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PERIODISMO

BATISTA MORENO; OTRO ZARAPICO FEIJOSIANO

BATISTA MORENO; OTRO ZARAPICO FEIJOSIANO

—Falleció este domingo el destacado folklorista villaclareño, émulo de las investigaciones de campo y de la animación cultural que propagó Samuel feijóo Rodríguez, a quien lo unió una sólida amistad. Fue sepultado ayer en su natal Camajuaní, plaza parrandera de Cuba.

Por Luis Machado Ordetx

Aciago amanecer del primer domingo de mayo para la cultura villaclareña, y por extensión cubana: acaba de morir en Santa Clara el poeta, investigador folklórico y periodista René Batista Moreno, tal vez después de Samuel Feijóo Rodríguez, el rastreador nato de las costumbres, maneras de decir y hacer la música y las tradiciones populares de los campos de la región central del país.

Oriundo de la colonia cañera “La Ofelia”, en las cercanías de Camajuaní, un cáncer de pulmón le arrancó la vida en momentos que estaba componiendo  la escritura de una de sus investigaciones folklóricas, merecedora del Premio Memoria 2009 que otorga el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, en Ciudad de La Habana.

Con 69 años, y más de dos decenas de libros, entre los que destacan el poemario Componiendo un paisaje (Premio Julián del Casal, UNEAC, 1971), así como las investigaciones Las parrandas de Camajuaní; Los poetas de Camajuaní; Juan Ruperto Delgado Limendoux: combates poéticos, y los testimonios Los bueyes del tiempo ocre, El sensible zapapico y Fieras broncas entre Chivos y Sapos, Batista Moreno, dispuso en sus labores de investigación folklórica de fraternos informadores existentes en pueblos y ciudades cubanas.

Siempre precisaba y cotejaba los  aspectos del contenido de las “absurdas” historias populares, y raudo, por distante que estuviera el lugar del suceso, corría a dar curso al detalle y los acontecimientos humanos.

Su método empírico de investigación le permitió desde Camajuaní, territorio que junto a Feijóo lo tomó de enclave o “cuartel general”, hurgar y colectar fantasmagorías sobre muertos, aparecidos, madres de agua, güijes, bandoleros, jinetes sin cabeza, velorios, personajes populares y...

Las tradicionales fiestas parranderiles que transcurren en Camajuaní entre Chivos y Sapos, lo tuvieron como un ferviente animador; tal es así que rastreó en el alma popular y concluyó una trascendente exploración que demostró, cómo después de Remedios, ese fenómeno folklórico-popular se asentó en la denominada tierra de Valles y Parrandas, y tuvo su estampido hacia zonas cercanas a su geografía.

Los jóvenes escritores de la localidad, a la que se sumó allá en el último lustro de los años 60 del pasado siglo, lo asumieron como un miembro activo del taller literario “José García del Barco”, y  dos décadas después figuró como ferviente animador de la naciente poesía villaclareña que se originó en esa localidad.

Con el constante estímulo de Batista Moreno, los jóvenes poetas y narradores Pedro Llanes Delgado, Frank Abel Dopico, Heriberto Hernández Medina, Joaquín Cabeza de León, Jorge Ángel Hernández Pérez, Juan Carlos Recio, y otros escritores surgidos con posterioridad, lograron ampliar sus respectivas obras literarias y fundamentar un trascendente quehacer artístico.
 
Incontables son las publicaciones cubanas, entre las que cuentan Vanguardia, Signos y Umbral, las que conocieron del garbo autodidacta, periodístico y de realización investigativa de Batista Moreno, acontecimiento que ocurrió mucho antes de entablar andanzas folklóricas junto a Feijóo.

Justo allá en el nacimiento del número 3 de la revista Signos, hasta su actualidad, dio a conocer en esas páginas parte de los testimonios  que luego recogió en Yo he visto un cangrejo arando y Los bueyes del tiempo ocre, por citar dos de sus últimas escrituras.

