Blogia

CubanosDeKilates

TRIUNFOS DE DOS ESCRITORES VILLACLAREÑOS

TRIUNFOS DE DOS ESCRITORES VILLACLAREÑOS

Por Luis Machado Ordetx

 

Los géneros de testimonio y poesía del concurso 26 de Julio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, convocados  en los aniversarios 65 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, y 165 del natalicio de José Martí, recayeron en los escritores villaclareños Alexis Manuel García Artiles y Luis Alberto Pérez Castro, respectivamente, según trascendió en acta de los jurados.

Ambos creadores recibirán sus lauros este lunes 23 de julio en ceremonia en el Museo de la Revolución, en La Habana, y el año entrante, por el sello editorial Verde Olivo, aparecerán en las librerías cubanas las obras galardonadas.

García Artiles consiguió el triunfo con el testimonio que recrea pasajes personales y combativos de Luis Emilio Monteagudo Arteaga, Angalía, en lengua Zwahili, participante en la gesta internacionalista que dirigió en 1965 el Che Guevara en el Congo.

 El texto recrea con originalidad acciones de riesgosa misión en territorio africano y  destaca la integración humanista y solidaria de las fuerzas cubanas que formaron la histórica columna.

Con anterioridad García Artiles, ganador de la tercera convocatoria del Premio Altazor de Novela Infantil (2015), de Perú, dio a conocer su libro Pincel de Yagua, y antes publicó otros testimonios por editoriales cubanas, entre los que sobresale El collar de Santa Juana, El hombre de la Pipa, Profeta de la Aurora, La secretaria de FeijóoLa ira del cordero, en los cuales mezcla en prosa profunda aspectos de la imaginación-realidad  y sucesos históricos cubanos.

Luis Alberto Pérez Castro, natural de San Luis, Pinar del Río, y aplatanado en Santa Clara, alcanzó el premio en poesía con Palabras del hombre sereno, libro en el cual persiste una mirada intimista hacia la trascendencia histórica del Che Guevara en todas las dimensiones del hombre-dirigente-combatiente.

Con anterioridad Pérez Castro, narrador, poeta y ensayista, se acercó al Che Guevara en Como un manso animal, donde funde prosa y verso para observar y escrutar al argentino-cubano-guerrillero internacionalista desde sus cualidades humanas, sociales y de conductor revolucionario.

Con más de una decena de libros publicados por editoriales cubanas y extranjeras, Pérez Castro sacó este año por Ediciones Loynaz, en su natal Pinar del Río, Confesiones del duende errante, una colección de cuentos y relatos cortos en los que incluye a su terruño occidental en el epicentro del recuerdo de infancia.

 

 

 

 

LAS DIABLURAS DE BOFFIL, EL PINTOR

LAS DIABLURAS DE BOFFIL, EL PINTOR

Por Luis Machado Ordetx

 

Otra vez Noel Guzmán Boffil Rojas desanda el camino de Santo Domingo a Santa Clara, un trayecto que atraerá otro premio, uno más, en su historial artístico: una sui géneris exposición con apariencias retrospectivas.

El miércoles entrante, a las cuatro de la tarde, la reunión será en la sede de la Uneac en la capital provincial, sitio donde se inaugurará «Apoteosis de San Noel de los Remedios», en alusión al terruño natal de un infatigable creador que, despierto, sueña a diario con «trincar» en las fuentes de la mitología folklórica rural trasplantada al ámbito urbano.

Todo está acunado a los delirios de un artista con reconocido prestigio internacional, a quien José Seoane Gallo definió hace algunos años como exponente de un «expresionismo natural e inquietante» por la manera de recrear la realidad y fabular sus cercanías inmediatas.

Por años Boffill Rojas, ante las observaciones de especialistas, niega influencias próximas, aunque considera al mítico Samuel Rodríguez en el rango de «padre espiritual», y son reales sus observaciones por esa jerarquía de validez y carácter irrepetibles que impone a sus trazos, temas e insinuaciones polisémicas del discurso artístico.

En teoría nada sabe ese creador aplatanado ahora en suelo dominicano. Falta no le hace en materia conceptual. El espejismo abarcador que ofrece es único: pintar, pintar y pintar, lo mejor que hace en el interminable encuentro con el lienzo virgen donde impone una técnica propia que nombró «bordado guzmaniano» para imponer un sello irrepetible de originalidad.

Con esa técnica, reinventada, emprendió el camino de la desacralización de héroes y mártires de la Patria, y hasta contribuyó a acentuar con camino mitológico en el recreo de la personalidad de los personajes escogidos y de la historia insular.

La muestra «Apoteosis de San Noel de los Remedios», la más abarcadora de las presentadas en más de tres décadas de servicio artístico, la integran 160 obras en pequeño y gran formato, con algunas abstracciones, realizadas entre los años 80 y la actualidad.

Los curadores de la exposición, de óleos y acrílicos sobre lienzo, son los críticos villaclareños Antonio Pérez Santos, Roberto Ávalos Machado y Yamilka Rodríguez Guerra, quienes, al decir del artista, desplegaron una mirada atinada en la selección de las piezas para lograr una entrega visual de rango exquisito.

La ingenuidad de Boffill Rojas, para unos, y el neoexpresionismo en otros, así como la dimensión naif y popular, otra vez salen a la palestra pública con un tono inspirador y de amplio espectro de metáforas, únicas en su estilo creativo en la contemporaneidad.

