación; de la fantasía y por supuesto del sueño.

Puede, incluso, que en Fernández García todo esté envuelto por ese hálito mágico por referir cómo se formó en la pintura académica, el paisajismo y sus ulteriores manejos artísticos; las peripecias escolares; el recreo de los ambientes insulares; la composición de marinas, y el recubrimiento surrealista de las últimas piezas concebidas en el adoptivo recinto de Varadero, sitio donde actualmente reside.

Allí, alguna que otra vez, en medio de la fatiga respiratoria y con una lucidez asombrosa, cuenta con desenfado sobre sus maestros; las sabidurías de la vida; la amistad con Wifredo Lam; los incidentes de la pedagogía; la significación de Romañach o Clotilde Rodríguez Mesa en la hechura de los primeros grabados en madera y recreos marinos  que concluyó, y la soledad que lo acoge cuando retoca una idea que luego convierte en hecho artístico.

También, quién sabe si todo radique en el gusto por las cercanías del mar; el regocijo por  las montañas; el aislamiento de los contextos urbanos y el susurro permanente del viento que asalta el ramaje de los árboles, el trinar de las aves y las remembranzas por los nítidos escenarios de Jerez de la Frontera o Sanlúcar de Barrameda, convertidos por asaltos del delirio individual en encantos de la imaginación.

De Mateo Torriente, el maestro cienfueguero, y del universal Lam, el infatigable Manolo hablaría hasta el cansancio; como guardador de mil anécdotas; todas ciertas, sacadas de ese volcán de desencuentros entre creadores; del aire artístico, del poderío de los estilos, técnicas y tópicos trazados  sobre una cartulina, un lienzo o el más disímil de los soportes materiales.

Lam Castilla lo lleva en el recuerdo desde 1951, cuando lo tuvo delante en una exposición del Parque Central de La Habana, a raíz de recibir el sagüero el primer premio del Salón Nacional de Cuba Allí, Manolo, parado frente al cuadro «Trenzas al agua», escrutaba en la referencia y la historia recreada por el coetáneo, y también en el vínculo del contenido artístico con el título de la pieza que se exhibía. ¡Nada tenía que ver lo uno con lo otro!, se dijo en una apreciación inicial preñada de total ignorancia.

Entonces, el universal mulato-chino-cubano, autor de «La Jungla», sentado en un banco del Parque, con traje gris y camisa de cuello de playa; medias color chatré y cabello brillante y ensortijado, contemplaba a un hombre joven, en pose de curioso, que disfrutaba de su cuadro de arriba abajo, como el que quiere apresarlo todo en una sencilla mirada.

 De pronto entablaron un diálogo espontáneo que devino en amistad y aprecio mutuo por el gusto de la pintura, por los ambientes de Sagua la Grande y por las ventiscas frecuentes que ocurren en las cercanías de la costa.

Un día, sin embargo, esa narración sobre Lam, derivó en conversación pródiga relacionada al cabo de las seis décadas con un capítulo casi olvidado y también distorsionado en la historia de la cultura villareña: la Academia de Artes Plásticas «Leopoldo Romañach Guillén», institución en la que Fernández García figuró como uno de los alumnos-gestores del proyecto, primero de su tipo organizado en territorios alejados de la capital cubana.

En la calle Pasaje número 15, entre 42 y 43, en Varadero, en la vivienda al estilo campestre, y en la cual abundan plantas ornamentales, con flores de diferentes rostros y colores, principalmente de las bunganvillas rojas y amarillas; de clemátides y de jazmines, localicé a Manolo para propiciar un razonamiento sujeto a los tiempos iniciales de la antigua Escuela de Artes Plásticas de Las Villas.

- ¿Cómo surge ese proyecto alejado de los propósitos de la capitalina «San Alejandro»?

- En junio de 1946 hubo una reunión informal en la casa de los Doctores Rigoberto Gómez Cortes y Esther Batomeu. El propósito era crear un comité pro fundación, y en agosto, en los salones del Consejo Provincial de Gobierno, más  de 400 alumnos y algunos profesores interesados en el nacimiento de la institución, dejábamos "oficializada" la primera Escuela de Artes Plásticas de Las Villas, surgida a  iniciativa y empeño del profesor Rafael de Aranzoza (Márquez de Aguado). Digo "oficializada" porque la selección de los estudiantes fue rápida y el centro carecía de decretos estatales que lo ampararan. Meses después la escuela llevaría el nombre de Leopoldo Romañach Guillén, figura prominente del academicismo en Cuba y nacido en Sierra Morena, Corralillo.

«Las clases comenzaron el lunes 19 de agosto. Por escenario tuvimos los locales que ocupaba la Escuela de Artes y Oficios «San Pedro Nolasco», ubicada en Máximo Gómez esquina a Independencia, a un costado del Teatro La Caridad. El primer claustro lo integraron Tomás Pedrosa Raymundo (profesor de dibujo y, además, director); Boadbill Ross Rodríguez (secretario y maestro de dibujo de línea y perspectiva); Dolores González Carrillo (dibujo y modelado elemental); Lydia Berdayes Ayora (dibujo y modelado); Digna Bacallao (Historia del Arte); Rosa María Norte Auyomat (repujado en cueros y metales); Rafael de Aranzoza y Aguado (colorido y arte decorativo); Juan Niké Forchen (escultura y vaciado) y Juan Orlando Martínez Torres (naturaleza muerta y anatomía artística); situación que ofrecía seguridad a los educandos para asumir proyectos de envergadura artística lejos de la capital cubana.