Con una risa siempre dispuesta a la ocurrencia, desde hace más de dos décadas que lo conozco, sé que en Batista Moreno, historia, folklore y cultura andaban cogidas de la mano para reconstruir la memoria de los pueblos, abordar en sus mitos, leyendas, personajes inolvidables y…

En sus labores de juvenil cajero en la pizzería la Piccola, en Camajuaní, aprendió a dialogar con la gente, a apertrecharse de historias, de sabiduría guajira, de solicitud del dato y el documento fotográfico  y del cotejo o contraste de las posibles fuentes orales que trasladaban sus conocimientos a un investigador autodidacta.

Animador de las editoriales camajaunense “Hogaño” y del “Museo Hermanos Vidal Caro”, hizo periodismo puntual y de gabinete, y se aferró a la fidelidad de su pueblo «en  ese  contra viento y marea conserva con celo sus costumbres y tradiciones» más o menos significativas para la historia.

Merecedor de la Distinción por la Cultura nacional, del Premio Ser Fiel, y de la medalla Félix Elmuza”, entre otras condecoraciones, Batista Moreno era miembro activo de la UNEAC y de la UPEC, y deja abierta una grieta en la animación e investigación del folklore popular que ronda nuestros pueblos.

HANABANILLA; UN COLEGIO FLOTANTE

HANABANILLA; UN COLEGIO FLOTANTE

Por Luis Machado Ordetx

Un colegio electoral flotante no es una sorpresa entre los villaclareños que residen en la porción sur montañosa, allá en las faldas del Escambray, en el macizo de Guahamuaya, sitio del lago Hanabanilla, primero que de manera artificial se construyó en Cuba después de 1959 con el propósito de abastecer de agua a importantes poblaciones de la región, y también de generar electricidad a partir del aprovechamiento del recurso hidráulico almacenado.

Por muchos años recorrí esos parajes que, desde 1976, instrumentaron una manera eficiente, rápida y segura de garantizar el sufragio secreto y directo de la población apta, según la edad y las condiciones psíquicas, residente en el lugar.

En más de una ocasión, aprecié cómo una embarcación de transporte fluvial partía desde el Salto del Hanabanilla para recorrer, en más de 20 kilómetros de distancia, cerca de medio centenar de puntos de concentración en los cuales habitan serranos en las proximidades del nacimiento de Río Negro, Guanayara, Manantiales, Pico Tuerto y…

Ese es el único colegio flotante del país, y al igual que otros existentes en tierra firme en la geografía cubana, quedará abierto a partir de las siete de la mañana y hasta las seis de la tarde de este domingo. Solo tiene una particularidad: el recorrido será entre aguas hasta ciertos puntos de concentración ubicados en las riberas de los asentamientos poblacionales.

No será como otros fijos, incluso aquellos instrumentados en movimiento terrestre a partir de colegios rodantes —carretas o camiones que irán a comunidades distantes—, pero, aseguró,  que como otras ocasiones aprecié, garantizará la eficacia y realización de las elecciones parciales de delegados a la Asamblea Municipal del Poder Popular en el más montañoso de los territorios villaclareños.

Allí, donde las aguas aparentemente mansas del lago Hanabanilla —distantes de Manicaragua a unos 25 kilómetros—, el ronroneo del motor petrolero de la embarcación, y la extraña geografía que confunde el verde de los árboles con el plumaje y el canto de las aves silvestres que abundan, se exhibirá otra vez un encuentro con   el tocororo, la mariposa blanca o amarilla y con otros símbolos patrios que identifican nuestra cubanía.

No faltará en el lugar habilitado nuestra bandera —esa de franjas azul y blanca, con triángulo rojo y estrella solitaria— a la que cantó y vio gallarda el matancero Bonifacio Byrne; habrá niños vestidos con sus atributos y uniforme escolar, y sencillos integrantes de una mesa electoral avalarán que, desde varios cubículos, previa identificación del votante, más de 500 electores de esa región elijan al mejor, entre todos los representantes, a la Asamblea del Poder Popular de su municipalidad.

Ese; esa, el mejor o la mejor entre todos, según el voto directo y secreto de cada cual, será la determinación de los electores de la circunscripción número 36 de Manicaragua, y seguro, otra vez con el soberano ejercicio de democracia participativa, el pueblo elige quién los representa en sitios que, como en toda Cuba, están preñados de historia.