 

POR SIEMPRE A MAMÁ

POR SIEMPRE A MAMÁ

Desde Prangis, Suiza, el amigo-hermano Argimiro de la Concepción Pérez Estrada, escribió un hermoso poema a su madre de estirpe oriental, de Bayamo, Cuba, y por ese sentimiento que siempre transportan los hijos, justo este domingo 13 de mayo de 2018, lo hago extensivo a todas las progenitoras del mundo.

«A la mujer que amo como a ninguna»

 

He amado una mujer toda mi vida;

                                     la amo como a ninguna:

es menuda, fina, de alas extensas,

  de dulces miradas: una rosa blanca,

                                     un alma pura.

 

La mujer que amo como a ninguna

solo el encanto de amarme arrulla,

alegra el alma, me alarga la vida;

       ¡Que delirio!, amarle me hace dichoso,

                                      nuevo, sencillo, bueno.

                                      Si preguntaran cuanto le diera;

                        le daría todo: la vida y la reencarnación venidera,

 

 La mujer que amo como a ninguna

                                      vuela, y en mis sueños  se posa; 

                                      abre las alas, la brisa pasa;

                                      y en tropel llegan canciones,

                                      poesías, y también flores.

   Si me faltaras, ¡ay!, ¡si me faltaras!

                                      ¿Qué sería mi vida?

 

             La mujer que amo, y amo como a ninguna:

                                     la amaré siempre, y aun exánime,

           la seguiré amando porque me ama eterno,

       y amarme así solo puede una: mi madre

 

  Argimiro de la Concepción Pérez Estrada

 Prangins. Suiza, 10 de septiembre 2010

VILLAREÑOS DEL SIGLO 20 EN LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA

VILLAREÑOS DEL SIGLO 20 EN LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA

Itinerario de la presencia de villareños en la primera magistratura del país durante el pasado siglo.

Por Luis Machado Ordetx

 De José Miguel, el primer mambí villareño que ascendió a la presidencia de la República, hay profundas historias oscuras durante su actuación política. En el Diario de Campaña, después de la toma del poblado espirituano El Jíbaro, allá en julio de 1898, anotó que estaban «equivocados e indiferentes» los radicados en el país, cubanos o extranjeros, que no apoyaran la intervención militar norteamericana.

 Fue el sueño inicial por  la «ayuda» de esas tropas para derrotar el colonialismo español. No obstante, el jefe insurrecto de tres guerras de independencia, obligó a un soldado aliado que reverenciara primero nuestra bandera, y no al estandarte extranjero, de muchas estrellas, como pretendió hacer después de tomar un fuerte enemigo.

 El real ideal de amistad norteamericana no fue advertido por José Miguel Gómez, y durante el segundo gobierno republicano (1909-1913), otra representó su posición.

 El general John R. Brooke, primer jefe de la ocupación militar del ejército estadounidense, lo nombró el 4 de marzo de 1899, gobernador civil de Las Villas. Entonces comenzó su vida de político y trató de reconstruir la riqueza económica y educacional de la provincia de Santa Clara, devastada antes por la guerra.

 Al igual que otros gobernantes olvidó la prédica de José Enrique Varona: «Dicen que los golpes nos enseñan. Hay quien se rompe las narices contra un guardacantón, y todavía no sabes que los guardacantones son duros», pues las ambiciones personales los alejaban de las ideas patrióticas por las que habían luchado.

Con el apoyo de acaudalados villareños, del arraigo popular, principalmente de negros y mulatos —a los que ignoró ya como presidente constitucional y los masacró en diferentes regiones cubanas—, se lanzó a la reelección de la candidatura provincial sin que entonces no surgieran atropellos contra los contrarios políticos. Een 1905 renunció como gobernador para pensar en la conducción de los destinos del país.

 Equivocado estaba el general de tres guerras, el caudillo independentista, al decir a  La Lucha, el rotativo habanero que la Enmienda Platt «no entraña peligro alguno ni merma nuestras libertades, pues tiende únicamente a que Cuba sea un país de orden, que sus gobiernos tengan estabilidad». Fue el pensamiento conservador, y hasta antianexionista en un principio, de muchos que, de pensamientos fatalistas, no advirtieron los efectos negativos que estaban por aparecer.

 Desde mayo de 1903 comenzó a regir el tratado permanente, y en su esencia recogía el espíritu de la Enmienda Platt, como apéndice constitucional, y luego vino el convenio de arrendamiento para estaciones navales en Guantánamo y Banía Honda, sin llegar a una definir la última. La primera, todavía permanece ilegalmente ocupada.

 Después cambiaría la historia. Una nueva mentalidad se apoderó de José Miguel Gómez al renunciar a la gobernación provincial y viajar a los Estados Unidos, y hasta solicitar en su aparente desespero otra ocupación militar que llegaría en 1906 para «desangrar al país» con una interpretación acabada de los preceptos de Platt.

 Los liberales llevan en septiembre de 1908 a Jose Miguel, «tiburón» entre sus correligionarios, a la presidencia cubana. En enero del siguiente año comienza el segundo gobierno constitucional. A partir de ahí la industria norteamericana aseguró el mercado nacional y la dependencia económica.