«Pedrosa Raymundo, pintor y periodista, al igual que Aranzoza, tenían experiencias pedagógica y artísticas, mientras los otros eran recién graduados o impartían docencia en niveles elementales y de formación general. Sin embargo, todos estaban dispuestos a enrolar a antiguos condiscípulos de San Alejandro para que vinieran por un tiempo a Santa Clara.

«Miembros del claustro, recorrieron con anterioridad la ciudad; veían sus escenarios naturales; localizaban áreas donde existieran pinturas y pintores, y también hicieron muestreos de la sensibilidad artística de la población. Con asombro, Aranzoza se detuvo ante los murales de la Normal para Maestros, y apreció el gesto altruista y artístico que dejaron allí Ravenet, Abela, Portocarrero, Mariano Rodríguez, Amelia Peláez, González Puig y Jorge Arche.

«Aquí había maderamen para la pintura, bien lo sabían algunos de los profesores y parte del alumnado. Yo en 1939 había matriculado en San Alejandro, centro que abandoné por la penuria económica de la familia; pero seguí de pintor autodidacta y aficionado, al igual que otros en la ciudad. Cierto es que nadie estaba interesado en estudiar pintura, ni había comercios que vendieran útiles para profesionales y aficionados del arte. Todo se reducía a la venta de lápices de colores, temperas, acuarelas y pinceles redondos de pésima calidad que eran adquiridos por los alumnos de las escuelas primarias superiores y normalistas.

«Nadie pensaba entonces con seriedad en San Alejandro, y tampoco a los jóvenes les interesaba estudiar pintura, ya que la situación económica de esa época, caótica, implicaba la búsqueda de un futuro promisorio   por medio del bachillerato, el ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza o en la Normal para Maestros, escuelas que propiciaban plaza para trabajar al cabo del tiempo y ganar algún dinero después de  graduado.

- ¿Dicen que algunos pedagogos procedían de centros villareños?

- Sí, pero Santa Clara no tenía suficientes graduados de San Alejandro como para fundar una escuela, y tampoco personal aventajado para la enseñanza especializada en este tipo de arte. En el reglamento de instrucción primaria las plazas estaban ocupadas; tal es el caso de María Teresa Pascual que desempeñaba la cátedra de dibujo en la Escuela Normal de Kindergarten, y también de la profesora Dolores (Lolita) Vidal Macías, con similar distinción, pero en la Normal para Maestros. Hubo quien se adjudicó la enseñanza del dibujo con tan solo la matrícula del primer año en San Alejandro. Ya te puedes dar cuenta de la situación; muchos deseos, pero escasa preparación para salir adelante.

- ¿No hubo un cursillo?

- Exacto. Después de crearse un Patronato, con donativos materiales y efectivos en dinero, los cuatrocientos alumnos de ambos sexos, recibimos un cursillo de 45 días a partir de aquel lunes 19 de agosto, y la mayoría de los matriculados; interesados en obtener el certificado, querían mejorar su escalafón de ubicación profesional. Hubo una información general que estipuló, al concluir esa preparación, la entrega de un certificado equivalente al primer año de la carrera académica de seis que sesionaba en La Habana.

«Todos los profesores, ya mencionados, laboraban intensamente en la preparación y decantación de los estudiantes. Hubo el ejemplo del notable paisajista Roberto Vázquez, presente en la noche inaugural, quien no regresó más a Santa Clara porque pensó que todo sería un fracaso. Sin embargo, el tiempo doy razón a su equivocación.

«Tomás Pedrosa asumió la asignatura de paisaje; impartida al inicio en el Campo Sport, perteneciente al Instituto de Segunda Enseñanza, y posteriormente en la Granja Agrícola, a la vez que se escogían otros lugares de la ciudad al aire libre y en contacto con aspectos de la naturaleza relacionados con la geografía económica y social de la ciudad.

«De los que asistimos a aquel cursillo, recuerdo a Edelmira Ávalos Gómez; Aída Babot Andino; Rosalía Bartomeu; Georgina Uriarte; Nena Lorenzo Lena; Lydia Ángel Fleites; Angela de Armas; Angelita Ruiz; Felicita Calero; las hermanas Vidal Macías; Gladis Hernández; Olimpia Ramos; Ada Borrell Reinoso; Rafael Jiménez; Arnulfo Valencia y Erasmo Pedraza, entre otros.