SANTA CLARA; CALLES DISLOCADAS

SANTA CLARA; CALLES DISLOCADAS

Por Luis Machado Ordetx

Un cosmopolitismo, cercano a veces al desarraigo, transita por Santa  Clara y tiende a     trocar los nombres de las actuales calles de la  ciudad.

El bautizo se hace al unísono por vieja designación, y en su defecto por aquella nueva o más reciente. En sí constituye un fenómeno que persiste en la memoria individual o colectiva de todos los coetáneos. 


Similar situación encuentro en Caibarién, en Sagua la Grande, y quién sabe en qué otro lugar villaclareño.


El problema es uno: algunas calles céntricas, incluso las menos concurridas, son llamadas indistintamente con el mote primitivo y también con el más contemporáneo; hecho que no sucede en todos los casos.


A nadie le pasaría por la mente decir en la actualidad que la arteria de Luis Estévez fue el polvoriento o adoquinado Camino de los Huesitos, del Rosario, San Juan Bautista o Isabel II. Sería un anacronismo.


Creo, incluso, que la génesis está determinada por ciertas debilidades en la enseñanza de la Historia, el desconocimiento de los sitios patrimoniales existentes en las localidades, y la ausencia de la explicación lógica, dialéctica, in situ, de los hechos sociales o culturales que dieron lugar a los apelativos de las calles.


Un cartero joven se halaría los pelos al buscar la calle Serafín García Ruiz. Puede que en caso de localizar en la ruta alguna de las señalizaciones de aluminio --hurtadas muchas veces--, encuentre el  área específica. De lo contrario, tendría que recurrir a un mapa, o a   alguien de mayor edad para que le indique.


El tricampeón olímpico Teófilo Stevenson es el culpable, enhorabuena, de la divagación. Hace poco, desde Ciudad de La Habana, recordó las visitas que hizo al máscara villaclareño Lázaro Pérez, allá en los años 80 del pasado siglo, y dejó una alerta: su amigo residía en Nazareno, entre Cuba y Enrique Villuendas. ¡Menuda sorpresa!; precisó que Nazareno era Jesús Nazareno, y el verdadero o actual nombre lo constituía Serafín García Ruiz. Fue como un llamado, una apuntación:  cuánto desconocemos muchas de las particularidades históricas del terreno en que convivimos.


Más allá de esa alusión, que como ostensible bofetada dio el boxeador, hay una ignorancia de muchos elementos que integran nuestra historia.  El suceso lo prolongo hasta una infausta Guía de Villa Clara, «actualizada» y propagada por el Ministerio de Turismo. El mapa de Santa Clara contiene varios errores en los nombres de las calles. Unas responden al apelativo primitivo --antiguo--, y otras a los actuales. 


Entonces, ¿cómo comprender la veracidad en una localidad que crece en urbanidad y población hacia las afueras? Ahí localizo que la Doble Vía es bautizada como Avenida Marta Abreu. 


Tremendo dislate ¿Dos calles de Santa Clara con igual nombre? ¿Qué es eso? A inicios de la primera mitad del pasado siglo fue sencillamente Ave. Marta, en homenaje a una de las hijas de Antonio R. Páez Valdés, quien parceló y proyectó la urbanización de lo que luego fue el residencial Escambray. La colega Amparo Ballester López refiere que la vigente y verdadera designación corresponde a Avenida 26 de Julio.


Son tantos los equívocos entre las páginas 22 y 23 de esa Guía, que el más experto de los visitantes perdería los pasos en la búsqueda del término justo. No podría olvidar los errores ortográficos que existen en las señalizaciones de las calles: letras de menos, letras de más: Camilo Cienfuego (sin s) en Manicaragua; Eduardo R. Chivás (con v), en Santa Clara, y...


La Carretera a Camajuaní, actual Avenida de la Liberación, en las cercanías de Ana Pegudo, ostenta todavía el nombre con que se conoció hace más de medio siglo; allí está incrustado Eutimio Falla Bonet. Es una historia que nada tiene que ver con la contemporaneidad.


Todavía no sé hasta cuándo permanecerá incólume la «mutabilidad» de la valla que muestra el policlínico docente radicado en el reparto Brisas del Oeste. Hago referencia al «Marta Abreu de Estévez», nombre y apellido de nuestra Benefactora --luego del matrimonio con Luis Estévez Romero--. Debe escribirse así, Marta, desprovista de la «fea» y muda h del inglés; letra que desde hace años, después de la remodelación de la instalación de Salud Pública, exhibe el lumínico que la representa.