 En 1913 cesó un gobierno que, a pesar de las obras públicas efectuadas en diferentes regiones del país, o imponer el camino de la instrucción pública como indicador del mejoramiento humano, tiene el estigma de «ahogar» en sangre, un año antes, al levantamiento armado de los Independientes de Color.

 Unos meses después de aquel suceso el diario La Prensa, en La Habana, acusaba al presidente villareño de autorizar a Nipe Bay Company la importación de 3000 trabajadores antillanos destinados a faenas agrícolas del central Preston, en Oriente, flagrante violación de las disposiciones vigentes de inmigración.

 Por esa fecha Carlos de Velasco, desde la revista nacionalista Cuba Contemporánea, al cierre del mandato presidencial del “Tiburón cubano”, declaró que los «partidos políticos, especialmente el titulado Liberal, en estos últimos años ha halagado a las masas   con promesas irrealizables, han cultivado sus pasiones más bajas, han contaminado a los no prostituidos, han excitado sus apetitos más innobles, para obtener de ellos el voto; y con ellos han promiscuado en las más groseras manifestaciones de incultura social y política».

 Sin embargo, el Mayor General que jamás perdió una batalla contra las fuerzas españolas,  Protagonizó su última bravuconería en febrero de 1917 durante la «guerrita de La Chambelona», cuando Zayas no arrasó en las elecciones, y García Menocal sacó una cierta «ligera» ventaja. Alegaron fraudes, era evidente. En el segundo mes de año irían otra vez a los comicios.

 José Miguel, al frente del directorio de liberales, tuvo su última osadía: protagonizar una insurrección, sin obviar, por supuesto, el deseoso procedimiento de “escalar” la dirección del país por la fuerza y anular los comicios, o propiciar otra intervención norteamericana.

 José Miguel fue de Batabanó a Júcaro, al sur de Camagüey, un territorio conocido, y avivó la conspiración-alzamiento liberal de sus correligionarios en zonas de Las Villas y Oriente. Fallaron las artimañas de desobediencia militar en Pinar del Rio y las fortalezas habaneras, así como el intento de apresar a García Menocal.  También se malogró el alzamiento de Santa Clara al mando del entonces del general de brigada Gerardo Machado Morales. En localidades de Oriente, Sancti Spíritus y Camagüey los sediciosos tuvieron más fortuna, pero…

 Una declaración de Estados Unidos, donde se expuso «clara y definitivamente su posición con respecto al reconocimiento de Gobiernos que han llegado al poder a través de revoluciones y otros métodos ilegales», obligó a deponer las armas en tanto José Miguel Gómez pretendió hacerse fuerte en predios espirituanos. Todo quedó en pretensiones, y a principios de marzo fue detenido en Caicaje, en Placetas, próximo a su territorio de origen.

 García Menocal, sus fuerzas militares, y las alertas de invasión norteamericana, amedrentaron a los conminados. El 20 de mayo del fatídico año de 1917, otra vez ese presidente  juró “lealtad” a la república en su segundo mandato y se erigió en el hombre fuerte y del momento cuando reorganizó los cuerpos militares del país, ahora en un solo mando, y  nuevo beneplácito de Gobierno.

                                      ANTINOMIAS DEL GENERAL

 El primer monumento para perpetuar a José Miguel Gómez se gestó en Santa Clara, a escasos cuatro años de fallecido en 1921 Nueva York. El lugar escogido pertenecía a los antiguos terrenos del Cuartel Tarragona, cercano al edificio de la Audiencia  provincial. El italiano Gino de Micheli dirigió el proyecto de escultura, y el 30 de diciembre de 1928 quedó inaugurado con la asistencia de Gerardo Machado Morales, presidente de la República.

 Era el segundo gobernante villareño en ascender en 1925 a la dirección de los destinos nacionales. Hay cierta ironía en el suceso al que acudió Machado Morales a la capital provincial. Después  del alzamiento de La Chambelona, allá en febrero de 1917, muchas razones arguyeron los liberales para explicar la derrota, incluida la posible intervención norteamericana. Desde Calabazar, en La Habana, José Miguel escribió el 20 de diciembre de ese año a Machado, según documento expuesto por el historiador Rolando Rodríguez:

 «Pero… Caramba Gerardo (…), a ti esta felicitación (…), tengo por responsable del fracaso de la causa, y en consecuencia, de mi prisión, por no cumplir tu compromiso de ponerte al frente de nuestras Villas (…) Recibe ahora mi enhorabuena por tu magna idea de dividir a mis devotos con la creación del partido Unionista, del que seguro formarán parte principal los tímidos, desleales y traidores al liberalismo».

 Después de releer el contenido de la misiva, entre uno y otro mambí villareño, tal vez desaparecieron los puntos de convergencia y diálogo. No obstante, durante la Guerra Necesaria en el centro del país, y después de instaurada la República, entre ambos existió una afinidad muy cercana en las huestes del Ejército y el Partido Liberal.

 Habría que radicar una excepción cuando el General Machado tomó la decisión de inaugurar el monumento, situado en un prominente lugar, y renunciar de inmediato, según reportes del diario La  Publicidad, de Santa Clara, a la creación de una estatua a su figura, y que nombraran al antiguo pueblo de Manajanabo, en las cercanías, como “Los Machado”, de acuerdo con propuesta de los correligionarios.