«El libro de matrícula oficial, por desgracia, al principio se extravió, y luego se completó al prorrogarse  el cursillo a 60 días con la finalidad de cubrir las necesidades de aprendizaje y orientación elemental, aun cuando algunos teníamos conocimientos elementales de pintura y dibujo. La matrícula fue nutrida, como es natural, y creó contratiempos administrativos y técnicos; a la vez que imposibilitaba las actividades y la eficiencia de la docencia, ya que, como es obvio, existían vocaciones, habilidades e intereses distintos entre los estudiantes, y los recursos de trabajo eran escasos.

«Cuando aún no había transcurrido la tercera semana de clases, debido a intrigas mal fundadas e imperativos del local, alumnos y profesores, así como el Patronato, tuvieron que buscar un nuevo sitio para la docencia. Apareció la escuela de la Iglesia Bautista, en la calle Tristá esquina Zayas. Ese templo destinaba el ala izquierda a los cultos religiosos, mientras en la derecha tenía aulas con amplios portales en los que antes radicó un centro de instrucción primaria.

«Esta escuela se encontraba prácticamente abandonada, y profesores, alumnos y amigos, la deshollinaron y pintando, situación que alegró a Moisés González, el pastor bautista encargado del templo, y solucionó un grave problema momentáneo y que tendió a afectar la estabilidad del cursillo y la permanencia de pedagogos. Al cumplirse el término de las sesiones docentes, se efectuó una  exposición en la Biblioteca Martí, lugar que exhibió de manera permanente una selección de los trabajos más decorosos que aportaron los estudiantes.

- Esos son los años en que la escultora Rita Longa se establece en la ciudad; es huésped del hotel Santa Clara,  y se hacen, además, campañas Pro Orquesta Sinfónica de Las Villas y en defensa de la Universidad Central Marta Abreu, acontecimientos que marcan una apertura y estabilidad de la cultura villaclareña; pero ¿había reconocimiento legal para la escuela en instancias del Ministerio de Educación?

-Vamos por pasos. Sí, Longa, al poco tiempo de estar aquí en labores artísticas, se le otorgó su ingreso en la Academia Nacional de Artes y Letras, pero no formó parte de la nómina de los pedagogos de la institución. El reconocimiento del Ministerio  no tuvo respuestas rápidas, inminentes,  y algunos profesores de San Alejandro se opusieron a la oficialización, pues  sustentaron que los docentes de aquí carecían de aval profesional para la enseñanza.

«Para mayor desgracia Juan Niké Forchen, quien impartía modelado, se radicó en Estados Unidos; María Luisa Izquierdo, de dibujo elemental,  y Boabdill Ross, de dibujo lineal y secretario,  no regresaron más de La Habana. Eso provocó cierto caos. Nadie quería venir a Santa Clara.

«Cierto es que Martínez Torres siguió infatigable en sus gestiones por La Habana, a costa de sus ingresos personales, en aras de conseguir el declaración del claustro y del centro. Ya hablo de 1947, y por medio de periódicos; equipos de amplificación Franco S.A., ubicados en el Parque Vidal y del noticiero inalámbrico de la Organización Insular de Radio, dirigido por Domínguez Arbelo, se lanzó al aire el siguiente texto: "Por la superación cultural de Las Villas,  pedimos la oficialización y dotación de la Escuela de Artes Pláticas Leopoldo Romañach Guillén, matricúlate en pintura y escultura".

«Dependientes de comercios, choferes, policías, transeúntes y personas de la ciudad, repetían el discurso. En ese curso se convocó a una reunificación del alumnado, y se amplió la matricula, y a mediados del otro año regresó de Estados Unidos Boabdill Ross Rodríguez, quien otra vez se sumó a la secretaría de la escuela y a la docencia de dibujo lineal y perspectiva.

- Tengo que acudir al paisajista Romañach, pues creo que por este tiempo estaba por Caibarién, sitio del que un día partió en un vapor rumbo a La Habana, tras ganar con su cuadro «Niña pobre con mantón», de 1888, una beca de pintura para estudiar en Italia. ¿Es verídico que el ejemplar artista, maestro de generaciones de cubanos, contribuyó sustentar espiritualmente la Escuela?

- Es cierto. En septiembre de 1948 aprovechamos la oportunidad de hacerle un homenaje en Santa Clara a Romañach. Era ya un anciano, y vino acompañado de la profesora Dolores González. En la biblioteca Martí se develó una tarja en su honor, y no se por qué posteriormente, ya después del Triunfo de la Revolución, fue retirada y creo que hasta desapareció. Hubo un banquete de congratulación en el hotel Santa Clara, de Luis Estévez y Santa Rosa, y declaró que con su modestia y ejemplo hablaría ante las autoridades académicas y estatales. Por desgracia, el lunes 11 de septiembre de 1950 ocurre su fallecimiento.

- ¿Eso favoreció a que ustedes ganaran prestigio ante las potestades docentes?

- Claro, el viernes 2 de julio de 1948 se firmó el decreto ley 2158, concediendo nombramientos y convocando a profesores. Meses antes ingresó al claustro Mario Cordoves Sigler, quien conquistó la cátedra de artes decorativas, y unos meses después lo hizo Carmelo González Iglesias en la enseñanza del grabado, así como Antonio Alejo, en Historia del Arte; Israel Córdova Berroa, en modelado; Armando Fernández, en dibujo estatuario; Orlando Gutiérrez, en dibujo natural, y Joaquín Lanza Pujarea, en anatomía artística. La nómina estaba completa, y los alumnos en espera de mayores aprendizajes.