Son cosas que, en ocasiones, pasan inadvertidas, pero en el fondo constituyen chapucerías que afectan los atributos históricos de nuestras calles.

CUBA; EL CORAZÓN EN HAITÍ

CUBA; EL CORAZÓN EN HAITÍ

Por Luis Machado Ordetx

Martí, el más universal de los cubanos, escribía en 1880, una de las «Proclamas» de todos los tiempos, al decir que «[…] hay siempre tras de cada idea, un ejército modesto que los hombres sinceros deben encontrar y dar a la luz», como ahora sucede, desde hace tres meses, en las inhóspitas calles de Haití luego del holocausto que dejó el devastador terremoto que azotó ese territorio antillano.

Los cubanos, somos, por idiosincrasia, dados a la solidaridad, a la camaradería, tal como definió el polígrafo Fernando Ortiz cuando en 1939 abordó el tema en «Los factores humanos de la cubanidad», y el hecho se repite en múltiples ocasiones, allí en aquellos recónditos territorios que exigen, por diminuto que sea, un gesto de hermandad.
Haití constituye, desde el infausto 12 de enero pasado, cuando sobrevino la pesadilla del terremoto en ese país, un escenario en que se vislumbra un pacto a favor de la vida con el aporte material y especializado que cientos de galenos de la Brigada Médica, incluida la “Henry Reeve” de la Escuela Latinoamericana de Medicina, y hombres de cultura espiritual, brindan a cada instante.

Ese es otro de los ejemplos que sorprende la valía de los cubanos, sea un sitio u otro, en que fundidos a pueblos autóctonos, dejan una huella del por qué defienden la razón independiente de existir como pueblo; como sistema social sin muchos parangones en la historia de la humanidad.

Allí vibró, días atrás, el «Concierto por la Patria», junto al bregar por reconstruir  Haití de las aterradoras secuelas del terremoto; y al igual que trascendió en Santiago de Cuba y La Habana —similar a lo ocurrido en las principales cabeceras de provincias del país—, hubo un gesto de paz; un reclamo a nuestra soberanía.

Los artistas de la brigada «Marta Machado», encabezada por el pintor Alexis Leyva Machado (Kcho), quienes desde hace un tiempo recorren comunidades haitianas, igual que antes hicieron por la Isla de la Juventud u otras localidades dañadas por los estragos de los ciclones que en 2008 dejaron penurias materiales en Cuba, ofrecieron argumentos en esas sinceras ideas de Martí en que «La patria necesita sacrificios. Es ara y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella.»

No solo en el Hospital La Renassanse, de Puerto Príncipe, trascurrió tal acontecimiento apreciado no solo por el pueblo haitiano, sino también por cientos de colaboradores internacionales que dejan una estela de solidaridad internacional. Sean Penn, el afamado actor estadounidense, dejó su campamento del Club de Golf Petiovillen, y va hasta los albergues de Corail, y hasta el sitio donde laboran los cubanos, empeñado en intercambiar aspectos de la valiosa acción humanitaria que se desarrolla allí.

Penn, ganador de dos Oscar (”Milk”, “Mystic River”),  es un ejemplo de la solidaridad internacional, y un creído de que un mundo mejor es posible, como expusieron hace unos días las estrellas musicales que acompañaron al merenguero Juan Luis Guerra —Alejandro Sanz, Enrique Iglesias, Luis Fonsi, Milly Quezada, Juanes, Johnny Ventura,  Maridania Hernández, y Miguel Bosé— durante el concierto «Un canto de esperanza por Haití», celebrado en el estadio olímpico “Félix Sánchez”, de República Dominicana, gesto que recauda fondos para donar un hospital infantil a la pequeña nación caribeña dañada por el terremoto de enero último.

Bien decía Bosé: “Hay gente que está atenta a escuchar palabras de esperanza”,  justo allí donde se lucha por la vida, y la identidad de nuestras naciones se funden desde el concepto martiano en que «[…] Haber servido mucho obliga a continuar sirviendo…» en el bienestar, la soberanía y la grandeza de los pueblos que se desentienden de egoísmos y de guerras mediáticas.