De Machado Morales, ¿cuánto no se habrá escrito en la Historia de Cuba desde que el 15 de junio  de 1895 cuando tomó el camino a la manigua insurrecta en Camajuaní?, según reseña José García del Barco.

 A la presidencia de la República ascendió Machado Morales el 20 de mayo de 1925 en medio de una profunda crisis estructural del país, y un programa político en el cual primó el cooperativismo para impedir los brotes oposicionistas a partir de una aparente estabilidad nacional entre reformas y represión social.

 Enrique José Varona, ya entonces anunció que «Cuba está enferma. Todos los pueblos lo están. Lo importante es diagnosticar su enfermedad y aplicarle el remedio (…), si lo sabemos». Fue la advertencia a una gestación revolucionaria que surgió con los jóvenes, las organizaciones juveniles y obreras y el enfrentamiento a la represión frente al movimiento popular que se afianzaba en el país.

 En 1927, desde la silla presidencial anunció el intento de prorrogar su mandato, y las repulsas ante los desmanes se incrementaron con actuaciones  obreras y estudiantiles de proyección antimperialista y latinoamericanista en un contexto que, desde décadas anteriores con la revista Cuba Contemporánea, fortaleció el rescate del pensamiento humanista, emancipador y revolucionario de José Martí, el Apóstol.

 Después de 1930, en ascenso, el régimen comenzó a tambalearse por el empuje de políticos tradicionales, los sectores radicales del estudiantado, los obreros y campesinos, así como el movimiento feminista y revolucionario comunista.

 Era cierto el fundamento del historiador Ramiro Guerra, cuando años antes, en su artículo  «De Monroe a Platt», afirmó que «muy menguados serían los cubanos y muy indignos de la libertad, si para velar por el bienestar, la paz y el desarrollo material y moral de su país, necesitasen, en lo interior, la tutela y la admonición extranjera». La situación se puso tan grave que Machado cuando arrancó la «mediación» del embajador norteamericano con el gobierno y la oposición, ideó colocar los «pies en polvorosa» y marchó al exilio.

 Aquí quedaron, y tal vez jamás lo olvidaría, reliquias constructivas levantadas en diferentes períodos de su mandato, las secuelas del oleaje de terror, el suelo patrio por el cual peleó en la manigua cubana y el panteón familiar que aún se conserva con los restos de sus progenitores, Elvira y Gerardo, en la necrópolis de Santa Clara.

                                        LOS EFÍMEROS

 Alberto Herrera Franch, de San Antonio de las Vueltas, también villareño, ocupó de manera provisional la presidencia de la República por solo 24 horas luego del derrocamiento de Machado, aquel 12 de agosto de 1933. En la Guerra de Independencia estuvo bajo las órdenes de Juan Bruno Zayas, desde su alzamiento en Vega Alta, y también del “Guapetón” Leoncio Vidal Caro.

 Concluyó la contienda con los grados de teniente coronel hasta que en la República, destacado en varias misiones, ocupó el grado transitorio de mayor general, y fue secretario de Guerra y Marina y de Estado (interino) en los tres últimos meses del gobierno de Machado, quien por una trapisonda política no liberó a Herrera Franch de su cargo, y se convirtió en Presidente en funciones por escasas horas hasta que dimitió para dar paso al gobierno de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada.

 El coronel del Ejército Libertador Carlos Mendieta Montefur, murió en La Habana en 1960, y aunque en muchas biografías insisten que nació en el ingenio azucarero “La Matilde”, atribuido al antiguo municipio de San Antonio de las Vueltas, en realidad, por la proximidad del lugar,   el hecho prorrumpió en Camajuaní.

 De enero de 1934 a diciembre de 1935 fue presidente provisional de la República, y al menos cabe el mérito que durante su mandato se abolió la Enmienda Platt, el bochornoso desmembramiento de la Doctrina Monroe, aquel sentimiento poco amistoso de los gobiernos norteamericanos hacia la isla caribeña.

 Junto a José Miguel Gómez hizo carrera política en la provincia de Santa Clara, y logró culminar la carrera de Medicina aunque jamás,  afirman algunos historiadores, ejerció la profesión. Durante la «guerrita de febrero del 17» se alzó en armas, y fue detenido en Caicaje, Placetas, en el grupo que dirigía su jefe Gómez. Sin ser periodista dirigió el rotativo habanero Heraldo de Cuba, y hasta firmó, según los créditos, algunos artículos aparecidos  en La Publicidad, de Santa Clara, durante la segunda década de siglo cuando Roberto Méndez Peñate, su amigo de armas mambisas, figuró de gobernador provincial. 

 El gobierno provisional en el cual intervino Mendieta, el ¿voltense-camajuanense?, estuvo integrado, en principio por Carlos Hevia y Manuel Márquez Sterling. Ya entonces el coronel Fulgencio Batista Zaldívar era un «hombre fuerte» en los destinos de la política cubana. Después surgió, del 18 de enero de 1934 hasta el 10 de diciembre de 1935, el Gobierno de Concertación Nacional: Mendieta-Caffery-Batista, de carácter ultraderechista.

 El hijo de José Miguel, llamado Miguel Mariano, espirituano además, aprendió del corolario político entre liberales y conservadores, y a diferencia del progenitor, siempre optó por un espíritu civilista a prueba de anticorrupción administrativa. Solo siete meses duró su mandato presidencial (mayo-diciembre de 1936), y en su ascenso contó con el voto popular, primero en alcanzarlo, después de la caída de Machado.