«También se designaron algunos cargos administrativos y subalternos: Alfredo Ballina, bibliotecario, y Aida Babot Andino, jefa de almacén; el Pastor Bautista Moisés González, de ayudante, y a mí de escribiente de mecanografía, actividad que compartía con Evelio Ríos Reyes, mientras Mercedes Hurtado se desempeñaba en la limpieza y Daniel Godoy, de ujier.

«El 1949 reinó la organización, tanto en lo docente como en lo administrativo. La matrícula aumentó, y en el mes de noviembre apareció el primer número de la revista mensual "Pinceladas", órgano oficial de la Escuela "Leopoldo Romañach" de Artes Plásticas en Las Villas, y las ediciones posteriores surgieron como publicación de arte y literatura, pero sin perder el carácter estudiantil.

«La novel propaganda tuvo un año de vida, y allí colaboraron profesores y alumnos, quienes recogían en las páginas todas las inquietudes de una Escuela de Arte en formación. La impresión de los textos era en mimeógrafo y de manera manual, y se repartía entre los alumnos y la población de la ciudad. Las portadas eran hechas por mí, al desempeñarme como director, y los primeros números se ilustraron con dibujos realizados sobre stencil, y las restantes con xilografías, lo que mejoró la calidad de las ediciones con fotograbados y colaboraciones de Carmelo González.

«Entre los participantes estuvieron Guillermo Worringer; Rolando Pérez Gómez; Juan Domínguez Arbelo; Pierre de Ramos; Pablo Pérez Fernández; José O.  Barrero del Valle; Gilberto Tejera Rojas; Carmen Cruceiro; Serafín W. Jiménez; Teresita Fernández; Fray Casto de Villavicencio; Silvio Payrol Arencibia; Jesús López Silvero; Constancio C. Vigil, y en las páginas hubo grabados ejecutados por los alumnos Reemberto Gómez; Lesbia Vent Dumois; Felicita Calero Negrín; Edelmira Ávalos Gómez; Ada Morrell Reinoso; Angela de Armas; Layda Anael Fleites; Rosalina Bartomeu; Graciela Lorenzo Lena y Evelio Ríos Reyes, principalmente. Las tiradas de la publicación no rebasaban los 500 ejemplares, y el último número salió en mayo de 1950.

-Pero, en realidad, no todo quedó ahí. Creo que surgieron otros tropiezos; sin embargo, requiero que precise ¿cuándo toman el estatus de escuela oficial?

- «Eso fue el lunes 16 de enero de 1950, y apareció refrendada en La Gaceta Oficial de la República de Cuba como decreto-ley número 316, disponiendo las bases para la reglamentación de la provisión de Cátedras por Concurso de Oposición en las Escuelas de Artes Plásticas; situación que reafirmó los decretos-leyes números 461, del 31 de agosto de 1934, y 74, del 9 de julio de 1935, respectivamente.

«Muchos profesores vieron aquello con excelentes ojos, y decidieron presentarse Exámenes de Oposición sin que existieran opositores. Mostraron sus avales artísticos bien documentados, y se aseguraron de plazas en convocatoria; y surgieron algunos tropiezos, tal como dices, pues casi a mediados de 1950, por motivos falsos, conceptos morales, mojigatería e hipocresía, se decía que la Escuela utilizaban modelos vivos para la realización de bocetos de desnudo artístico, y por tanto no podía compartir espacios en el local de la Iglesia Bautista. Otra vez estuvimos a la deriva, como si la mala suerte pisara nuestros juveniles talones, pero por fortuna apareció un espacio más grande en la calle Juan Bruno Zayas, entre Eduardo Machado y Candelaria.

«Aquí se abonó un alquiler extraído del cobro de la matrícula de ingreso, y luego surgió un presupuesto para gastos, y hasta se construyó un aula de modelado y escultura. En 1951 se estabilizó la Escuela, y Carmelo González, Mario Cordoves y Rolando Gutiérrez, galardonados en la Exposición de Arte celebrada en la Universidad de Tampa, recibieron un homenaje de los alumnos y de la ciudad. Ya comenzábamos a ganar mayoría de edad en el universo de las Artes Plásticas.

- Manolo, necesito una aclaración: ¿los directivos de San Alejandro se cruzaron de brazo ante la oficialización del centro?

- No hubo presiones de todo tipo. Solo tres alumnos, en aquel curso iniciado en 1946, concluimos en La Habana: Edelmira Ávalos Gómez, Lidia A. Fleites y yo. Por esa época, Rafael Blanco Estrena, Enrique Caravia y yo, recibimos un homenaje en el Hotel Inglaterra, en La Habana, organizado por la Asociación Nacional de Caricaturistas de Cuba, tras los éxitos en la Exposición Panamericana celebrada en la Universidad de Tampa, Florida. Allí obtengo la medalla de plata por el grabado "Marinero en tierra", y algunos xilograbados míos comienzan a publicarse en la prensa nacional.