FEIJÓO Y SUS REVISTAS

FEIJÓO Y SUS REVISTAS

Por Luis Machado Ordetx

Marzo se escapa con el gozo de un «silencioso testigo», sentencia acuñada por Lezama Lima, y los cubanos disfrutamos el acontecimiento con un doble propósito.

 Uno preludia el surgimiento de la Imprenta Nacional, allá en 1959, y la designación del narrador Alejo Carpentier en la dirección de esa institución cultural dedicada a afianzar los caminos de la sabiduría colectiva; otro constituye el nacimiento de Samuel Feijóo Rodríguez, allá  en 1914, en San Juan de los Yeras, mítico territorio villaclareño que contribuyó a la forja de una visión particular de entender la filosofía del folklore campesino y rural dentro del ámbito de lo popular.

La imprenta cubana desde entonces está en constante renovación insular en la óptica de aquellos perfiles temáticos definidos; momento en los que también se insertan las surgidas hace dos décadas en las 14 provincias    —llamadas territoriales—. El empeño acentúa la divulgación de las hornadas de escritores nacionales y el insustituible impulso de lo más trascendente de la cultura universal.

Todo tiene un destinatario común: el público lector que, con una avidez notable, colma librerías y se apropia de una sabiduría que enriquece la cultura espiritual, sea propia o colectiva, a la cual, de un modo u otro se sumó Feijóo Rodríguez en ese deambular por las zonas centrales de la Isla.

Su ánimo creció en el rastreo de un acervo virgen en la divulgación e investigación empírica de los hechos literarios y orales plasmados de manera pictórica en los más variados papeles y formas de impresión artística.

Precisó Feijóo en sus libretas de “Apuntes” que «Trabajo, como una oscura raíz, para que arriba haya una flor», suceso intelectual, de orden personal o colectivo, que lo identificó hasta el 14 de julio de 1992, fecha en que falleció tras dejar un profusa obra literaria que abarcó la poesía, la investigación antropológica, sociológica, de animación cultural y pictórica, y también narrativa y de edición de revistas y textos del panorama literario cubano.

A principios de 1958, desde la Universidad Central de Las Villas, el folklorista Feijóo, considerado por los investigadores literarios cubanos como «un hombre-montaña», asumió la dirección de  la editorial y de la revista Islas, perteneciente a los departamentos de Estudios Folklóricos y Publicaciones de ese centro docente, y desde ahí arraigó su dimensión de propagador de culturas.

Islas tiene una salida ininterrumpida por trimestre hasta que fenece en 1966; y unos 500 libros —teóricos, de poesía y de narrativa— de autores cubanos o extranjeros aparecieron en las colecciones  folklóricas y de estudios Hispánicos, entre los que destacan ciertas rarezas que al paso del medio siglo de existencia no tuvieron reediciones preliminares.

Allí, por vez primera, salió Tratados en La Habana, de Lezama Lima; Kant, iniciación de su filosofía, de Medardo Vitier; Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier; El pan de los muertos, de Enrique Labrador Ruiz; Biografía del tabaco habano, de Gaspar Jorge García Galló; Historia de una pelea cubana contra los demonios, y Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar, ambos de Fernando Ortiz; José A. Saco, Estudio y Bibliografía, de Manuel Moreno Fraginals; Papelería, de Roberto Fernández Retamar; Maguaraya Arriba, de José Lorenzo Fuentes; Retorno a la Alborada, Raúl Roa García, y…

Esa es una etapa que, desde el hacer feijoseano, y del propósito editorial de la Universidad Central de Las Villas, todavía precisa de un estudio teórico que redunde desde el punto de vista científico en cuánto aportó el escritor a la difusión y el engrandecimiento de la cultura cubana.

La revista Islas, desde otras aristas editoriales y temáticas, sigue la vigencia del fundador Feijóo, quien en 1968 inauguró un estadío sin precedentes, como de continuidad, al preparar de manera ininterrumpida hasta unos meses antes del fallecimiento en 1992, aquellos 34 números que cada trimestre caracterizaron la búsqueda investigativa, teórica, pictórica y de dimensión inigualable que atesora Signos, publicación todavía activa desde su gaveta postal radicada en la biblioteca Martí, en Santa Clara.