El Congreso de la República, por maniobras políticas y de presión oculta de Batista, lo destituyó del cargo, y su lugar lo ocupó el remediano Federico Laredo Brú, entonces vicepresidente del país.

En los dos días iniciales de enero de 1959, con la estampida de Batista y mientras fuerzas invasoras del Che y Camilo avanzaban hacia La Habana, Anselmo Alliegro y Milá, descendiente de progenitor italiano, y nacido en Yaguajay, en las cercanías de Caibarién, ocupó el mandato de la República en su condición de vicepresidente. El entonces senador después renunció con la llegada al poder de la Revolución.

 A la presidencia, entonces, la consiguió Manuel Urrutia Lleo, también natural de Yaguajay, quien declinó en su cargo el 17 de julio de 1959. Días después asumió la Presidencia el cienfueguero Osvaldo Dorticós Torrado, quien no tendría un carácter efímero en la dirección de Gobierno y establecería junto a Fidel y el pueblo la ruta de las transformaciones iniciales del carácter socialista de la Revolución. Permanecería en su misión oficial hasta 1976, fecha en la cual entró en vigor una nueva formulación de la Constitución cubana.

                                     EL ÚLTIMO MAMBÍ

 Dos sombras rondaron al coronel remediano Federico Laredo Brú, Presidente de la República y último de los mambises en ocupar ese cargo, cuando desde diciembre de 1936 y hasta 1940 se desempeñó en la primera magistratura.

El coronel de la Guerra Necesaria, catalogado de reformista social en su período de mando, tuvo a Batista, su sucesor, como guía tutelar.

 Durante su mandato fue el hombre que llevó adelante los preparativos para firmar una nueva Constitución republicana, al decir de investigadores, la más democrática y avanzada de su tiempo. Sin embargo, la historia le achaca a Laredo Brú el rechazo de atraco en puerto habanero del trasatlántico de Hamburgo-Saint Louis, con más de 900 pasajeros hebreos. Huyeron de  Alemania fascista, y llegaron a Cuba a finales de mayo de 1939, un hecho insólito que originó comentarios de todo tipo y, en última instancia, reiteró las presiones norteamericanas sobre los gobernantes isleños.

 En Noticias de Hoy, del martes 30 de mayo de ese año, un titular reiteró: «Hay que depurar responsabilidades en el “Affaire” de los pasajeros hebreos embarcados para Cuba». Un sumario especificó: «Se afirma que el pasaje del San Luis ha producido una utilidad ilegal de más de cien mil pesos». Después resaltan: ¿Por qué el San Luis se lanzó en una carrera loca a través del océano quemando petróleo sin tasa? ¿Por qué forzó al pasaje a comprar boleta de ida y vuelta? Ya salieron el “Orduña” y el “Faldre”, llevándose el pasaje que trajeron de Alemania y que venía destinado a nuestro país».

 El cuerpo de la información del diario de los comunistas cubanos destacó: «Conociendo el interés que ha despertado en nuestro pueblo la situación de los perseguidos políticos llegados en estos días al puerto de la Habana, nos trasladamos a bordo del vapor Orduña, en donde podemos captar escenas de un patetismo impresionante, familias enteras presas de desesperación al encontrarse de pronto de la terrible realidad de tener que regresar a la Alemania nazi, de la cual se veían ya libres.  Más de sesenta pasajeros hebreos que habían cumplido todos los requisitos legales que se les exigieron, eran ahora rechazados por las autoridades de inmigración (…) Los hebreos (…) no alcanzaban a comprender que continuasen fuera de Alemania, en una tierra libre, las mismas condiciones de engaño y violencia que les hizo imposible la permanencia en su país…»

 Ese constituye uno de los hechos más oscuros del cabildeo gubernamental cubano, y evidenció que, a pesar del ambiente restaurador de democracia y de lucha antifascista, Laredo Bru pasó a la historia en un ambiente gris bajo el manto tutelar que ejercían los militares y las presiones norteamericanas en las vísperas de elecciones nacionales.

 De los pasajeros del St. Louis que pudieron desembarcar en Cuba, precisó la prensa de la época, apenas rebasó el medio centenar y fueron confinados al penal de Isla de Pinos, donde abonaron unos 500 pesos per cápita por la aparente «hospitalidad» cubana.

 Laredo Brú, el mambí que ingresó en la Brigada de Remedios, allá en 1897 bajo las órdenes del General José González Planas, durante el gobierno de Batista (1940-1944) ocupó la cartera de ministro de Justicia, y murió dos años después con un pasado que  siempre lo condenará en la historia al negar refugio a los judíos que arribaron a la Habana para asegurar un espíritu de libertad.

 Los villareños Presidentes de la República, excepto el cienfueguero Osvaldo Dorticós Torrado, pudo desentenderse del principio que esgrimió Roig de Leuchsenring, cuando en 1927 argumentó que «no debemos temer a las  asechanzas extranjeras, y podemos orientar nuestra línea de conducta en lo que se refiere a las relaciones con los Estados unidos, en el mismo sentido que cualquier otro pueblo grande y fuerte, sin necesidad de darles internacionalmente trato privilegiado y superior al que guardemos con los demás países y sin que tengamos tampoco que rendirle vasallaje ni pleitesía». Es otra la realidad que hoy pertenece al país.