- ¿Cuáles?

- Bueno, ahí recordaría el "San Francisco de Asis"; "La Virgen de la Caridad del Cobre"; "La Glorificación del Doce de Octubre" y otros que ahora no vienen a la memoria. También está el premio del iv  Salón Nacional de Pintura, Escultura y Grabado de La Habana, conseguido en Julio de 1950.

- Pero, ¿Cómo dice que se gradúan solo tres alumnos en San Alejandro?

- Sí, esa es otra historia. Después de muchas batallas en 1952 alcancé el título en San Alejandro, y luego fui a Trinidad a dar clases. Eso es como escribir muchos pliegos de papel, y realmente no quiero ni recordarlos, pero te diré algunos: en la realización de nuestra tesis final, llena de represalias de profesores habaneros, y en particular de Esteban Valderrama, necesitábamos altas calificaciones para conseguir la certificación final; con 8 días en la realización de un paisaje, similar cantidad en el ejercicio de una academia -desnudo del natural de cuerpo entero y al óleo-,  y cuatro horas para esbozar un panel decorativo -con determinado estilo y período histórico-. Era lo exigido también para alumnos de las escuelas de Santiago de Cuba y Pinar del Río, las que por esa fecha ya funcionaban, así como a algunos extranjeros radicados en Cuba.

«En realidad existía una diferencia notable, entre la formación especializada de los estudiantes que asistíamos a la tesis, y con la acumulada por aquellos adiestrados en curso estables de San Alejandro. En Santa Clara fuimos discípulos de una institución en embrión, y habíamos vencido, en un mínimo de tiempo, las asignaturas de colorido con Dolores González Carrillo,  a quien jamás se le conoció ni siquiera una obra; mientras los internados en la institución habanera recibieron lecciones hasta ese año de Romañach, y luego de Valderrama. Igualmente sucedía con paisaje y arte decorativo: en Santa Clara terminamos los cursos de paisaje con Tomas Pedrosa Raymundo, quien, aunque tenía una obra hecha, apenas transmitió un conocimiento total; de ahí cierto empirismo. Fue Domingo Ramos, el Paisajista de Viñales, el encargado del visto bueno a esta especialidad.

«Valderrama, y la dirección de San Alejandro, pusieron sus zancadillas, y exigieron la certificación de las asignaturas aprobadas en Santa Clara, y todo debía estar en regla de acuerdo a las contempladas en el plan oficial de enseñanza del centro docente habanero. Así, incluimos dibujos comerciales y de propaganda, y de talla industrial, examinados en la provincia y no incluidos en la Academia. El título se obtenía por revalida, en nuestro caso, al igual que a los extranjeros, ya que no se concebía como hecho oficial nuestra matrícula. Éramos como oyentes que sólo tienen derecho al examen reglamentado.

«Si no aprobábamos los ejercicios de grado que se verificarían en diciembre de 1952, nos ubicarían en el año considerado por el tribunal calificador, y en caso de resultar sobresaliente, no tendríamos derecho a presentarnos a oposiciones para bolsas de viaje y becas al extranjero. Eso, a pesar de todo lo discriminatorio que pudiera parecer, lejos del desaliento, figuró como estímulo. Así, Edelmira Ávalos Gómez, Lidia A. Fleites, y Manolo G. Fernández García fuimos los  tres primeros graduados de aquel curso gestor de la Escuela "Leopoldo Romañach"  de Artes Plásticas de Las Villas.

- ¿Por qué no se graduaron en Santa Clara?

- No era permitido según el plan de estudios vigente, ya que el tribunal examinador no podía viajar, el tiempo de clases, aun cuando se venció un plan de estudios, no concordaba entre uno y otro centro y aquí no existían profesores con suficientes avales para otorgar las calificaciones. Eso fue lo que alegaron,  pero, en definitiva,  salimos airosos con nuestros títulos, y en lo adelante todos, en la medida que figuramos como pedagogos, realizamos nuestra labor de pintores y reconstructores de la realidad. Después, si ocurrieron diferentes promociones de graduados en Las Villas, pero te juro que, en aquellos primeros, costó lágrimas, por no decir sangre.»

Manolo, siete décadas después de aquellos primeros balbuceos en la formación de la enseñanza de las Artes Plásticas en predios villareños, se fue al recuerdo. Era necesario ese instante. Ya hace tiempo que no emprende la xilografía, y mucho menos el paisajismo; ahora, tras el esclarecimiento de los hechos contenidos en la historia de la cultura de la localidad, muestra sus últimos trabajos relacionados con el abstraccionismo, la experimentación con el color y la luz, la textura  y la composición.

Tal mirada se contiene en lo anecdótico, a diferencia de los primeros surrealistas; en la universalidad desde lo íntimo; en la perspectiva figurativa de las leyes cromáticas y naturales; en la evocación de sensaciones, y también  de los sentimientos y la emoción.