Marzo, en su último día del calendario, si bien tiene una deuda impagable por aquel surgimiento de la Imprenta Nacional de Cuba, dada su representatividad en los tesoros literarios que propaga un libro y la sabiduría que impregna; también rinde tributo a Samuel Feijóo Rodríguez, un escritor nacido en similar fecha, pero de 1914, y conductor de una impronta difusora sin muchos precedentes en nuestro panorama creativo insular.
 

NARANJA DE VILLA CLARA; UN ROSTRO DE IRREFRENABLE PREDICCIÓN

NARANJA DE VILLA CLARA; UN ROSTRO DE IRREFRENABLE PREDICCIÓN

Por Luis Machado Ordetx

Prefieren la polémica, la defensa de sus puntos de vista, y esgrimen desacuerdos; saben lo que exponen cuando el tono dulce de la voz se viste de gestos bruscos, de golpes fuertes en el cemento, y trasladan expresividad en el aleteo de los brazos; y de la risa que escapa, desborda una pasión.

El llanto y hasta el abucheo las conmueve en el andar detenido o presuroso de estos días por la ciudad o los campos. No quieren perder un detalle de cuánto dicen en una esquina y los rostros tienen otros encantos proporcionados por los tintes de los efímeros coloridos que simbolizan un número, una abreviatura, un recuerdo del instante de multitudes que jamás desearán que se apague.

Bien conocen que la congregación a la cual asisten, reafirma otros senderos en los que la ternura femenina tiende a confundirse con la sabiduría popular que encarna el acento varonil. Son en ese instante, sabias; y las distingue la elocuencia del que opina y sabe sobre aquello que expone. Hay una seguridad en los parlamentos que ofrece en los diálogos. Tal es así que no creen en soliloquios, en susurros y murmuraciones adversas.

Ellas, a veces tiran agua fresca a la calle; hacen prerrogativas; invocan a las “luces” protectoras; sueñan despiertas; rompen vasijas de vidrio; sueñan y hacen sonar hasta el delirio los calderos del hogar; no quieren despertar; colman los estadios o están pendientes en medio del bullicio de las últimas noticias sin que les importe el “rumor” o el vaticinio del momento. Sencillamente, ahuyentan a los agoreros que tienden a aproximarse a sus entornos, y deciden fundirse en un abrazo con el partidario que apoya sus irrefrenables predicciones.

 Un color secundario, el naranja, viene de maravilla a sus atuendos, y cuando en las vestimentas exhiben otras, prefieren abrigarla en el silencio como un latido del corazón y la sensata calidez que acentúa el estímulo. Andan por allí, por las gradas, por las plazas de la ciudad, siempre pendiente de todo lo que sucede en entusiasmo y exaltación.

 Por eso animan; saltan; y el optimismo las incentiva, en derroche de iniciativas, de hidalguías y a la espera de la fiesta que desde hace años no disfrutan: esa que jamás querrán olvidar en el transcurso del tiempo.

Cuando en las tardes, también en las noches, se precipitan a las calles, persisten sin distinción de edades en ese magnetismo y la grandeza que favorece al naranja, un color que las delata en medio del asombro o la parquedad que impone el “placer” que se comparte luego de muchos años.

A veces, sin que asome el conocimiento o la intimidad mutua con la persona aquende o allende a los mares, baten olas; perduran como suspendidas en el aire, en el estímulo de la luz del día o de la noche que no quieren apagar  en medio de la tranquilidad del azul, el inconfundible rival de turno.

La placidez las conmina a la conspiración, al susurro, al mensaje que llega a la cercanía o lo distante; eso propende hacia lo naranja, y les insufla la pasión, mientras favorece la algarabía.
Sin temer al paso de un minuto, persisten en la confianza; en la incandescencia del tiempo; en la seguridad del triunfo; en el ánimo que se traslada al juego; en el brillo del terruño y la distinción del color del uniforme, y en la ponderación a su gente.