 

PINTORES SIN DETALLES

PINTORES SIN DETALLES

El espacio público, principalmente en parques de ciudades cubanas, reclama mayor respeto en el cuidado y atención en las esculturas que allí se exhiben.

Por Luis Machado Ordetx

En muchos parques y espacios públicos cubanos prolifera ahora la uniformidad. El hecho, como trasciende en muchos sitios villaclareños, tiende a la búsqueda del mal gusto, a la fealdad, como «belleza» interpretada en funcionalidad y estética. Ejemplos sobran.

A veces pienso en el rejuvenecimiento de émulos de Andy Warhol, el hombre que transformó el arte en negocio, y acuñó que «la razón por la cual estoy pintando de esta manera, es que quiero ser una máquina». Así ocurre cuando no se intenta crear algo nuevo, original y perdurable y se siguen dictados de publicidad y hasta cierto punto de «oficio» sustentado en cambios.

Todo abunda, desde rejas hacia lo vertical e inabarcable, o bancos y cestos para la basura, con identidades similares, hasta pintores de brocha gorda que ignoran la idiosincrasia específica de un lugar determinado, y no van al detalle.

Días atrás unos niños, con la mano en la boca, colocaron el dedo en la llaga cuando en Santa Clara apreciaron los bocetos de un mural en una pared y no se distinguían en planos de inocencias en lo que allí se pretende representar.

La «mentira artística», o la vuelta al Kitsch, retoma la comunicación con las audiencias. En nuestras ciudades abundan murales, y bellas esculturas que, en ocasiones, son desprotegidas y hacia ahí debemos tender nuestra vista más definida. Esas «joyas», por lo que definen en espacios públicos, son adulteradas.

Nada queda reñido con una época y las condicionantes socio-culturales que las tipifican, pero persiste una ausencia de medida e imposición de efectos en los valores del arte. Un tiempo atrás hubo una repulsa porque el monumento «A las Madres», en Zulueta, de la autoría Gabriel Roberto Estopiñán Vera, la revistieron con lechadas de cal. No importó entonces que constituyera una de las escasas esculturas que de ese artista existiera en el país,

Dicen amigos que la pieza, colocada allí durante el primer lustro de la quinta década del pasado siglo, ya no era igual en mensaje y belleza a los orígenes. Pensaron los autores, sin estudios previos de significación o trascendencia, que el «blanco» con sus atributos, resaltaría a la vistosa escultura. No pasó mucho tiempo del hecho cuando niños, animados por familiares y con asesoría artística, invadieron el parque y tomaron por «asalto» el monumento para restituirle los valores  autóctonos.

Fue un acto contra la «novedad» y la imposición. Similar ocurrió con el exclusivo «Cangrejo» de Gelabert, en Caibarién, cuando en los años finales del siglo anterior lo «pintaron» con un afán desmedido para legarle atractivo. Menos mal que hubo a tiempo un coto.

De esa localidad aparecen ahora dos momentos con iguales códigos, como estímulos para muchas interpretaciones. Uno está relacionado con la escultura «Madre Mía», conocido además como «Monumento a las Madres», original de Carlos de la Era. Fue inaugurado en mayo de 1953 para perpetuar una capacidad amatoria sin límites.   Otro caso análogo está en el sencillo busto sobre un pedestal que recuerda a Nicolás Díaz       —con Z y no S como dice la tarja—, último mambí villareño, quien murió el martes 12 de diciembre de 1989, y su memoria se perpetúa en las intercepciones de las calles Céspedes y Zayas.

El insurrecto, alistado desde niño en la Brigada de Remedios bajos las órdenes de los Mayores Generales José González Planas y Francisco Carrillo  Morales, era de piel negra, de ébano puro. Entonces, ¿por qué embadurnar el busto de blanca pintura cuando en realidad jamás fue idea o concepción del artista, y mucho menos representa la identidad verdadera de ese hombre recordado allí? Los que llevaron adelante el trabajo tienen directivos con encargos estatales, pero desconocen las raíces y las historias de cuánto albergan los espacios públicos. Lo peor, como acontece en otras municipalidades, nadie lo ataja a tiempo para frenar esa fuente de mensajes e interpretaciones que, en nombre de la belleza, señorea el mal gusto.

De Caibarién salgo con otro sabor raro luego de contemplar nuevamente la Lira que engalana la cúpula de la Glorieta del parque «La Libertad», desprendida en septiembre pasado con las ráfagas de vientos que dejó el huracán «Irma» en su paso por el territorio costero.

La centenaria Glorieta lleva tiempo en una indefinida restauración. Ojalá que la concluyan pronto. Sin embargo, la Lira otra vez volvió a su lugar, y nadie se percata que está inclinada y no derecha, como es su justo sitio, con lo cual todo se traduce en engañosamente ambiguo cuando emprendemos una acción estética carente del detalle, el equilibrio y la precisión.

 


LA FOTOGRAFÍA ACTUAL EN CAIBARIÉN

LA FOTOGRAFÍA ACTUAL EN CAIBARIÉN

Por Luis Machado Ordetx

 

 

Por dentro, Caibarién, sus edificaciones hacia el interior del litoral, y la ruta de sus moradores, sintetizan una selección de fotografías recogidas por los artistas Lázaro Abreut Santos y José Armando Ocampo para desprenderse de la indiferencia de lo cotidiano en ese territorio del norte villaclareño.