Manolo Fernández García, puede que piense en el orfismo, aquella tendencia colorista que cautivó a Guillaume Apollinaire, allá a principios del siglo pasado, cuando intentó la recreación de la realidad y la poesía a partir de la observancia de la exaltación de los cambios de la luz y el color; pero ahí en Varadero, y en toda Cuba, está el pintor dispuesto, a pesar de la edad biológica, a mostrar, con su lucidez inusitada,  muchos sucesos artísticos que, en apariencias, se incluyen como borrascas  contenidas en capítulos inconclusos de esa historia urgida siempre de contar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] Juan Carlos Onetti (1997): «Entrevista a María Esther Gilio», p. 14, en Periodismo asedio al  oficio, de Astrid Pikielny, Librería-Editorial El Ateneo, Argentina. 

 

 

EIFFEL EN SANTA CLARA; CUBA

EIFFEL EN SANTA CLARA; CUBA

 

 

 

 

Por Juan Manuel Fernández Triana (Historiador en Santa Clara).

 

 

 

Otras revelaciones relacionadas con Marta Abreu de Estévez, la benefactora de la ciudad, casi en el aniversario 321 de su fundación al centro este cubano.

 

 

 

La ciudad de Santa Clara, capital de la región central de Cuba en el tiempo de la colonia española y una de las ciudades principales en la historia y economía de la nación, conoció el alumbrado público en 1856, cuando se le colocaron unas lámparas de queroseno en los alrededores de la Plaza Mayor. Eduardo González Abreu, hermano de Pedro Nolasco y tío de la ilustre Madre de la Patria santaclareña, MARTA ABREU DE ESTÉVEZ (1845 - 1909), hizo colocar en la década del 70 del siglo XIX una farola artística de cinco brazos y doce luces, que luego fue reemplazada cuando la propia Marta mandó erigir el Obelisco dedicado a los sacerdotes Juan de Conyedo y Francisco Hurtado de Mendoza en 1886.

 

 

El 10 de enero de 1894, Marta Abreu solicitó al Ayuntamiento el permiso para establecer una Planta Eléctrica y de esa forma renovar el antiguo alumbrado de queroseno que ya era deficiente. Aprobada la iniciativa por el Ayuntamiento, se comenzaron los trabajos en las cercanías de la que sería la estación de ferrocarril, construyéndose un edificio dedicado a las oficinas en la parte próxima a la calle, y al fondo, donde se colocarían los dinamos, las calderas y hornos, dejando un espacio para otra caldera, un horno y dos dinamos, para cuando la ciudad siguiera extendiéndose pudiera aprovecharse del servicio de la electricidad.

 

 

 La casa Gramme de París, construyó los motores, dinamos y todo el material necesario para la electrificación de Santa Clara, enviando al ingeniero Adriano Antelme para su instalación y la del tendido. Además se instalaron focos de arco voltaico cada dos cruces de calles, en los puentes sobre los dos ríos de la ciudad y de forma especial en la Plaza Mayor, instalados en artísticas columnas de hierro ornamentadas que Marta Abreu mandó a fundir expresamente en París.

 

 

Para la inauguración del Alumbrado eléctrico de la ciudad de Santa Clara, prevista para el 21 de febrero de 1895, toda la ciudad se engalanó de manera especial, pero la fecha tuvo que ser cambiada para el día 28, por la agitación provocada por el grito de Baire del 24 de febrero, que marcaría el inicio de la última gesta independentista.

 

 

La ciudad fue adornada con colgaduras, escudos, banderas y arcos de triunfo, dedicados a la benefactora por la Diputación Provincial, por los Bomberos del Comercio, por la Sociedad de Dependientes, los Bomberos Municipales, el Ayuntamiento y otras entidades. Se comenzaron las fiestas en la noche del 27  de febrero con una serenata que los jefes y oficiales del Regimiento Alfonso XIII le dedicaron a Marta Abreu en su casa de la Calle del Carmen (actual Máximo Gómez); luego vendría una gala en el Teatro, con la presencia de la poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió que le dedicó a Marta el poema "Saludo a Villaclara", los poetas santaclareños Antonio Vidaurreta y Manuel Serafín Pichardo; la inauguración del Alumbrado; la apertura del Dispensario El Amparo para niños pobres; la develación de una tarja de mármol en la Sala Capitular del Ayuntamiento dedicada a Marta Abreu y su esposo Luis Estévez; el nombramiento de Pedro N. Estévez Abreu como Hijo Adoptivo de Santa Clara; un sorteo de veinte máquinas de coser, que Marta había traído desde París para muchachas pobres. Los festejos en honor de Marta Abreu durarían hasta el 3 de marzo, y conmovió a la patricia, por la belleza y elegancia con que se habían preparado.

 

 

Sin embargo, la iniciativa que más sorprendió a todo el pueblo reunido y movido por el cariño auténtico hacia su coterránea sin par, lo constituyó la réplica de la Torre Eiffel que se colocó en el centro de la Plaza Mayor.