El béisbol arrastra multitudes; inculca en los incautos o pocos conocedores una pasión sin límites; y congrega y fortalece con un nuevo rostro que recurre a los estadios con el propósito de adueñarse de aquellos escenarios que antes no conocía; jugada a jugada, implica un acuerdo o un disgusto, y las voces de mujeres ribetean tintes autorizados en el elogio y la aprobación de todo lo que ocurre sobre un terreno deportivo que las reencuentra de espectadoras propagadas como un relámpago.

Distinguen, y lo hacen con fuertes pisadas sobre el cemento, el asfalto o el césped, que ellas, desde el diálogo, la alegría y el estruendo que vino prendido del aplauso, fueron inconfundibles en medio de todo lo que enaltece al color del año; sea bien, el tinte del azul, y mejor aún, la pasión radiante del añorado naranja.


HAITÍ, EN NUESTROS CORAZONES

HAITÍ, EN NUESTROS CORAZONES

Por Luis Machado Ordetx


Martí clamó desde La Nación, el periódico de Buenos Aires, en octubre de 1886 por los muertos y la desolación que trajo la serie de terremotos de Charleston, en Estados Unidos, ocurridas en la noche del 31 de agosto de ese año; ahora desde muchos confines del mundo también gemimos con el corazón herido por las víctimas que similar fenómeno natural dejó el martes en Haití, país caribeño que clasifica entre los más empobrecidos del mundo gracias a esa inequidad surgida de las grandes riquezas económicas en poder de unos pocos “traficantes” empeñados en repartirse el planerta según sus caprichos hegemónicos.


Duele Haití por toda la desolación, a pesar de la ayuda internacional, tanto material como humana, que desde muchas partes comienza a arribar al país caribeño; las imágenes de prensa no pueden ser más que espeluznantes, terribles, dantescas, tan similares como aquellas descritas por el más universal de los cubanos cuando en magistral crónica reconstruyó para la posteridad el holocausto de Charleston y los sucesivos temblores y la tierra abierta en Illinois, Kentucky, Missouri, Ohio, zonas del Atlántico que soportaron “el ajuste del suelo sobre sus entrañas encogidas, indispensable para el equilibrio de la creación…», según dijo Martí.


El cronista cubano hizo en el siglo pasado un dibujo exacto con palabras; ahora las imágenes fotográficas y televisivas, parecen pintar similar panorama en Haití; esa porción de pequeña isla negra que desde el alma africana impuso en el siglo XVIII el primer grito de rebeldía e independencia contra el colonialismo francés o el español sobre nuestras tierras.


Nadie duda de los conocimientos que sobre Sismología y la Geotectónica explaya Martí en su escrito; todo aparece relatado de una manera magistral, inusual, y expresa que «Los cincuenta mi habitantes de Charleston, sorprendidos en las primeras horas de la noche por el temblor de tierra que sacudió como nidos de pajas sus hogares, viven aún en las calles y en sus plazas, en carros, bajo tiendas, bajo casuchas cubiertas con sus propias ropas»; idéntica cifra de personas está registrada como muerta en Haití; sepultada todavía entre escombros, incluso en fosas comunes, como para que el sufrimiento que dejó la tierra no escape del olvido de nuestros corazones.


Latinoamérica como nadie llora; el mundo auxilia, mientras la generosidad aun las circunstancias de muchos socorristas, advierte que «vivimos bajo el cielo, pero no todos tenemos iguales horizontes» en una hora que como apunto Martí, «Con el claror del día se fueron viendo los cadáveres, tendidos en las calles, los montones de escombros, las paredes desechas en polvo, los pórticos rebanados como a cercén, las rejas y los postes de hierro combados y retorcidos, las casas caídas en pliegues sobre sus cimientos, y las torres volcadas, y la espira más alta prendida sólo a su iglesia por un leve hilo de hierro


Allí en Haití hay cubanos, esos coterráneos que desde diferentes profesiones, en lo fundamental la médica, no solo «apilan los escombros sobre las aceras», al decir de Martí, sino que también dan vida al alma hermana y comparten la sangre por la salud del caribeño herido.