La exposición “30 años de fotografías y mucho más”, inaugurada este sábado en la sede de la Uneac de allí, deriva hacia lo estético, la zambullida del detalle y de un fragmento, mínimo y hasta prolongado, de la realidad. La selección de piezas no constituye una retrospectiva.

Los artistas convocados son amigos desde la primera juventud, y desde hace tiempo se aplatanaron en la localidad con una obsesión mutua y profesional por las vecindades marinas, urbanas o rurales.

Con la visión de Abreut Santos se detalla en lo panorámico del paisaje marino-urbano, y del litoral y sus majestuosidades. Va del interior salobre de las aguas hasta sumergirse en la intimidad del firmamento telúrico, y del color a la intencionalidad de esa vida insospechada que emerge en el instante.  

En la apreciabilidad de José Armando Ocampo González, el registro en blanco y negro detalla en el retrato de primeros planos, de tipo cerrado y rostros duros. La apreciación redescubre la emoción o el desagrado del entrevisto que, en igual simetría, a veces resulta espontánea o inducida.

Ambas propuestas, con marcado paralelismo en tres décadas dedicadas a la fotografía, remarcan en las añejas conversaciones de entonces cuando evocaban los acertijos del cuatro oscuro, y la precisión de la imagen y su trascendencia.

Un paisaje en estos creadores, en primeros planos o los llamados generales, admite en el receptor un contagio de repasos y relecturas polisémicas. El retrato físico se explaya hacia la recreación corporal y se adentra en la emoción y la personalidad del individuo, y hasta en el inefable tropiezo con la sicología del color.

Es Caibarién, el terruño que los acoge, la aproximación empática de la imagen de una realidad que, plana o filtrada, se percibe desde la contemplación del creador. Ahí subyacen, casi subterráneos, el cuerpo, el paisaje y el retrato, los espacios más habituales y socorridos de la fotografía. Adicionan, con reiterado placer artístico, elementos cotidianos, esos que en ocasiones transgreden el espacio y circulan insospechados por nuestras cercanías.

Lo culminante en ambos creadores está en la relación con el otro, con el registrador de la imagen, y en un universo abierto a la belleza sensible. Es el  forcejeo con la intimidad descollante y en descubrimiento de un contexto silenciosamente cotidiano que convierte a todos en partícipes activos de la ocasión.

Esas dimensiones recalcan en las muestras y en la realidad insospechada de una estética fotográfica de valor y prestancia abarcadora.  

LA DÉCIMA Y EL ENFOQUE AFROCARIBEÑO

LA DÉCIMA Y EL ENFOQUE AFROCARIBEÑO

Por Luis Machado Ordetx

 

La Ruta Afrocaribeña de la Décima, y las novedades impuestas a esa forma estrófica con la aparición de negros curros provenientes de Sevilla, España, al denominado  Real Arsenal de La Habana, constituye el tema que emprenderá el jueves la tertulia “La Voz del Otro”, un encuentro mensual entre escritores y periodistas villaclareños con sede en la Casa de la Prensa, en Santa Clara.

El estudio de  José Teófilo Gorrín Castellanos, según su libro homónimo publicado por  la Editorial Académica Española (2017), rastrea en la aparición de la décima y la herencia de Vicente Espinel con la llegada, a finales del siglo XVIII, de afrodescendientes españoles encargados de construir embarcaciones o fortalezas militares en las cercanías del puerto habanero.

Gorrín Castellanos, autor de indagaciones referidas al trovador Manuel Corona y sus musas inspiradoras,  reconstruye, luego de una vasta observación y contraste de fuentes documentales, la presencia de negros curros sevillanos en barrios periféricos de La Habana, sus inclusiones en los orígenes de la cultura cubana y la décima como medio de comunicación social y literaria, así como de apego a los ritmos musicales, dramáticos y danzarios de entonces

Algunos poetas, antes que Vicente Espinel, emplearon formas estróficas, casi idénticas, pero ninguno alcanzó la estatura del inventor de la décima en permanencia,  popularidad histórica y traslado a los confines del Nuevo Mundo, tal como se aprecia en la Ruta Afrocaribeña de una composición  literaria que expresa en diez versos octosílabos un pensamiento completo y una tesis.

Esos aspectos, y otros que surjan de la exposición de Gorrín Castellanos en “La Voz del Otro”, se incluyen en un enfoque teórico que aborda también a los coros de clave y guaguancó del negro curro sevillano-habanero, y las usanzas guajiro-urbana de improvisación y controversia.

De igual modo habrá referencias a particularidades de la Clave y el Punto Espirituano, y a aspectos puntuales de la Tonada Trinitaria, o la décima usada como textos de la Canción Habanera y la Trova Tradicional antillana.

 

MENÉNDEZ GALLO, EL ETERNO JODEDOR

MENÉNDEZ GALLO, EL ETERNO JODEDOR

Rogelio Menéndez Gallo falleció este sábado, 3 de Febrero, en Remedios. Es autor de una singular narrativa, y sostuvo un original sentido literario al reconstruir escenarios y personajes folklóricos de su localidad  y Caibarién. 