La Torre fue proyectada por el ingeniero santaclareño Ramón Cornelio Berenguer, que trazó con yeso el plano, a escala natural, en el pavimento del atrio del Teatro La Caridad, -obra cumbre del apostolado de Marta-, en el costado de la Calle de Santa Ana (actual Lorda). Tenía unos 28 metros de alto y 7 de ancho en la base, y de la forma de cómo se ejecutó, no requirió de andamios para armarla, sirviendo la parte que quedaba construida para apoyo y sostén de los carpinteros.

 

 

La mitad de la Torre hacia abajo fue cubierta  de 25000 flores de papel, empresa en la que todas las damas santaclareñas que sabían confeccionarlas, se brindaron gustosas para que la Torre se viera admirable; al término de cada flor se colocó un foco eléctrico, quedando a sus pies, sin interferencia alguna el Obelisco de los insignes sacerdotes Conyedo y Hurtado de Mendoza de 1886.

 

 

Las autoridades españolas atribuyeron al hecho de la inauguración del Alumbrado eléctrico de Santa Clara, una táctica para despistar a las fuerzas militares después del alzamiento del 24 de febrero, por lo que Marta Abreu y su esposo Luis Estévez, fueron enviados al exilio, saliendo para París el 16 de  junio del mismo año, en el Vapor "Le Navarre".

 

 

Permaneció durante muchas semanas después de las fiestas, por la resuelta oposición del público a que fuera desmantelada. Sin embargo, el Ayuntamiento ordenó su demolición a finales del mes de marzo, suceso que inspiró al mambí Ramón Roa a escribir el soneto "Iconoclastas".

 

 

 

 

 

DANZA DEL ALMA; OTRA FIESTA

DANZA DEL ALMA; OTRA FIESTA

Por Gloria Matamoros Díaz

 

Danza del Alma trae otras sorpresas en cada presentación; esta vez en la v temporada de "Para bailar en casa del trompo", desde finales de noviembre y una parte de diciembre, reúne a los principales exponentes de una estética artística que tiende a los cuestionamientos de la realidad insular afincada a la perspectiva irreverente que muestra todo movimiento corporal.

 

 

El lunes, un telón imaginario del Parque Vidal se descorrió y dio la bienvenida a las cinco décadas de existencia de Danza Contemporánea de Cuba (DCC) y a los cuatro lustros de Estudio Teatral de Santa Clara; hallazgo posible a partir del concurso de futuros pupilos formados en la escuelas Vocacional de Arte "Olga Alonso", y Profesional "Samuel Feijóo", ambas en la ciudad, quienes  interpretaron coreografías específicas a sus ejercicios académicos como relevos culturales del universo contemporáneo.

 

 

 También ese día quedó abierta en el Centro Provincial de Patrimonio Cultural la exposición "Espiral del Alma", original de Carolina Vilches Monzón, artista  de el lente que durante los últimos años coloca entre sus hallazgos fotográficos los momentos más significativos por los que transita la compañía danzaria que dirige Ernesto Alejo Sosa.

 

 

A Isidro Rolando, figura emblemática de la coreografía cubana -además Premio Nacional de Danza 2009, y fundador de DCC-, se dedica el encuentro; ocasión en que recibirá el tributo del público villaclareño, y dejará espacio abierto para que, tanto en los escenarios de los parques Vidal, Las Arcadas y el teatro La Caridad, transiten las principales compañías nacionales por la localidad.

 

 

Este viernes y lunes, últimos de noviembre, así como el 4, 11, 14, 18 y 21 de diciembre, tras concluir las presentaciones de las agrupaciones visitantes, se efectuará en Las Arcadas una exhibición denominada Danzatex, promocionadora desde las perspectivas del movimiento corporal de los principales productos artísticos que comercializa Artex, según el programa.                                                                                                                 

 

 

Nada puede ser mejor que el aliento poético que ronda en estos días por  escenarios villaclareños luego del surgimiento de la Compañía Danza del Alma y del v aniversario de "Para bailar en casa del trompo"; todo estriba en la  consolidación y reconocimientos artísticos conseguidos en muchas partes del país, incluso en Europa, sitio último en que la crítica especializada convergió en destacar los valores y particularidades de una institución cultural que, de la mano del coreógrafo Alejo Sosa, no se detiene en ampliar sus constantes propuestas estéticas y preocupaciones sicológicas y sociales del hombre común.

 

 

No por gusto, ya en la presentación escénica del Proyecto Talares que dirige Yasin Herrera, una noticia ronda los predios artísticos: Alejo Sosa y el bailarín Greicier López, lograron con la pieza "La luna en el bolsillo" dos premios en "Solamente Solos", concurso celebrado en Ciego de Ávila; todo gracias a que el director de Danza del Ama no se detiene  en la búsqueda de un constante proceso de enriquecimiento en códigos estéticos, estilos y tendencias de movimiento; y siempre mira hacia la experimentación o la reafirmación de una  dramaturgia de todo espectáculo alejado de complacencia y falta de meditación para un público que cada ocasión se torna más crítico y exigente.