Aplauso al Apóstol nuestro, cuando alentó, al hablar desde las profundidades de los sucesos de Charleston que «ni la esclavitud que apagaría al mismo sol, puede apagar completamente el espíritu de una raza.» En lo adelante, allí, como en otras partes, por esa huella de sufrimiento que deja la naturaleza, «! El hombre herido procura secarse la sangre que le cubre a torrentes los ojos, y se busca la espada en el cinto para combatir al enemigo eterno, y sigue danzando  al viento en su camino de átomo, subiendo siempre, como guerrero que escala, por el rayo del sol !», proclamó Martí.


La madrugada reveló el desastre de Charleston aquel primero de septiembre de 1886; también este miércoles 13 de enero idéntico fenómeno se percibió en Puerto Príncipe, la capital haitiana, considerada la más afectada en ese país; tal parece que la noche anterior a esos días viajó con pasaporte de muerte, de horror y perfidia en ambas poblaciones, distantes en la geografía y el tiempo, pero juntadas por la sangre africana que corre en las venas de los ancestros y sus actuales  poblaciones.


Por allí están los médicos cubanos, en hospitales de campañas; otros colegas se sumaron para socorrer la desventura. Igual  hacen  enviados de diferentes naciones del mundo que prestan asistencia material o humana a partir del momento puntual en que sucedió al desastre, y entonces retomo a Martí porque el «trabajo rehace en el alma las raíces que arranca la muerte» en el infausto instante de dolor en que el haitiano clama por nosotros.

CUBANOS EN ESCRITURAS

CUBANOS EN ESCRITURAS

Por Luis Machado Ordetx


Cinco escritores cubanos, entre las más trascendentes ediciones del siglo XX, sobresalen, según criterios de selección de especialistas e investigadores, para intervenir en representación de área durante el Primer Congreso Internacional de Lengua y Literatura Infanto Juvenil Iberoamericana, a celebrarse del 24 al 28 de febrero de este año,   en Santiago de Chile, y por supuesto en la lista no faltan José Martí, el más universal de todos los cubanos, y Nicolás Guillén, el Poeta Nacional.


La Edad de Oro, revista mensual de Recreo e Instrucción que desde Nueva York dedicó Martí a los niños de América, en su edición de 1905, constituye un compendio de aquellas publicaciones que desde julio de 1889 comenzaron a recorrer el continente para alentar a los pequeños en el propósito de «andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo: un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso

En un periodismo literario, sencillo, Martí advierte  que «Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas


De Guillén recuerdo aquella edición ilustrada por el cineasta y dibujante Constante (Rapi) Diego García Marruz,  que de manera inigualable verso y línea se funden en Por el mar de las Antillas anda un barco de papel, salido en imprentas cubanas hacia 1984; uno de los textos emblemáticos que el autor de el Son Entero (1948)  dedicó a niños y niñas por igual.


                                    «POR EL MAR DE LAS ANTILLAS»

                                      Por el Mar de la Antillas,
                                     Anda un barco de papel.
                                     Anda y anda el barco barco, sin timonel.
 
                                     De La Habana a Portobelo,
                                     De Jamaica a Trinidad.
                                     Anda y anda el barco barco, sin capitán.
 
                                     Una negra va en la popa,
                                     Va en la proa un español.
                                     Anda y anda el barco barco, con ellos dos.
 
                                     Pasan islas, islas, islas,
                                     Muchas islas, siempre más.
                                    Anda y anda el barco barco, sin descansar.


Otro de los libros escogidos es Caminito del monte, de 1979, del poeta y narrador David Chericián,  así como El valle de la Pájara Pinta, de 1980, original de la versátil narradora y periodista Dora Alonso, y Kike, de 1984, perteneciente a Hilda Perera.

La crítica resaltó dos textos emblemáticos del vilaclareño Luis Cabrera Delgado, uno de los más prolíferos escritores cubanos de las últimas décadas en el abordaje, desde la ficción hasta la teoría, del análisis del universo infanto juvenil.

La recomendación recoge a Ito, 1997, y ¿Dónde está La Princesa?, de 2000, ambos de Cabrera Delgado, quien tiene más de 25 libros publicados en editoriales cubanas y extranjeras y pertenece a la Academia Latinoamericana de Literatura Infantil y entre otros méritos acumula los más significativos que sobre esa línea temática imprescindible en la reconstrucción de una realidad convertida en árbol de la vida para la humanidad.