 

Por Luis Machado Ordetx

Hay escritores que pasan a la posteridad, y siempre tendrán un recuerdo, por el deseo de burlarse de la vida y tratar siempre sus acontecimientos más nimios con entera jocosidad. Es el caso de   Rogelio Menéndez Gallo, apodado con cariño La Vieja, quien acaba de fallecer en San Juan de los Remedios, el terruño, en sus entrañas.

Algunas síntesis biográficas indican que nació en 1936, y otras en 1948, aunque coloco en franca duda la segunda fecha, pues en más de una ocasión dijo que era un hombre de las postrimerías de los años 30 del pasado siglo. Sea una, tal vez la otra, sus narraciones llevan prendidas las existencias históricas de la Octava Villa de Cuba y de Caibarién, el litoral portuario y urbano que distinguió en constantes peleas con el Tésico, el original embarcadero remediano.

Semanas atrás, en diálogo ameno en el umbral de la casa, confesó que ya la opacidad de la vista apenas alcanzaba para percibir el rostro de los amigos y contertulios que lo visitaban. No entendí la respuesta como una despedida. Al amanecer de este domingo en la mañana el fraterno amigo, pintor y grabador Fernando Betancourt Piñero da testimonio de la infausta noticia: «murió Rogelín», y de inmediato pensé que la información no era cierta. 

Ya entonces no escribía, y desde un corto tiempo atrás, en 2015 la editorial Capiro en la histórica Colección 500 por el medio milenio de Remedios, sacó a la luz Soñando siempre contigo, libro de unas diez narraciones en las cuales Rogelín revivió el humor gozón de siempre. Rara costumbre la de ese escritor de convertir los hechos más inusuales en prendas costumbristas.

Otros libros publicó en una imprenta privada de Caibarién. Era de pequeñas tiradas y los obsequiaba a amigos, como el que no olvida su concepto de “jodeosofía”, una manera de prenderse del imaginario y anecdotario local, y retornar a la risa y los personajes populares ignorados por épocas y acontecimientos. 

Imagino a Menéndez Gallo en un aula en Caibarién o Remedios, impartiendo en Educación para Adultos las lecciones de Español y Literatura, y a la caza siempre de analogías e inferencias  folklóricas para hacer entender la gramática y la historia de las letras.   Algunas de sus piezas narrativas están recogidas en Escritores Noveles de Las Villas (1969), Cuentos cubanos de humor (1979), o Tésico y los pecados capitales (1980), Recontani una fiaba (1996) y Pregúntaselo a Dios (2002), En la esquina del ring (2008), así como en guiones radiales y artículos periodísticos en ediciones cubanas y foráneas.

Con Francisco (Pancho) Lamadrid Vega, muchas veces polemizó sobre la novela policíaca, y también se encaró en disputas interminables a otros escritores, entre los que siempre estuvieron Ramón Rodríguez Boubén, René Batista Moreno, Fidel Galván Ramírez y  Omar Rodríguez García. No faltaron los encontronazos con otros amigos, entre los que sobresalían destellos de “bravoconerías” con el pintor Betancourt Piñero. Todo invariablemente terminó entre abrazos, risas y hasta un caliente trago de ron.

Aquella mañana de diciembre último cuando llegué a la casa de Rogelín, a contraluz distinguía el rostro, pero cuando escuchó que lo nombraron La Vieja, por su canoso cabello, enseguida una chispa de alegría delató su semblante.

Hubo que recordar entonces a Ramón Arenas Hernández, el poeta y dramaturgo de Caibarién. Es el anecdotario que recoge El Hombre de la campana, una vieja novela que durante años escribió y en 1985 concluyó. La historia central recrea al personaje Lázaro Carlos Darío Rojas —un enfermo de lepra—, a la Villa Blanca,  Caibarién, y su gente.

 Allí el narrador destila socarronería, erotismo, choteo, y se prende hacia el realismo mágico y el optimismo picaresco en la reconstrucción de ambientes de la localidad costera. Después vendrían otras novelas de impresiones caseras, todas fuera de los escenarios editoriales oficiales en los cuales Menéndez Gallo no conquistó mucha suerte.

A Caibarién, el pueblo de los sobrenombres y motes, como en cierta ocasión lo bautizó el folklorista Samuel Feijóo, el narrador Menéndez Gallo endilgó la histórica jodeosofía. Era el sentido de aplicación de la “jodedera” y el choteo autóctono al universo de las artes y la literatura.

Similar certidumbre encontró en su legendario Remedios, pueblo pródigo que ahora lo acoge en su último reposo. Ahí está para el permanente recuerdo.

En “Los funerales de Bolita de Macabí”, de Soñando siempre…, Menéndez Gallo dice: «Acaba de fallecer faltándole al siglo xx tan solo un quinquenio, el gordo Críspulo Osorio Angulo, conocido en Caibarién —el pueblo de los nombretes—,  como Bolita de Macabí— nombre de un alimento autóctono al cual, sin ser su inventor, logró conferirle el toque mágico de una receta que a todas luces se llevará a la tumba».  Es un presagio, y no el último.

Rogelín Menéndez Gallo también desde Remedios se trasladó  al sepulcro uno de sus mejores arreos: la innata jodedera cubana. Noel Guzmán Boffill Rojas, el coterráneo dijo: «mi corazón estalló/ por noble naturaleza/, y dentro de la tristeza/ el que se marchó, volvió». Descansa en Paz Rogelín, un abrazo y Buen Viaje.