                             

                                               

 

ACOSTA, EL CRONISTA DEPORTIVO

ACOSTA, EL CRONISTA DEPORTIVO

Por Luis Machado Ordetx

 

La muerte siempre sorprende de una manera misteriosa; sencillamente la vida queda trunca y la memoria persiste; sobre todo, el recuerdo, lo escrito; el afecto, así ocurre con todos; por eso siento la muerte de Luis Alberto Acosta, recién fallecido en Miami tras haber cumplido 63 años de existencia luego de su nacimiento en Santa Clara el lunes 30 de septiembre de 1946, fecha en que vino al mundo predestinado para enrolarse en el universo deportivo.

 

 

Recién veo esta semana la noticia en las páginas del http://elnuevoherald.com, y recibo un doble impacto, pues Jorge Ebro, quien escribe la información necrológica tiende al pacotilleo y se detiene más en lo que dicen otros "colegas" radicados en la Florida que a decir la verdad sobre Acosta, hombre silencioso, casi taciturno, afable en su trato y conocedor de deportes colectivos, principalmente de esos que tienen que ver con las esféricas grandes, el baloncesto, el voleibol, incluso las carreras de motocross o el béisbol.

 

 

Durante aquellos primeros años de la década de los 80 se produjo aquella franqueza afectuosa con Acosta; eran los tiempos de las ediciones diarias de Vanguardia, el Villa Clara, y desde allí hacía suplencias a Miguel Ángel Pérez Cuellar, titular de la página deportiva; por entonces el periodista fallecido estaba vinculado al gremio de manera indirecta y desarrollaba colaboraciones sistemáticas en emisiones de CMHW.

 

 

Después se tituló en periodismo en cursos para trabajadores dedicados por la Universidad de Oriente; dejó el INDER, en su misión de divulgador, y se encontró con un contrato especial en programas deportivos de la hora vespertina de W; fecha en que aparece «La Explosión de las 12», espacio de análisis, reflexión e información surgido en 1992, y cuatro años después se va de ahí para ingresar en la televisión local.

 

 

Ebro en la nota necrológica no dice que Acosta abandonó Cuba porque así lo deseó tras varios intentos fallidos de viajar por vía ilegal para reincorporarse con su esposa y dos hijas adoptivas. No fue hasta el cumplimiento de los trámites oficiales del curso migratorio exigido por Estados Unidos que Acosta pudo reunirse con su familia. Durante ese tiempo estuvo percibiendo -aun sin salir en cámara y ante el público- el salario mensual correspondiente a un periodista de su rango. Nadie lo fustigó, tampoco nadie lo desacreditó.

 

Ebro en su paráfrasis escrita no se detiene a mencionar  hechos más significativos en la vida profesional de Luis Alberto Acosta, y cree que «Confesiones: más allá del dugout, una obra que reúne testimonios de primera mano de varios peloteros cubanos que lo arriesgaron todo para alcanzar el sueño de jugar en las Grandes Ligas», constituye la más alta espectacularidad que logró el periodista fallecido.

Tal vez contentarse en el crédito de otros, los que pagan, lo impulse a esa testificación; sin embargo, creo que está equivocado; ahí no reside el mérito profesional de Acosta, y por eso Ebro es deliberado en incorporar evidencias que nada aportan a la cultura deportiva.

 Lo más trascendente de Acosta residía en su jovialidad, trato afable, respetuoso consigo mismo, inmerso hasta en el misterio de las elucubraciones íntimas de aquel que apenas la vida se le escapa por el escaso número de sus familiares más allegados y tiende a buscar o reencontrar en el deporte y en la gente que lo rodea un firmamento amplificador de la existencia individual.

No dice tampoco Jorge Ebro en «Adiós a periodista íntegro» que suscribió esta semana    en http://elnuevoherald.com, que aquellos villaclareños que recuerden a Luis Alberto Acosta no podrán olvidar cómo acuñó acontecimientos culturales desde la escritura o la oralidad periodística al denominar a la Sala Amistad, en el Reparto Osvaldo Herrera, en la «Casona de Dobarganes», hecho que en alguna época originó malos entendidos oficiales que no comprendieron el sabor popular que correspondía a la impregnación etimológica de la frase ya arraigada en la afición.

 

Tampoco menciona Ebro que el nombre de «Los Lobos» y «Las Lobeznas», para designar a los equipos de baloncesto de Villa Clara dirigidos por los entrenadores Rafael (el Mago) Pequeño y Conrado (Maravilla) Pérez, allá por los 80, se deben precisamente al ingenio periodístico de Acosta, quien por un tiempo estuvo alejado de la narración a causa de una afección fónica; aún así nunca dejó de pensar en el deporte y gracias a las consultas gratuitas de galenos cubanos -con ejercicios de relajación y prescripción médica- aquella voz vibrante se volvió a escuchar en la radio y la televisión de la localidad.

Es más honesto; ético si existe en toda saciedad la categoría incisiva de los presocráticos y los socráticos, decir reposa en paz, allá donde estés Luis Alberto Acosta, que asomar inventivas que nada aportan a la razón de ser de una espitirualidad de esta tierra.

http://www.elnuevoherald.com/deportes/beisbol/story/593122.html